EL LENGUAJE Y LOS ANIMALES

Desde el momento mismo en el que el ser humano comenzó a relacionarse con el mundo animal, desde el preciso instante en el que se arriesgó a cazarlos, a domesticarlos e incorporarlos a su vida familiar como unos seres más de su entorno, desde ese hecho, se ha ido estableciendo entre ellos un lazo de convivencia, un hábitat de encuentro, una situación entrañable y de comunicación, de modo que éstos han configurado más y más cada vez la vida del ser  humano, sus posturas, sus aptitudes, sus acciones y ademanes, sus sonidos y hasta nos han ido dejando sus nombres, de la misma manera que nosotros les hemos asignado los nuestros, por lo que es fácil encontrar en nuestro lenguaje, en nuestras formas de expresión, en nuestra manera de relacionarnos, multitud de voces, infinidad de sonidos, fraseología variada  propia de su mundo y de su manera de proceder o actuar.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Siempre nos han enseñado, desde nuestros primeros pasos en la escuela, que nuestra lengua tiene su origen y procedencia de forma primordial en la cultura clásica greco-latina y, más en concreto, en la lengua latina; más tarde, nos dijeron que otros pueblos, conquistadores de nuestras tierras, fueron dejando su impronta, sus vestigios y, así, nos hicieron aprender voces de los pueblos aborígenes, de los pueblos germánicos, del mundo árabe, incluso, términos traídos de otros mundos lejanos; por último, nos hablaron igualmente de la influencia anglo-sajona y de otros pueblos de nuestro inmediato entorno.

Nadie nos ha hablado de la influencia del mundo animal, salvaje o domesticado, de su influencia y manifestación permanente en nuestra lengua, en nuestro vocabulario, en nuestra forma de designar los objetos, en nuestras acciones o aptitudes, en nuestro lenguaje coloquial, familiar o literario.

Con frecuencia, cuando hablamos o escribimos, no somos conscientes del uso en nuestra lengua castellana de multitud de voces de toda índole y aspecto, de términos que utilizamos, que aparecen de forma imprevista en nuestro vocabulario y que tienen una íntima relación con el mundo animal. No me estoy refiriendo sólo al lenguaje vulgar, sino en el mismo lenguaje literario. Es, por ello, mi intención, mostrar aquí algunos ejemplos claros de expresiones léxicas, de fraseología, que de alguna manera reflejan la presencia o la influencia del mundo animal en nuestra lengua.

Si utilizamos el diccionario, ahora que nos lo han presentado tan renovado y con tantos vocablos extraños pero muy frecuentes en nuestras comunicaciones habituales, si hacemos un trabajo exhaustivo de investigación, si nos proponemos un estudio de las obras literarias, incluso, en las de nuestros afamados escritores, a poco que nos adentremos en ellas, pronto nos encontraremos con términos y expresiones correspondientes a cada una de las partes de la gramática, que tienen que ver, que están íntimamente relacionados con el mundo animal.

Así, si nos detenemos en el núcleo nominal, por empezar por algún sitio, observaremos como existen nombres propios de seres humanos, que, a su vez, son formas con las que designamos las especies de animales: “León”, “Leonardo”, “Aquilino”, son algunas muestras referidas al varón, o “Paloma”, “Urraca”, “Filomena” para asignar a la mujer.

Si damos un paso más, nos vienen fácilmente a la mente apelativos como: “asno”, “borrico”, “borrego”, “cigüeño”, “mochuelo” o “zángano” y sus derivados: “zancadilla” o “al trote”, o los onomatopéyicos: “runruneo”, “no decir ni pío”, “no decir ni mu”, “ni fu ni fa”, “quiquiriquí” o “cric-cric”, que siempre hacen referencia a comportamientos humanos. Igualmente utilizamos formas adjetivadas como: “mulato”, “canino”, “avispado”, u otras modificaciones de formas verbales como: “a gatas”, “a paso de tortuga”, “a lo bruto”, “a salto de mata”, “con la lengua fuera”, en clara sintonía con acciones propias de animales aplicadas a acciones humanas.

Con respecto al núcleo verbal, muchas y diversas son las voces que utilizamos con frecuencia; términos que aluden al mundo animal para mencionar situaciones o comportamientos propios del ser humano, sirvan como ejemplos: “gallear”, “cabrearse”, “azorarse”, “mariposear”, o “amilanarse”. A veces, estas expresiones sufren alguna derivación, transformándose, como: “encapricharse”, “agregar” o “aturdirse”.

Si nos adentramos en la anatomía de los animales, surgen términos como: “cerrar el pico”, “alzar el vuelo”, “desembuchar” o “abuchear”, sin olvidar expresiones de estimulación propias de interjecciones o exclamaciones, tales como: “¡zape!”, “¡arre!”, “¡hala, hala¡”, “¡caracoles!”, “¡y un jamón!”, “¡un cuerno!”.

El lenguaje literario forma un capítulo aparte: en los cuentistas, en los fabulistas, en el refranero, en los dichos populares, incluso, en nuestros más ingeniosos escritores, en los textos sagrados y hasta en la música popular, como el villancico, es frecuente encontrar léxico, términos, frases hechas en las que el elemento animal se ve profundamente reflejado. Con el fin de no extendernos demasiado en su enumeración con detalle, me voy a limitar a citar algunos ejemplos, con la esperanza de animar a los estudiosos a profundizar en ello:

¿Quién no ha pronunciado alguna vez expresiones como: “echar sapos y culebras por la boca”? ¿Quién no ha oído en alguna ocasión el dicho: “tienes más conchas que un galápago”? ¿Quién no ha leído aquello de: “perder los estribos”, “cazados al vuelo”, “la cabra tira al monte”, “ave de mal agüero” o “está tan negro como la boca del lobo”? ¿Quién no conoce en los mismos textos sagrados términos como: “el becerro de oro”, “el gusano de la conciencia”, “lobo con piel de cordero”, “el macho cabrío” o “dar coces contra el aguijón”?

Para terminar una pequeña referencia a la obra literaria, a nuestros celebres fabulistas, sólo por citar algún ejemplo: ¿Recordáis títulos como: “La gallina de los huevos de oro”, “La zorra y las uvas”, “La rana que quiso ser buey”, “El asno y el lobo”, “El burro flautista”, “Habló el buey y dijo mu” o aquellas frases de: ¿quién le pone el cascabel al gato? o “vender la piel del oso antes de cazarlo”?

No quisiera acabar este artículo sin una leve referencia a la música, en especial al Villancico: “Hacía Belén va una burra”, “Entre un buey y una mula Jesús ha nacido” o aquellos populares “Arre, arre borriquito”, “Jaleo, jaleo, jaleo”.

No sé si he conseguido mi objetivo. Espero y deseo que aquello que me propuse al comenzar este artículo se haya visto reflejado. Quizá, no haya sido lo suficientemente exhaustivo o, acaso, teórico. Simplemente intentaba dar una pincelada más sobre la cantidad de términos, sacados del mundo animal, que hoy forman parte de nuestro elenco cultural, de nuestro vocabulario de la lengua castellana. Quizá, debiera haber realizado una enumeración más llamativa y provocativa de otros términos hoy más en uso, de ésos términos que el actual Diccionario hoy ha reconocido y ha incluido; mas ésa no era mi intención ni mi propósito, me basta con despertar en el lector la simple curiosidad por adentrarse con mayor profundidad en estas cuestiones. Si lo consigo, me doy por satisfecho.

 

3 Comments

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3 Responses to EL LENGUAJE Y LOS ANIMALES

  1. Marisa Veguillas Muriel

    Siempre es agradable la lectura de tus artículos. Referente al que hoy remites, traigo una expresión muy adecuada a los tiempos que corren: “estar más cabreado que una mona” (con perdón, pues no es muy fino); creo que es uno de los sentimientos más extendidos entre los españoles últimamente. En fin…

  2. Juani

    Me ha parecido curioso y original, como siempre haciéndonos pensar y razonar, en esta ocasión sobre tantas palabras y frases que usamos a menudo sin pensar en el porqué las usamos…., muy interesante.
    Muy apropiado el espantapájaros.
    Besitos, Juani

  3. Astrid Cano

    Muy interesante como utilizamos términos que no somos conscientes de su origen, o que no les prestamos la debida importancia. No era consciente de cuantas frases de uso común tienen este origen.
    Gracias por hacerme pensar en ello.

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