Daily Archives: 10 octubre 2013

¿Y DESPUÉS QUÉ…?

Se aproxima el encuentro con la cruel y trágica realidad. Ya es llegado el momento de abandonar y olvidar los planes veleidosos, las configuraciones sin sentido, el absurdo de la inmadurez y lo voluptuoso, el sueño imaginativo y superficial de otros tiempos de reposo tranquilo, de descaro poco comprometido y abocado a lo desconocido, de noches festivas y de largos insomnios junto a mañanas tempraneras de fogoso deporte y marchas sin rumbo, para centrarse de nuevo en los proyectos, en las operaciones cotidianas: unas veces monótonas y otras rutinarias del trabajo continuo y sin desmayo, con las migrañas propias del instante a flor de cuero cabelludo, cual agotado guerrero tras un largo y tedioso combate.

Es hora de romper con la indeterminación, con el falso y repentino deleite superficial, con el pasajero y veloz encantamiento de serpiente veraniega, con el desbocado suspiro cogido con ansias y anhelos vividores, con la pasión desenfrenada por gozar de un intenso y deseado acontecer fuera del alcance de nuestras manos y que raudo desaparece, sin ser conscientes del vértigo, de ese dar vueltas y vueltas de la edad temprana que provoca un paso rápido, como un deleite llevadero y ligero o sus añoranzas junto con una súbita brusquedad de lo inesperado y nunca experimentado, de lo incierto, de lo inconsistente y lo volátil.

Ya es hora apremiante de plantearse el futuro, de saborear el presente engañador como algo caduco, de sentarse ante el mareo permanente

"Momento Crepuscular". Obra de Nieves Prat

«Momento Crepuscular». Obra de Nieves Prat

del ir y venir, del correr y el volar, de la prisa y la ansiedad inútil que brota, retorna una vez más como algo nuevo, se hace la dueña y señora subiéndose a lo más elevado sin concretar su causa, ignorando la razón sin averiguar su significado, dominando los desvelos y originando zozobras, desencuentros, desasosiego en un entorno ya de por sí tenso y desfigurado, como creando una espantosa ilusión no armonizada.

Es entonces, cuando debe surgir el ser que se lleva dentro, el ser profundo e interior, la esencia pura del existir más perfecto y sensato, la dualidad del ente confirmado y asegurado debe hacer su aparición, ese ente que flota como la espuma de una densa ola, que se levanta como un torbellino de agua al chocar contra una barrera pétrea, que se yergue con la más tensa intensidad de su conciencia y apunta y se encamina con firmeza a la vida, que con una sólida decisión, sin violencia, pero con fortaleza y entereza debe enfrentarse, tiene que asumir de inmediato y de manera resolutiva ir, poco a poco, superando, haciéndola suya, recreándose en ella, sabiéndose el auténtico dominador de todos sus estadios, el verdadero vencedor de cada uno de los momentos y circunstancias, el triunfador absoluto y definitivo de ese devenir incierto pero admirable.

Hoy siento la intensa realidad del presente. Comprendo que el pasado inmediato, el pasado fugaz y soñado fue una pura entelequia, que nunca existió. Entiendo que la llamada del deber es perenne y duradera, que ese deber moraliza todas las acciones y nos conduce inexorablemente, paso a paso, a la realización de lo obligado y, al instante, se convierte en pasado, se transforma en algo que ya no es, pero que se puede mirar con satisfacción y orgullo, con alegría y resolución, pues, de pronto, se transforma en algo que se integra en tu ser, que forma un conjunto de experiencia y te redondea, te transfigura, se hace ilusionante, te permite sentirte feliz y más realizado. Es la agonía del vivir, la vuelta de la ruleta en sosiego, la velocidad tranquila del tío vivo con sus subidas y bajadas, con sus sobresaltos, con su girar incesante que está siempre en continuo movimiento, pero un movimiento integrador, un ir y venir acorde y acogedor.

Hoy ha vuelto a palpitar la vida, el bullicio, el ruido matutino, las prisas, las preguntas inquietas, los interrogantes sin respuestas fijas ni certeras, el desasosiego de quien ignora su futuro, aunque se sigue proyectando, se entusiasma, se centra en su trabajo fiel, fiel servidor de unas reglas, fiel seguidor de una sociedad que no se detiene, que aspira, te subyuga hasta el sometimiento pleno, a la pérdida de control hasta conseguir aniquilar el sueño de tu existencia para volver a recuperar el sentido de totalidad y de infinito.

Me estoy refiriendo al encuentro con la realidad incierta de un regreso atolondrado y atormentado, una vez apagado el periodo de aparente sosiego y reposo dignamente merecido y ansiado.

Estoy hablando, por si acaso no llegas a entenderme, de ese choque profundo y esperado, pero no por esperado carente de sentido, a ese volver que todos querríamos retrasar un poco más, a pesar de haber confundido y olvidado el concepto moral del deber, de ese deber unido y fusionado con el existir de un ser que lucha y se esfuerza, que combate y resiste, que es sagaz e intrépido y no se deja gobernar por el conformismo, por la desesperanza, pues se sabe absoluto señor de todo con lo que se relaciona, se une y se complementa.

Es preciso pues, que resucitemos al hombre que llevamos dentro. Es necesario un reencuentro con nosotros mismos, con la interioridad del en sí. Es conveniente que con ideas férreas y potentes nos enfrentemos a nuestro propio devenir. Es oportuno que adquiramos la responsabilidad, ejercitemos nuestra libertad para poder desembocar con más energía, con vitalidad plena en nuestro mundo, en este mundo que estamos construyendo, en este mundo plagado de conflictos y azarosas vicisitudes que tenemos la obligación de superar, de hacer nuestro, configurando con sentido nuestro existir en él.

Es el mundo de todos y de cada uno, es el mundo que hemos heredado y que tenemos que redimir, es el mundo en el que desarrollamos cada una de nuestras acciones. No se trata sólo del mundo de nuestra interioridad, de mi mundo personal e intransferible. No, me refiero a la vez, también, al mundo del otro, al mundo social, al mundo de la empresa, a todos los mundos posibles, presentes y venideros, al mundo de la zancadilla y al mundo de la verdad, al mundo de la intriga y al mundo de la honradez, al mundo de la apatía y al mundo de la actividad y la lucha, al mundo desaprensivo y al mundo de la integridad, al mundo del conocimiento, de la inteligencia, de la voluntad

Esto es el reencuentro. Esto supone nuestra inmersión de nuevo en la realidad de la vida cotidiana y monótona. Esto nos arrastra al manifiesto firme de enfrentarnos ante algo que está ahí, que se me aparece y se me muestra, que permanece impertérrito y desafiante cual valiente, sagaz, intrépido y atrevido ejército preparado para recibirnos.

Por eso, ¿y ahora qué…?

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