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EL ARTE DE DIALOGAR

Pensaba Sócrates: si cada uno entiende por “bueno” y “malo”, “justo”  e “injusto” una cosa distinta; si para cada uno las palabras “bueno” y “malo”,”justo” e “injusto” poseen significaciones diversas, entonces, la comunicación y la posibilidad de entendimiento entre los seres humanos resulta imposible. La tarea más urgente, por consiguiente, es restaurar el valor del lenguaje como vehículo válido. Es necesario definir con precisión los conceptos para restablecer la comunicación y hacer posible el diálogo.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

El diálogo, filosóficamente hablando, lo convirtió Sócrates en una forma especial de ironía y mayeútica, consistente en ayudar a dar a luz mediante la pregunta inteligente, a las opiniones de los demás sobre múltiples ideas generales.

La importancia filosófica del diálogo aparece, por tanto, cuando se tiene en cuenta que la dialéctica, método del conocimiento que permite elevarse a la contemplación de lo absoluto, no es otra cosa que el arte de dialogar.

Si queremos decirlo de otra manera más sencilla y que nos llegue. El diálogo consiste en comunicarse, en compartir emociones y sentimientos. En consecuencia, todo diálogo debe orientarse al encuentro entre los seres; así pues, su objetivo no se basa en resolver problemas ni en tomar decisiones o hacer plazos de futuro. El diálogo es un requisito esencial, fundamental y necesario para una discusión fructífera y productiva, se convierte en un elemento importantísimo para la convivencia humana y la buena relación entre los seres humanos.

Antes de esto, debemos dejar muy claro los conceptos de discusión y diálogo. En el diálogo no cabe ni ha lugar para la polémica, pues eso forma parte de la discusión. En la discusión se da el espacio necesario para la argumentación; en cambio, en el diálogo se hace esencial un intercambio de sentimientos y de ideas. Un verdadero diálogo, pues, se caracteriza por un sentido de colaboración, no por un enfrentamiento. En el diálogo hay siempre intercambio de ideas, de sentimientos, de emociones alejado totalmente de la asignación de responsabilidades. El diálogo sólo sirve para descubrir la bondad en el otro, para conocerlo mejor; de aquí, la idea de Sócrates de tomar como base la ironía y la mayeútica; por ello, una persona egoísta, personalista tiene muy poca capacidad para el diálogo.

Esto nos lleva a plantearnos que la manipulación no es nunca diálogo, pues en la manipulación se exponen los sentimientos a otra persona, los planes para que se haga algo por ella, para conseguir y llegar a alcanzar unos intereses en beneficio propio. Así, la manipulación se convierte en un juego que obliga al otro a satisfacer las necesidades privadas; en consecuencia, cuando unos interlocutores, como sucede en la inmensa mayoría de los casos, que estamos acostumbrados a contemplar, en este juego destruyen su relación, se degradan sobre manera y caen en un monólogo, que es el auténtico camino para el aislamiento y la soledad, como estamos viviendo continuamente.

Por tanto, necesitamos echar mano de una verdadera comunicación que dé origen y nos lleve al verdadero diálogo. Comunicar es compartir, y esto es lo importante, lo esencial y fundamental, y esto es el diálogo del que estamos hablando, para ese deseo de dar al otro mi propio ser en una autorevelación en total y plena transparencia, que debe imperar en todo verdadero diálogo.

Además de esta comunicación y como base para ella, el diálogo requiere un acto de voluntad: confianza en el otro. La disposición más adecuada para que se dé el diálogo es querer dialogar con el otro buscando la comprensión mutua. Aquí me estoy refiriendo como elementos importantes y necesarios: a la comprensión y a la aceptación, sin ellas no se dará un auténtico diálogo, pues esto supone una invitación ineludible a la reciprocidad mutua.

Por ello, deducimos que es esencial en el diálogo la forma de escuchar. Aquí introduzco un nuevo elemento fundamental en el arte de dialogar: estoy hablando del arte de escuchar; pues un auténtico diálogo y una verdadera escucha pertenecen al mundo de la comprensión tan necesaria para un buen diálogo.

Para ser auténticos oyentes se debe estar disponibles, estar abiertos, no temer lo que va a escuchar, no tener ideas preconcebidas, ya que se busca siempre la comprensión no la victoria de uno sobre otro. Es necesario no llevar sugerencias, ideas o conceptos elaborados de antemano, no interrumpir, no estar pensando en nuestra propuesta mientras el otro habla, que es lo que suele suceder con frecuencia; así, cuando las emociones, los sentimientos, las ideas adquieren una forma clara, se deben aceptar, no simplemente tolerar o, mucho menos rechazar. El auténtico oyente, el que asiste y está de verdad, respeta la personalidad y la presencia del hablante.

En un diálogo, ya para ir concluyendo, escuchar consiste en sentir más el significado de las palabras que la mera materialidad de éstas: escuchar con el corazón más que con la cabeza; reflexionar en profundidad sobre lo expuesto más que en “sacar punta” a lo escuchado.

Sería necesario llegado a este punto, diferenciar entre diálogo, que ya hemos dicho que es un coloquio, una conversación entre personas y un debate donde intervienen personas, grupos o gentes de ideologías, de opiniones diversas en busca de comprensión y acuerdo.

Ahora sí concluyo con estos pensamientos: “el diálogo es la comunicación existente entre tú y yo” (Martín Buber). “Nuestra vida es un diálogo, donde es el individuo sólo un interlocutor” (Ortega y Gasset).

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