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LA SEGUNDA ROMA Y LA NUEVA ATENAS

“No sin razón”, dice Esteban Azaña en su Historia de Alcalá, “se apellida a la villa de Alcalá la segunda Roma y la nueva Atenas, pues en ella hicieron gala de sus bellezas las artes, y ostentaron su poderío las ciencias: colegios por doquier, suntuosos modelos del más exquisito gusto arquitectónico, soberanos templos, ejemplares esculturas, arte y belleza se disputan un puesto en nuestra patria a la vez que la engrandecieron”.

¿Habéis visto alguna vez en el centro de una ciudad una calle al completo que carezca de torres habitadas, de colmenas para viviendas? ¿Conocéis alguna calle que se prolongue con la anterior, como si de una misma se tratara, en el mismo corazón urbano, donde las edificaciones habitables apenas existan ni sean observables? Eso que nos parece raro y extraño en la época en la que vivimos; eso que nos puede llamar la atención y asombrar; eso que no es algo común en la mayoría de nuestras ciudades, en núcleos urbanos tan poblados; eso, lo podemos contemplar y admirar en nuestra ciudad.

Calle Colegios Alcalá de Henares Foto: Nieves Prat

Calle Colegios Alcalá de Henares
Foto: Nieves Prat

Hace unos días me desplazaba de un lugar a otro paseando por el centro de nuestra ciudad, como es habitual en mí; iba en esa pequeña excursión con dos de mis nietos, quienes se habían decidido a acompañarme, dispuestos a escuchar con suma atención, como suelen hacer cuando caminamos por el centro, las historias que les acostumbro a narrar sobre el origen y los grandes personajes que poblaron nuestra Alcalá en otros tiempos pasados y que ellos mismos me reclaman con frecuencia: tiempos brillantes, tiempos gloriosos, tiempos llenos de universitarios, personajes famosos que alcanzaron nombre en diversas ramas y ciencias, personas que pulularon por aquel mismo lugar por donde en esos precisos momentos nosotros caminábamos.

-¡Abuelo! –me llamó la atención con insistencia mi nieto Javier interrumpiendo mis relatos sobre los numerosos colegios que les iba mostrando y señalando, cruzando la calle de un lugar a otro para que ellos mismos pudieran leer las placas que indicaban su nombre- ¿Es qué en esta calle no vivía ninguna persona? ¿Es qué todas las edificaciones son sólo  colegios?

-¡Cuantos y cuantos colegios existían aquí! ¡Yo ya he perdido la cuenta de todos!- expresó su  hermano Fernando.

Ciertamente, seguro que mi agudo lector ya sabrá de qué calle estamos hablando, me estoy refiriendo a una de las calles más hermosas y más monumentales de nuestra ciudad; aunque, en verdad, existen otras de parecido rango y belleza, que ya tendremos ocasión de comentar. Estoy hablando de la calle Colegios o Los colegios, pues de las dos maneras se la conoce: de esa calle a la que hacía mención al principio en palabras de D. Esteban Azaña, de esa bella calle que luciría mucho más y estaría más engalanada, más señera, más estilizada, mejor adornada, si esos bellos cipreses  de elevada y esbelta estatura no hubieran sido decapitados por una mano asesina, una mano sin escrúpulos, una mano guiada por una mente sin sentido de la estética y de la armonía de la categoría de lo bello, unos cipreses que disputarían en elegancia y belleza, en esbeltez y equilibrio con esos grandísimos chapiteles que ensalzan las techumbres de los magníficos edificios que admiramos.

¿Conocéis una calle más esplendorosa, brillante y monumental que la calle Colegios? ¿Os habéis parado un instante, cuando pasáis por ella, a dirigir vuestra mirada a derecha e izquierda con calma, con sosiego de espíritu, con tranquilidad, para observar, contemplar y deleitaros en cada uno de los edificios que a un lado y a otro se alinean? ¿Por casualidad, os habéis detenido a admirar su profundidad, allá donde la vista se pierde, pero descansa, desde la Ermita del Cristo de los Doctrinos, posando la mirada en cada uno de los edificios, elevándola para ver cada uno de los chapiteles y torres, examinando la hermosura de los adornos que pueblan las del Colegio de Málaga, para, de pronto, perderse al final de la calle Santa Ursula, y quedar atónitos ante la magnífica panorámica urbana del Convento de las Monjas Agustinas Magdalenas con su espléndida y maravillosa cúpula octogonal de faldones de pizarra, coronada por una hermosa linterna de parecidos caracteres, precedida por una espadaña recién reconstruida?

Es como si la unión de la calle Colegios y Santa Ursula se prolongaran hasta el infinito, te elevara a través de los cipreses desmochados y prosiguieras tu sublime intensidad por esa maravillosa perspectiva finalizada por la edificación del Convento de las Monjas Agustinas Magdalenas que al instante se hermanan, se dan la mano, dejando ver la torre más alta de nuestra ciudad: el campanario de la Magistral, que se dibuja y trasluce en una mañana espléndida de sol, para mejor poder contemplar la belleza y hermosura que le llevó a Esteban Azaña a afirmar aquello de “la segunda Roma y la nueva Atenas”.

Ciertamente, desde la misma puerta de la Ermita del Cristo de los Doctrinos, desde esa misma acera, la panorámica surge esplendorosa y magnífica para unos ojos claros, anhelantes de admirar la hermosura que la vista te muestra y la mente sublimiza: cuatro esbeltos chapiteles alineados se pueden contemplar, todos plenos de belleza y preciosismo, todos negros y pizarrosos que contrastan con el tono rojizo del ladrillo de perfecta cocción o la piedra rosada de la Magistral, cuando el sol, envidioso de tanta belleza, posa sus rayos caloríficos y brillantes sobre estas formas tan arquitectónicamente orquestadas y bien construidas.

Desde aquí, os invito a levantar la vista, a examinar tanta belleza junta que sublima la mente, que eleva los espíritus y nos permite soñar con otra época, con otros personajes, con otras circunstancias, pero todos unidos por la contemplación de la misma maravilla, por la alianza entre el presente y el pasado, el pasado con el presente en un acto de pura admiración subliminal.

Os invito a que recorráis la calle con detenimiento, a que prestéis atención a uno y otro lado, a que miréis por encima de vuestras cabezas y con gran admiración seáis capaces de percibir con la calidad de los poetas, con la candidez de unos niños como mis nietos, con la profundidad de los filósofos, con la espectacularidad de unos ojos bien abiertos y expectantes todo lo que se ofrece a vuestra mirada y aparece como algo grato y digno de contemplar. ¡Razón tenía Esteban Azaña en su afirmación primera!

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