Monthly Archives: enero 2014

LA VOLUNTAD DE PODER. LA VOLUNTAD DE QUERER

“Donde quiera que me halle la muerte pido que mis

restos sean trasladados a mi Capilla de San Ildefonso que yo fundé en Alcalá”

 

 

La libertad, ya lo decía Cervantes: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos…”, es sin lugar a dudas uno de los valores más anhelados por el ser humano y el más dificultosos de conseguir.

La historia de la humanidad es un sangrante combate por alcanzar pequeñas cotas, por conquistar un área de poder, un resquicio de libertad, un aliento de independencia, un aire renovador, un suspiro de sentirse más yo, más persona, más ser individual y consciente de su propia existencia y de su destino como ser realizable, como ente que debe de hacerse así mismo, como un quien que tiene que auto crearse y esforzarse para obtener aquella meta a la que aspira, a la que se siente llamado y a la que su querer le lanza de una manera inexorable y fiel y su afán integrador le proyecta. Ya decía Cervantes: “me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”.

Retrato del Cardenal Cisneros

Retrato del Cardenal Cisneros

No sólo somos un proyecto en permanente y constante exigencia. Somos algo más: somos voluntad de poder, una voluntad de entrega a una causa; somos un ser que una vez superados todos los nihilismos del no ser, de una nada asfixiante y conformista, de una nada que nos sumerge en el pozo más profundo de la angustia, del no existir y de la nulidad, nos propone un camino, nos abre una vía íntima y seria de voluntad y nos invita a su proyección generosa de poder, de un poder ser, de un ser superior que se abre y se reconoce dueño de sus actos y de su querer, que lucha sin pausa por alcanzar un futuro de ideas,  de mente clara y limpia, de una inteligencia suprema y en pleno desarrollo gracias a su lucha y apertura al todo, al infinito, al otro como ser y como otro yo que tiene voluntad y quiere, que compite con nobleza y dignidad, que se reconoce en el otro como su igual, que aúnan su deseo y juntos configuran con firmeza y resolución un bloque de valentía, atrevimiento y solidaridad.

El proyectarse, el abrirse camino, el sentirse útil al mundo que le rodea y que, a veces, le oprime y puede aniquilarle, el salir airoso y  triunfante de un lazo que le atenaza, le deja fijo, le priva de toda iniciativa, le somete a dominio de poder no permitiéndole respirar, sacar la cabeza para sentir el aire fresco sobre su frente, no ver los rayos de luz que iluminan el exterior, forma parte de ese ser, de ese saberse poderoso, de un comprender su esencia de alguien personal y libre con voluntad de poder, de ser superior que supera todas las vicisitudes,  acechanzas y contrariedades, que descubre todos los cruces confusos y esquivos del camino y que encuentra la única vía verdadera, respetable y perenne de ese alguien equilibrado, honesto y veraz, sencillo y humilde, con esa humildad que Don Quijote aconsejaba a Sancho: “digo que ya tú sabes que la humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, que sin ella no hay alguna que lo sea”, pero responsable y dueño de su propia vida y de su propia deidad, en un acto sublime de vitalidad profunda, de orgullo sincero, de entrega incondicional y total a su única y certera meta, a un proyectarse en rectitud y sin titubeos al bien común que le sublima y acoge. Cervantes manifestaba a propósito de la verdad: “La verdad adelgaza y no quiebra y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua”.

Por ello, se hace necesario e imprescindible una claridad de ideas, un tener la mente despierta y atenta, un saber lo que se quiere hacer, un esforzarse con todas las energías para conseguir lo propuesto, un superar las dificultades que aparecen cuan fantasmas ocultos y disfrazados entre las sombras o las tinieblas de una vida aparente y, a veces, risueña, un comprender y dar prestancia a lo prioritario, un amar y entregarse a una causa por la que se muere si preciso fuera, cual hacía Don Quijote en aras de la justicia y la paz: “Don Quijote soy, y mi profesión es la de andante caballería. Son mis leyes desfacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil”, para más tarde añadir “la paz, es el mejor bien que los hombres pueden desear en esta vida”. Paz, descanso, sosiego para pensar y realizar, para construir y levantar, para crear armonía y reclamar las cosas que pertenecen en justicia.

He aquí  el por qué de la voluntad de poder. He aquí el significado de la volunta de querer. Ya creo que es llegado el momento de clamar a voz en grito: que se abran las puertas de la Capilla de San Ildefonso, que aparezca esplendoroso, que se pueda contemplar el sepulcro de Cisneros con sus restos en su interior, que luzca con toda su belleza la verja que lo protegía:

Don Francisco Jiménez de Cisneros, Arzobispo de Toledo, Cardenal de España, Confesor de los Reyes Católicos, Canciller Mayor de Castilla, Inquisidor General, Capitán general de África, Gobernador de los diferentes reinos de España, Fundador del Colegio Mayor de San Ildefonso y la Universidad de Alcalá, junto con la Biblia Políglota, el señor más poderoso de su tiempo, dentro de su profunda humildad, como manifestó en su testamento, un hombre que hizo tanto por Alcalá, que quiso que esta ciudad fuera su lugar de descanso, su morada final. ¿Sería mucho pedir a quien corresponda: autoridades civiles, religiosas y universitarias, que encontraran la paz de la que nos habla Cervantes y en un diálogo sincero dieran por fin cumplimiento a la última voluntad de este hombre humilde, que fue todo para Alcalá y que ésta tiene tan olvidado? ¿Qué sus restos descansen de una vez donde él siempre deseó, en el Sepulcro de la Capilla de San Ildefonso? ¿Qué la verja que protegía su sepulcro retorne a su lugar de origen?

¿Acaso hacen falta más títulos para que se cumpla su voluntad? ¿Acaso se necesitan más méritos para quien todo lo tuvo y su voluntad era orden? ¿Somos nosotros acaso ciegos o sordos a tan grandes requerimientos? ¿Y si la ciudad al completo, y si el clamor popular lo exigiera, se podría ver consumado su gran deseo? ¿Acaso los ciudadanos de bien no queremos lo mejor para nuestra ciudad y para los nuestros? ¿Por qué existen organismos  e instituciones de la índole que sean que se empeñan en nadar contra corriente? ¿Acaso no somos Ciudad Patrimonio gracias entre otras cosas a la obra de Cisneros?

Manifestemos una vez más nuestra voluntad de poder, nuestra voluntad de querer, exijamos lo que la gloria de nuestro personaje y la grandeza de nuestra ciudad se merece, hagamos un pequeño esfuerzo entre todos para que desaparezcan por fin esas barreras que impiden la apertura de la Capilla de San Ildefonso durante tanto tiempo clausurada  con su enorme tesoro restablecido.

“La justicia”, comentaba Cervantes, nuestro gran conciudadano, “se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen”.

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UNA PEQUEÑA REFLEXIÓN PARA ESTE NUEVO AÑO

En los albores de un año nuevo, cuando aún resuenan en nuestros oídos las felicitaciones deseándonos lo mejor; cuando nos proponemos, si es posible, olvidar este mundo de continuas y constantes mentiras impunes, mentiras que nos dañan y nos escandalizan al ser escuchadas, mentiras dichas con el mayor de los descaros; cuando cerramos la mente a esta ingente afluencia de personajes corruptos, gente amiga de lo que no es suyo, que afloran por doquier; cuando escuchamos de manera permanente e ininterrumpida este envoltorio de palabrerías y eufemismos bien planificados, con los que pretenden disfrazar y ocultar la realidad, la verdad de lo que acontece; cuando nos agobian, nos corroen, nos consumen y nos asfixian como si fuéramos ignorantes, gentes extrañas, venidas de otras galaxias, o, como si se tratara de un enorme rebaño de borregos dóciles dispuestos a tragarnos todo cuanto nos dicen y nos cuentas, mientras nos consideran unos incultos y analfabetos ciudadanos, es en este preciso momento tan crucial y ante la perspectiva de un nuevo año lleno de buenos deseos, cuando me apetece leer y reflexionar profundizando en el término esencia, en la esencia de todo cuanto somos y nos rodea, sobre la misma esencia de nuestro ser, sobre la realidad y la verdad esencial nuestra, sobre la idea de lo trascendente, a fin de no olvidarnos de quiénes somos, de dónde procedemos y a qué aspiramos.

Obra de Nieves Prat

Título: Sustantividad.
Obra de Nieves Prat

Nada mejor para hacer este ejercicio, se me ocurre en este instante, que leer a nuestro amigo Zubiri, pensador de mediados del siglo pasado, uno de los grandes exponentes y estudiosos del término esencia “como unidad primera necesitante”, o, también, uno de los que mejor responde a la pregunta ¿qué es algo?

Quiero aquí, ayudado y guiado por su mente, profundizar en esta teoría, intentar seguir, aunque sea un poco por encima  y de forma breve, su desarrollo y concluir con aquella expresión suya que de alguna manera lo sintetiza todo: “la esencia de un ser vivo es su estructura…esta estructura es principio no sólo de las notas constitucionales de la sustantividad, si no también, de las notas adquiridas…en definitiva la esencia es principio estructural de la sustantividad”.

¿Qué sentido tiene este término? ¿Qué abarca en realidad? ¿Por qué recurrir a él? ¿De qué estamos hablando en verdad? Sin duda, me refiero a todo aquello “que es la cosa real” con la totalidad de sus notas, notas que poseen una propiedad distintiva que nos hace diferentes unos de otros, que nos proporciona un carácter “de ser nosotros mismos”, de comprender  aquello justo, lo mínimo que tenemos que poseer para “ser lo que somos”; es decir, un carácter unitario de notas esenciales y precisas. Pues justamente en lo específico es, ciertamente, donde se halla la unidad del concepto de esencia.

Es muy frecuente que confundamos y mezclemos términos que no son exactos o sus notas no coincidentes: así, por ejemplo, no llegamos a entender en nuestro proceder habitual, en nuestra manera de relacionarnos, en la forma de comportarnos, incluso, en nuestro conocimiento, a veces poco profundo por nuestra manera de pensar, que la esencia no se identifica a la sustancia sino que es justamente algo de la sustancia; aunque, la diferencia entre esencia y sustancia no es una diferencia entre forma y compuesto sustancial sino entre algo más profundo, entre compuesto sustancial específico y compuesto sustancial individual; de manera, que es la sustancia la que manifiesta y expresa la plenitud de la autonomía del ser, mientras la esencia muestra ese carácter de individualidad, de un ser individual y autónomo; por eso no debemos confundir la esencia con la sustancia.

La esencia en su unidad interna tiene unas notas fundamentales: una de tipo primario y otra de realidad verdadera, o, lo que es lo mismo,  la verdad de la realidad y, justamente, en este orden de la realidad verdadera, de “la realidad en cuanto realidad,” es donde se da el orden trascendente. Porque la inteligencia y la voluntad de un ser inteligente son momentos de nuestro modo especial de ser y tienen una estricta función trascendental. Así, lo que, ciertamente, estoy afirmando, es que lo trascendental es un “carácter de lo real y una estructura de lo real en cuanto real”; de aquí el sentido, de aquí el carácter, de aquí que la esencia desempeñe una función trascendental.

Con toda esta reflexión, sin duda muy discutida y discutible y muy opinable, máxime en una exposición  breve, he querido llegar al punto, de que si somos un ser en esencia en pleno sentido del término, como acabo de decir, con una autonomía y carácter individual, inmerso en una realidad verdadera y como tal ser trascendente, no podemos ser tratados de esta manera, ni dejarnos apabullar por el primero que llega o por el que más levante la voz, ni permanecer en silencio como seres inertes. Tenemos que tomar conciencia de nuestra esencia específica e individual, sustancial y autónoma de seres inteligentes para comprender y discernir, con voluntad para decidir y actuar que, ciertamente, estamos involucrados en una realidad, no anclados; pero que por nuestro propio ser, tenemos capacidad para que esa inmersión en lo real como tal nos conduzca a un orden trascendental, en el que seamos conscientes y corresponsables, nos respetemos como seres iguales, pero distintos, con los mismos derechos y aspiraciones, con unas notas constitucionales de sustantividad, pues cada uno tenemos nuestro propio “que”.

 

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