EDUCACIÓN EN RESPETO Y EN DIGNIDAD

En una ocasión fui invitado a asistir a la proyección de una película que, según nos habían dicho con anterioridad, estaba llena de valores muy positivos, de sensibilidad, de delicadeza; una película entrañable, que nos entusiasmaría por cuanto manifestaba y se podía ver en el celuloide, junto con otras bellas palabras y lindezas.

Al final de la mencionada proyección, después de hora y media de situaciones a cual más desagradables unas de otras, de constantes vejaciones, de pisotear la dignidad de la persona humana una y mil veces, de echar por tierra el respeto y el decoro debido a todo ser individual, haciendo grandes esfuerzos para resistir hasta el final, herida mi sensibilidad, cierto que estuve en muchas ocasiones dispuesto a abandonar la sala, ahora me arrepiento de no haberlo hecho, aguantando por ver si encontraba algún detalle positivo de los que me habían anunciado, confiado en la palabra de quien había tenido la amabilidad y gentileza de invitarme, poco antes de que ésta concluyera, indignado y avergonzado por todo lo que había sucedido ante mi vista, por las secuencias e imágenes que habían desfilado ante mí, me levanté y abandoné el lugar, no sin antes observar como la gente que me rodeaba, aquellos con los que tuve la oportunidad de dialogar después, coincidían conmigo y eran de la misma opinión: aquella película era una auténtica aberración.

      Inspiración Obra de Nieves Prat

Inspiración
Obra de Nieves Prat

Ciertamente, como no podía ser de otra manera, la persona que nos había informado de la bondad de dicha proyección y nos había animado a que no nos la perdiéramos por sus grandes valores, no la había visionado antes; antes bien, hablaba por lo que le habían comunicado terceras personas, en las que había confiado ciegamente, como nos había sucedido a nosotros.

Pocos días después de este hecho, asistí estupefacto al espectáculo bochornoso de todas esas personas, que aparecieron al final de una manifestación de manera violenta y agresiva, arrojando piedras, quemando contenedores, rompiendo escaparates, atacando a otros seres humanos como si de animales se tratara, por muy indignados que se estuviera por cuanto nos está sucediendo y por mucha marcha por la dignidad que fuera: no sólo aquí, igualmente en ciudades de nuestro entorno, en naciones de nuestro ámbito cultural y en otros lugares del mundo; ocasiones, en las que, al parecer, los seres humanos no sabemos protestar, expresar nuestra repulsa ante los acontecimientos que nos tocan vivir, reclamar nuestra dignidad pisoteada, ya que todo lo hacemos a través de manifestaciones violentas, manifestaciones con finales salvajes contra nuestros semejantes, contra todo cuanto encontramos a nuestro paso. ¿No hay otra forma de protestar contra aquellos que nos oprimen, pues, al fin y al cabo, son personas como nosotros, aunque sean de distinta tendencia, de diversa opinión o los causantes de cuanto nos acontece?

Luego, escuchamos a nuestros políticos, expresando su repulsa contra la violencia callejera con palabras encendidas y compungidas. ¿Acaso no son conscientes de que ellos son los primeros que la practican y enseñan?

Basta con oírles hablar, con ver su comportamiento en el parlamento cuando responden al opositor, con fijarse en su rostro, en sus gestos y ademanes, en sus manos, en sus gritos, en su forma de argumentar, avasallar y humillar al contrario con burlas, expresiones ofensivas, risas fuera de tono o aplausos estentóreos, con sus pataleos o voces escandalosas, abusando de sus mayorías absolutas, del enorme poder que ostentan, de la fuerza que les hace sentirse seguros, del limbo en el que se encuentran; y así, se aprovechan, convencidos de que nadie podrá contra ellos; ya que ellos fabrican las leyes, ellos las hacen ejecutar, ellos se protegen humillando al humilde y desamparado, al necesitado, al que nada tiene, ni siquiera una mínima posibilidad de recurrir o levantarse sin sentir el palo del opresor.

¿Por qué, entonces, nos escandalizamos ante este grado de violencia? ¿Por qué nos rasgamos las vestiduras ante tales manifestaciones de desprecio de la dignidad humana? Ciertamente desde la cuna hemos visto, observado, aprendido y mamado la conducta violenta.

Os invito, esta vez con conocimiento de causa, a poner la televisión un día cualquiera, un día de tras de otro. ¿Qué programas son los que nos ponen? ¿Qué películas se proyectan? ¿Cómo son las tertulias políticas o de otra índole con las que nos encontramos? ¿Cuáles son las expresiones y ademanes de los que intervienen? ¿Acaso esperan su turno o se interrumpen y hablan varios a la vez? ¿Cuál es el tono de voz que emplean y manifiestan? ¿Cómo es su actitud ante el contrario? ¿Con qué respeto intervienen y escuchan al que habla? Todos estos interrogantes por no seguir  con otros, por no decir nada de sus gritos, de la rabia que muestran a veces, de la ira que sale de su boca, del odio que se percibe y se respira en el ambiente, aunque todo sea teatro y luego marchen juntos a tomarse unas cervezas. Y esto, por no mencionar las tertulias del corazón, los espectáculos deportivos y hasta los de ocio y divertimento.

¿Podemos acaso extrañarnos de que surja una conducta violenta? ¿Podemos asustarnos de que prolifere por doquier la violencia de género? ¿Tenemos capacidad para escandalizarnos, si nos rodea por todas partes el odio y la aversión? ¿Nos produce repulsa, rechazo y escalofríos, cuando en un campo de fútbol un deportista pisa la cabeza del contrario caído sobre el césped, se pegan por un simple choque u otros lances repugnantes, sin que nadie tome las medidas adecuadas? ¿Acaso no nos hemos acostumbrado a observar como normal o a jalear lo que es antinatural y aberrante? ¿Qué más ejemplos podemos poner?

Sé que es muy duro cuanto estoy expresando. Sé que alguien se atreverá a tildarme de pusilánime y hasta retrogrado. Entiendo que alguno pueda considerar como normal lo que estoy denunciando. Comprendo con dificultad que, a base de verlo todos los días, nos estamos acostumbrando a todo cuanto nos cuentan y nos muestran a través de las imágenes. No puedo disculpar a nadie que practique estos actos, aunque sean llamadas acciones de “guante blanco”, ya que ésta es la forma que tienen los poderosos, los que manda y dominan en todas las esferas de comportarse, violentando los derechos más sagrados y los más humanos.

No puedo ni debo quedarme exclusivamente en la crítica. Tengo la obligación de aportar algo; por ello, desde aquí, propongo que eduquemos, que eduquemos con tesón, con interés, con esfuerzo, sin desaliento estas formas y manifestaciones, que eduquemos desde la infancia, en el hogar con el respeto mutuo entre los cónyuges, en la escuela en un trato social y amable entre todos, en las zonas de ocio y diversión sin extralimitarnos, en la sociedad desde todos los ámbitos y facetas de nuestra vida, que eduquemos desde los medios de comunicación, desde la televisión, que veamos al otro con la misma dignidad con la que yo quiero ser tratado, como un “quien” que debe ser respetado.

No estoy pidiendo que seamos unos ñoños, de sobra sé que esto no es posible, pues tenemos sangre caliente en nuestras venas. Sólo pido, sólo deseo, sólo ruego con ardor que respetemos la dignidad del otro como persona, como un “alguien” personal e individual, que nos veamos reflejados en nuestros semejantes como igual a mí mismo, como otro yo, que valoremos quienes somos y con el mismo acatamiento y consideración nos tengamos como tales, como un “tú” digno de todo miramiento.

3 Comments

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3 Responses to EDUCACIÓN EN RESPETO Y EN DIGNIDAD

  1. Mercedes

    Fundamental,educación,formación y sobre todo dignidad……..transmitir valores a través de la familia y el colegio,sí eso no funciona, mal vamos.
    La dignidad y la educación nunca se la puede llamar ñoñería,totalmente de acuerdo con tu conclusión.
    Un beso..

  2. Jorge

    Oportuna reflexión en un contexto en el que interesa eliminar los matices. O eres blanco o eres negro, suprimiendose la grisalla o la riqueza de trazo que enriquece y da vibración a la imagen. También Javier Marías reflexionaba sobre estos preocupantes asuntos en El País Semanal del último domingo, haciéndonos ver que en nuestra guerra se fusilaba a la gente por aquello que leía. Aquí huele a destrucción! Alertaba Baudelaire al entrar en las cervecerías de su tan paseado París. Esta premonición de este clásico-moderno seguirá cumpliendose mientras como bien dices no respetemos las diferencias del otro o seamos capaces de ponernos en su propia piel. Voy a recomendar una película que lleva como título el nombre de la filósofa alemana Ana Arendt para pensar sobre las causas de la violencia.

  3. Gema

    Muchas gracias por tu reflexión y por compartirla. Considero muy importantes todos estos aspectos de los que hablas, y que pongamos toda nuestra fuerza e ilusión en devolver la dignidad a cada ser humano. Os recomiendo una película Francesa que ya tiene un tiempo «Las nieves del Kilimanjaro», es una historia sencilla pero deliciosa.

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