LA CAÍDA DE LA PRIMERA HOJA

De repente, un murmullo sorprendente e inesperado, un susurro continuado lleno de brisa y frescor comenzó a sobrevolar sobre mi cabeza, a mover suavemente las hojas de los robustos árboles y los bajos arbustos, era un sonido de momento agradable, dulzarrón para los sentidos.

Instintivamente elevé la vista esperando observar por las alturas un ejército de abejas revoloteando, dado el ligero zumbido que escuchaba, pero no lograba ver a ninguna por el aire, ni nido alguno colgando de alguna rama.

Obra de Nieves Prat

Presté una mayor atención, cuando mis ojos se detuvieron en un elegante y esbelto remolino, que se levantaba como una delicada columna desde la tierra hacia las alturas, hacia las copas más altas de los árboles y mucho más. Seguí con la vista fija su recorrido hasta que desapareció por el horizonte tras levantar una nube de polvo, que poco a poco desaparecía. Sucedió seguidamente un murmullo, un aleteo constante de unas hojas sobre otras, como si dialogaran entre si, como si estuvieran tramando desvestir los hasta ahora engalanados árboles, separando su peciolo de las ramas que las habían mantenido.

Unas ráfagas a veces constantes, aunque tenues, a veces violentas, pero de poca intensidad, seguían produciéndose por encima de mi cabeza sin dar tregua a mis sentidos, que se abstraían a fin de percibir todas las sensaciones que se manifestaban de manera poco usual, como si una monumental orquesta de infinitos instrumentos diversos hiciera sonar una melodiosa armonía de sonidos variados, penetrantes, imperceptibles en ocasiones, a veces huidizos, fuertes o tenues, de contrastes incomprensibles, como si no quisieran molestar ni alterar a la sosegada naturaleza, como adormeciéndola con su melodía y preparándola para una definitiva danza.

El choque incesante de una hoja sobre otra, el murmullo constante y permanente que éstas mantenían entre si en su constante ir y venir, subir y bajar, deslizarse a derecha e izquierda, sin dejar de sonar esa dulce melodía, como si la propia naturaleza comprendiera que aún no era llegado el momento, que antes tenía que ir adormeciendo una a una a cada una de las hojas aisladamente, para luego acelerando el ritmo, sorprenderlas en un suspiro arrebatándolas de sus ramas, del tronco poderoso sobre las que se asentaban, para jugar con ellas un armonioso baile de mil danzarines.

Todo sucedió de forma inesperada, como si estuviera perfectamente sincronizado y escrupulosamente ordenado, como si ya llegara el momento adecuado, como si el director de la maravillosa orquesta hubiera tomado entre sus dedos de forma definitiva la batuta y sin dar tregua, con un delicado movimiento de la misma, impusiera un ritmo más vivo, más desgarrador, un ritmo sorpresivo y sorprendente.

Una a una, a un toque estremecedor de trompeta, se desgajaban uniendo su sonido al oboe, que en ese momento sonaba de manera imperceptible e iniciando sin prisa, a continuación, una bella danza de elegante plasticidad, unos pasos armónicos y artísticos donde siempre se evitaba chocar unas con otras, pareciendo que cada una tenía su propio destino, su recorrido ya señalizado en sus gestos y ademanes, como trasportadas en unos delicados brazos de algodón que las deslizaban primero por las alturas, luego un escalón más abajo intentando todavía despedirse de las ramas que las habían alimentado y protegido con cariño, que las habían mantenido durante tanto tiempo brillantes, juveniles, tersas, resplandecientes y esbeltas en todo su esplendor.

La brisa jugaba con ellas, las traía y llevaba, las arrastraba de aquí para allá, de un lado a otro con ágiles movimientos hasta depositarlas con delicadeza y amor sobre el suelo, un suelo mullido, cubierto de un manto dorado, de un lecho de antemano preparado por la propia inercia de la madre naturaleza. Allí descansará la orgullosa hoja de múltiples y variadas tonalidades que hasta ahora había engalanado la copa del poderoso roble.

Era un día espléndido de sol, sin una pequeña mancha o volátil nube que enturbiara el claro y luminoso azul del cielo. Allí, en medio del silencio y la soledad, ante una naturaleza plena, virgen y oferente, con todos los sentidos en actividad total, pude percibir con gran nitidez el fino crujir de una hoja, un sonido apenas perceptible sin la precisa abstracción y la concentración necesaria, un rasgar delicado para no causar daño desde las propias entrañas del peciolo que hasta ese preciso instante la había sustentado, un desprenderse con un delicado balanceo, un mecerse suavemente al ritmo que marcaba aquella melodiosa orquestación de la brisa hasta posarse  dulcemente a mis pies.

En aquel preciso instante abrí los ojos, se despertaron todos mis sentidos y la contemplé allí humillada, pero con un gesto de triunfo, con aquel dorado propio de una estación que en ese momento se iniciaba, descansando para fructificar en el enriquecimiento de la tierra que la había acogido en su lecho como vitamina, como energía, como alimento vivificador para aquel poderoso roble al que aspiraba ascender, en el que esperaba florecer en otro tiempo no lejano.

Era, sin duda, la primera señal de la llegada del OTOÑO.

 

1 Comment

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One Response to LA CAÍDA DE LA PRIMERA HOJA

  1. Darío

    Gracias, José Luis, por compartir estas sugerentes sensaciones.
    Esto anima a cualquiera a salir, caminar bajo las copas de los árboles, independientemente del tiempo que haga, porque estas sensaciones sólo se tienen cuando la naturaleza cambia, de forma inesperada e incierta.

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