UNA PERCEPCIÓN ONÍRICA. UNA IMAGEN FUGAZ

Sentado en el sillón de mi cuarto de trabajo, a punto de coger entre mis dedos uno cualquiera de los muchos bolígrafos, que utilizo indiscriminadamente y que poseo almacenados en unos recipientes con forma de pequeñas jarras con inscripciones imperceptibles como ésta de Wittgenstein, que mantengo frente a mí, a la altura de mi vista, que suelo leer con frecuencia “los límites de mi lenguaje son los límites de mi conocimiento”; a poco que elevo la mirada, me encuentro con varios gruesos ejemplares de Don Quijote de la Mancha, en el año en el que conmemoramos el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, el llamado “Quijote de 1615”; a su lado, el no menos extenso Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como complementándose, como no entendiéndose el uno sin el otro, como hermanados entre sí, como aclarando  y explicando mejor el sentido de la frase del famoso filósofo mencionado.

Con prontitud juego entre mis dedos con un bolígrafo de tinta azul y sin dejar tiempo a mi pensamiento para que elabore unas breves ideas, sin detenerme un poco para reflexionar sobre lo que quiero expresar, comienzo a deslizar la pequeña punta sobre el papel, a trazar unos pequeños garabatos, unos pequeños trazos que más tarde me servirán para organizar mis pensamientos, que bullen ya en mi mente con la misma velocidad que mi mano es capaz de plasmar sobre un folio para reciclar, un folio utilizado en otro menester, sin contenido interesante y que ha dejado de servir ya de referente, de significar algo digno de tenerse en cuenta, para darle una nueva utilidad antes de ser arrojado a un contenedor de papel: lo utilizo, lo uso, lo lleno de garabatos con símbolos, con signos, con palabras inconexas, palabras que sólo yo soy capaz de interpretar, de convertirlo de nuevo en algo con sentido, con significado, en un mensaje unitario de pensamiento, en una reflexión para ser expuesta después a los demás, a aquellos que se atrevan y quieran seguir mis ideas.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Escribo y escribo sin cesar: a veces, ideas confusas, cosas que aparecen y desaparecen sin sentido, como extrañas percepciones; después, se van uniendo unas con otras y acaban configurando una realidad, algo que queda ahí reflejado, como si de un pensamiento profundo se tratara, maduro, pleno de contenido y significado, algo digno de ser leído por lectores serios y sesudos, por gente aventajada y bien formada, por alguien experimentado, capaz de percibir todo el significado hondo de lo allí expresado.

De pronto, me detengo en la contemplación de un retrato, de una fotografía, de un rostro hermosísimo, de unos rasgos que me cautivan y me hacen perder el control del tiempo; unos ojos limpios y transparentes, ensoñadores, que se fijan en mi persona con gran intensidad; unos ojos en los que se percibe toda la grandeza de un ser, de un ser entregado y enamorado, de un ser lleno de vitalidad, de alegría, de confianza, de expresividad, con sentido de ilusión y vida que producen calma y seguridad.

Mi pensamiento queda bloqueado. Mi mano se detiene en seco en una línea a medio concluir. Me siento incapaz de expresar todo lo que mi ánimo percibe en ese momento, ni “El Quijote”, ni el Diccionario de la Real Academia, ni Wittgenstein me sugieren nada. Prefiero detenerme en mi recorrido, saborearlo en mi interior, dejarme llevar por el éxtasis del instante y la contemplación subliminal.

Es como si el tiempo se detuviese, como si nada sucediera a tu alrededor, como si sobrepasases las líneas del encantamiento y te elevaras sobre tu propia realidad, sobre la realidad de todo lo existente y nada ya te importara, como si perdieras la noción del existir y una nueva realidad existencial se ofreciera ante tu presencia, ante tu propio devenir perdido en el no ser del ser pleno, en la objetividad concreta del objeto presente que se muestra como un fenómeno, como una visión total y plena de vida.

El acontecer deja de suceder como evaporándose, cual bella niebla seca y vacía que se aleja sin manchar, sin humedecer, sin dejar unas pequeñísimas gotas perdidas, apenas perceptibles, sobre el incipiente verdor de la naturaleza. Es el instante pasajero que se eleva sobre las laderas y supera las cumbres sin esfuerzo, sin dejar huella, sin que un halo de existencia permanezca ante el suceder, como si se volatizara sin dejar muestra de su presencia.

Pasado un tiempo, vuelvo a la realidad viviente. Me encuentro, de pronto, en el punto de partida. Me interrogo una y mil veces sobre el existir de ese instante y me hallo sin respuesta, con una mente en blanco, con un sin sentido del que no sé salir ni puedo abandonar, ni sé dar un primer paso.

Esto no puede quedar así. ¿Será producto de la vida? Me pregunto un tanto avergonzado. ¿Cuál es mi respuesta viviente ante este acontecer? ¿Por qué mi mente se niega a penetrar con prontitud, con profundidad en la esencia del sentimiento percibido?

No. No encuentro solución, pero no puedo conformarme ni resignarme. La exigencia de mi ser viviente me implica, me exige, me apremia una respuesta con autenticidad.

No. No puedo estar perdido en un bosque de hojarascas y matojos sin encontrar el por qué exacto, el sentir profundo, la respuesta con sentido, la razón de todo el suceder vivificador.

Al final de mi pensamiento, con el último rayo de esperanza, se vislumbra una luz, una pequeña estela que te atrae, te reclama, te exige, te ilumina y te hace hallar la vía del encuentro, la vía del profundo existir, de la personalidad perdida, del carácter contemplador y existencial.

 

 

1 Comment

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One Response to UNA PERCEPCIÓN ONÍRICA. UNA IMAGEN FUGAZ

  1. María Laura González

    ¡Qué belleza de texto! Gracias por dejarnos penetrar en tus pensamientos por un momento, por hacer que mi mundo también se pare por un instante y me permita el lujo de reflexionar sobre el sentido de mi vida.
    Gracias maestro.

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