EL AURIGA Y LOS CABALLOS DESBOCADOS

Primero, fue un fuerte murmullo; luego, un vocerío estridente y chillón en el que las cuerdas vocales se tensan, los músculos se alargan y se estiran de manera indeterminada, aumenta la irritación y el desacuerdo; después, se fue transformando en un rugido amenazante, donde los tonos de voz no se distinguen ni se individualizan, los gritos se elevan por toda la bóveda del universo, los oídos doloridos chirrían de dolor, sofocados y estruendosos, todo se asemeja a un espantoso ruido producido por la más infernal y atronadora máquina, el sonido se convierte, en realidad, en un tumulto trepidante y agobiante, en el que las manos se aceleran veloces a taponarlos con fuerza y decisión.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Nadie se mira. Nadie observa la gesticulación cómica y teatral: las manos nerviosas y en acción permanente que no cesan de moverse y agitarse hasta levantarse al infinito, chocando unas con otras; los semblantes endurecidos se enrojecen, se contraen, como si de un momento a otro fueran a estallar congestionados por la cólera, expresando desaforadamente no sé qué cosas o ideas con o sin sentido, con razón pero sin inteligencia, incapaces de ser captadas y percibidas por alguien atento y sorprendido.
No es posible distinguir un vocablo de otro, escuchar nítidamente una expresión, entender un solo pensamiento, comprender el significado de aquel terrible tumulto, de aquel desesperante espectáculo, de aquellas exaltadas gesticulaciones que no llevan a ningún sitio, que no tienen límite, creando un tremendo vacío descorazonador a tu alrededor.
No se puede sacar nada en limpio. Es imposible saber que defienden con tanta fuerza, energía e interés, qué cosa se dicen unos a otros, si no se escuchan.
¿Cómo puede haber diálogo entre ellos? ¿Cómo se empeñan en intercambiar un solo pensamiento de esa manera tan escandalosa? ¿Cómo alcanzarían un mínimo de acuerdo y entendimiento? ¿Cómo así se podrían comunicar?
Como diría Platón, se trataba de un carro dirigido por un auriga y arrastrado por dos poderosos caballos: uno blanco, dócil y obediente, símbolo del apetito irascible; otro negro, soberbio y difícil de controlar, representante del apetito concupiscible. Éste último se sale de la vía marcada, empujado por sus impulsos inferiores, desbocado, sin obedecer las órdenes, arrastrando en su loca carrera al caballo blanco, precipitando el carro al precipicio.
¿Qué pintaba aquí el auriga? ¿Acaso se había dormido en ese instante, se había despistado o había perdido las riendas? ¿Dónde está su dominio de poder y control? ¿Quién iba a regular y a regir a partir de ahora esta cuadriga desbocada? ¿Cuándo logrará imponer esta armonía interior entre lo pasional y la prudencia? ¿Acabará de una vez triunfando la sabiduría a fin de poder alcanzar definitivamente la justicia?
¿No surgirá en medio de tanto caos, tumulto y desorden, una voz, una idea fuerte y única, un sonido claro y distinto, inteligible, que se levante sobre tanto ruido estridente y tanto sin sentido, manifestando su pensamiento unificador, cargado de significado y apaciguador, un pensamiento universal?
¿Quizá, fuera preciso y necesario para el buen progreso y entendimiento, como diría Descartes, encontrar un método, una regla cierta y fácil, donde siguiendo su observancia exacta, se llegaría a la convicción, a la certeza de no tomar nunca un error por una verdad, que permitiera sin quemarse en esfuerzos inútiles, que la mente alcanzara el conocimiento de lo verdadero en todo cuanto sea capaz; es decir, que nos librara de caer en el error de confundir lo verdadero con lo falso y nos condujera, como buen auriga, a conseguir un criterio de verdad que nos facilitase el progreso intelectual?
Llegado a este punto, a lo mejor es obligado recurrir a aquella especie de sociología del conocimiento esbozada por Bacon con su formulación de la doctrina de los “ídolos”, en la que nos muestra los condicionamientos de diversos tipos, que inciden en la tarea del conocer y que tan poderosamente influyeron en las universidades inglesas: “ídolos de la tribu”, confusión de deseo y realidad; “ídolos de la caverna” o de cada individuo en particular, que intenta imponer sus condicionamientos y su carácter personal; “ídolos del foro” que conllevan los problemas de comunicación y lenguaje, por los que los seres humanos se ven envueltos en controversias e innumerables imaginaciones vanas.
Estos ídolos en sus diversas índoles bloquean la mente, por lo que resulta muy difícil el acceso a la verdad, a poderse escuchar, a entrar en un intercambio de ideas, a obtener un correcto entendimiento de comunicación, a hallar una armoniosa convivencia en justicia.
En medio de tan gran tumulto y desorden debe elevarse una voz fuerte y poderosa, una voz sonora y dominante, una voz dulce pero severa, una voz perfectamente entonada, una voz melodiosa y serena; es la voz de la intuición, se trataría de una voz conceptual, que no dejara dudas; una voz, que brota de la razón y que es más cierta que lo allí deducible.
Es la voz personal que existe y se eleva desde el interior del propio existir; es la voz de la actividad constante, la voz que no cesa, la voz que reclama y exige, la voz que a veces te atormenta y te obliga a variar el rumbo, a hacer un alto en el camino, a volver a retomar la vida y a reorientar tu proceder; es la voz orientadora, que te habla desde lo íntimo y profundo; es la voz del sosiego y la calma.
Eleva el espíritu. Sobreponte al atronador zumbido que atormenta tus oídos. Observa con detenimiento el espectáculo teatral de los “ídolos del teatro”, ídolos de sueño alejados de la realidad, de deseos insatisfechos, que concluía Bacon.
Reclama silencio: un silencio profundo, un silencio interior en medio de tanto ruido exterior, un silencio íntimo del que surgirán las verdades, las ideas claras, un silencio hablador que nos llevará a la paz, a la mente tranquila, a la sublimación total, al éxtasis infinito.
¿Desaparecerán así las tinieblas? ¿Se borrarán las tremendas tempestades que nos dominan y subyugan? ¿Se romperán los desequilibrios? ¿Saltarán hechas añicos las ideas del sueño? ¿Se hará el silencio reparador y reconfortante? ¿Aparecerá la luz y con ella brillará la verdad, la belleza, la hermosura?
Debemos ser optimistas. Tenemos que confiar en el poder de nuestra mente. Es obligado que tengamos fe en nosotros mismos, que levantemos la cabeza a lo más alto, a pesar del vértigo que esto nos produzca; de esta manera, podremos descubrir lo más íntimo y profundo, aquello que anida en nuestro interior y nos hace existir, ser un alguien con sentido, con una realidad trascendente.

2 Comments

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2 Responses to EL AURIGA Y LOS CABALLOS DESBOCADOS

  1. Jorge Varas

    Dice Karl Ove knausgard, un autor que acabo de descubrir, que «la vida de todo el mundo es tan grande como uno la hace. Yo soy el héroe de mi propia vida» en relación a esa apuesta por la autoconstruccion que veo en tu texto y también comparto. Totalmente de acuerdo que frente a la banalidad y al ruido del espectáculo vacío, hay que posicionarse éticamente tratando de encontrar y ofrecer lo mejor de nosotros mismos. Una búsqueda de la «verdad». Dura tarea en un entorno en el que los valores son tan efímeros y superficiales, donde cada vez cuenta mas la rentabilidad material, donde el trabajo espiritual se ve con recelo y se margina. Resistiendo, perseverando, al mismo tiempo muchas veces surge la duda saludable, de saber si nos encontramos de verdad en el camino adecuado. Tu prosa Jose Luis se me hace cada vez mas grande y recorre territorios por donde yo también paseo.

  2. Jorge Varas

    Continuo pensando sobre lo escrito y caigo en que El auriga de Delfos aun dirigiendo a cuatro o seis caballos, encuentra el sosiego necesario para llegar a la meta honorablemente. No conozco esta pieza directamente, pero me imagino que ante ella, por transmitir sentimientos tan vitales, no me quedaría otra alternativa que la veneración.

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