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VERANO GALDOSIANO

Hacía mucho, pero que mucho tiempo, que no me encontraba con Don Benito Pérez Galdós. Este verano, sin embargo, surgió en mí un ansia literaria, un afán lector, que nunca había abandonado, pero que me atraía, me llamaba poderosamente, me conducía  a dedicarme a los clásicos, me exigía un reencuentro con los grandes maestros de nuestras letras, y ¿quién mejor para reiniciar, para retomar este tipo de lectura, para profundizar en el aprendizaje realista y detallista, que la lectura de mi admirado Don Benito Pérez Galdós, autor tan denostado por sus contemporáneos y tan seguido hoy?

     Obra de Nieves Prat


Obra de Nieves Prat

Estoy hablando con todo respeto y consideración de uno de los grandes maestro de nuestras letras; sin duda, el más grande novelistas, después de nuestro querido y siempre admirado Don Miguel de Cervantes Saavedra, nuestro gran conciudadano, no siempre considerado como tal.

He comenzado la lectura de Don Benito por los Episodios Nacionales. Sé, querido lector, que dirás que esto es una salvajada, con perdón de la expresión, ya me voy pareciendo en algo a Don Benito, dado los calores que atormentan nuestra cabeza. Sí, amigo, los Episodios Nacionales, como ya sabrás, se componen de cinco series de diez novelas cada una, exceptuada la quinta que sólo tiene seis novelas.

―¿No es esto una bravuconada? ―me responderá alguno o pensarán muchos―. ¿No son muchas novelas de golpe? ―me dirán la mayoría.

Estoy seguro que todos conocéis de lo que hablo. Bajo este título se encuentra la historia novelada de nuestro siglo XIX. Aquí están narrados todos los grandes acontecimientos históricos de este turbulento y cambiante siglo, de esta inmadura y convulsiva época, donde nadie dio una muestra de sensatez, de cordura y de hacer algo con sentido, y los que lo tuvieron, se vieron obligados a huir o fueron acallados para siempre, ni la historia reconoce sus nombres ni sus hechos heroicos.

Entrar en el siglo XIX de la mano de Pérez Galdós es todo un lujo, es conocer al más mínimo detalle todas las circunstancias, todos los personajes, todos los acontecimientos importantes o insignificantes, todos los sucesos con cada uno de sus protagonistas, muchos de los cuales la historia ni menciona: su forma de actuar y su manera de pensar; sus atuendos y vestimentas; la geografía minuciosa de las ciudades, sus monumentos, calles, plazas, edificios públicos, conventos, iglesias y santuarios; los pueblos por insignificantes que nos parezcan; las montañas o collados, los valles profundos o minúsculos; nada quedaba sin reseñar a los perspicaces ojos de Don Benito.

¡Qué maravilla seguir paso a paso, detalle a detalle, cada uno de los acontecimientos que nuestro gran maestro nos va mostrando con respeto, con conocimiento de causa, con sobriedad y realismo sin dejar nada por mencionar!

¡Qué asombro produce contemplar, como si lo estuvieras viviendo, aquella orografía, hacerte amigo de aquellos personajes con los que llegas a intimar, a conocer sus grandezas y sus miserias, a compartir sus actos de heroísmo y sus bajezas!

Es de admirar y estudiar su lenguaje, su construcción oracional, su realismo conciso, su forma de narrar sin dejar nada en el tintero por muy insignificante que nos parezca, la descripción física y moral de cada  uno de los personajes que son nombrados, que alcanzaron un grado de notoriedad o pasaron desapercibidos a nuestros historiadores, aquellos de los que nadie se ocupó, pero que desempeñaron un gran papel ficticio o real, la forma descarnada de presentarnos aquellos personajillos que rigieron, influyeron y determinaron nuestra historia desde los más encumbrados a los más bajos. Todos son tratados por igual. Todos son retratados. Todos dejaron constancia de sus nulas o brillantes cualidades, de su sentido bobalicón, de su carencia de voluntad, de su afán de trepa que tanto brilló en aquel histórico siglo. Todo. Todo es contado. Todo queda allí reflejado como ejemplo de las malas formas de gobierno, que ya por entonces se producían.

¡Qué pena que no hayamos sacado ninguna lección de todo esto! Pues las mismas corruptelas de entonces siguen hoy proliferando, impunes, al igual que en aquella época donde tanta practica se hizo de ello. Quizá, sean los personajes de ahora, los mismos que los de entonces, si leemos sus nombres, si estudiamos sus formas, si examinamos sus maneras de proceder, ¿no nos recuerdan a los mismos? Nada ha cambiado: el pueblo sigue siendo pueblo, está igualmente explotado y humillado, sigue siendo, como decía muy bien Don Benito, el pagano de todo.

He leído con todo detenimiento la primera Serie con todos los sucesos más brillantes de la guerra de la Independencia, la historia de nuestra primera Constitución, llevando como guía a Gabriel de Araceli, quien, como protagonista principal, nos va narrando con todo lujo de detalles los momentos sangrientos y gloriosos, los instantes vividos de intriga, de heroísmo y de amor.

He seguido con Salvador Monsalud y Juan Bragas Pipaón la segunda Serie donde se puede observar: la adulación, la bajeza, la nulidad, la ignorancia y la intriga de los personajes, incluida la persona del rey Fernando VII; comprobar la ambición infame e influencia de los lacayos de palacio; el arbitrio de una mujerzuela o un palaciego adulador; estudiar al detalle el enjambre de holgazanes corrompidos y sin ley; la ignorancia y la barbarie de los pueblos sin estado; verificar el envilecimiento en que tantos seres viven como “carneros”, sin pedir cuentas a quienes les gobiernan, humillan, engañan y tienen en el más absoluto olvido.

Ciertamente, junto a estos personajes masculinos: unos nobles, leales, fieles a sus ideales, aparecen otros, los más: denigrantes, que se humillan ante el poder, que van dando bandazos de aquí para allá, con el objetivo de encontrarse cerca del que manda, sea cual sea su ideología cambiante y vacilante, a fin de obtener los beneficios propuestos.

Conviene advertir, como al lado de estos personajes varones, siempre se hallan mujeres fuertes, mujeres honradas, mujeres sencillas y fieles, mujeres heroínas, que conviven con otras que utilizan sus artes, sus astucias, sus argucias para estar siempre junto a los que medran.

Admiramos el carácter sencillo, abierto, fiel y servicial de Inés o Soledad junto a la habilidosa y triunfante Genara, o la mudable condesa de “X”, la marquesa de “Z” tratadas siempre con nombres ficticios para no descubrir su linaje, su casta ni su ascendencia nobiliaria: mujeres leales, mujeres que viven las mismas angustias y sufrimientos que sus antagonistas, mujeres buenas y compasivas, mujeres sublimes, capaces de enfrentarse a las desgracias o a las heroicidades más diversas en aras de su buena voluntad, de su cariño y compasión, mujeres salvadoras y sacrificadas por el bien del otro.

Creo que por hoy, voy a dejar aquí este verano galdosiano, dada su gran extensión. Prometo continuar con otro artículo antes de finalizar el verano.

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