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“ SENTIDOS CONSENTIDOS” “De hadas y brujas buenas”

En los albores de un tiempo nuevo a punto de comenzar, de un tiempo distinto, pleno de colorido y de notas musicales, de sensaciones diversas y extraordinarias, un tiempo risueño, alegre, juguetón y alborotador. Iniciado el ocaso de la época pasada, tiempo ya caduco y consumado, agotado y agotador en toda su esencia e instantes, un encantador grupo alegre y jovial de hadas y brujas, ¡no diré hermosas, pues las hadas y las brujas por buenas y adorables que sean siempre son hadas y brujas!, viéndonos desde algún lugar prominente que sólo ellas pueden dominar, atentas sin duda a nuestros coloquios y conversaciones, se acercaron a donde nos encontrábamos sin ser percibidas, reflexivos y sin decidirnos por dónde seguir, sentados al borde de un camino, en medio de una encrucijada, con rostro serio, desaparecida de nuestro semblante  la sonrisa habitual y la gracia propia de nuestra condición, agotados ya de tanto y tanto caminar sin un rumbo fijo y certero, como si estuviéramos algo desorientados.

Fortaleza Monterreal

Comprendiendo nuestro estado, como si hubieran penetrado en nuestro interior y adivinaran nuestras preocupaciones e indecisiones, ¡para eso son hadas y brujas buenas!, sin necesidad de interrogarnos por nuestros problemas y sin llegar a entablar un pequeño diálogo, percibiéndonos en este estado de ánimo, llevadas por el enorme cariño que sentían por nosotros, sin mediar expresión alguna o simbología, con un pequeño gesto, un gesto inapreciable de su graciosa nariz y con su brillante varita mágica que acababa de aparecer en su mano, una de estas hadas, sin duda la principal, nos trasladó como por encanto, ¡por algo son hadas!, a un lugar maravilloso, lleno de frescura natural, con paisajes nunca vistos por nuestros ojos, con sensaciones nuevas y extrañas jamás sentidas, a un lugar donde el aroma y la brisa nos cambió de inmediato el semblante, rejuveneció nuestro espíritu y nos produjo una apacible paz interior que hacía ya tiempo no sentíamos, similar a otros momentos maravillosos, tiempos pasados y compartidos con nuestros seres queridos, ¡cosas sin duda de brujas y de seres mágicos!

Aquel lugar y aquel mundo eran reales, aunque nos pareciera imaginario, no era algo fantasmagórico ni ensoñaciones propias de nuestra mente, se trataba de un espacio mágico, ¡propio del mundo de las hadas y las brujas!, pensábamos nosotros. Un paraje idílico e ideal para levantar los espíritus mas hundidos, retornar la sonrisa a los rostros más desangelados, alegrar los ánimos y las almas más desesperanzadas, ¡tan mágico era todo!, como habíamos visto de niños en aquellos cuentos de hadas.

Me gustaría, llegado a este punto, si me es posible, si tengo esa capacidad necesaria para poder describirlo, si poseo esa riqueza de expresión, ese ambicioso y rico vocabulario que la ocasión requiere, explicar con bellas y hermosas palabras el encanto, la belleza, y la naturalidad de aquel maravilloso lugar, donde aquella hada, ¡para eso era la jefa de las hadas!, nos llevó, nos animó a realizar y a compartir con todos vosotros.

Estoy hablando de una pequeña península elevada sobre el entorno, según nos comentaron los guardianes de aquella formidable y bien defendida fortaleza, rodeada por una extraordinaria y vistosa muralla de piedra coronada toda ella de almenas, de torres de defensa, lugares impresionantes plenos de poder y robustez en otro tiempo.

Lo más maravilloso, lo más tranquilizador, lo más apacible era que te situaras donde te situaras, te aproximaras o te acercaras a una u otra parte de la misma, la vista se perdía ante lo espectacular, el infinito aparecía ante ti, la naturaleza viva digna de admiración y contemplación se te ofrecía a la vista, a la percepción de los sentidos sin tú buscarlo, sin que te hicieras el encontradizo con ella, ¡simplemente se mostraba porque estaba ahí!

El mar azulado con su característico rugido, el golpear constante de las olas batiendo su espuma sobre el acantilado al pie de la muralla, como si de un entorchado blanco se tratara, como si estallara bajo nuestros pies.

Las pequeñas Islas dibujadas ante nuestros ojos por la mano de un afamado pintor con la facultad o habilidad de cambiar de tonalidad incluso de forma, según que fuera alumbrada por el sol naciente o el poniente o fueran contempladas en una posición u otra. ¡Islas embrujadas, Islas Atlánticas!

La naturaleza eternamente verde, con mil tonalidades de verdes perceptibles por los sentidos, ávidos de contemplar y admirar, sentidos que nunca se saciaban.

Manjares apetitosos, lleno de tonalidades y aromas, plenos de sabores y sensaciones capaces de experimentar y gustar. Ahora comprendo aquel lema que se podía leer en una de las cartas del menú: “La distinción es un plato difícil de maridar. A veces se guarda en el tacto de un ambiente elegante y cuidado. A veces se mezcla con el ajetreo de las ciudades. Hay quien lo encuentra en el reposo y el cuidado mientras otros lo devoran con el afán de un estudioso. Receta complicada la de lo exquisito”.

Si recorres el paseo del Monte Boi, puedes encontrarte con una cascada de colores, con una explosión de tonalidades que se suceden una detrás de otra, con multitud de bien orquestados rayos de luz que afectan a los sentidos y que concluyen en una magnífica traca de fuegos naturales, que te obligan a cerrar los ojos y a percibir en tu interior el fuego intenso en que se convierte el aire, el cielo y el Océano fruto de la despedida del rey y señor de la luz.

Casi enfrente, en una ladera posterior, se encuentra un promontorio, mitad acantilado mitad muralla, un montículo de rocas que forman grutas y cavidades, espacios huecos dentro de la fortaleza del cuerpo de la roca, donde se sitúan diversas imágenes de vírgenes marineras, floreciendo a sus pies las hermosas y vistosas hortensias en corimbos terminales, con corolas rosas o azuladas en su esplendor, fruto sin duda de la devoción  y protección frente a las brutales embestidas de un Océano alocado e impetuoso, que arrasa con cuanto encuentra y lanza frenéticamente sobre las rocas las pequeñas embarcaciones de los mariscadores. La religiosidad de las fuerzas internas en sus manifestaciones diversas, en su intimidad sentida y mostrada en sus formas interiores y exteriores, simples y sencillas.

La fortaleza se llama de Monterreal. Su muralla data del siglo X. La altivez de sus torres: del Reloj, de la Tenaza y del Príncipe indican el poderío y la fuerza de los orgullosos señores que la poseyeron y la hicieron grande.  Allí, en lo alto, con unas vistas impresionantes de la bahía de Baiona, se encuentra una fantástica casa gallega tradicional con amplios jardines para deleite de los presentes, ¡de nosotros por gracia y voluntad de las hadas!

Éste es el parador: mitad fortaleza y mitad pazo.  Mirador extraordinario sobre el Océano desde todos sus rincones, desde lo alto de las almenas que lo rodean con las Islas Cíes delante de tus ojos. Éste fue el lugar elegido por las hadas. Éste donde nos trasladó con aquel imperceptible gesto de su nariz y su pequeña y brillante varita mágica. Éste el tremendo regalo, los deliciosos momentos allí vividos con la visión de aquel paradisíaco lugar.

Gracias hada de nombre desconocido. Gracias por tu gesto. Gracias por todo lo percibido por los sentidos, que yo ahora me siento incapaz de expresar con palabras. Gracias por los “sentidos consentidos”. Gracias.

¡Qué suerte tuvimos aquel día de encontrarnos con aquel grupo de hadas y brujas buenas!

 

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