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TRAS LAS HUELLAS DE MELPÓMENE

Soy consciente de que nos encontramos en la mitad del mes de mayo. Mes hermoso para la creatividad, la música y la danza, la belleza, el florecimiento de la naturaleza, la vivacidad, el colorido y el ritmo de todos los seres, de todas las plantas, de todo cuanto tiene vida o la recibe en ese instante.  Mayo es el mes de las musas.

Seguro estoy de que en esta época el gran Cervantes, el “Divino” Figueroa y otros muchos más recrearon sus creaciones, se entregaron con frenesí a la pluma, esculpieron las más bellas palabras y frases, ideas e imágenes, sus mentes hacían brotar, cual tierra la más fértil, bien regada y bañada por el sol de la creación, montones de figuras, de pensamientos, de ilusiones que luego fueron plasmadas para las futuras generaciones en recuerdo de sus hacedores.

Obra de Nieves Prat

El lenguaje surgía en cada sílaba. La palabra se hacía fluida encadenándose una a otra, unas a otras, hasta formar la magia del lenguaje escrito, la rigurosidad de la oración en la frase bien construida, espléndidamente elaborada y formada, el pensamiento maravillosamente manifestado hasta alcanzar la hermosura del lenguaje hablado.

Yo, por el contrario, me encuentro en un profundo desierto, en un seco y terregoso campo, árido y lleno de terrones, sin un brote que admirar, sin una idea, sin un algo que pergeñar, sin habilidad o pericia para sacar adelante una expresión productiva y con sentido, con significado.

Mi pluma se queda inmóvil entre mis dedos. Mi mente se siente incapaz de enviar una orden por vaga y desordenada que sea. Mis dedos permanecen inertes sobre el teclado, estériles, inexpresivos, como agarrotados, sin energía.

Es en este preciso momento, en el que viene a mi pensamiento aquella frase del famoso Feliciano Silva, que Cervantes hace suya en el primer capítulo de la Primera parte de Don Quijote: ”La razón de la sin razón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura…”, aunque la cita no es literal, pero sí representativa, viniéndome a la mente como la mejor manera de describir mi situación y la tierra yerma de donde nada brota y nada produce, haciendo mía aquella forma estrófica llamada “Ovillejo” que, sin duda, inventó Cervantes y puso en el capítulo XXVII de la Primera parte de Don Quijote:

 

¿Quién menoscaba mis bienes?

Desdenes

¿Y quién aumenta mis duelos?

Los celos

¿Y quién prueba mi paciencia?

Ausencia

De es modo, en mi dolencia

Ningún remedio se alcanza,

Pues me matan la esperanza

Desdenes, celos y ausencia…

 

Por más que estrujo mi mente, ideó pensamientos y mensajes, mi cabeza está a punto de estallar en mil pedazos, pero la pluma no se mueve, el teclado no es capaz de marcar una sola letra, una frase. ¿En qué lugar se pierde el hilo conductor de la mente a la pantalla? ¿Dónde queda esa creatividad de la que en otros momentos hice gala? ¿Qué neurona, qué conexión entre las mismas se ha despistado, se ha quedado dormida o ha desaparecido? ¿Quién es el encantador que me ha robado y me ha hechizado con su embrujo? ¿Cómo puedo salir de este atolladero, recuperar el olfato perdido, hallar la razón de mi existencia, encontrar el eslabón en una noche de invierno?

Ante tanto interrogante, ante tanta respuesta en blanco, vuelvo a los clásicos. Me inspiro en ellos. Me planto en la mitad del mes de mayo. Busco su frescura, su savia, su revivir. Abrazo la verde naturaleza. Respiro su aroma, su perfume, su viveza y su color. Me detengo con calma en lo que me brindan los sentidos. Inspiro con profundidad observando las entrañas de las cosas. Revivo y rememoro los colores, la musicalidad, la vida misma sin hallar un mensaje alentador, un atisbo de luminosidad, una lámpara, por minúscula que sea, que alumbre un punto en medio de la niebla, de la noche, de la esterilidad en la que me veo envuelto.

De nuevo, me vienen a la mente, justo ante esta situación y en este preciso instante, aquellas expresiones de Cervantes: “…La pluma es la lengua del alma…” o aquélla: “…la abundancia empobrece el espíritu…” o ésta, a fin de intentar animarme: “…porque la experiencia me mostraba que la música compone los ánimos descompuestos, y alivia los trabajos que nacen del espíritu…”

A modo de conclusión, quiero dar fin a este escrito con aquélla frase llena de sabiduría y, probablemente, la más adecuada: “…si te caes no esperes otra ayuda para levantarte que la que puedas recibir de la mano que está al final de tu brazo…”

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