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LA CREACIÓN ARTÍSTICA Y LO PROFUNDO

¿Qué cosa queremos decir cuando afirmamos que algo es profundo? ¿Qué entendemos por un mensaje, una idea, un pensamiento profundo? ¿Qué quiere decir un sentimiento profundo? ¿Qué significado tiene una manifestación artística profunda?

Obra de Nieves Prat

Lo profundo podríamos concebirlo como el dominio que ejercemos sobre el espacio y el tiempo. De aquí se deduce, según nuestro entender, el poder de vínculo que produce lo profundo sobre la creación, la inspiración, la innovación…

De esta manera, nos interrogaríamos con seguridad y certeza para hallar una respuesta acertada y precisa: ¿Es cierto qué la creación artística es un bella fantasía irracional, una pura y hermosa imaginación felizmente adornada sin más, una realización ejecutada o, más bien, es la raíz más honda, más profunda, más enraizada de la realidad expresada por la mente? ¿Existe, por casualidad, una obra de arte, llámese: poesía, música, cine, escultura, pintura o cualquier manifestación artística más originaria, con más significado y sentimiento, con una mayor hermosura adornada, que asistir a la creación, al despliegue misterioso de lo real en su ser más íntimo e intenso?

Cuando hablamos de algo profundo, nos estamos fijando en algo unificante; así, las grandes ideas de los más bellos y grandes pensamientos, los proyectos más innovadores y las obras con mayor sentido son los más profundos, porque encierran en sí mismo todo un mundo de realidad perfectamente captado. Lo profundo implica, para poder ser considerado como tal, un ámbito de interioridad, una tremenda intensidad y una inmensa intimidad de fuente de vida.

Esto es, sin duda, el poder del artista, la acción y ejecución concebida en el pleno significado de la palabra, que es capaz de crear una visión de lo real en profundidad, entendiendo siempre por profundo lo que aquí queremos y estamos intentando explicar y definir: la realidad en su pleno y total desarrollo.

La creación artística brota desde el nivel de lo originario, pues no es otra cosa que realidad en estado naciente, en un total alcance y desarrollo de sus cualidades y expresiones más intensas.

Por eso, podemos afirmar sin temor a error que la creación artística nace y se hace en el ser, crece en interioridad y desarrollo para dar nombre a las cosas. El artista, el poder del ser humano creador es un virtuoso de la autenticidad, de la fidelidad que se revela a través de los fenómenos expresivos y, a la vez, se pronuncia y se manifiesta como un misterio total y pleno, como algo primigenio y absoluto.

La competencia de una mente creadora, la misión de la poesía, la pintura, la música, el arte en general no es inventar lo irreal en cuanto no real, no es descubrir la nada en cuanto no ser, sino intuir todo aquello que por ser profundo desborda el campo de lo sensible.

Lo profundo se manifiesta, se nos muestra en el plano en el que el espíritu humano actúa  creativa y creadoramente, alcanzando ámbitos de comunidad. Según las diversas categorías de lo profundo como: la intimidad, la presencia, la intuición, con las que vamos descubriendo lo profundo como algo trascendente, como lo verdaderamente inmediato en su plenitud.

Pero esta fidelidad, de la que estamos hablando, exige un compromiso, una voluntad de vivir en plena comunicación, porque la vida es diálogo constante y perpetuo en un clima de amor.

Sólo el respeto reverente al misterio de las cosas más profundas nos permitirá dar valor racional a lo que el ser humano siente en sus momentos de totalidad, de creación poética, filosófica o creativa en general.

La relación del ser humano con su entorno, los fenómenos vitales de cada instante, el diálogo, la belleza en sus diversas categorías y manifestaciones, el amor… no sólo son algo real, sino fuente y fundamento de la misma realidad, porque siempre son algo con sentido.

Lo que el buen sentido de los poetas y los filósofos, de los creadores en general han previsto en todos los tiempos, debe ser sometido al estudio de la razón y elevado a la categoría en el concierto supremo de la realidad.

Ésta tiene que llegar, tiene más bien que incendiar nuestros sentimientos, nuestra decisión de saber exacto y debe provocar un irreverente e incandescente volcán, un enorme entusiasmo intelectual por lo profundo, lo real, lo poético, lo filosófico, lo artístico.

Así, a modo de conclusión de esta pequeña reflexión, llegó a firmar Moeller “que todas las grandes intuiciones del arte y la literatura, sean cuales fueren sus orientaciones religiosas, nos descubren siempre algún respeto profundo de lo real con plena y clara nitidez, abriendo, sin lugar a dudas, nuevas rutas profundas a la marcha del ser humano en su caminar hacia el absoluto”.

 

 

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UNA PERCEPCIÓN ONÍRICA. UNA IMAGEN FUGAZ

Sentado en el sillón de mi cuarto de trabajo, a punto de coger entre mis dedos uno cualquiera de los muchos bolígrafos, que utilizo indiscriminadamente y que poseo almacenados en unos recipientes con forma de pequeñas jarras con inscripciones imperceptibles como ésta de Wittgenstein, que mantengo frente a mí, a la altura de mi vista, que suelo leer con frecuencia “los límites de mi lenguaje son los límites de mi conocimiento”; a poco que elevo la mirada, me encuentro con varios gruesos ejemplares de Don Quijote de la Mancha, en el año en el que conmemoramos el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, el llamado “Quijote de 1615”; a su lado, el no menos extenso Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como complementándose, como no entendiéndose el uno sin el otro, como hermanados entre sí, como aclarando  y explicando mejor el sentido de la frase del famoso filósofo mencionado.

Con prontitud juego entre mis dedos con un bolígrafo de tinta azul y sin dejar tiempo a mi pensamiento para que elabore unas breves ideas, sin detenerme un poco para reflexionar sobre lo que quiero expresar, comienzo a deslizar la pequeña punta sobre el papel, a trazar unos pequeños garabatos, unos pequeños trazos que más tarde me servirán para organizar mis pensamientos, que bullen ya en mi mente con la misma velocidad que mi mano es capaz de plasmar sobre un folio para reciclar, un folio utilizado en otro menester, sin contenido interesante y que ha dejado de servir ya de referente, de significar algo digno de tenerse en cuenta, para darle una nueva utilidad antes de ser arrojado a un contenedor de papel: lo utilizo, lo uso, lo lleno de garabatos con símbolos, con signos, con palabras inconexas, palabras que sólo yo soy capaz de interpretar, de convertirlo de nuevo en algo con sentido, con significado, en un mensaje unitario de pensamiento, en una reflexión para ser expuesta después a los demás, a aquellos que se atrevan y quieran seguir mis ideas.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Escribo y escribo sin cesar: a veces, ideas confusas, cosas que aparecen y desaparecen sin sentido, como extrañas percepciones; después, se van uniendo unas con otras y acaban configurando una realidad, algo que queda ahí reflejado, como si de un pensamiento profundo se tratara, maduro, pleno de contenido y significado, algo digno de ser leído por lectores serios y sesudos, por gente aventajada y bien formada, por alguien experimentado, capaz de percibir todo el significado hondo de lo allí expresado.

De pronto, me detengo en la contemplación de un retrato, de una fotografía, de un rostro hermosísimo, de unos rasgos que me cautivan y me hacen perder el control del tiempo; unos ojos limpios y transparentes, ensoñadores, que se fijan en mi persona con gran intensidad; unos ojos en los que se percibe toda la grandeza de un ser, de un ser entregado y enamorado, de un ser lleno de vitalidad, de alegría, de confianza, de expresividad, con sentido de ilusión y vida que producen calma y seguridad.

Mi pensamiento queda bloqueado. Mi mano se detiene en seco en una línea a medio concluir. Me siento incapaz de expresar todo lo que mi ánimo percibe en ese momento, ni “El Quijote”, ni el Diccionario de la Real Academia, ni Wittgenstein me sugieren nada. Prefiero detenerme en mi recorrido, saborearlo en mi interior, dejarme llevar por el éxtasis del instante y la contemplación subliminal.

Es como si el tiempo se detuviese, como si nada sucediera a tu alrededor, como si sobrepasases las líneas del encantamiento y te elevaras sobre tu propia realidad, sobre la realidad de todo lo existente y nada ya te importara, como si perdieras la noción del existir y una nueva realidad existencial se ofreciera ante tu presencia, ante tu propio devenir perdido en el no ser del ser pleno, en la objetividad concreta del objeto presente que se muestra como un fenómeno, como una visión total y plena de vida.

El acontecer deja de suceder como evaporándose, cual bella niebla seca y vacía que se aleja sin manchar, sin humedecer, sin dejar unas pequeñísimas gotas perdidas, apenas perceptibles, sobre el incipiente verdor de la naturaleza. Es el instante pasajero que se eleva sobre las laderas y supera las cumbres sin esfuerzo, sin dejar huella, sin que un halo de existencia permanezca ante el suceder, como si se volatizara sin dejar muestra de su presencia.

Pasado un tiempo, vuelvo a la realidad viviente. Me encuentro, de pronto, en el punto de partida. Me interrogo una y mil veces sobre el existir de ese instante y me hallo sin respuesta, con una mente en blanco, con un sin sentido del que no sé salir ni puedo abandonar, ni sé dar un primer paso.

Esto no puede quedar así. ¿Será producto de la vida? Me pregunto un tanto avergonzado. ¿Cuál es mi respuesta viviente ante este acontecer? ¿Por qué mi mente se niega a penetrar con prontitud, con profundidad en la esencia del sentimiento percibido?

No. No encuentro solución, pero no puedo conformarme ni resignarme. La exigencia de mi ser viviente me implica, me exige, me apremia una respuesta con autenticidad.

No. No puedo estar perdido en un bosque de hojarascas y matojos sin encontrar el por qué exacto, el sentir profundo, la respuesta con sentido, la razón de todo el suceder vivificador.

Al final de mi pensamiento, con el último rayo de esperanza, se vislumbra una luz, una pequeña estela que te atrae, te reclama, te exige, te ilumina y te hace hallar la vía del encuentro, la vía del profundo existir, de la personalidad perdida, del carácter contemplador y existencial.

 

 

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EL AURIGA Y LOS CABALLOS DESBOCADOS

Primero, fue un fuerte murmullo; luego, un vocerío estridente y chillón en el que las cuerdas vocales se tensan, los músculos se alargan y se estiran de manera indeterminada, aumenta la irritación y el desacuerdo; después, se fue transformando en un rugido amenazante, donde los tonos de voz no se distinguen ni se individualizan, los gritos se elevan por toda la bóveda del universo, los oídos doloridos chirrían de dolor, sofocados y estruendosos, todo se asemeja a un espantoso ruido producido por la más infernal y atronadora máquina, el sonido se convierte, en realidad, en un tumulto trepidante y agobiante, en el que las manos se aceleran veloces a taponarlos con fuerza y decisión.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Nadie se mira. Nadie observa la gesticulación cómica y teatral: las manos nerviosas y en acción permanente que no cesan de moverse y agitarse hasta levantarse al infinito, chocando unas con otras; los semblantes endurecidos se enrojecen, se contraen, como si de un momento a otro fueran a estallar congestionados por la cólera, expresando desaforadamente no sé qué cosas o ideas con o sin sentido, con razón pero sin inteligencia, incapaces de ser captadas y percibidas por alguien atento y sorprendido.
No es posible distinguir un vocablo de otro, escuchar nítidamente una expresión, entender un solo pensamiento, comprender el significado de aquel terrible tumulto, de aquel desesperante espectáculo, de aquellas exaltadas gesticulaciones que no llevan a ningún sitio, que no tienen límite, creando un tremendo vacío descorazonador a tu alrededor.
No se puede sacar nada en limpio. Es imposible saber que defienden con tanta fuerza, energía e interés, qué cosa se dicen unos a otros, si no se escuchan.
¿Cómo puede haber diálogo entre ellos? ¿Cómo se empeñan en intercambiar un solo pensamiento de esa manera tan escandalosa? ¿Cómo alcanzarían un mínimo de acuerdo y entendimiento? ¿Cómo así se podrían comunicar?
Como diría Platón, se trataba de un carro dirigido por un auriga y arrastrado por dos poderosos caballos: uno blanco, dócil y obediente, símbolo del apetito irascible; otro negro, soberbio y difícil de controlar, representante del apetito concupiscible. Éste último se sale de la vía marcada, empujado por sus impulsos inferiores, desbocado, sin obedecer las órdenes, arrastrando en su loca carrera al caballo blanco, precipitando el carro al precipicio.
¿Qué pintaba aquí el auriga? ¿Acaso se había dormido en ese instante, se había despistado o había perdido las riendas? ¿Dónde está su dominio de poder y control? ¿Quién iba a regular y a regir a partir de ahora esta cuadriga desbocada? ¿Cuándo logrará imponer esta armonía interior entre lo pasional y la prudencia? ¿Acabará de una vez triunfando la sabiduría a fin de poder alcanzar definitivamente la justicia?
¿No surgirá en medio de tanto caos, tumulto y desorden, una voz, una idea fuerte y única, un sonido claro y distinto, inteligible, que se levante sobre tanto ruido estridente y tanto sin sentido, manifestando su pensamiento unificador, cargado de significado y apaciguador, un pensamiento universal?
¿Quizá, fuera preciso y necesario para el buen progreso y entendimiento, como diría Descartes, encontrar un método, una regla cierta y fácil, donde siguiendo su observancia exacta, se llegaría a la convicción, a la certeza de no tomar nunca un error por una verdad, que permitiera sin quemarse en esfuerzos inútiles, que la mente alcanzara el conocimiento de lo verdadero en todo cuanto sea capaz; es decir, que nos librara de caer en el error de confundir lo verdadero con lo falso y nos condujera, como buen auriga, a conseguir un criterio de verdad que nos facilitase el progreso intelectual?
Llegado a este punto, a lo mejor es obligado recurrir a aquella especie de sociología del conocimiento esbozada por Bacon con su formulación de la doctrina de los “ídolos”, en la que nos muestra los condicionamientos de diversos tipos, que inciden en la tarea del conocer y que tan poderosamente influyeron en las universidades inglesas: “ídolos de la tribu”, confusión de deseo y realidad; “ídolos de la caverna” o de cada individuo en particular, que intenta imponer sus condicionamientos y su carácter personal; “ídolos del foro” que conllevan los problemas de comunicación y lenguaje, por los que los seres humanos se ven envueltos en controversias e innumerables imaginaciones vanas.
Estos ídolos en sus diversas índoles bloquean la mente, por lo que resulta muy difícil el acceso a la verdad, a poderse escuchar, a entrar en un intercambio de ideas, a obtener un correcto entendimiento de comunicación, a hallar una armoniosa convivencia en justicia.
En medio de tan gran tumulto y desorden debe elevarse una voz fuerte y poderosa, una voz sonora y dominante, una voz dulce pero severa, una voz perfectamente entonada, una voz melodiosa y serena; es la voz de la intuición, se trataría de una voz conceptual, que no dejara dudas; una voz, que brota de la razón y que es más cierta que lo allí deducible.
Es la voz personal que existe y se eleva desde el interior del propio existir; es la voz de la actividad constante, la voz que no cesa, la voz que reclama y exige, la voz que a veces te atormenta y te obliga a variar el rumbo, a hacer un alto en el camino, a volver a retomar la vida y a reorientar tu proceder; es la voz orientadora, que te habla desde lo íntimo y profundo; es la voz del sosiego y la calma.
Eleva el espíritu. Sobreponte al atronador zumbido que atormenta tus oídos. Observa con detenimiento el espectáculo teatral de los “ídolos del teatro”, ídolos de sueño alejados de la realidad, de deseos insatisfechos, que concluía Bacon.
Reclama silencio: un silencio profundo, un silencio interior en medio de tanto ruido exterior, un silencio íntimo del que surgirán las verdades, las ideas claras, un silencio hablador que nos llevará a la paz, a la mente tranquila, a la sublimación total, al éxtasis infinito.
¿Desaparecerán así las tinieblas? ¿Se borrarán las tremendas tempestades que nos dominan y subyugan? ¿Se romperán los desequilibrios? ¿Saltarán hechas añicos las ideas del sueño? ¿Se hará el silencio reparador y reconfortante? ¿Aparecerá la luz y con ella brillará la verdad, la belleza, la hermosura?
Debemos ser optimistas. Tenemos que confiar en el poder de nuestra mente. Es obligado que tengamos fe en nosotros mismos, que levantemos la cabeza a lo más alto, a pesar del vértigo que esto nos produzca; de esta manera, podremos descubrir lo más íntimo y profundo, aquello que anida en nuestro interior y nos hace existir, ser un alguien con sentido, con una realidad trascendente.

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EDUCACIÓN EN RESPETO Y EN DIGNIDAD

En una ocasión fui invitado a asistir a la proyección de una película que, según nos habían dicho con anterioridad, estaba llena de valores muy positivos, de sensibilidad, de delicadeza; una película entrañable, que nos entusiasmaría por cuanto manifestaba y se podía ver en el celuloide, junto con otras bellas palabras y lindezas.

Al final de la mencionada proyección, después de hora y media de situaciones a cual más desagradables unas de otras, de constantes vejaciones, de pisotear la dignidad de la persona humana una y mil veces, de echar por tierra el respeto y el decoro debido a todo ser individual, haciendo grandes esfuerzos para resistir hasta el final, herida mi sensibilidad, cierto que estuve en muchas ocasiones dispuesto a abandonar la sala, ahora me arrepiento de no haberlo hecho, aguantando por ver si encontraba algún detalle positivo de los que me habían anunciado, confiado en la palabra de quien había tenido la amabilidad y gentileza de invitarme, poco antes de que ésta concluyera, indignado y avergonzado por todo lo que había sucedido ante mi vista, por las secuencias e imágenes que habían desfilado ante mí, me levanté y abandoné el lugar, no sin antes observar como la gente que me rodeaba, aquellos con los que tuve la oportunidad de dialogar después, coincidían conmigo y eran de la misma opinión: aquella película era una auténtica aberración.

      Inspiración Obra de Nieves Prat

Inspiración
Obra de Nieves Prat

Ciertamente, como no podía ser de otra manera, la persona que nos había informado de la bondad de dicha proyección y nos había animado a que no nos la perdiéramos por sus grandes valores, no la había visionado antes; antes bien, hablaba por lo que le habían comunicado terceras personas, en las que había confiado ciegamente, como nos había sucedido a nosotros.

Pocos días después de este hecho, asistí estupefacto al espectáculo bochornoso de todas esas personas, que aparecieron al final de una manifestación de manera violenta y agresiva, arrojando piedras, quemando contenedores, rompiendo escaparates, atacando a otros seres humanos como si de animales se tratara, por muy indignados que se estuviera por cuanto nos está sucediendo y por mucha marcha por la dignidad que fuera: no sólo aquí, igualmente en ciudades de nuestro entorno, en naciones de nuestro ámbito cultural y en otros lugares del mundo; ocasiones, en las que, al parecer, los seres humanos no sabemos protestar, expresar nuestra repulsa ante los acontecimientos que nos tocan vivir, reclamar nuestra dignidad pisoteada, ya que todo lo hacemos a través de manifestaciones violentas, manifestaciones con finales salvajes contra nuestros semejantes, contra todo cuanto encontramos a nuestro paso. ¿No hay otra forma de protestar contra aquellos que nos oprimen, pues, al fin y al cabo, son personas como nosotros, aunque sean de distinta tendencia, de diversa opinión o los causantes de cuanto nos acontece?

Luego, escuchamos a nuestros políticos, expresando su repulsa contra la violencia callejera con palabras encendidas y compungidas. ¿Acaso no son conscientes de que ellos son los primeros que la practican y enseñan?

Basta con oírles hablar, con ver su comportamiento en el parlamento cuando responden al opositor, con fijarse en su rostro, en sus gestos y ademanes, en sus manos, en sus gritos, en su forma de argumentar, avasallar y humillar al contrario con burlas, expresiones ofensivas, risas fuera de tono o aplausos estentóreos, con sus pataleos o voces escandalosas, abusando de sus mayorías absolutas, del enorme poder que ostentan, de la fuerza que les hace sentirse seguros, del limbo en el que se encuentran; y así, se aprovechan, convencidos de que nadie podrá contra ellos; ya que ellos fabrican las leyes, ellos las hacen ejecutar, ellos se protegen humillando al humilde y desamparado, al necesitado, al que nada tiene, ni siquiera una mínima posibilidad de recurrir o levantarse sin sentir el palo del opresor.

¿Por qué, entonces, nos escandalizamos ante este grado de violencia? ¿Por qué nos rasgamos las vestiduras ante tales manifestaciones de desprecio de la dignidad humana? Ciertamente desde la cuna hemos visto, observado, aprendido y mamado la conducta violenta.

Os invito, esta vez con conocimiento de causa, a poner la televisión un día cualquiera, un día de tras de otro. ¿Qué programas son los que nos ponen? ¿Qué películas se proyectan? ¿Cómo son las tertulias políticas o de otra índole con las que nos encontramos? ¿Cuáles son las expresiones y ademanes de los que intervienen? ¿Acaso esperan su turno o se interrumpen y hablan varios a la vez? ¿Cuál es el tono de voz que emplean y manifiestan? ¿Cómo es su actitud ante el contrario? ¿Con qué respeto intervienen y escuchan al que habla? Todos estos interrogantes por no seguir  con otros, por no decir nada de sus gritos, de la rabia que muestran a veces, de la ira que sale de su boca, del odio que se percibe y se respira en el ambiente, aunque todo sea teatro y luego marchen juntos a tomarse unas cervezas. Y esto, por no mencionar las tertulias del corazón, los espectáculos deportivos y hasta los de ocio y divertimento.

¿Podemos acaso extrañarnos de que surja una conducta violenta? ¿Podemos asustarnos de que prolifere por doquier la violencia de género? ¿Tenemos capacidad para escandalizarnos, si nos rodea por todas partes el odio y la aversión? ¿Nos produce repulsa, rechazo y escalofríos, cuando en un campo de fútbol un deportista pisa la cabeza del contrario caído sobre el césped, se pegan por un simple choque u otros lances repugnantes, sin que nadie tome las medidas adecuadas? ¿Acaso no nos hemos acostumbrado a observar como normal o a jalear lo que es antinatural y aberrante? ¿Qué más ejemplos podemos poner?

Sé que es muy duro cuanto estoy expresando. Sé que alguien se atreverá a tildarme de pusilánime y hasta retrogrado. Entiendo que alguno pueda considerar como normal lo que estoy denunciando. Comprendo con dificultad que, a base de verlo todos los días, nos estamos acostumbrando a todo cuanto nos cuentan y nos muestran a través de las imágenes. No puedo disculpar a nadie que practique estos actos, aunque sean llamadas acciones de “guante blanco”, ya que ésta es la forma que tienen los poderosos, los que manda y dominan en todas las esferas de comportarse, violentando los derechos más sagrados y los más humanos.

No puedo ni debo quedarme exclusivamente en la crítica. Tengo la obligación de aportar algo; por ello, desde aquí, propongo que eduquemos, que eduquemos con tesón, con interés, con esfuerzo, sin desaliento estas formas y manifestaciones, que eduquemos desde la infancia, en el hogar con el respeto mutuo entre los cónyuges, en la escuela en un trato social y amable entre todos, en las zonas de ocio y diversión sin extralimitarnos, en la sociedad desde todos los ámbitos y facetas de nuestra vida, que eduquemos desde los medios de comunicación, desde la televisión, que veamos al otro con la misma dignidad con la que yo quiero ser tratado, como un “quien” que debe ser respetado.

No estoy pidiendo que seamos unos ñoños, de sobra sé que esto no es posible, pues tenemos sangre caliente en nuestras venas. Sólo pido, sólo deseo, sólo ruego con ardor que respetemos la dignidad del otro como persona, como un “alguien” personal e individual, que nos veamos reflejados en nuestros semejantes como igual a mí mismo, como otro yo, que valoremos quienes somos y con el mismo acatamiento y consideración nos tengamos como tales, como un “tú” digno de todo miramiento.

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LO FIGURATIVO Y LO ABSTRACTO

El pasado día 13 tuve el honor de asistir a la inauguración de la exposición de la pintora Pepa Burillo en la Casa de la Entrevista, en Alcalá de Henares (por cierto que permanecerá abierta hasta el próximo día 13 de Abril); después de observar con atención, contemplar con detenimiento y admirar con gran interés cada una de las obras allí expuestas, luego de escuchadas algunas apreciaciones y opiniones al respecto, que llegaban a mis oídos sin que yo las prestara mayor importancia, leído más tarde el magnífico prólogo que Roberto Ripio había escrito en el catálogo de la misma a modo de introducción, surgió en mi mente la necesidad de reflexionar un momento, de profundizar un poco más y de expresar con mis torpes palabras aquellas sensaciones ante lo que había visto, escribiendo algo sobre lo figurativo y lo abstracto, no ya desde la perspectiva de la obra de arte en exclusiva, ni desde el punto de vista de la creación literaria en sus diversos géneros, sino, de manera decidida y firme, desde el ámbito de los conceptos, de la filosofía y del pensamiento, donde creo que mejor se percibe, se puede encontrar la luz a tan complejo y singular dilema aquí planteado.

Como iniciativa primera para comenzar a indagar, me dirigí al Diccionario de la Real  Academia de la Lengua, autoridad máxima en el orden de los conceptos y las definiciones.

Título:  El encanto del destino Autora:  Pepa Burillo

Título: El encanto del destino
Autora: Pepa Burillo

Busqué primero la palabra figurar: “disponer, delinear y formar la figura de una cosa”, leí; consulté más abajo el concepto figurativo: “se dice del arte y de los artistas que representan cosas reales en oposición al arte y a los artistas abstractos”, no era mucho lo que me ponía, aunque me abría una pista a este dilema. Luego pasé a ver la expresión abstracto: “dícese del arte y de los artistas que no pretenden representar seres concretos y atienden sólo a elementos de forma, color, estructura, proporción”; por último, me fijé en el término abstraer: “separar por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia”, pronuncié casi sin aire en los pulmones y trascribí sin apenas detenerme. Esta definición me pareció mucho más aclarativa.

Pero, como esto no me satisfacía del todo, me esforcé en estudiar y examinar otras teorías sobre lo figurativo y lo abstracto. Así, me detuve en expresiones como ésta: “no es lo descriptivo lo que da honda significación a una obra de arte, sino la impresión que se esconde en sus formas”; o ésta otra donde se habla de lo superficial frente a lo profundo: “no interesa un tema superficial sometido al espacio y al tiempo, sino un contenido profundo”;  o aquélla: “la literatura nace al nivel de lo originario, de lo profundo e íntimo y tiene más de descubrimiento que de invención, como parece sugerir el término intuición”; de todo esto, se interpreta, que la manera de tratar el artista a las formas no responde al deseo de desvelar los sentimientos subjetivos, sino que las cosas son así en su más pura esencia, dado que la realidad posee flexibilidad interna y una capacidad que supera con mucho la capacidad humana de creatividad.

Es normal, entonces, que podamos afirmar ¿qué el artista se acoge al campo de lo abstracto para liberarse de lo figurativo, contemplado desde el punto de vista más superficial y empírico? Lo abstracto, por tanto, filosóficamente hablando no se opone a lo concreto, sino a lo superficial. Lo concreto no debe ser identificado con lo empírico, ni oponerse a lo abstracto como profundo, pues sería penoso que el ser humano, para captar lo esencial, tuviera que prescindir de lo concreto, ya que tenemos que intuirlo para observar lo profundo mediante la fuerza expresiva de lo sensible.

Si lo abstracto se opusiera a lo concreto, a lo figurativo, esta oposición destruiría la capacidad expresiva. La abstracción la podríamos definir: “como la acción de la expresividad de la forma para pasar al misterio de la materia”, según afirmaba un teórico del arte. Por ello, lo abstracto es descubrir la génesis íntima de lo real. Esto nos permite entender, que en el arte abstracto no es la forma en sí lo que interesa, sino la riqueza de su contenido percibida por el artista, la fuerza, que da un sentido trascendente; sólo así, podemos superar el gran dilema de lo figurativo y lo abstracto.

Por todo esto, podríamos afirmar que lo abstracto no es una huida hacia lo irreal, sino un movimiento hacia lo profundo, hacia lo esencialmente real; en consecuencia, lo abstracto es un proceso de creación artística que va encaminado a penetrar en lo real profundo; así, la comunicabilidad creativa no se afirma en lo figurativo, sino en lo profundo con un espíritu de compromiso personal.

Para concluir todo este alegato, podemos decir sin miedo a error que el dilema figurativo-abstracto es falso, pues sus términos son dos vías que no se anulan la una a la otra, sino que conducen por distintos caminos a la expresión de lo profundo.

Hemos hablado de arte figurativo. Pero ¿qué significa forma y figura?

Se habla de arte figurativo diciendo que éste nos vincula más a la naturaleza. Pero ¿qué tipo de intimidad se logra con esta unión?

Se dice que lo no figurativo es más puro que lo figurativo. Pero ¿sabemos realmente cuál es el significado  y el sentido de pureza?

Se comenta que más importante que lo abstracto es lo primordial. Pero ¿es lo primordial un elemento pobre o algo que está en su total plenitud, en su completa ebullición?

A modo de finalización, podremos convenir sin miedo de equivocarnos, que lo abstracto, que el arte abstracto encierra en sí un gran valor, que ejerce una función muy positiva en el arte, que deja al descubierto la precariedad de la figura, que acentúa la potencialidad de la forma y de la expresividad de la materia, que manifiesta el sentido profundo de los símbolos, que resalta los valores intrínsecos de la expresividad; a pesar de que todo esto, choque con el concepto de arte figurativo y su forma de entenderlo por las gentes. El arte abstracto, verdaderamente inspirado, el de verdad, deja muy claro la exigencia interna de la forma que se encuentra en la profundidad de la materia, su intensa vitalidad y energía configuradora; pues así entendido, se convierte en principio de luz, libertad y vida.

 

 

 

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EL ARTE COMO CONOCIMIENTO DEL MUNDO

Estando en estos avatares, pensando y pensando sobre con qué tema iniciar este artículo, me vino de repente a la mente la idea de lo apolíneo y lo dionisíaco como juego y principio contrapuesto, para ello debería retomar la exposición y el desarrollo de Nietzsche, releer una vez más su obra “El origen de la tragedia”, examinar y reflexionar a la luz de ésta cómo él concibe la estética, el arte como un auténtico conocimiento del mundo. Así surgió este título, así este resumen de ideas, así la síntesis de lo deducido, así el profundizar en este pensamiento, así lo que él definió como una metafísica de artista y, todo esto, coincidiendo con la inminente exposición de una amiga y excelente pintora, de otra, un poco más lejana en el tiempo, de un extraordinario amigo y escultor, sin dejar de pensar, por supuesto, en la artista que tengo en mi vida y que siempre está junto a mí.

Contrapunto Obra: Nieves Prat

Contrapunto
Obra: Nieves Prat

El arte, lo estético se convierte para Nietzsche en un principio ontológico fundamental. El arte y la poesía son la llave que nos conduce a la esencia del mundo: el fenómeno del arte, la estética se sitúa en el centro y desde él se descifra el mundo. “El arte no es sólo la auténtica actividad metafísica del ser humano, sino que además, en él se da el esclarecimiento de lo existente en su totalidad”. Sólo a la luz del arte, el filósofo, el ser humano pensante  puede penetrar en el corazón del mundo; pero, es el arte trágico, el origen de la tragedia, lo que le lleva a formular la primera experiencia del ser.

Justamente aquí es, donde este pensador, este dominador del lenguaje y de la palabra encendida, de la fuerza y el coraje introduce la contraposición entre el término apolíneo y el término dionisíaco. Al final de todo este proceso profundo lo apolíneo es concebido como un momento de lo dionisíaco, y este antagonismo es contemplado, según avanza el proceso, como una unidad coherente.

Si queremos comprender el concepto de nuestra vida es necesario entender el antagonismo de Apolo y Dionisos, que son los auténticos poderes de la realidad del mundo, de este mundo que se presenta como un juego trágico, llegando a la conclusión, que en el hecho estético del origen de la tragedia, en el espíritu de la música se refleja el origen del mundo.

El progreso del arte está íntimamente unido a lo apolíneo y a lo dionisíaco. La estética aparece así en el horizonte de su planteamiento. La teoría estética se convierte en una interpretación de la comprensión del mundo. Lo apolíneo y lo dionisíaco se muestran como dos instintos estéticos de los griegos: Apolo simboliza el instinto figurativo, la claridad, la luminosidad, la medida exacta, la forma definida, la belleza, la figura; Dionisos será lo caótico, lo desmesurado, el frenesí de la vida, la noche, la música, la música seductora, la música excitante, la música que desata todas las pasiones.

Esta metáfora de Apolo y Dionisos, estos antagónicos instintos artísticos son también estudiados en la contraposición del sueño y la embriaguez: el sueño, como la fuerza inconsciente, creadora de imágenes, la belleza de los mundos soñados, el ser humano como artista completo, por eso, el sueño crea el mundo de las imágenes, el escenario de las formas y las figuras, produce la belleza que lleva a la contemplación precisa, es una fuerza plástica, una visión creadora, así el sueño humano corresponde al poder ontológico, a Apolo; por el contrario, aquel sentimiento en el que desaparecen todas las barreras, en el que salimos de nosotros mismos para desembocar en el mar infinito, aquel acto en el que el ser humano no es un artista, sino más bien una obra de arte, este poder estético de la naturaleza se nos muestra aquí como la embriaguez, como la marea cósmica, como el delirio que rompe y destruye todas las figuras, se convierte en el gran ímpetu vital, en la explosión creadora, éste es Dionisos.

Por ello, para Nietzsche, “El origen de la tragedia” es toda una metafísica de artista, una interpretación de todo el mundo bajo la visión del arte, los dos grandes poderes contrapuestos del ser. Aquí el arte se transforma en símbolo, así la metafísica estética se nos muestra como una visión única, cerrada en sí misma.

Lo apolíneo se opone a lo dionisíaco. Existe una gran hostilidad entre estos dos grandes poderes contrarios que combaten mutuamente entre sí; sin embargo, no puede existir el uno sin el otro, su lucha es de alguna manera una cierta concordia, pues se encuentran unidos. Lo dionisíaco es la base sobre la que se apoya el mundo luminoso, pero lo apolíneo no puede vivir sin lo dionisíaco. En verdad, la actividad artística del ser humano es un juego, una comedia, en la que nosotros somos los actores; por consiguiente, nuestro saber artístico es un saber ilusorio, pues no estamos identificados con el ser, ya que lo dionisíaco se proyecta en la apariencia y en el arte se transfigura su manifestación.

Por eso, Nietzsche busca la suprema unificación y compenetración entre lo apolíneo y lo dionisíaco, encontrándolo en “El origen de la tragedia”. Ésta no es para él una forma de arte que se agota en la bella apariencia, sino que es la representación apolínea de lo dionisíaco. Dionisos habla el lenguaje de Apolo y éste habla a su vez el lenguaje de aquél. Así la tragedia es música e imagen, sueño y embriaguez, figura y caos, luz y noche, fenómeno y esencia, “la aparición de la esencia del mundo”.

Con esta exposición, con esta teoría, Nistzsche nos ofrece una interpretación del mundo, un esquema fundamental de la totalidad de lo que existe. Yo al menos así lo entiendo y así os lo manifiesto: arte y filosofía en una misma identidad y unidad, en concordia permanente.

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