GESTOS, GUIÑOS, MUECAS Y OTROS SIGNOS

Hoy que tanto se habla de gestos. Hoy que todos queremos ver gestos y presumimos de saberlos interpretar. Hoy que todos creemos entender perfectamente los gestos que los demás hacen y lo defendemos con autoridad. Hoy que todos estamos pendientes de cualquier movimiento del rostro, de la más mínima gesticulación de los labios, hasta el punto que los personajes más afamados de cualquier índole o profesión ocultan con sus manos la boca para que nadie sea capaz de sacar conclusiones o averigüe lo que éstos quieren comunicar. Hoy que estamos convencidos de llegar a conocer con seguridad

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

cualquier rasgo de carácter o conducta, cualquier insinuación o indicio del tipo que sea, donde pensamos que se manifiestan diversos estados anímicos que reflejan una situación distinta del afecto, que revelan una intención o una actitud que los demás perciben o creen percibir o no, que llegan a comprender, creen conocer y deducir como algo expresivo, hasta tanto que muestran un caudal de ideas nuevas, de mensajes a descifrar, de lenguajes que son indicios de un fenómeno que permite inferir a todas luces, vislumbrar a distancia la existencia de algo no percibido, dar que hablar, deducir para bien o para mal sin caer en la mueca de algo grotesco o cómico, de algo exagerado, de un movimiento brusco, que en la mayoría de los casos, nunca llega a ser un reflejo sincero y serio de la realidad ni de lo que otro imagina, aunque si un gesto externo de lo que alguien quiere ver e interpretar, está deseando entender, busca y anhela que así sea o desea que los demás lo compartan y lo asimilen igual que él.

No digamos nada si los gestos son de la cara, que apenas se hacen perceptibles, de la cabeza que aparentan un fenómeno más llamativo e interesado, del cuerpo o de las manos, que logra que el lenguaje sea más intenso y expresivo, como brotando de las partes más profundas del ser, que quiere dejar claro su entidad, su personalidad y su autenticidad; a veces, se sustituye esta expresividad por algo distinto, como puede ser: una actitud, una postura del cuerpo, una llamada de atención como algo fijo y constante, una disposición del espíritu manifestada al exterior de manera contundente frente a una acción o una idea del pensamiento, que puede ser fruto de una experiencia personal, influencia de otro ser o cosa, o lo más frecuentemente, en un momento con unas expectativas precisas y puntuales producto de la presión de un grupo o que el instante y las circunstancias así lo requieren y exigen.

Así, podemos caer en el ademán, en ese movimiento preciso y exacto con el que igualmente manifestamos los diversos estados de ánimo, en esa permanente actitud de ir ejecutando, realizando, comprendiendo y procurando que los demás lo entiendan como tal, sirviendo de guía, de horizonte deseado, de una manera suave y delicada sin accionar, sin manotear de forma exagerada y continua, cuando vas dando a luz tus mensajes, tus ideas, tus pensamientos sublimes bien hilvanados y constantes, sin que la mueca grotesca o el mohín gracioso signifiquen por lo general un enfado fingido ni ingenioso, aunque en muchas ocasiones se llega a ello, confundiendo no sólo a quienes lo siguen, sino a aquellos que  desean y  buscan que sea algo convincente para seguirlo, sin obviar que al final resulte algo ruin, triste, torpe o, en el mejor de los casos, cómico. Claro que muchos llegan a visualizarlo como un visaje reflejo de ese mismo estado de ánimo.

De pronto, sin madurarlo mucho, sin balbucirlo con suficiente frecuencia, sin rumiarlo ni rumorearlo excesivamente, nos damos cuenta, nos hacemos de golpe conscientes, llegamos a comprenderlo de forma natural como un auténtico indicio, como un signo o algo similar que nos arrastra y nos hace presumir de algo con fundamento, con rotundidad, cayendo sucesivamente en el asomo, en la presunción, en la sospecha, en el comienzo de algo sin propósito de intentar profundizar en ello ni en su esencia primigenia, lo que de alguna manera presupone una certeza clara que nos lleva con seguridad a no dudar racionalmente de ello, como si el objeto en cuestión se ofreciera sin más al entendimiento, como si alcanzara una visión cognoscente en la que llegamos a intuir lo que se muestra de una forma clara y distinta.

Los filósofos, los seres ilustrados siempre han ligado el problema de la evidencia al de la certeza de una cosa; de aquí, el significado y la importancia que tienen los gestos y que nosotros les damos.

Sin duda, un paso más allá al que nos lleva este razonamiento es la huella, señal o vestigio de donde se infiere y nos conduce a la verdad de algo, a la averiguación o su investigación, aunque, en la mayoría de los casos, nunca nos aproximamos a ello, ya que no estamos muy acostumbrados a profundizar en el ser de las cosas, preferimos siempre quedarnos en la superficialidad, en la carencia de sentido del lenguaje, que se convierte a menudo en sarcasmo, en palabrería sin fundamento y sin esencia sustancial; por ello, pienso que nos quedamos con frecuencia en los síntomas, únicamente en los datos subjetivos, como si  fuéramos unos enfermos, que nos fiamos de nuestra percepción frente a los signos, que observa y maneja el especialista ante los datos objetivos de la enfermedad que nos agobia: de aquí, la sintomatología; de aquí, que un síntoma pueda ser objetivo, en numerosos casos, así se considera.

A fin de poner fin a este proceso de pensamiento, se hace obligatorio y preciso, yo diría que hasta necesario, recurrir a los signos y al lenguaje de los mismos como algo fundamental, como fenómeno sensible destinado a manifestar, a dejar patente algo que no es actualmente sensible ni pertenece al mundo de lo sensible o que nunca, nunca pueda serlo.

El signo a diferencia de la señal que se dirige al reflejo, supone una inteligencia que lo interpreta, que es capaz de captar la idea de una relación, de algo que se da y se ofrece entre un hecho percibido y otro que no lo es.

Por todo ello, por este proceder, creo que se hace patente, resulta necesario este pequeño estudio sobre el tratado de los gestos, los guiños y  todo el innumerable repertorio de sinónimos que conlleva. Sin lugar a dudas, un estudio en profundidad de los mismos nos aportaría una gran riqueza interpretativa y una certeza de nuestra convicción; pero, en esta ocasión, dado el agobio que todos estamos padeciendo, me conformo con abrir una puerta o una ventana  pequeña si preferís, dejar una huella sobre lo mucho que habría que trabajar para llegar a entender con seriedad el lenguaje de los gestos, eso que simplemente llamamos “gestos” o “el mundo de los gestos”, palabra sin duda muy de moda en los tiempos en que vivimos.

 

 

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