Daily Archives: 10 julio 2014

REFLEXIONES Y SENSACIONES

El mar, la mar. Nombre de mujer: delicadeza, belleza y elegancia; o de varón: fuerza, energía y bravura. La mar que cantan los poetas, el mar que leemos y soñamos en nuestras aventuras extraordinarias: ficticias o reales.

       Atardecer Obra de Nieves Prat

Atardecer
Obra de Nieves Prat

El mar, la mar. Este mar inmenso, pero cerrado y prisionero de las altas tierras y las profundas simas. Este mar  que, aunque libre en su intensidad, se siente atado, amordazado a pesar de su fuerte y poderoso rugido en los momentos terribles y admirables de la tempestad. Este mar temido y amado, deseado y respetado, juguete en manos de niños, diversión y anhelo de heroicidades. Este mar cantado y referido constantemente, creado e imaginado. Este mar de horizontes infinitos dentro de su finitud. Este mar misterioso, surcado y explotado, poco cuidado y conservado, producto de nuestros ratos de ocio y descanso. Este mar recorrido por innumerables piratas que en él hacen gala de su libertad, de su fuerza, de sus fechorías, como señores dominadores de su entorno y su inmensidad, como dueños de cuanto controlan. Este mar de enormes y gigantescas batallas, de desastres y ruinas, de naufragios y desgracias, de misterios ocultos e inalcanzables. El mar, este grandioso mar. Este mar perdido en la historia y en la memoria de los seres.

Hoy, me siento identificado con este mar, con sus aguas cristalinas, con azules, rosáceos, añiles o verdosos jade, con esos innumerables colores que surgen de su interior, como si un arco iris de mil tonalidades brotara de lo más hondo, de sus entrañas más íntimas ante los penetrantes rayos del sol en los diversos momentos de su cenit, nacimiento u ocultación, o, cuando la luminosa Luna, reina y señora, faro en medio de la oscuridad, dominadora de la negritud, coronada en lo alto del firmamento, deja ver su redondez, asomándose por el horizonte, elevándose como emperatriz embellecida con su corona de esmeraldas en medio de la noche intensa.

La mar, el mar. Ese indefinido  mar tan atrayente y cautivador, tan fiel guardián de sus misterios ¿cómo se deja oprimir y aprisionar en su enorme extensión y densidad?

La mar, el mar. Ese mundo maravilloso de seres vivos, de seres diminutos y grandiosos, de mundos infinitos, de criaturas adaptadas a su luz, a su brillantez, a sus objetos, a su oscuridad. Ese mar de lo profundo, de eternas oquedades desconocidas, de secretos inalcanzables y hasta ahora no descubiertos, que encierra en su entrañas, cual poderosa caja fuerte, bien custodiado, la historia de sus moradores, los tesoros de quienes allá buscaron la paz, el descanso o el reposo de su ajetreada, trágica o dichosa vida.

El mar, la mar. Ese mar juguete de los vientos, de las brisas suaves, de los poderosos ciclones y huracanes, que desplaza sin control sus ingentes moles de agua, formando montañas gigantes y destructoras, que se deslizan sobre la superficie, que desafían a las estrellas, que golpean con fuerza ante sus custodios acantilados una y otra vez, con constancia, con asiduidad y hasta con monotonía, sabedor de que poco a poco horadará su contorno, humillará su resistencia, vencerá su orgullosa cabeza y se apoderará, erosionando, de las duras piedras, de las montañas de arcilla, de los fuertes y robustos árboles de la floresta, que firmemente, sin concesión, va sometiendo y engullendo cual gigante Polifemo.

La mar, el mar. Sueño de mi infancia, motivo de inspiración, lugar de cuentos, cuentos hechos carne, cuentos plenos de realidad y vida. Ese mar que nace y acaricia dulcemente, a veces de forma agresiva, las doradas arenas, arenas cubiertas de cuerpos tostados que buscan su alivio y su frescor.

El mar, la mar. Mar de amor y pasión. Mar de encuentros y desencuentros. Mar de entrega y abandonos. Mar de odios encontrados y no resueltos. Mar de inmensidad infinita. Mar de creación y vida continuada. Mar de hacedor y creación. Mar espejo de mil rostros, reflejo de cientos de semblantes que buscan encontrar su felicidad, lucir su belleza y hermosura con sus engalanados tules, sus hermosas joyas, arrastrando su cabellera dorada, castaña, negra o rojiza hasta enraizarse en lo más hondo. Raíces que son fuerza, que son vida, que es continuidad.

La mar, el mar. Montañas de masas algodonadas, de sábanas de blanquísimos reflejos, aves de puro plumaje que se dejan llevar como volando con ágiles movimientos, nacer y adormecer con violencia a veces, con suavidad y delicadeza otras en brazos aterciopelados, en pequeñas acometidas, cuál personajes amorosos y entregados a la delicia de una apenas perceptible brisa. Blanca nieve de las más elevadas crestas, nieve nunca hoyada ni violada, nieve inmaculada.

El mar, la mar. Mar de los días y las noches. Mar de las cadencias y los ritmos. Mar de armonía orquestada y de música. Mar de instrumentos de aire que deja sonar sus notas melodiosas, cuando una sinfonía de sonidos, de movimientos, de silencios pausados, de compases bien  dirigidos por una sabia batuta de un desconocido director. Mar siempre musical y rítmico para unos sentidos en abertura constante y sensibilidad perceptiva.

La mar, el mar. Ese grandioso e inmenso mar. Ese voluminoso y denso mar tan hermoso y tan rico, tan codiciado y tan amado, tan apetecido y no siempre bien cuidado. El mar, la mar.

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