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LA CAPACIDAD DE ASOMBRARSE

Comencemos este nuevo artículo, como nuevo es el año que acabamos de inaugurar, con una simple e insignificante pregunta pero cargada de un profundo sentido. Hagámonos, antes de empezar, este sencillo interrogante, conocido por todos y con toda seguridad formulado en muchas ocasiones y en momentos difíciles de nuestra existencia: ¿Qué cosa necesitamos para ser unos buenos filósofos, unos profundos pensadores?

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Hace muchísimos años, lo recordaréis con toda seguridad, muchos más de dos mil años, a uno de aquellos viejos y afamados personajes, conocidos hoy como filósofos, se le ocurrió decir que la filosofía surge del asombro del ser humano ante la realidad que se le muestra delante; es decir, que lo único que el ser humano necesita, respondiendo así a nuestra pregunta primera: ¿qué cosa necesitamos para ser unos buenos filósofos?, siguiendo el dicho de nuestro admirado y viejo filósofo, es nuestra capacidad de asombro.

Ciertamente, la mejor manera de acercarnos a la filosofía, a la realidad que nos circunda, será preguntándonos, haciéndonos interrogantes, asombrándonos ante cualquier fenómeno, ante cuanto sucede a nuestro alrededor y tenemos conciencia de ello, ante todo cuanto admiramos y nos sobrecoge.

Cuando hablamos de preguntas, cuando empleamos la palabra interrogante, no nos estamos refiriendo a esas grandísimas y elocuentes preguntas transcendentales, a esos interrogantes profundos de los que siempre hemos oído hablar y comentar, que son ya algo utópico entre nosotros y están muy manidos, yo diría hasta en desuso, como: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo fue creada esta realidad en la que existimos? ¿De dónde surgió todo? Y un sin fin de cuestiones que pueden venir a nuestra mente, estando seguro que ya nos las hemos formulado en numerosas ocasiones sin encontrar a veces una respuesta que nos satisfaga.

Al final de este proceso, descubrimos que nos es mucho más fácil preguntarnos, que resolver esas mismas preguntas, por lo que desistimos de ello. Claro que a poco que nos paremos un momento, que hagamos un pequeño alto en nuestro caminar, observamos y descubrimos que el mundo, esa realidad en la que estamos inmersos, en la que nos relacionamos, en la que compartimos espacios, no está asentada como en realidad la contemplamos, la vivimos y sentimos, que no es algo habitual, que no puedes enfrentarte a ello como algo cotidiano; pues, en ese momento, dejas de ser filósofo, ya que has perdido, entonces, esa capacidad de asombrarte y de admirar, te has alejado del planteamiento de aquel viejo filósofo.

En verdad, aunque las cuestiones filosóficas nos compiten a todos y nos importan a todos, no todos nos convertimos en filósofos. Un filósofo nunca puede habituarse a lo que sucede sin asombrarse, sin que brote de su interior un interrogante; en caso contrario, habrá perdido esa capacidad, pasará por la vida renunciando a lo más importante del ser humano, del ser existente.

Suele suceder, dado que nos planteamos que somos seres extraños y misteriosos, que tú, amigo o amiga mía, amante del mundo de las princesas o de los héroes con los que sueñas o añoras, en los que dices transformarte, te vas dando cuenta que no eres “la Bella Durmiente” ni ninguno de los mitos idolatrados de tu actividad preferida; es, entonces, superada esta cuestión, cuando te interrogas quizá de otra forma y con otras palabras o sentimientos: ¿Quién soy? ¿Dónde me encuentro? ¿Cuál es y de qué está hecha esta realidad en la que vivo? Así, poco a poco, nos vamos habituando a este mundo tal y como es o, mejor, como nos parece que es, huyendo de la auténtica realidad.

Por todo esto, aunque la filosofía nos concierne a todos, aunque el pensar es propio de todos y cada uno de los seres personales por el simple hecho de ser y existir; ciertamente, no todos nos dedicamos, nos afanamos con determinación al bello arte del filosofar, a admirar y asombrarnos ante lo que nos rodea y surge en nuestro entorno, pues la gran mayoría nos aferramos a lo habitual, a lo cotidiano, como si no existiera nada que nos sobrepasara; de modo que deja de producirnos asombro aquello que vivimos día a día, aquello que está sucediendo a cada instante y de lo que pasamos “olímpicamente”, perdonad la expresión, quedando relegadas a un segundo o tercer plano aquellas cuestiones importantes  y que nos compiten como ser.

Por ello, me atrevo a sugerir, con vuestro permiso, que es necesario, que nos enfrentemos a la realidad con los ojos y el espíritu de un niño o una niña, con la capacidad y la admiración de éstas y éstos, contemplándolo todo y viéndolo como algo nuevo, como si sucediera o lo experimentásemos por primera vez; sólo entonces, brotarán espontáneamente sin tener que estructurarlos, sin la presión de nada ni de nadie infinitos interrogantes y cuestiones; sólo entonces ejercitaremos esa capacidad de asombro y dejaremos de examinarlo como algo normal, habitual o cotidiano.

Siguiendo este pensamiento, ahora más que nunca, ahora que iniciamos un nuevo año, reclamo para todos, el papel de filósofo, como el del ser que no se ha habituado a las cosas sin más, que no vive la realidad como algo normal y sin mayor importancia, como simplemente lo cotidiano, sino que la contempla como algo extraordinario, novedoso y misterioso, con los ojos de un niño o de una niña; pues, igual que éstos y éstas tienen la capacidad de asombrarse, igual el filósofo y todos los seres humanos, por el simple hecho de serlo, debieran de ser susceptibles durante toda su existencia de esa misma capacidad.

Aquél o aquélla que no se reconoce en el niño o en la niña, es, porque se ha habituado tanto a la realidad que no encuentra nada capaz de asombrarle ni llamarle la atención; entonces, corremos un grave peligro, entonces nos convertimos en alguien indolente e indiferente, en alguien que camina por la vida como dormido. Necesitamos, pues, con urgencia, despertarnos, vivir la vida con intensidad y recuperar la capacidad de asombrarse del filósofo, si es que después de todo lo vivido y lo acaecido, de todo lo que falta por resolverse, de toda la realidad apasionante que aún nos falta por vivir, cabe en nosotros dicha capacidad. Capacidad que yo reclamo para todos. ¡Eh aquí mi deseo!

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