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UN DESLUMBRANTE CONJUNTO ARQUITECTÓNICO

Un  atardecer de un día cualquiera de verano, cuando los rayos del sol empiezan a inclinarse, a adornar con sus tonos y colores las techumbres de nuestros edificios, haciendo brillar con especial resplandor las altas torres y los chapiteles de las muy elevadas cúpulas que ascienden y se levantan hasta alcanzar el infinito, llamando la atención del mortal y llenando de espiritualidad nuestras mentes; en ese preciso instante, te invito visitante de nuestra ciudad, ciudadano que deambulas cargado de preocupaciones o pululas ocioso, a que te detengas un momento, a que aminores el paso, observes con admiración y contemples, abriendo bien tus ojos y tus sentidos, uno de los conjuntos monumentales más grandiosos y hermosos de los muchos que configuran la belleza de nuestra ciudad.

Os insto a centraros al final de la calle Libreros. Situémonos ante la elegante fachada de la Iglesia de los Jesuitas, adornada sobriamente con multitud de columnas de diversos tamaños que te invitan a seguir el juego de su monumentalidad, columnas todas de tipo Corintio  con sus contrastes y su claro oscuro, con sus luces y sombras. Esplendoroso conjunto arquitectónico junto con el Colegio de Máximo, cuya piedra que persiste a los tiempos, según cuenta el historiador y catedrático de la Universidad Complutense, mi amigo Vicente Cristóbal, en su libro “Historia de Valdilecha  un pueblo de Madrid” en las páginas 52 y siguientes y demuestra con documentos de la época. Allí, nos habla de cómo los Jesuitas sacaron piedra para edificar el Colegio de Máximo con la intervención del último rey de la casa de los Austrias, Carlos II, ante la negativa de los vecinos, quien manda a la villa de Valdilecha que no ponga obstáculos a la salida de la piedra para la construcción del colegio de la Compañía de Jesús en la villa de Alcalá de Henares, en escrito de 24 de Septiembre de 1681.

Caminemos con paso firme, como firmes y potentes son sus muros, pero percibiendo toda clase de sensaciones por el histórico callejón de las Santas Formas, calle estrecha de muros potentes y poderosos con arcadas bien trazadas y artísticamente diseñadas, muros cargados de religiosidad y silencio y hasta un poco de soledad para desembocar en la plaza luminosa de San Lucas y San Nicolás, cuando la luz solar ilumina con claridad no cegadora, mientras estudias los restos de muralla que allí se guardan.

Aparta con rapidez la mirada, dirígela con sosiego, con calma y armonía, con la mente abierta y el espíritu sobrecogido de admiración y curiosidad ante el espectáculo que se muestra ante tus ojos: se trata de un conjunto monumental grandioso, una hermosa estructura arquitectónica perfectamente diseñada, extraordinariamente hermosa y escalonada, de tamaño desigual, pero bien organizada, con tonalidades diversas según su dimensión y forma, con paredes de variados tonos de ladrillo que producen un encanto, un murmullo de auténtica armonía bellamente decorado, con formas similares por sus faldones revestidos de pizarra, por su estructura octogonal una, exagonal otra y cuadrangular la tercera, coronada la primera por  una lucida linterna de iguales características, rematado con un poderoso y firme chapitel, unas punzantes y esbeltas agujas afiladas que se elevan como disputando la altitud y la cercanía del cielo, me estoy refiriendo al conjunto monumental que a modo de trazado de escalera configuran las tres cúpulas: la de la sacristía de forma exagonal y sin afilada lanza, la de grandes faldones pizarrosos de forma octogonal de la Capilla de las Santas Formas y la más esbelta, la más sobresaliente y poderosa, la más extraordinaria y soberbia, la más encumbrada, la que se ofrece como guía y señal, la cúpula cuadrangular de la Iglesia de los Jesuitas, aunque no por ello la más grandiosa y hermosa.

Las tres forman un conjunto irrepetible, las tres se levantan sobre una misma estructura de dimensiones absolutas, las tres dibujan una perfecta unidad que sólo podemos admirar desde la plaza de San Lucas, plaza que las abre y las muestra no sólo a la luminosidad del sol del atardecer, sino a la mirada expectante de un curioso y sosegado espectador que se sienta en la misma, que se sitúa frente a ellas y observa la magnificencia, la hermosura, lo espectacular de la construcción, el colorido del barro hecho ladrillo: ladrillo de distintos tonos, ladrillo que combina con la negra techumbre pizarrosa, ladrillo que se alza en líneas bien trazadas y hermanadas, configurando una de las manzanas más bonitas y monumentales de nuestra ciudad.

Es curioso, amigo lector, que por mucho que te esfuerces desde la calle Libreros, nunca lograrás ver ni contemplar este espectáculo del que acabamos de hablar. Solo, si te asomas a la plaza abierta de San Lucas, te será permitido gozar de tan magno acto de belleza y de la magnitud arquitectónica que lo configura.

Observa, ciudadano que por allí pasas, turista que te dejas caer por nuestra ciudad de Alcalá de Henares después de un férreo viaje y chocas de frente, sobrecogido con la belleza de este conjunto, disfruta con detenimiento de los placeres de la contemplación, saborea la hermosura de nuestros rincones, desata tu sensibilidad y percibe la belleza y la armonía bien trazada, la luz y el calor que irradia en tu mente y te hace sublimarte elevando tu espíritu hasta el infinito.

Nos despedimos un tanto sobrecogidos por lo aquí observado con el espíritu exultante ante tanta grandiosidad y colorido por el callejón del Horno Quemado, después de examinar con brevedad los restos de la muralla medieval y la Torre Albarrana.

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