EN EL CUARTO CENTENARIO DEL QUIJOTE DE 1615: 2º DON QUIJOTE FRENTE AL “QUIJOTE DE AVELLANEDA”

Llegando ya en su lectura al capítulo LIX del Quijote de 1615, éste da muestras de conocer el “Quijote de Avellaneda”; allí, en una venta, mientras Don Quijote se disponía a cenar en su aposento, oyó en otro que sólo separaba un tabique:

―Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que trae la cena, leamos otro capítulo  de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

Apenas oyó su nombre don Quijote se puso en pie para mejor escuchar lo que de él decían.

Se trataba de dos caballeros: don Jerónimo y don Juan, quienes dialogaban de los grandes méritos de la primera parte y los disparates que se contaban en la segunda, negándose a leerla por no tener cosa alguna buena.

―…Lo que a mí más desplace ―dijo éste último― es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.

―¿Cómo se atreve, ese bellaco de don Quijote falso, a decir estas cosas de mí? ―respondió el verdadero don Quijote de la Mancha, lleno de ira y desprecio.

―Yo pretendía herirle un poco, aprovecharme de su fama para desprestigios de sus valores, ridiculizarle y mofarme de sus disparates ―manifestó el apócrifo don Quijote.

―Pues sepa vuestra merced, falso don Quijote, que el verdadero amante, don Quijote de la Mancha no puede olvidar ni alejar nunca de su pensamiento a Dulcinea del Toboso ―luego de una pequeña pausa con la que no logró calmar su enfado.

―Yo le haré rectificar con estas armas que porto; pues la sin par Dulcinea del Toboso es la diosa de mis pensamientos, siempre está presente en mis aventuras y ni puede ser olvidada, ni en don Quijote de la Mancha cabe el olvido ―levantando la voz para ser bien escuchado por todo el mundo― en esto demuestra el falso Quijote de Avellaneda que es falso cuanto dice y hace, siendo un gran impostor.

Al instante, los dos caballeros, tan pronto como vieron la imponente figura de don Quijote de la Mancha, se abrazaron a su cuello con gran alegría confesando.

―En verdad, vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la caballería andante, a despecho de este señor oportunista que ha querido desacreditar vuestro nombre con este “falso don Quijote”.

Rápidamente le hacen entrega del “falso don Quijote”, donde se dicen estas aberraciones y descréditos. El verdadero don Quijote de la Mancha hojeándole un poco por encima, con gran mesura no exenta de gran energía les responde:

―No necesito leer más, acabo de encontrar varias cosas dignas de reprehensión a este libro y a este “falso don Quijote”: la primera es alguna palabra que he leído en el prólogo; la segunda, que el lenguaje es aragonés porque escribe sin artículos; la tercera y última, es que se desvía de la verdad en lo más principal de la historia.

―¿Cuál es esa desviación que vos habéis observado, mi señor don Quijote de la Mancha?

―Porque afirma que la mujer de mi escudero aquí presente, Sancho Panza, se llama Mari Gutiérrez, y no es tal, sino Teresa Panza, y si yerra en esto, seguro que yerrará en todo lo demás.

―¡Donosa cosa de historiador! ―dijo Sancho―, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez. Lea, lea más, mi señor, para ver que dice de mí.

―Pues a fe, Sancho Panza ―dijo uno de los caballeros―,  que no os trata nada bien: os pinta de comedor, de simple y poco gracioso, además de borracho, muy distinto del Sancho de la primera parte de don Quijote de la Mancha.

―Dios se lo perdone ―respondió Sancho―, mejor que no se acuerde de mí, pues quien los sabe, los tañe, y bien se está San Pedro en Roma.

En el transcurso de esta conversación preguntaron los caballeros por la situación de la sin par Dulcinea del Toboso: si se había casado, si estaba preñada, si guardaba su honestidad y buen decoro. A lo que el verdadero don Quijote de la Mancha respondió:

―Dulcinea está entera; mis pensamientos más firmes que nunca.

―Créanme vuesas mercedes ―dijo Sancho―, que el Sancho y el don Quijote de ese libro deben de ser otros de los que andan en aquella historia que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple, gracioso, y no comedor ni borracho.

―Retráteme el que quiera ―añadió don Quijote de la Mancha― pero no me maltrate, que muchas veces desaparece la paciencia cuando la cargan de injurias.

―¿No irán vuesas mercedes a Zaragoza ―preguntaron los caballeros― como el apócrifo don Quijote de ese tal Avellaneda.

―No pondré los pies en Zaragoza ―manifestó don Quijote de la Mancha―, y así, sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese falso historiador, las gentes verán que yo no soy el Quijote que él dice. Marcharé por el camino más derecho a Barcelona, que allí se celebran otras justas.

Como prueba de genialidad de Cervantes, reseñar el hecho de que en la segunda parte del Quijote, el Quijote de 1615, en el capítulo LXXII, hace aparecer personajes del falso Quijote de Avellaneda; el autor lo incorpora de una forma genial en un complejo juego literario.

Aparte de unas intenciones concretas, como ya veremos, Cervantes demuestra ser un escritor puro, que juega con la literatura, considerándola además como realidad similar a la misma vida. El truco produce la sensación de que los personajes de la novela viven y se pueden pasar de una novela a otra; en el caso de Cervantes, este procedimiento adquiere relevancia, ya que los personajes trasplantados son los de una novela que trata de copiar la suya y aprovecharse de ella, de su fama y su éxito.

―Mira, Sancho, cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mi historia en aquella venta, me parece que topé allí con el nombre de Álvaro Tarfe.

―Sí, mi nombre es Álvaro Tarfe.

―Pienso ―dijo el verdadero don Quijote de la Mancha― que vuestra merced debe ser aquel don Álvaro que aparece impreso en la segunda parte de don Quijote, que poco ha dado a luz un autor moderno llamado Avellaneda.

―El mismo soy y el único responsable de que se encaminara a las justas de Zaragoza, donde yo iba ―manifestó éste.

―Y dígame vuestra merced, señor don Álvaro. ¿Me parezco yo en algo a ese tal don Quijote?

―No por cierto, en ninguna manera.

―Y ese don Quijote ¿llevaba consigo a un escudero llamado Sancho Panza?

―Sí traía y yo nunca le oí decir ninguna gracia.

―Quiero que sepa, señor don Álvaro Tarfe, yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama y no ese desventurado que ha querido usurparme mi nombre y mi honra. A vuestra merced suplico que haga una declaración ante el alcalde de este lugar de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte ni este Sancho Panza, mi escudero, es aquél que conoció vuestra merced.

―Eso haré yo de muy buen grado ―respondió don Álvaro de Tarfe.

Sentáronse juntos a la mesa don Quijote y don Álvaro, estando en esto entró en el mesón el alcalde con un escribano, entonces pidió don Quijote a don Álvaro que convenía que declarase que no conocía de antes a don Quijote de la Mancha, allí presente, y que no era aquél que andaba impreso en una segunda parte de don Quijote de la Mancha de un tal Avellaneda y natural de Tordesillas; el alcalde finalmente proveyó; la declaración se hizo con todo alcance, con lo que quedaron alegres don Quijote y Sancho. Don Álvaro de Tarfe quedó muy satisfecho de poder tocar y charlar con el verdadero don Quijote de la Mancha y con el auténtico Sancho Panza.

1 Comment

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One Response to EN EL CUARTO CENTENARIO DEL QUIJOTE DE 1615: 2º DON QUIJOTE FRENTE AL “QUIJOTE DE AVELLANEDA”

  1. Concha

    Gracias José Luis por permitirme leer un trocito, (¡ya me gustaría volver a leerlo entero! pero falta de tiempo),de esa maravilla obra de mi paisano Cervantes, al que admiro y que con tanta maestría y elegancia descubrió a su «plagiador».

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