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DIÁLOGO Y ÉTICA DEL PODER

Llevamos mucho, mucho tiempo, hablando de diálogo, de que es conveniente sentarse a dialogar, de que la mayoría de los males nos vienen por no ser capaces de sentarnos en torno a una mesa y hablar, entendernos, comunicarnos, en una palabra, dialogar.

¿Sabemos realmente el significado del diálogo? ¿Alcanzamos, acaso, a comprender la importancia, el valor de esta palabra? Surge de mi interior, como una voz profunda, como un grito desesperado, lleno de fuerza y de sentido la palabra, ¡DIÁLOGO!

Obra de Nieves Prat

No, no nos equivoquemos, no es mi intención hablar de “politiqueo”, sabéis que nunca me he caracterizado por ello en mis artículos, ya que no entiendo esos comportamientos, que tantos males nos causan, que tanto dañan nuestras estructuras sociales y tanto perturban la convivencia pacífica.

¡Qué triste es no poder dialogar con los seres con los que convives, con esos que consideras tus semejantes, tus convecinos! ¡Qué penoso salir a la calle e ir por la parte contraria para no encontrarte de frente! ¡Ojala qué esos términos tan manoseados, tan traídos y llevados de boca en boca, encuentren el auténtico y verdadero sentido, se utilicen con seriedad y sean conceptos de apertura, sinceridad, entendimiento y generosidad por parte de todos/as!

Los antiguos, cuando definían al ser humano, decían que ante todo era un “animal político”, un ser social hecho para la convivencia y el entendimiento a través del arte del diálogo.

Afirman los teóricos de esta ciencia, si es que la podemos clasificar así, “que la condición primordial de un “animal político”, de un ser político es la anticipación: facultad que nos convierte en un creador de ideas, en un hacedor de modos y formas de vida; en cambio, la unilateralidad provoca el caos, los enfrentamientos, el desarraigo y las pasiones más bajas junto con los egoísmos más profundos”.

Así, si queremos una forma nueva de ver y sentir nuestra existencia, nuestra coexistencia, nuestra relación mutua en respeto y colaboración, en cultivo del arte del buen diálogo es obligatorio la sumisión de la voluntad de poder.

“Diálogo es, por consiguiente, colaboración. No intentar convencer al adversario del posible error, sino unirse a él para encontrar una verdad más sublime”, decía Lacardaire.

Por todo ello, nos atrevemos a afirmar: que un diálogo es fecundo y provechoso cuando es integrador y progresista. Por esto, el triunfo del ser humano, político, es sólo de aquellos que saben y quieren dialogar.

Frecuentemente, decimos que el trabajo en equipo en todos los ámbitos es condición de éxito frente al individualismo; luego, lo que más nos urge como personas es poner en práctica el auténtico sentido del diálogo, en cooperación y respeto profundo con el dialogante.

La coacción está enfrentada permanentemente con la línea de un verdadero diálogo; pues, venimos afirmando que el diálogo de verdad, el bueno, es en definitiva una colaboración, una renuncia por ambas partes de cosas, supuestos o principios intransigentes y, la mayoría de las veces, no prioritaria.

Un buen conversador, en consecuencia, es aquél que no sólo acepta, sino que agradece la presencia de un interlocutor inteligente y permeable. Existen quienes aplauden el acto de dialogar, pero se enfrentan al mismo con un espíritu impermeable, siempre en actitud defensiva, no escuchan ni abandonan sus premisas iniciales, produciendo, como resultado único, unos monólogos insulsos, incoherentes y estáticos.

El diálogo, por último, si queremos que sea auténtico diálogo, debe ser instructivo, ilustrador, desarrollado con respeto y generosidad para poder apreciar los aciertos y las aportaciones del interlocutor con una cierta, por no decir ingente, capacidad de recepción, de apertura para escuchar, para saber escuchar y proponer; claro, que para esto, necesitamos una ética del poder, sin ella no conseguiremos hacernos entender ni comprender, a su vez, a nuestro interlocutor.

 

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