¿EXISTE LA NADA? ¿EXISTEN LAS TINIEBLAS?

Estando preparando unos libros de lectura para ocupar los muchos momentos de ocio que mi actual profesión de jubilado me permite para este verano, cayó en mis manos un brevísimo tratado escrito en latín, al que nunca había prestado atención, que me sorprendió tremendamente y tentó mi curiosidad.

La Filosofía ha sido siempre para mí un lugar de cobijo, un gran remanso para mi espíritu, una calma y una tranquilidad para mi mente, un sosiego y un descanso para mis músculos y mis articulaciones agotadas por el esfuerzo, el deporte o el trabajo, en fin, una grieta profunda donde se sumerge mi pensamiento buscando en lo más hondo lo último, lo definitivo; estando en esta situación, nunca hallas el momento para retornar a la realidad de la que te habías alejado. Éste es el ámbito en el que te afanas por encontrar la verdad, por vislumbrar la auténtica dirección de tu proceder en la vida, donde puedes percibir el ser, el absoluto en su plenitud y en su total consistencia.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Así, rumiando y buceando en la historia de la cultura ante este hallazgo en el pensamiento de nuestros ancestros, en las ideas que nos desvelaron y nos dejaron ahí para nuestra contemplación y placer, intentando por todos los medios no llegar a las teorías primigenias orientales ni, por supuesto, a la cuna y origen de nuestro inicio en el arte de razonar, el que siempre he presumido de conocer, ante la pregunta causante de este proceder; antes de llegar a este instante, según avanzo en la investigación, me encuentro de forma inesperada y sorpresiva, sin sospecharlo ni pretenderlo, ante la inmensa labor cultural llevada a cabo por el emperador Carlomagno y el no bien estudiado “Renacimiento carolingio”, patrocinado por los maestros de la Escuela de Aquisgrán capitaneados por el gran Alcuino.

Estando en estas pesquisas, me llama la atención profundamente, me cautiva hasta el punto de obligarme  a hacer un alto en el camino, un alto definitivo, cómo a comienzos del siglo IX, un desconocido pensador, diácono por aquel entonces en la abadía de Tours, escribe una extraña epístola a la corte palatina, donde razona y argumenta sobre la verdad y existencia de la nada y las tinieblas basándose en la Biblia, en la que está escrito que “el mundo, todo lo existente, fue creado a partir de la nada” e igualmente que “las tinieblas cubrían toda la faz de la tierra”.

Este pensador desconocido, aunque, posteriormente, alcanzó puestos importantes en la corte imperial, por nombre Fridegiso, es el autor de este brevísimo texto, al que me refería al principio y cuyo título es “De Substancia Nihili et Tenebrarum”.

Fridegiso, según nos cuentan algunos historiadores de la época, fue un hombre radical en sus ideas, intransigente en sus resoluciones, poco amigo de la mediación, del pacto y de la diplomacia, lo que le llevó a constantes polémicas y disputas con los miembros de su abadía y con sus coetáneos. Así, Tomás Pollán, en el prólogo a la traducción de su pequeño tratado, lo sitúa en una relación de continuidad y de ruptura a la vez de la Escuela Palatina. Se sirve de los mismos instrumentos que sus compañeros con el único objetivo compartido de recuperar y recomponer la herencia de las Escrituras, pero con una radicalidad especulativa que le coloca a él y a sus ideas en el umbral de la herejía.

Esta epístola “De Substancia Nihili et Tenebrarum” fue uno de los textos más discutidos en la E. Media. Existen autores que lo califican como el primer tratado filosófico de la Europa carolingia y a su autor el primer filósofo del primer Renacimiento. Ésta es, sin duda, la causa y razón que me exige detenerme en este singular autor, en sus teorías, en su polémica y en la importancia que en el transcurso de los tiempos adquirieron sus discutidos planteamientos, en especial su teoría sobre la existencia de la nada como algo que es y existe.

Pensad, por un momento, que filósofos tan importantes en el siglo XIX como Heiddegger y, posteriormente, el mismo Sartre entre otros, harán del problema de la “nada” la piedra fundamental de su filosofar y con una radicalidad más extrema, incluso, que la de Fridegiso, ya que el tema sobre la nada ha marcado sin duda el destino de occidente.

La epístola aparece con el muy discutido propósito de demostrar con argumentos lógicos la verdad de la letra de las Escrituras, sobre todo, en lo referente a la existencia real de la “nada” y de las “tinieblas”. Por lo tanto, debemos afirmar sin miedo a error que el autor concede un valor absoluto a la literalidad de las Escrituras. A partir de esto, la autoridad de la literalidad se impone sobresaliendo lo que está escrito en la Biblia y en ella se afirma.

Fridegiso, en este pequeño tratado, advierte de la singularidad de la nada y llega a la conclusión de que es algo realmente existente. La nada es algo innegable. La razón demuestra que todo nombre definido como sujeto de un enunciado significa algo, algo que es. Dios creó todo de la nada, por tanto la nada es algo grande y noble, puesto que todo lo creado procede de allí.

Con parecido proceder y argumentación demuestra la existencia de las tinieblas: son muchos los momentos en los que el Antiguo Testamento habla de la existencia de las tinieblas. Por eso Dios, al separar la luz de las tinieblas, llamó a la luz “día” y a las tinieblas “noche”.

Las opiniones sobre esta argumentación son de un fuerte carácter contradictorio. Las valoraciones han sido muy dispares a través de la historia y por los innumerables pensadores, que se han acercado a la lectura del pequeño texto, consideraciones que a veces son pura banalidad; pero que muestran que este escrito ha provocado y sigue vertiendo juicios muy dispares, opiniones encontradas, creando un gran desconcierto como el que ha surgido en nuestro espíritu ante su lectura.

¿No me digáis, queridos lectores, que no os sorprende este desconocido personaje? Consultad la historia universal del pensamiento y comprobad si éste tal Fridegiso aparece en ella. Examinad en profundidad sus escritos y decidme si en alguna ocasión habíais oído hablar de su trascendencia. ¿Acaso no pensáis que es notable su aportación a la historia del pensamiento o se trata simplemente de algo extravagante? ¿Decidme, como el propio autor reseña en su introducción, si se trata de argumentos correctos o son censurables por alguna falsedad?

Como el propio autor confiesa y razona, concluiré con sus palabras: “después de examinar atentamente la cuestión de la nada, tratada durante mucho tiempo por el mayor número de gentes, abandonada sin haberla discutido ni examinado, finalmente me ha parecido oportuno abordarla, después de romper los apretados nudos en los que estaba encadenada, la desaté y desnudé, la disipé de las tinieblas y la devolví a la luz para que fuese transmitida a la memoria de la posteridad por todos los siglos venideros”.

Tomás Pollán, en la dedicatoria personal que me hace, lo califica del primer librito extravagante de la filosofía, aunque eso no significa que en la contraportada lo califique como uno de los libros más citados y discutidos de la E. Media, el primer texto filosófico de la nueva Europa, que aborda una cuestión filosófica límite y que ha marcado el destino de occidente, como es la cuestión de la NADA.

2 Comments

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2 Responses to ¿EXISTE LA NADA? ¿EXISTEN LAS TINIEBLAS?

  1. Emilio Pacios

    Muy bueno, José Luis. No sé si José Hierro tuvo conocimiento de la lejana existencia del monje Fridegiso ni del berengenal intelectual que provocó su epístola, pero lo que resulta curioso es que, siglos después, un poeta viniese a resumir tan excitante tormenta de ideas en las lineas a de un poema: «Después de todo, todo ha sido nada.»

    Un abrazo.

  2. Jorge Varas

    Me hablaste de este pensador hace unos días tomando un café. No conocía a Fridegiso cuando la problemática que trató siempre me ha parecido muy atractiva. Grande es el problema teológico y simbólico que se desarrolla a partir de sus investigaciones. «Cuando nada veía, entonces veía a Dios» «Si Dios tiene que ser conocido por el alma es preciso que sea ciega», también por cuestionadas frases como estas se inició un proceso inquisitorio contra el dominico Maestro Eckhart (1260-1328), partidario convencido de alcanzar aquí, en este mundo, una vida bienaventurada. Se cuestiona con estos planteamientos la concreción simbólica a la que se nos ha acostumbrado. Me gusta precisamente esta problemática, por la justificación que se puede hacer del arte abstracto como camino para aproximarse a ese estado que la filosofía y la religión han denominado «trascendencia», yo lo entiendo mas como un estado de conciencia diferente. Aprovecho la ocasión para revindicar a artistas como Jorge Oteiza o Marc Rothko que también abrazan una «estética negativa», eliminando todo lo que puede ser superfluo para alcanzar el objeto esencial, esa «Nada final» próxima a la mencionada por Juan de la Cruz. No puedo evitar citar una frase del escultor oriotarra: «El arte esta entrando en una zona de silencio (yo termine en un espacio negativo, en un espacio solo y vacío). En esta Nada el hombre afirma su ser». Gracias por la información.

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