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DIÁLOGO Y ÉTICA DEL PODER

Llevamos mucho, mucho tiempo, hablando de diálogo, de que es conveniente sentarse a dialogar, de que la mayoría de los males nos vienen por no ser capaces de sentarnos en torno a una mesa y hablar, entendernos, comunicarnos, en una palabra, dialogar.

¿Sabemos realmente el significado del diálogo? ¿Alcanzamos, acaso, a comprender la importancia, el valor de esta palabra? Surge de mi interior, como una voz profunda, como un grito desesperado, lleno de fuerza y de sentido la palabra, ¡DIÁLOGO!

Obra de Nieves Prat

No, no nos equivoquemos, no es mi intención hablar de “politiqueo”, sabéis que nunca me he caracterizado por ello en mis artículos, ya que no entiendo esos comportamientos, que tantos males nos causan, que tanto dañan nuestras estructuras sociales y tanto perturban la convivencia pacífica.

¡Qué triste es no poder dialogar con los seres con los que convives, con esos que consideras tus semejantes, tus convecinos! ¡Qué penoso salir a la calle e ir por la parte contraria para no encontrarte de frente! ¡Ojala qué esos términos tan manoseados, tan traídos y llevados de boca en boca, encuentren el auténtico y verdadero sentido, se utilicen con seriedad y sean conceptos de apertura, sinceridad, entendimiento y generosidad por parte de todos/as!

Los antiguos, cuando definían al ser humano, decían que ante todo era un “animal político”, un ser social hecho para la convivencia y el entendimiento a través del arte del diálogo.

Afirman los teóricos de esta ciencia, si es que la podemos clasificar así, “que la condición primordial de un “animal político”, de un ser político es la anticipación: facultad que nos convierte en un creador de ideas, en un hacedor de modos y formas de vida; en cambio, la unilateralidad provoca el caos, los enfrentamientos, el desarraigo y las pasiones más bajas junto con los egoísmos más profundos”.

Así, si queremos una forma nueva de ver y sentir nuestra existencia, nuestra coexistencia, nuestra relación mutua en respeto y colaboración, en cultivo del arte del buen diálogo es obligatorio la sumisión de la voluntad de poder.

“Diálogo es, por consiguiente, colaboración. No intentar convencer al adversario del posible error, sino unirse a él para encontrar una verdad más sublime”, decía Lacardaire.

Por todo ello, nos atrevemos a afirmar: que un diálogo es fecundo y provechoso cuando es integrador y progresista. Por esto, el triunfo del ser humano, político, es sólo de aquellos que saben y quieren dialogar.

Frecuentemente, decimos que el trabajo en equipo en todos los ámbitos es condición de éxito frente al individualismo; luego, lo que más nos urge como personas es poner en práctica el auténtico sentido del diálogo, en cooperación y respeto profundo con el dialogante.

La coacción está enfrentada permanentemente con la línea de un verdadero diálogo; pues, venimos afirmando que el diálogo de verdad, el bueno, es en definitiva una colaboración, una renuncia por ambas partes de cosas, supuestos o principios intransigentes y, la mayoría de las veces, no prioritaria.

Un buen conversador, en consecuencia, es aquél que no sólo acepta, sino que agradece la presencia de un interlocutor inteligente y permeable. Existen quienes aplauden el acto de dialogar, pero se enfrentan al mismo con un espíritu impermeable, siempre en actitud defensiva, no escuchan ni abandonan sus premisas iniciales, produciendo, como resultado único, unos monólogos insulsos, incoherentes y estáticos.

El diálogo, por último, si queremos que sea auténtico diálogo, debe ser instructivo, ilustrador, desarrollado con respeto y generosidad para poder apreciar los aciertos y las aportaciones del interlocutor con una cierta, por no decir ingente, capacidad de recepción, de apertura para escuchar, para saber escuchar y proponer; claro, que para esto, necesitamos una ética del poder, sin ella no conseguiremos hacernos entender ni comprender, a su vez, a nuestro interlocutor.

 

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EL AMOR, BIEN ENTENDIDO, EMPIEZA POR UNO MISMO

Este dicho de la sabiduría popular, que anoche mismo comentaba  con mi nieto, no significa para nada un acto de egoísmo, sino que más bien forma parte de la esencia fundamental del amor, pues difícilmente puede amar al otro quien no es capaz de amarse a sí mismo: “ya que el egoísta, en esencia, no se quiere a sí mismo, sino que se tiene una profunda aversión”, en palabras de Erch Fromm en “El miedo a la libertad”.

Obra de Nieves Prat

En estas pasadas Navidades, en un momento de tranquilidad y reposo, mientras hojeaba un libro de John Powell sobre “El Secreto para seguir amando”, tropecé sin intención de buscarlo, como algo inesperado, como algo que se me ofrecía generosamente, mis ojos se fijaron con atención más de la acostumbrada y una luz se encendió en mi mente al leer una cita de Víctor Frankl expresada en su obra “El mundo en busca de sentido”, que decía textualmente así:

“Un pensamiento me dejó como paralizado: por primera vez en mi vida comprendí la verdad que afirman tantos poetas en sus canciones y que proclama la sabiduría última de tantos pensadores. La verdad: que el amor es la meta última y más alta  a que puede aspirar el ser humano. Fue entonces cuando comprendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y las ciencias humanas intentan comunicar: la salvación del ser humano se logra en el amor y a través del amor”.

Yo que en mi vida profesional he intentado hablar y explicar la poesía más sublime; yo que he intentado descifrar las palabras más bellas, las frases mejor construidas, las oraciones con un profundo y singular sentido; yo que he pretendido analizar los conceptos de los más sensatos y sesudos pensadores; yo que he buscado comprender las teorías de los más sobresalientes maestros, llegar a lo más hondo de su creatividad y libertad expresiva, que me había propuesto traspasar el más allá del simple concepto, el sentido perfecto y exacto de la singular estructura, la razón y el significado del constante y perfecto proceder, yo nunca me estremecí, aunque infinidad de veces me emocioné averiguando el contexto exacto, la palabra genial de aquellos poetas, de aquellos pensadores a los que nunca dejé de admirar, a los que me esforcé por comprender intentando entenderlos para después poder seguirlos, imitarlos y asimilarlos, para ser capaz de explicar la palabra sublime del amor.

Yo que a veces quise expresar en mis escritos o, al menos, procuré fijarme en ellos como maestros leales para ser capaz de manifestar la sabiduría adquirida, las reflexiones que brotan de mi interior, las historias que mi imaginación pretende elaborar, me siento ahora abrumado, que no hundido ni desfallecido, más bien con una poderosa fuerza interior que pretende, se esfuerza por expresar alguna idea por insignificante que ésta sea, algún concepto que sea capaz de igualar, que pueda asemejarse, que desemboque como un torrente en el mar infinito de la vida, del valor de la expresión ante mí mismo y los demás.

La poesía es amor, la pintura es amor, el arte es amor, la palabra es amor, el pensamiento, el raciocinio, todo es amor, el ser humano es amor, la vida es amor, al menos, así lo aprendí en sus creaciones, en sus textos, en sus genialidades y que, posteriormente, he ido aplicando concienzudamente en mi vida personal o, al menos, eso creo.

“El amor es una actividad, no un efecto pasivo: es un estar continuado, no un impulso súbito: en el sentido más general, puede describirse el carácter activo del amor afirmando que el amor es fundamentalmente dar, no recibir”. Decía Erich Fromm en una más de sus acertadas y siempre profundas sentencias plenas de contenido y significado trascendente.

El ser humano siente la necesidad fundamental de amar, de amar en su concepto más puro, en su significado más  profundo, pero esa necesidad debe ser bien alimentada, perfectamente entendida y aceptada en su realidad vivida día a día, de modo que el propio organismo humano esté sano, el ser, el quien, la persona en sí misma sea feliz.

Pero esa necesidad fundamental tiene su origen en un profundo amor a uno mismo, de manera que esta expresión sea plenamente entendida, orientada e interiorizada, pues este amor a uno mismo  no es otra cosa que una autoaceptación en su sentido total, una verdadera autoestima en el buen sentido del concepto.

Pues, si como se dice “el fin último del ser humano es alcanzar la felicidad”, debemos comprender que este objetivo sólo lo podremos conseguir siendo nosotros mismos. Ser feliz, alcanzar la felicidad anhelada es, en verdad, ser yo mismo.

“Es imposible que un hombre o mujer pueda estar en paz con los demás mientras no haya aprendido a estar en paz consigo mismo” decía muy acertadamente Bertrand Rusell.

Concluyo esta reflexión con una idea del psiquiatra Robert H. Felix, hombre experimentado, quien expresaba este mismo pensamiento con esta reflexión: “Yo debo aprender a disfrutar de ser yo mismo: sólo quiero ser yo mismo”.

Quizá podamos añadir a estas palabras, concluir su razonamiento añadiendo: si quiero disfrutar de los demás, si quiero hacer feliz al otro, si quiero amar a mis semejantes, si quiero corresponder y ser correspondido, si quiero que el amor sea fundamentalmente dar más que recibir, he de estar convencido de que dando estoy amando y estoy recibiendo amor.

He aquí el carácter activo del amor, este amor que cantaron los poetas con profundas palabras o sencillas expresiones, este amor que manifestaron los pensadores en sus largos juicios y raciocinios o en sus sinceras reflexiones: siendo feliz uno mismo, amándose a sí mismo podrá alcanzar el amor universal.

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EL ARTE DE DIALOGAR

Pensaba Sócrates: si cada uno entiende por “bueno” y “malo”, “justo”  e “injusto” una cosa distinta; si para cada uno las palabras “bueno” y “malo”,”justo” e “injusto” poseen significaciones diversas, entonces, la comunicación y la posibilidad de entendimiento entre los seres humanos resulta imposible. La tarea más urgente, por consiguiente, es restaurar el valor del lenguaje como vehículo válido. Es necesario definir con precisión los conceptos para restablecer la comunicación y hacer posible el diálogo.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

El diálogo, filosóficamente hablando, lo convirtió Sócrates en una forma especial de ironía y mayeútica, consistente en ayudar a dar a luz mediante la pregunta inteligente, a las opiniones de los demás sobre múltiples ideas generales.

La importancia filosófica del diálogo aparece, por tanto, cuando se tiene en cuenta que la dialéctica, método del conocimiento que permite elevarse a la contemplación de lo absoluto, no es otra cosa que el arte de dialogar.

Si queremos decirlo de otra manera más sencilla y que nos llegue. El diálogo consiste en comunicarse, en compartir emociones y sentimientos. En consecuencia, todo diálogo debe orientarse al encuentro entre los seres; así pues, su objetivo no se basa en resolver problemas ni en tomar decisiones o hacer plazos de futuro. El diálogo es un requisito esencial, fundamental y necesario para una discusión fructífera y productiva, se convierte en un elemento importantísimo para la convivencia humana y la buena relación entre los seres humanos.

Antes de esto, debemos dejar muy claro los conceptos de discusión y diálogo. En el diálogo no cabe ni ha lugar para la polémica, pues eso forma parte de la discusión. En la discusión se da el espacio necesario para la argumentación; en cambio, en el diálogo se hace esencial un intercambio de sentimientos y de ideas. Un verdadero diálogo, pues, se caracteriza por un sentido de colaboración, no por un enfrentamiento. En el diálogo hay siempre intercambio de ideas, de sentimientos, de emociones alejado totalmente de la asignación de responsabilidades. El diálogo sólo sirve para descubrir la bondad en el otro, para conocerlo mejor; de aquí, la idea de Sócrates de tomar como base la ironía y la mayeútica; por ello, una persona egoísta, personalista tiene muy poca capacidad para el diálogo.

Esto nos lleva a plantearnos que la manipulación no es nunca diálogo, pues en la manipulación se exponen los sentimientos a otra persona, los planes para que se haga algo por ella, para conseguir y llegar a alcanzar unos intereses en beneficio propio. Así, la manipulación se convierte en un juego que obliga al otro a satisfacer las necesidades privadas; en consecuencia, cuando unos interlocutores, como sucede en la inmensa mayoría de los casos, que estamos acostumbrados a contemplar, en este juego destruyen su relación, se degradan sobre manera y caen en un monólogo, que es el auténtico camino para el aislamiento y la soledad, como estamos viviendo continuamente.

Por tanto, necesitamos echar mano de una verdadera comunicación que dé origen y nos lleve al verdadero diálogo. Comunicar es compartir, y esto es lo importante, lo esencial y fundamental, y esto es el diálogo del que estamos hablando, para ese deseo de dar al otro mi propio ser en una autorevelación en total y plena transparencia, que debe imperar en todo verdadero diálogo.

Además de esta comunicación y como base para ella, el diálogo requiere un acto de voluntad: confianza en el otro. La disposición más adecuada para que se dé el diálogo es querer dialogar con el otro buscando la comprensión mutua. Aquí me estoy refiriendo como elementos importantes y necesarios: a la comprensión y a la aceptación, sin ellas no se dará un auténtico diálogo, pues esto supone una invitación ineludible a la reciprocidad mutua.

Por ello, deducimos que es esencial en el diálogo la forma de escuchar. Aquí introduzco un nuevo elemento fundamental en el arte de dialogar: estoy hablando del arte de escuchar; pues un auténtico diálogo y una verdadera escucha pertenecen al mundo de la comprensión tan necesaria para un buen diálogo.

Para ser auténticos oyentes se debe estar disponibles, estar abiertos, no temer lo que va a escuchar, no tener ideas preconcebidas, ya que se busca siempre la comprensión no la victoria de uno sobre otro. Es necesario no llevar sugerencias, ideas o conceptos elaborados de antemano, no interrumpir, no estar pensando en nuestra propuesta mientras el otro habla, que es lo que suele suceder con frecuencia; así, cuando las emociones, los sentimientos, las ideas adquieren una forma clara, se deben aceptar, no simplemente tolerar o, mucho menos rechazar. El auténtico oyente, el que asiste y está de verdad, respeta la personalidad y la presencia del hablante.

En un diálogo, ya para ir concluyendo, escuchar consiste en sentir más el significado de las palabras que la mera materialidad de éstas: escuchar con el corazón más que con la cabeza; reflexionar en profundidad sobre lo expuesto más que en “sacar punta” a lo escuchado.

Sería necesario llegado a este punto, diferenciar entre diálogo, que ya hemos dicho que es un coloquio, una conversación entre personas y un debate donde intervienen personas, grupos o gentes de ideologías, de opiniones diversas en busca de comprensión y acuerdo.

Ahora sí concluyo con estos pensamientos: “el diálogo es la comunicación existente entre tú y yo” (Martín Buber). “Nuestra vida es un diálogo, donde es el individuo sólo un interlocutor” (Ortega y Gasset).

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DESDE LA PERSPECTIVA: LO DISTANTE Y LO PRÓXIMO

Desde un alto picacho de forma esbelta y estilizada, puntiagudo, resbaladizo y cortante, se podía vislumbrar con cierta nitidez el horizonte perdido, alejado y difuso, donde la naturaleza, los seres y las formaciones de las cosas desaparecidas en la distancia apenas dejaban gozar de la belleza, la armonía, la hermosura y la delicadeza de todo lo allí establecido.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Es necesario descender al detalle, tocar la cercanía de lo permanente, sentir el temblor de lo estático y la timidez del movimiento, saborear la percepción de lo percibido y la sensibilidad de lo que se hace notar, requiere tu presencia para ser observado, se muestra como querido, manifiesta que está vivo, que tiene la alegría y la cualidad de lo llamativo, de lo que produce una respuesta, de lo que debe ser admirado y exige una pregunta profunda, un averiguar su significado, algo que atrae y provoca, cautiva e incita más allá de lo simplemente analizado o experimentado.

¿Quién puede ser capaz de pasarlo por alto? ¿Quién puede alejarse cada vez más sin absorber toda su sabia? ¿Cómo se puede menospreciar todo lo que aparece sin dejar huella de la existencia, de nuestro estar ahí? ¿Cuál puede ser nuestra certeza ante todo cuanto se muestra? ¿De qué modo se puede uno enfrentar a la realidad que nos aspira y nos incorpora incesantemente, nos colma con toda su capacidad, nos inunda con su sentido y razón, nos invade hasta saturarnos con la misma existencia del ser y la honda esencia de lo implantado?

Algo se produce sin duda que nos sobrepasa, simula como un extenso manto que nos cobija y protege, nos acuna con dulzura, nos hace comprender nuestro destino sublime y nuestra comunión con ello, nuestra misión trascendente de ser en realidad, de ser existente en el ser, de un ser afincado y no errático, inteligente y no ausente, personal y no vacío, individual y no fragmentado ni aislado, singular, indivisible, organizado, libre.

Esta visión arrastra al devenir, al constante devenir del que no se debe uno alejar nunca ni parece razonable huir, pues en él se encuentra la esencia, en el se halla la felicidad y la unión, salvo que prefieras caer en la nausea, en la frustración, en la absoluta nada.

Este devenir, en verdad, se convierte, se transforma en un principio, en el principio de la realidad, de esa realidad que es cambio constante y continuo, que es un fluir permanente. Así es como Hegel llega a representar el devenir como una superación, como la superación del puro ser y la pura nada, hasta el punto que sin él no se podría llegar nunca a la verdad, ya que sin devenir no se puede alcanzar el cambio, no se logra la transformación anhelada tan importante para conseguir el ser pleno, el ser en movimiento, el ser reparador, lo absoluto no se podría manifestar evolutivamente bajo las formas de espíritu y naturaleza.

Por todo esto, es preciso bajar del alto picacho, de ese abrupto picacho, escarpado y filamentazo que en un principio pareció hermoso y desde el que nos sentimos como seres superiores, seres únicos, desde el que contemplamos con gesto hierático y dominante la realidad que se aparece y se muestra, la realidad que se desdibuja por causa de lo distante y nos la imaginamos convencidos de que es la auténtica realidad, sin pensar que se trata de un simple fenómeno de los sentidos, que la transforma y nos hace concebir una apariencia como real, como no existente, como ajena sin quererlo a la propia realidad.

Aquí, en el mundo de los iguales, en la realidad de todas las cosas sin exclusión, se puede y se debe profundizar, se debe ahondar en la auténtica esencia de ese existir transformador, de ese ser al que se unen los seres en busca de la unificación, la unión permanente en ese constante y continuo discurrir.

¿Cuál es el papel de los sentidos ante esta situación? ¿Cómo convivir y relacionarse  en el mundo de los iguales? ¿Surgirá en alguien o en algo la fiebre imperiosa del poder? ¿Quién mandará? ¿Se sentirá superior? ¿Querrá en algún instante imponerse?

Si se trata de iguales, de los que sienten su entidad de ser en justicia y en libertad, nadie podrá nunca sobreponerse, considerarse superior a otros, a no ser que se violente de forma fragante el devenir de las cosas, el orden existente, la realidad permanente en continua ebullición y fluir constante.

Sólo el ser existente, el ser consciente de su entidad con conciencia plena de su existir, implantado en su pleno devenir, considerando al otro como igual, sintiéndose otro con sentido de su plenitud, es capaz de ocupar su espacio y su tiempo como un alguien peculiar con una misión que desarrollar, cumplir y llevar a la totalidad, al ser trascendente, al que aspira, misión de la que participa el otro y que junto con él ha de culminar.

 

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LA IMPORTANCIA DE COMPARTIR CONOCIMIENTOS

Muchos son los elementos que propician la transferencia de conocimientos según nos informan la mayoría de los estudiosos del tema, yo quisiera destacar y fijarme, en esta ocasión, en uno solamente, dado su carácter sustancial, aunque fundamentalmente los ordenaría en el siguiente orden de importancia: la cultura, los medios tecnológicos, la infraestructura y los sistemas de evaluación; ciertamente no basta con uno sólo de ellos por muy significativo y ventajoso que éste sea, todos deben funcionar en una perfecta armonía y sintonización si queremos obtener buenos y perennes resultados, resultados positivos, satisfactorios y exitosos para nuestro bien personal y colectivo.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Es por tanto, desde mi punto de vista, que existe uno de ellos que destaca por su significado e importancia, por su fuerza; uno, que es muy difícil de alterar o menospreciar y mucho menos dejar de lado o abandonar; uno, sobre el que quiero reflexionar en este instante, me estoy refiriendo como seguro que todos pensáis y estaréis de acuerdo conmigo a la cultura, ya que ésta contiene una combinación sobresaliente de historia, de expectativas propuestas, de reglas la mayoría de las veces no escritas y, muy importante, de ética social compartida por todos y que afecta a la conducta de todos; aunque aparentemente la cultura sea más efímera que los otros elementos mencionados, sin embargo, tiene más fuerza, más poder de influencia, más sentido de globalización y colectividad, es mucho más activa y dinámica, con una tendencia natural a poder ser compartida y a colaborar eficazmente con los otros elementos.

Por todo esto, aprender a intercambiar conocimientos es una actividad social que se lleva a cabo entre individuos; de aquí, que las prácticas relacionadas con las personas, la cultura y el contexto en el que éstas se encuentran o en las que ejercitan su actividad son muy complejas, ricas y globalizadoras; por consiguiente, para estar convencidos de que las prácticas y los conocimientos no sólo se transfieren de unos a otros, sino que se realizan y se desarrollan de forma firme y eficaz de manera que resulten provechosos, es vital, yo diría que hasta necesario, poner a todos los individuos, que estén preparados y dispuestos a este intercambio de conocimientos profundos, en contacto entre sí, para así poder transferir los conocimientos que cada uno posee y almacena, intercambiando y compartiendo.

Por tanto, en una colectividad de la índole que sea, cuando sus componentes empiezan a ayudarse mutuamente en lugar de ponerse zancadillas, a hablar, a dialogar y a escucharse, comienzan a transmitirse cosas que cada uno sabe, ha experimentado y ejercitado, ha aprendido en definitiva; esta simple iniciativa se convierte al instante en un proceso que se va perpetuando por sí mismo, va creciendo sin cesar hasta alcanzar un efecto beneficioso y benefactor para el grupo o para el conjunto de la colectividad.

Es muy importante y eficaz, es necesario para ello, crear una cultura de equipo que lo apoye, que colabore sin desmayo, que elimine toda posible rivalidad del tipo que sea, que muy frecuentemente se suele dar entre los seres humanos, que haya un nivel básico entre ellos de habilidades significativas para poder solucionar los problemas que puedan surgir, teniendo siempre dispuesta la capacidad de escuchar e interiorizar.

He aquí, la importancia del factor humano por encima de todos los demás. Sólo un enfoque que esté centrado en las personas será competitivo, pues es muy sustancial y necesario desde el primer instante prestar especial atención a los valores que cada uno posee, que puede desarrollar más y más, de ahí se deduce lo significativo y sustancial de la capacidad de compartir; pues, así, los cambios culturales llegarán a ser posibles, aunque resulten difíciles y costosos, aunque surjan un cúmulo de acontecimientos, que nos estorben  y nos impidan ver el camino, que con seguridad sabremos vencer.

Claro que para ello no debemos olvidar el pensamiento de que las acciones son mucho más poderosas que las palabras. Estamos cansados de tantos dirigentes, de tantos seres que se creen importantes que hablan y hablan como charlatanes de feria, que prometen y prometen una y otra vez para luego no cumplir nada de lo afirmado, intentando engañarnos, transmitiéndonos mensajes falso, tomándonos por tontos e imbéciles, como ignorantes de los medios tecnológicos y de las habilidades sociales.

Ésta es la razón por la que defiendo la importancia de participar de la cultura y del intercambio de la información; esto es lo que significa que la persona participa y demuestra que se siente comprometida con la formación, con el proceso de cambio; ya que lo más destacado del conocimiento es compartir la cultura y practicar la democracia, no quedárselo como si aquello perteneciera a un feudo privado y único; no se puede, no es justo acumular conocimientos e impedir que otros accedan a ello, pues eso no otorga poder, no nos hace más poderosos ni importantes, antes bien, nos empobrece, nos achica y anula, nos puede llevar a la aniquilación.

El aprendizaje compartido, por consiguiente, se convierte en un concepto extraordinario: nos permite beneficiarnos del conocimiento y de la experiencia de los otros, así como los otros del nuestro; nos ofrece una serie de soluciones innovadoras y creativas; nos proporciona unas soluciones a veces imaginativas, pero que nos resultan tremendamente provechosas para alcanzar nuestro objetivo, nuestra realización dentro de la colectividad; se convierte en algo esencial para poder actuar y organizarnos mejor individualmente o en equipo.

“Si las personas son el motor del saber, deben tener la responsabilidad de identificar, mantener, aumentar y compartir su base de conocimiento, dado que el conocimiento es información en acción” dice Carla O’Dell.

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LA CAPACIDAD DE ASOMBRARSE

Comencemos este nuevo artículo, como nuevo es el año que acabamos de inaugurar, con una simple e insignificante pregunta pero cargada de un profundo sentido. Hagámonos, antes de empezar, este sencillo interrogante, conocido por todos y con toda seguridad formulado en muchas ocasiones y en momentos difíciles de nuestra existencia: ¿Qué cosa necesitamos para ser unos buenos filósofos, unos profundos pensadores?

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Hace muchísimos años, lo recordaréis con toda seguridad, muchos más de dos mil años, a uno de aquellos viejos y afamados personajes, conocidos hoy como filósofos, se le ocurrió decir que la filosofía surge del asombro del ser humano ante la realidad que se le muestra delante; es decir, que lo único que el ser humano necesita, respondiendo así a nuestra pregunta primera: ¿qué cosa necesitamos para ser unos buenos filósofos?, siguiendo el dicho de nuestro admirado y viejo filósofo, es nuestra capacidad de asombro.

Ciertamente, la mejor manera de acercarnos a la filosofía, a la realidad que nos circunda, será preguntándonos, haciéndonos interrogantes, asombrándonos ante cualquier fenómeno, ante cuanto sucede a nuestro alrededor y tenemos conciencia de ello, ante todo cuanto admiramos y nos sobrecoge.

Cuando hablamos de preguntas, cuando empleamos la palabra interrogante, no nos estamos refiriendo a esas grandísimas y elocuentes preguntas transcendentales, a esos interrogantes profundos de los que siempre hemos oído hablar y comentar, que son ya algo utópico entre nosotros y están muy manidos, yo diría hasta en desuso, como: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo fue creada esta realidad en la que existimos? ¿De dónde surgió todo? Y un sin fin de cuestiones que pueden venir a nuestra mente, estando seguro que ya nos las hemos formulado en numerosas ocasiones sin encontrar a veces una respuesta que nos satisfaga.

Al final de este proceso, descubrimos que nos es mucho más fácil preguntarnos, que resolver esas mismas preguntas, por lo que desistimos de ello. Claro que a poco que nos paremos un momento, que hagamos un pequeño alto en nuestro caminar, observamos y descubrimos que el mundo, esa realidad en la que estamos inmersos, en la que nos relacionamos, en la que compartimos espacios, no está asentada como en realidad la contemplamos, la vivimos y sentimos, que no es algo habitual, que no puedes enfrentarte a ello como algo cotidiano; pues, en ese momento, dejas de ser filósofo, ya que has perdido, entonces, esa capacidad de asombrarte y de admirar, te has alejado del planteamiento de aquel viejo filósofo.

En verdad, aunque las cuestiones filosóficas nos compiten a todos y nos importan a todos, no todos nos convertimos en filósofos. Un filósofo nunca puede habituarse a lo que sucede sin asombrarse, sin que brote de su interior un interrogante; en caso contrario, habrá perdido esa capacidad, pasará por la vida renunciando a lo más importante del ser humano, del ser existente.

Suele suceder, dado que nos planteamos que somos seres extraños y misteriosos, que tú, amigo o amiga mía, amante del mundo de las princesas o de los héroes con los que sueñas o añoras, en los que dices transformarte, te vas dando cuenta que no eres “la Bella Durmiente” ni ninguno de los mitos idolatrados de tu actividad preferida; es, entonces, superada esta cuestión, cuando te interrogas quizá de otra forma y con otras palabras o sentimientos: ¿Quién soy? ¿Dónde me encuentro? ¿Cuál es y de qué está hecha esta realidad en la que vivo? Así, poco a poco, nos vamos habituando a este mundo tal y como es o, mejor, como nos parece que es, huyendo de la auténtica realidad.

Por todo esto, aunque la filosofía nos concierne a todos, aunque el pensar es propio de todos y cada uno de los seres personales por el simple hecho de ser y existir; ciertamente, no todos nos dedicamos, nos afanamos con determinación al bello arte del filosofar, a admirar y asombrarnos ante lo que nos rodea y surge en nuestro entorno, pues la gran mayoría nos aferramos a lo habitual, a lo cotidiano, como si no existiera nada que nos sobrepasara; de modo que deja de producirnos asombro aquello que vivimos día a día, aquello que está sucediendo a cada instante y de lo que pasamos “olímpicamente”, perdonad la expresión, quedando relegadas a un segundo o tercer plano aquellas cuestiones importantes  y que nos compiten como ser.

Por ello, me atrevo a sugerir, con vuestro permiso, que es necesario, que nos enfrentemos a la realidad con los ojos y el espíritu de un niño o una niña, con la capacidad y la admiración de éstas y éstos, contemplándolo todo y viéndolo como algo nuevo, como si sucediera o lo experimentásemos por primera vez; sólo entonces, brotarán espontáneamente sin tener que estructurarlos, sin la presión de nada ni de nadie infinitos interrogantes y cuestiones; sólo entonces ejercitaremos esa capacidad de asombro y dejaremos de examinarlo como algo normal, habitual o cotidiano.

Siguiendo este pensamiento, ahora más que nunca, ahora que iniciamos un nuevo año, reclamo para todos, el papel de filósofo, como el del ser que no se ha habituado a las cosas sin más, que no vive la realidad como algo normal y sin mayor importancia, como simplemente lo cotidiano, sino que la contempla como algo extraordinario, novedoso y misterioso, con los ojos de un niño o de una niña; pues, igual que éstos y éstas tienen la capacidad de asombrarse, igual el filósofo y todos los seres humanos, por el simple hecho de serlo, debieran de ser susceptibles durante toda su existencia de esa misma capacidad.

Aquél o aquélla que no se reconoce en el niño o en la niña, es, porque se ha habituado tanto a la realidad que no encuentra nada capaz de asombrarle ni llamarle la atención; entonces, corremos un grave peligro, entonces nos convertimos en alguien indolente e indiferente, en alguien que camina por la vida como dormido. Necesitamos, pues, con urgencia, despertarnos, vivir la vida con intensidad y recuperar la capacidad de asombrarse del filósofo, si es que después de todo lo vivido y lo acaecido, de todo lo que falta por resolverse, de toda la realidad apasionante que aún nos falta por vivir, cabe en nosotros dicha capacidad. Capacidad que yo reclamo para todos. ¡Eh aquí mi deseo!

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LA METACOGNICIÓN

Este verano, en una de las variadas novelas o estudios científicos que he leído, en uno de los diferentes trabajos de investigación consultados, no recuerdo con exactitud en cual de ellos, me encontré de golpe, sin esperarlo y sorprendiéndome sobre manera, con la palabra metacognitiva, expresión con la que uno de los protagonistas, creo recordar vagamente por lo que me inclino a pensar que debía ser una novela, se dirige a su amigo para calificar a un tercero “de persona poco metacognitiva”, quien al escucharla se quedó tan estupefacto como yo.

Ahora, pasado un tiempo de aquella circunstancia, después de que yo mismo la pronunciara recientemente, volvió de nuevo a mi cabeza y a mi pensamiento. Llevado por mi curiosidad innata, me interrogué, me propuse estudiar su significado originario, el matiz singular que aquel prefijo griego, “meta”, unido al término cognitivo, podría tener.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Ésta es la exposición final de mis reflexiones, la conclusión a la que he llegado sobre lo metacognición:

¿Habéis oído, os habéis tropezado en alguna ocasión con el término metacognición? ¿Acaso sois personas metacognitivas? ¿Qué grado de metacognición creéis alcanzar? ¿Pensáis que tiene algo que ver la metacognición con alguna de las categorías del ser humano? ¿Quizá, la metacognición sea más bien una capacidad que poseen todos los seres por el hecho de estar integrados en el ser? ¿Somos, en consecuencia, todos metacognitivos en esencia? ¿Con qué cosa de la metacognición nos identificamos más y nos sentimos más satisfechos? ¿Tiene la metacognición algo que ver con el sentimiento? ¿Hasta dónde nos identificamos unos con otros, nos integramos en comunión plena como seres metacognitivos? ¿No será, por casualidad, un cambio, una mutación o alteración de nuestras estructuras como seres, una reproducción extensiva que te lleva más allá, una modificación o variación de nuestra naturaleza significativa, de nuestro ser en cuanto inmerso en lo existente? ¿Acaso somos personas poco cognitivas?

Si queremos una descripción aproximada del significado del término metacognición, debemos comenzar por el análisis de la palabra cognición, la cual nos introducirá sin duda en lo esencial de la misma. Así, la cognición la entendemos todos como la capacidad que tenemos los seres, unos en mayor medida que otros, unos más desarrollada que otros, unos más a flor de piel, para comprender por medio de la razón, razonar sobre el propio razonamiento, pensar lo que piensan y sienten los demás sobre la naturaleza, las cualidades, las capacidades, las relaciones de las cosas, de los seres entre sí.

Sin duda, partiendo de aquí, deducimos que todos tenemos esa capacidad, unos en mayor grado que otros; por tanto, todos somos metacognitivos, pero no todos lo enfocamos igual; sin duda, por poner un solo ejemplo, los grandes genios creadores poseen un alto grado de metacognición. La metacognición en sí es un grado muy especial de sensibilidad, de susceptibilidad que nos hace percibir, observar las cosas con gran claridad, lo que no significa que uno no se equivoque, que no padezca, que no sufra contratiempos; por el contrario, esta sensibilidad nos hace más vulnerables, nos azota de forma más violenta.

Ciertamente, existen seres insensibles, al menos aparentemente, a los que la vida les ha regalado todo, seres que no se enteran ni se alteran por nada, que no ven nada y viven la vida poniendo trabas, dificultades en el camino a los que tienen menos recursos. Esto hace que cada individuo modele su mente, su razonamiento y su existencia según las experiencias que le haya tocado vivir.

La metacognición es, pues, la capacidad del ser, quien enraizado, que no anclado en lo profundo del existir, en constante movimiento, en evolución y cambio dinámico dentro de su razonar sobre su propio razonamiento, percibe el sentir y el actuar de los demás seres y es consciente de esa sensibilidad tan intensa de la realidad que le rodea, no sólo de las cosas más nimias o insignificantes como de las más grandes, conociéndose como una persona con gran vulnerabilidad ante cualquier ataque, padecimiento o contrariedad seria que surja en su interior, suspirando por un atisbo, por una luz clara que lo oriente, que lo haga salir de esa autodestructividad que lo oprime, que lo deja sin salida en esa nada absoluta, que lo envuelve y donde se encuentra, hasta lograr el triunfo anhelado, la sensación dominante esperada; pues, el ser metacognitivo lleva su sensibilidad al extremo más sublime tanto para lo bueno como para lo malo.

Esa capacidad del ser metacognitivo de pensar sobre lo que piensan los demás o uno mismo, esa empatía es, sin duda, la parte más conocida de esa sensibilidad, de ese foco imperante que algunas personas poseen en grado supremo.

Por consiguiente, llegamos a la conclusión final, que ese grado de metacognición será el que día a día realmente distingue y realza al ser humano frente a otros seres, frente a las cosas, frente a la propia naturaleza, e incluso, frente a otros seres humanos con menor o ninguna metacognición.

He aquí, pues, la importancia de la expresión metacognición, el significado de su estructura, la profundidad de su contenido, la capacidad impresionante de aquellos que la poseen, de aquellos que bien podemos nombrar con la boca llena “personas metacognitivas” en el sentido pleno, de quienes tienen la fuerza y el hábito de ser, sentir, percibir esa enorme sensibilidad para comprender lo razonado, lo pensado y reflexionado por los seres sin anular su esencia, ni su ser, ni su plena y total característica de ser en existencia, de razonar sobre lo razonado, de ayudar al otro haciendo a cuantos le rodean más felices.

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¿EXISTE LA NADA? ¿EXISTEN LAS TINIEBLAS?

Estando preparando unos libros de lectura para ocupar los muchos momentos de ocio que mi actual profesión de jubilado me permite para este verano, cayó en mis manos un brevísimo tratado escrito en latín, al que nunca había prestado atención, que me sorprendió tremendamente y tentó mi curiosidad.

La Filosofía ha sido siempre para mí un lugar de cobijo, un gran remanso para mi espíritu, una calma y una tranquilidad para mi mente, un sosiego y un descanso para mis músculos y mis articulaciones agotadas por el esfuerzo, el deporte o el trabajo, en fin, una grieta profunda donde se sumerge mi pensamiento buscando en lo más hondo lo último, lo definitivo; estando en esta situación, nunca hallas el momento para retornar a la realidad de la que te habías alejado. Éste es el ámbito en el que te afanas por encontrar la verdad, por vislumbrar la auténtica dirección de tu proceder en la vida, donde puedes percibir el ser, el absoluto en su plenitud y en su total consistencia.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Así, rumiando y buceando en la historia de la cultura ante este hallazgo en el pensamiento de nuestros ancestros, en las ideas que nos desvelaron y nos dejaron ahí para nuestra contemplación y placer, intentando por todos los medios no llegar a las teorías primigenias orientales ni, por supuesto, a la cuna y origen de nuestro inicio en el arte de razonar, el que siempre he presumido de conocer, ante la pregunta causante de este proceder; antes de llegar a este instante, según avanzo en la investigación, me encuentro de forma inesperada y sorpresiva, sin sospecharlo ni pretenderlo, ante la inmensa labor cultural llevada a cabo por el emperador Carlomagno y el no bien estudiado “Renacimiento carolingio”, patrocinado por los maestros de la Escuela de Aquisgrán capitaneados por el gran Alcuino.

Estando en estas pesquisas, me llama la atención profundamente, me cautiva hasta el punto de obligarme  a hacer un alto en el camino, un alto definitivo, cómo a comienzos del siglo IX, un desconocido pensador, diácono por aquel entonces en la abadía de Tours, escribe una extraña epístola a la corte palatina, donde razona y argumenta sobre la verdad y existencia de la nada y las tinieblas basándose en la Biblia, en la que está escrito que “el mundo, todo lo existente, fue creado a partir de la nada” e igualmente que “las tinieblas cubrían toda la faz de la tierra”.

Este pensador desconocido, aunque, posteriormente, alcanzó puestos importantes en la corte imperial, por nombre Fridegiso, es el autor de este brevísimo texto, al que me refería al principio y cuyo título es “De Substancia Nihili et Tenebrarum”.

Fridegiso, según nos cuentan algunos historiadores de la época, fue un hombre radical en sus ideas, intransigente en sus resoluciones, poco amigo de la mediación, del pacto y de la diplomacia, lo que le llevó a constantes polémicas y disputas con los miembros de su abadía y con sus coetáneos. Así, Tomás Pollán, en el prólogo a la traducción de su pequeño tratado, lo sitúa en una relación de continuidad y de ruptura a la vez de la Escuela Palatina. Se sirve de los mismos instrumentos que sus compañeros con el único objetivo compartido de recuperar y recomponer la herencia de las Escrituras, pero con una radicalidad especulativa que le coloca a él y a sus ideas en el umbral de la herejía.

Esta epístola “De Substancia Nihili et Tenebrarum” fue uno de los textos más discutidos en la E. Media. Existen autores que lo califican como el primer tratado filosófico de la Europa carolingia y a su autor el primer filósofo del primer Renacimiento. Ésta es, sin duda, la causa y razón que me exige detenerme en este singular autor, en sus teorías, en su polémica y en la importancia que en el transcurso de los tiempos adquirieron sus discutidos planteamientos, en especial su teoría sobre la existencia de la nada como algo que es y existe.

Pensad, por un momento, que filósofos tan importantes en el siglo XIX como Heiddegger y, posteriormente, el mismo Sartre entre otros, harán del problema de la “nada” la piedra fundamental de su filosofar y con una radicalidad más extrema, incluso, que la de Fridegiso, ya que el tema sobre la nada ha marcado sin duda el destino de occidente.

La epístola aparece con el muy discutido propósito de demostrar con argumentos lógicos la verdad de la letra de las Escrituras, sobre todo, en lo referente a la existencia real de la “nada” y de las “tinieblas”. Por lo tanto, debemos afirmar sin miedo a error que el autor concede un valor absoluto a la literalidad de las Escrituras. A partir de esto, la autoridad de la literalidad se impone sobresaliendo lo que está escrito en la Biblia y en ella se afirma.

Fridegiso, en este pequeño tratado, advierte de la singularidad de la nada y llega a la conclusión de que es algo realmente existente. La nada es algo innegable. La razón demuestra que todo nombre definido como sujeto de un enunciado significa algo, algo que es. Dios creó todo de la nada, por tanto la nada es algo grande y noble, puesto que todo lo creado procede de allí.

Con parecido proceder y argumentación demuestra la existencia de las tinieblas: son muchos los momentos en los que el Antiguo Testamento habla de la existencia de las tinieblas. Por eso Dios, al separar la luz de las tinieblas, llamó a la luz “día” y a las tinieblas “noche”.

Las opiniones sobre esta argumentación son de un fuerte carácter contradictorio. Las valoraciones han sido muy dispares a través de la historia y por los innumerables pensadores, que se han acercado a la lectura del pequeño texto, consideraciones que a veces son pura banalidad; pero que muestran que este escrito ha provocado y sigue vertiendo juicios muy dispares, opiniones encontradas, creando un gran desconcierto como el que ha surgido en nuestro espíritu ante su lectura.

¿No me digáis, queridos lectores, que no os sorprende este desconocido personaje? Consultad la historia universal del pensamiento y comprobad si éste tal Fridegiso aparece en ella. Examinad en profundidad sus escritos y decidme si en alguna ocasión habíais oído hablar de su trascendencia. ¿Acaso no pensáis que es notable su aportación a la historia del pensamiento o se trata simplemente de algo extravagante? ¿Decidme, como el propio autor reseña en su introducción, si se trata de argumentos correctos o son censurables por alguna falsedad?

Como el propio autor confiesa y razona, concluiré con sus palabras: “después de examinar atentamente la cuestión de la nada, tratada durante mucho tiempo por el mayor número de gentes, abandonada sin haberla discutido ni examinado, finalmente me ha parecido oportuno abordarla, después de romper los apretados nudos en los que estaba encadenada, la desaté y desnudé, la disipé de las tinieblas y la devolví a la luz para que fuese transmitida a la memoria de la posteridad por todos los siglos venideros”.

Tomás Pollán, en la dedicatoria personal que me hace, lo califica del primer librito extravagante de la filosofía, aunque eso no significa que en la contraportada lo califique como uno de los libros más citados y discutidos de la E. Media, el primer texto filosófico de la nueva Europa, que aborda una cuestión filosófica límite y que ha marcado el destino de occidente, como es la cuestión de la NADA.

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LA CREACIÓN ARTÍSTICA Y LO PROFUNDO

¿Qué cosa queremos decir cuando afirmamos que algo es profundo? ¿Qué entendemos por un mensaje, una idea, un pensamiento profundo? ¿Qué quiere decir un sentimiento profundo? ¿Qué significado tiene una manifestación artística profunda?

Obra de Nieves Prat

Lo profundo podríamos concebirlo como el dominio que ejercemos sobre el espacio y el tiempo. De aquí se deduce, según nuestro entender, el poder de vínculo que produce lo profundo sobre la creación, la inspiración, la innovación…

De esta manera, nos interrogaríamos con seguridad y certeza para hallar una respuesta acertada y precisa: ¿Es cierto qué la creación artística es un bella fantasía irracional, una pura y hermosa imaginación felizmente adornada sin más, una realización ejecutada o, más bien, es la raíz más honda, más profunda, más enraizada de la realidad expresada por la mente? ¿Existe, por casualidad, una obra de arte, llámese: poesía, música, cine, escultura, pintura o cualquier manifestación artística más originaria, con más significado y sentimiento, con una mayor hermosura adornada, que asistir a la creación, al despliegue misterioso de lo real en su ser más íntimo e intenso?

Cuando hablamos de algo profundo, nos estamos fijando en algo unificante; así, las grandes ideas de los más bellos y grandes pensamientos, los proyectos más innovadores y las obras con mayor sentido son los más profundos, porque encierran en sí mismo todo un mundo de realidad perfectamente captado. Lo profundo implica, para poder ser considerado como tal, un ámbito de interioridad, una tremenda intensidad y una inmensa intimidad de fuente de vida.

Esto es, sin duda, el poder del artista, la acción y ejecución concebida en el pleno significado de la palabra, que es capaz de crear una visión de lo real en profundidad, entendiendo siempre por profundo lo que aquí queremos y estamos intentando explicar y definir: la realidad en su pleno y total desarrollo.

La creación artística brota desde el nivel de lo originario, pues no es otra cosa que realidad en estado naciente, en un total alcance y desarrollo de sus cualidades y expresiones más intensas.

Por eso, podemos afirmar sin temor a error que la creación artística nace y se hace en el ser, crece en interioridad y desarrollo para dar nombre a las cosas. El artista, el poder del ser humano creador es un virtuoso de la autenticidad, de la fidelidad que se revela a través de los fenómenos expresivos y, a la vez, se pronuncia y se manifiesta como un misterio total y pleno, como algo primigenio y absoluto.

La competencia de una mente creadora, la misión de la poesía, la pintura, la música, el arte en general no es inventar lo irreal en cuanto no real, no es descubrir la nada en cuanto no ser, sino intuir todo aquello que por ser profundo desborda el campo de lo sensible.

Lo profundo se manifiesta, se nos muestra en el plano en el que el espíritu humano actúa  creativa y creadoramente, alcanzando ámbitos de comunidad. Según las diversas categorías de lo profundo como: la intimidad, la presencia, la intuición, con las que vamos descubriendo lo profundo como algo trascendente, como lo verdaderamente inmediato en su plenitud.

Pero esta fidelidad, de la que estamos hablando, exige un compromiso, una voluntad de vivir en plena comunicación, porque la vida es diálogo constante y perpetuo en un clima de amor.

Sólo el respeto reverente al misterio de las cosas más profundas nos permitirá dar valor racional a lo que el ser humano siente en sus momentos de totalidad, de creación poética, filosófica o creativa en general.

La relación del ser humano con su entorno, los fenómenos vitales de cada instante, el diálogo, la belleza en sus diversas categorías y manifestaciones, el amor… no sólo son algo real, sino fuente y fundamento de la misma realidad, porque siempre son algo con sentido.

Lo que el buen sentido de los poetas y los filósofos, de los creadores en general han previsto en todos los tiempos, debe ser sometido al estudio de la razón y elevado a la categoría en el concierto supremo de la realidad.

Ésta tiene que llegar, tiene más bien que incendiar nuestros sentimientos, nuestra decisión de saber exacto y debe provocar un irreverente e incandescente volcán, un enorme entusiasmo intelectual por lo profundo, lo real, lo poético, lo filosófico, lo artístico.

Así, a modo de conclusión de esta pequeña reflexión, llegó a firmar Moeller “que todas las grandes intuiciones del arte y la literatura, sean cuales fueren sus orientaciones religiosas, nos descubren siempre algún respeto profundo de lo real con plena y clara nitidez, abriendo, sin lugar a dudas, nuevas rutas profundas a la marcha del ser humano en su caminar hacia el absoluto”.

 

 

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UNA PERCEPCIÓN ONÍRICA. UNA IMAGEN FUGAZ

Sentado en el sillón de mi cuarto de trabajo, a punto de coger entre mis dedos uno cualquiera de los muchos bolígrafos, que utilizo indiscriminadamente y que poseo almacenados en unos recipientes con forma de pequeñas jarras con inscripciones imperceptibles como ésta de Wittgenstein, que mantengo frente a mí, a la altura de mi vista, que suelo leer con frecuencia “los límites de mi lenguaje son los límites de mi conocimiento”; a poco que elevo la mirada, me encuentro con varios gruesos ejemplares de Don Quijote de la Mancha, en el año en el que conmemoramos el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, el llamado “Quijote de 1615”; a su lado, el no menos extenso Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como complementándose, como no entendiéndose el uno sin el otro, como hermanados entre sí, como aclarando  y explicando mejor el sentido de la frase del famoso filósofo mencionado.

Con prontitud juego entre mis dedos con un bolígrafo de tinta azul y sin dejar tiempo a mi pensamiento para que elabore unas breves ideas, sin detenerme un poco para reflexionar sobre lo que quiero expresar, comienzo a deslizar la pequeña punta sobre el papel, a trazar unos pequeños garabatos, unos pequeños trazos que más tarde me servirán para organizar mis pensamientos, que bullen ya en mi mente con la misma velocidad que mi mano es capaz de plasmar sobre un folio para reciclar, un folio utilizado en otro menester, sin contenido interesante y que ha dejado de servir ya de referente, de significar algo digno de tenerse en cuenta, para darle una nueva utilidad antes de ser arrojado a un contenedor de papel: lo utilizo, lo uso, lo lleno de garabatos con símbolos, con signos, con palabras inconexas, palabras que sólo yo soy capaz de interpretar, de convertirlo de nuevo en algo con sentido, con significado, en un mensaje unitario de pensamiento, en una reflexión para ser expuesta después a los demás, a aquellos que se atrevan y quieran seguir mis ideas.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Escribo y escribo sin cesar: a veces, ideas confusas, cosas que aparecen y desaparecen sin sentido, como extrañas percepciones; después, se van uniendo unas con otras y acaban configurando una realidad, algo que queda ahí reflejado, como si de un pensamiento profundo se tratara, maduro, pleno de contenido y significado, algo digno de ser leído por lectores serios y sesudos, por gente aventajada y bien formada, por alguien experimentado, capaz de percibir todo el significado hondo de lo allí expresado.

De pronto, me detengo en la contemplación de un retrato, de una fotografía, de un rostro hermosísimo, de unos rasgos que me cautivan y me hacen perder el control del tiempo; unos ojos limpios y transparentes, ensoñadores, que se fijan en mi persona con gran intensidad; unos ojos en los que se percibe toda la grandeza de un ser, de un ser entregado y enamorado, de un ser lleno de vitalidad, de alegría, de confianza, de expresividad, con sentido de ilusión y vida que producen calma y seguridad.

Mi pensamiento queda bloqueado. Mi mano se detiene en seco en una línea a medio concluir. Me siento incapaz de expresar todo lo que mi ánimo percibe en ese momento, ni “El Quijote”, ni el Diccionario de la Real Academia, ni Wittgenstein me sugieren nada. Prefiero detenerme en mi recorrido, saborearlo en mi interior, dejarme llevar por el éxtasis del instante y la contemplación subliminal.

Es como si el tiempo se detuviese, como si nada sucediera a tu alrededor, como si sobrepasases las líneas del encantamiento y te elevaras sobre tu propia realidad, sobre la realidad de todo lo existente y nada ya te importara, como si perdieras la noción del existir y una nueva realidad existencial se ofreciera ante tu presencia, ante tu propio devenir perdido en el no ser del ser pleno, en la objetividad concreta del objeto presente que se muestra como un fenómeno, como una visión total y plena de vida.

El acontecer deja de suceder como evaporándose, cual bella niebla seca y vacía que se aleja sin manchar, sin humedecer, sin dejar unas pequeñísimas gotas perdidas, apenas perceptibles, sobre el incipiente verdor de la naturaleza. Es el instante pasajero que se eleva sobre las laderas y supera las cumbres sin esfuerzo, sin dejar huella, sin que un halo de existencia permanezca ante el suceder, como si se volatizara sin dejar muestra de su presencia.

Pasado un tiempo, vuelvo a la realidad viviente. Me encuentro, de pronto, en el punto de partida. Me interrogo una y mil veces sobre el existir de ese instante y me hallo sin respuesta, con una mente en blanco, con un sin sentido del que no sé salir ni puedo abandonar, ni sé dar un primer paso.

Esto no puede quedar así. ¿Será producto de la vida? Me pregunto un tanto avergonzado. ¿Cuál es mi respuesta viviente ante este acontecer? ¿Por qué mi mente se niega a penetrar con prontitud, con profundidad en la esencia del sentimiento percibido?

No. No encuentro solución, pero no puedo conformarme ni resignarme. La exigencia de mi ser viviente me implica, me exige, me apremia una respuesta con autenticidad.

No. No puedo estar perdido en un bosque de hojarascas y matojos sin encontrar el por qué exacto, el sentir profundo, la respuesta con sentido, la razón de todo el suceder vivificador.

Al final de mi pensamiento, con el último rayo de esperanza, se vislumbra una luz, una pequeña estela que te atrae, te reclama, te exige, te ilumina y te hace hallar la vía del encuentro, la vía del profundo existir, de la personalidad perdida, del carácter contemplador y existencial.

 

 

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