Category Archives: Prosa Poética

REFLEXIONES Y SENSACIONES

El mar, la mar. Nombre de mujer: delicadeza, belleza y elegancia; o de varón: fuerza, energía y bravura. La mar que cantan los poetas, el mar que leemos y soñamos en nuestras aventuras extraordinarias: ficticias o reales.

       Atardecer Obra de Nieves Prat

Atardecer
Obra de Nieves Prat

El mar, la mar. Este mar inmenso, pero cerrado y prisionero de las altas tierras y las profundas simas. Este mar  que, aunque libre en su intensidad, se siente atado, amordazado a pesar de su fuerte y poderoso rugido en los momentos terribles y admirables de la tempestad. Este mar temido y amado, deseado y respetado, juguete en manos de niños, diversión y anhelo de heroicidades. Este mar cantado y referido constantemente, creado e imaginado. Este mar de horizontes infinitos dentro de su finitud. Este mar misterioso, surcado y explotado, poco cuidado y conservado, producto de nuestros ratos de ocio y descanso. Este mar recorrido por innumerables piratas que en él hacen gala de su libertad, de su fuerza, de sus fechorías, como señores dominadores de su entorno y su inmensidad, como dueños de cuanto controlan. Este mar de enormes y gigantescas batallas, de desastres y ruinas, de naufragios y desgracias, de misterios ocultos e inalcanzables. El mar, este grandioso mar. Este mar perdido en la historia y en la memoria de los seres.

Hoy, me siento identificado con este mar, con sus aguas cristalinas, con azules, rosáceos, añiles o verdosos jade, con esos innumerables colores que surgen de su interior, como si un arco iris de mil tonalidades brotara de lo más hondo, de sus entrañas más íntimas ante los penetrantes rayos del sol en los diversos momentos de su cenit, nacimiento u ocultación, o, cuando la luminosa Luna, reina y señora, faro en medio de la oscuridad, dominadora de la negritud, coronada en lo alto del firmamento, deja ver su redondez, asomándose por el horizonte, elevándose como emperatriz embellecida con su corona de esmeraldas en medio de la noche intensa.

La mar, el mar. Ese indefinido  mar tan atrayente y cautivador, tan fiel guardián de sus misterios ¿cómo se deja oprimir y aprisionar en su enorme extensión y densidad?

La mar, el mar. Ese mundo maravilloso de seres vivos, de seres diminutos y grandiosos, de mundos infinitos, de criaturas adaptadas a su luz, a su brillantez, a sus objetos, a su oscuridad. Ese mar de lo profundo, de eternas oquedades desconocidas, de secretos inalcanzables y hasta ahora no descubiertos, que encierra en su entrañas, cual poderosa caja fuerte, bien custodiado, la historia de sus moradores, los tesoros de quienes allá buscaron la paz, el descanso o el reposo de su ajetreada, trágica o dichosa vida.

El mar, la mar. Ese mar juguete de los vientos, de las brisas suaves, de los poderosos ciclones y huracanes, que desplaza sin control sus ingentes moles de agua, formando montañas gigantes y destructoras, que se deslizan sobre la superficie, que desafían a las estrellas, que golpean con fuerza ante sus custodios acantilados una y otra vez, con constancia, con asiduidad y hasta con monotonía, sabedor de que poco a poco horadará su contorno, humillará su resistencia, vencerá su orgullosa cabeza y se apoderará, erosionando, de las duras piedras, de las montañas de arcilla, de los fuertes y robustos árboles de la floresta, que firmemente, sin concesión, va sometiendo y engullendo cual gigante Polifemo.

La mar, el mar. Sueño de mi infancia, motivo de inspiración, lugar de cuentos, cuentos hechos carne, cuentos plenos de realidad y vida. Ese mar que nace y acaricia dulcemente, a veces de forma agresiva, las doradas arenas, arenas cubiertas de cuerpos tostados que buscan su alivio y su frescor.

El mar, la mar. Mar de amor y pasión. Mar de encuentros y desencuentros. Mar de entrega y abandonos. Mar de odios encontrados y no resueltos. Mar de inmensidad infinita. Mar de creación y vida continuada. Mar de hacedor y creación. Mar espejo de mil rostros, reflejo de cientos de semblantes que buscan encontrar su felicidad, lucir su belleza y hermosura con sus engalanados tules, sus hermosas joyas, arrastrando su cabellera dorada, castaña, negra o rojiza hasta enraizarse en lo más hondo. Raíces que son fuerza, que son vida, que es continuidad.

La mar, el mar. Montañas de masas algodonadas, de sábanas de blanquísimos reflejos, aves de puro plumaje que se dejan llevar como volando con ágiles movimientos, nacer y adormecer con violencia a veces, con suavidad y delicadeza otras en brazos aterciopelados, en pequeñas acometidas, cuál personajes amorosos y entregados a la delicia de una apenas perceptible brisa. Blanca nieve de las más elevadas crestas, nieve nunca hoyada ni violada, nieve inmaculada.

El mar, la mar. Mar de los días y las noches. Mar de las cadencias y los ritmos. Mar de armonía orquestada y de música. Mar de instrumentos de aire que deja sonar sus notas melodiosas, cuando una sinfonía de sonidos, de movimientos, de silencios pausados, de compases bien  dirigidos por una sabia batuta de un desconocido director. Mar siempre musical y rítmico para unos sentidos en abertura constante y sensibilidad perceptiva.

La mar, el mar. Ese grandioso e inmenso mar. Ese voluminoso y denso mar tan hermoso y tan rico, tan codiciado y tan amado, tan apetecido y no siempre bien cuidado. El mar, la mar.

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¿Y DESPUÉS QUÉ…?

Se aproxima el encuentro con la cruel y trágica realidad. Ya es llegado el momento de abandonar y olvidar los planes veleidosos, las configuraciones sin sentido, el absurdo de la inmadurez y lo voluptuoso, el sueño imaginativo y superficial de otros tiempos de reposo tranquilo, de descaro poco comprometido y abocado a lo desconocido, de noches festivas y de largos insomnios junto a mañanas tempraneras de fogoso deporte y marchas sin rumbo, para centrarse de nuevo en los proyectos, en las operaciones cotidianas: unas veces monótonas y otras rutinarias del trabajo continuo y sin desmayo, con las migrañas propias del instante a flor de cuero cabelludo, cual agotado guerrero tras un largo y tedioso combate.

Es hora de romper con la indeterminación, con el falso y repentino deleite superficial, con el pasajero y veloz encantamiento de serpiente veraniega, con el desbocado suspiro cogido con ansias y anhelos vividores, con la pasión desenfrenada por gozar de un intenso y deseado acontecer fuera del alcance de nuestras manos y que raudo desaparece, sin ser conscientes del vértigo, de ese dar vueltas y vueltas de la edad temprana que provoca un paso rápido, como un deleite llevadero y ligero o sus añoranzas junto con una súbita brusquedad de lo inesperado y nunca experimentado, de lo incierto, de lo inconsistente y lo volátil.

Ya es hora apremiante de plantearse el futuro, de saborear el presente engañador como algo caduco, de sentarse ante el mareo permanente

"Momento Crepuscular". Obra de Nieves Prat

“Momento Crepuscular”. Obra de Nieves Prat

del ir y venir, del correr y el volar, de la prisa y la ansiedad inútil que brota, retorna una vez más como algo nuevo, se hace la dueña y señora subiéndose a lo más elevado sin concretar su causa, ignorando la razón sin averiguar su significado, dominando los desvelos y originando zozobras, desencuentros, desasosiego en un entorno ya de por sí tenso y desfigurado, como creando una espantosa ilusión no armonizada.

Es entonces, cuando debe surgir el ser que se lleva dentro, el ser profundo e interior, la esencia pura del existir más perfecto y sensato, la dualidad del ente confirmado y asegurado debe hacer su aparición, ese ente que flota como la espuma de una densa ola, que se levanta como un torbellino de agua al chocar contra una barrera pétrea, que se yergue con la más tensa intensidad de su conciencia y apunta y se encamina con firmeza a la vida, que con una sólida decisión, sin violencia, pero con fortaleza y entereza debe enfrentarse, tiene que asumir de inmediato y de manera resolutiva ir, poco a poco, superando, haciéndola suya, recreándose en ella, sabiéndose el auténtico dominador de todos sus estadios, el verdadero vencedor de cada uno de los momentos y circunstancias, el triunfador absoluto y definitivo de ese devenir incierto pero admirable.

Hoy siento la intensa realidad del presente. Comprendo que el pasado inmediato, el pasado fugaz y soñado fue una pura entelequia, que nunca existió. Entiendo que la llamada del deber es perenne y duradera, que ese deber moraliza todas las acciones y nos conduce inexorablemente, paso a paso, a la realización de lo obligado y, al instante, se convierte en pasado, se transforma en algo que ya no es, pero que se puede mirar con satisfacción y orgullo, con alegría y resolución, pues, de pronto, se transforma en algo que se integra en tu ser, que forma un conjunto de experiencia y te redondea, te transfigura, se hace ilusionante, te permite sentirte feliz y más realizado. Es la agonía del vivir, la vuelta de la ruleta en sosiego, la velocidad tranquila del tío vivo con sus subidas y bajadas, con sus sobresaltos, con su girar incesante que está siempre en continuo movimiento, pero un movimiento integrador, un ir y venir acorde y acogedor.

Hoy ha vuelto a palpitar la vida, el bullicio, el ruido matutino, las prisas, las preguntas inquietas, los interrogantes sin respuestas fijas ni certeras, el desasosiego de quien ignora su futuro, aunque se sigue proyectando, se entusiasma, se centra en su trabajo fiel, fiel servidor de unas reglas, fiel seguidor de una sociedad que no se detiene, que aspira, te subyuga hasta el sometimiento pleno, a la pérdida de control hasta conseguir aniquilar el sueño de tu existencia para volver a recuperar el sentido de totalidad y de infinito.

Me estoy refiriendo al encuentro con la realidad incierta de un regreso atolondrado y atormentado, una vez apagado el periodo de aparente sosiego y reposo dignamente merecido y ansiado.

Estoy hablando, por si acaso no llegas a entenderme, de ese choque profundo y esperado, pero no por esperado carente de sentido, a ese volver que todos querríamos retrasar un poco más, a pesar de haber confundido y olvidado el concepto moral del deber, de ese deber unido y fusionado con el existir de un ser que lucha y se esfuerza, que combate y resiste, que es sagaz e intrépido y no se deja gobernar por el conformismo, por la desesperanza, pues se sabe absoluto señor de todo con lo que se relaciona, se une y se complementa.

Es preciso pues, que resucitemos al hombre que llevamos dentro. Es necesario un reencuentro con nosotros mismos, con la interioridad del en sí. Es conveniente que con ideas férreas y potentes nos enfrentemos a nuestro propio devenir. Es oportuno que adquiramos la responsabilidad, ejercitemos nuestra libertad para poder desembocar con más energía, con vitalidad plena en nuestro mundo, en este mundo que estamos construyendo, en este mundo plagado de conflictos y azarosas vicisitudes que tenemos la obligación de superar, de hacer nuestro, configurando con sentido nuestro existir en él.

Es el mundo de todos y de cada uno, es el mundo que hemos heredado y que tenemos que redimir, es el mundo en el que desarrollamos cada una de nuestras acciones. No se trata sólo del mundo de nuestra interioridad, de mi mundo personal e intransferible. No, me refiero a la vez, también, al mundo del otro, al mundo social, al mundo de la empresa, a todos los mundos posibles, presentes y venideros, al mundo de la zancadilla y al mundo de la verdad, al mundo de la intriga y al mundo de la honradez, al mundo de la apatía y al mundo de la actividad y la lucha, al mundo desaprensivo y al mundo de la integridad, al mundo del conocimiento, de la inteligencia, de la voluntad

Esto es el reencuentro. Esto supone nuestra inmersión de nuevo en la realidad de la vida cotidiana y monótona. Esto nos arrastra al manifiesto firme de enfrentarnos ante algo que está ahí, que se me aparece y se me muestra, que permanece impertérrito y desafiante cual valiente, sagaz, intrépido y atrevido ejército preparado para recibirnos.

Por eso, ¿y ahora qué…?

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LA SENSACIÓN DE ULISES Y EL CANTO DE LAS SIRENAS

¿Os habéis detenido alguna vez a escuchar la maravillosa y perenne sinfonía del mar? ¿Habéis prestado la máxima atención para poder percibir cada uno de los instrumentos musicales y su armonía bien conjuntada? ¿Os habéis sentido cautivados primero, arrastrados después y extasiados ante la sublime melodía que más y más te atrae, te arrulla y adormece hasta observarte suavemente mecido con sus armónicos sonidos? ¿Acaso, nunca habéis querido experimentar las sublimes sensaciones que Ulises debió de tener amarrado al palo de su embarcación y que nos narra en la Odisea?

Andaba yo un día, expectante y vigilante siguiendo los movimientos continuos, los permanentes vaivenes de las olas sobre las que mis

nietos Javier y Fernando, quienes, sobre sus tablas de surf, se deslizaban con las ondulaciones que una breve brisa mañanera producía: primero tumbados, luego de rodillas y, por último, colocándose de pie sobre las mismas, dejándose llevar hasta la orilla, donde perdían fuerza y acababan mansamente sobre la arena, celebrando como auténticos atletas cada vez que conseguían su objetivo y alcanzaban ese final tan deseado como unos gladiadores vencedores del mar, como expertos circenses que hacían malabarismos, como equilibristas sobre las aguas, como domadores de las fieras embestidas de esas poderosas y potentes masas de agua, acordes y rítmicas en su nacimiento y en su velocidad siempre violenta, pero moderada a la vez tras pequeños intervalos de silencio y quietud.

Ensueño. Obra de Nieves Prat

Ensueño.
Obra de Nieves Prat

En ese preciso instante, un susurro, un rugido bien armonizado, una cascada desenfrenada y acompasada de sonidos comenzó a sonar en mis oídos, me fue invadiendo, se apoderó de mi espíritu hasta lo más profundo y acabó por conquistar mi atención, por hacerme bajar la guardia como hipnotizado,  por embrujarme, por tornar los ojos e ir poco a poco percibiendo en cada uno de mis sentidos, en especial en el de la audición, todos los instrumentos, todas las cuerdas de la orquesta, todos y cada uno de los interpretes con una clara definición de ellos, quienes unas veces con delicadeza, otras con fuerza y hasta con cierta violencia ejecutaban fielmente aquella partitura, aquellos diversos acordes, siguiendo el ritmo que marcaba la batuta del director: aquí percibías los violines, allí los clarinetes, en otros compases las flautas, más allá los tambores, y, como dando la nota profunda, aparecían los bajos y contrabajos sin olvidar los saxos o las trompetas, que llenaban de luz y colorido siempre que entraban y se dejaban sentir. Todos, al unísono, orquestaban la más hermosa y bella sinfonía que jamás oído humano se haya detenido a escuchar, que no tenía fin, que interpretaba todos los matices, que te elevaba del suelo, que penetraba en las entrañas más sensibles del ser, que te acunaba suavemente hasta dejarte absorto en la contemplación y audición de aquella maravilla, interminable e infinita melodía.

¿No habéis cerrado nunca los ojos sentados a la orilla del mar y no habéis abierto vuestra sensibilidad más íntima para que éste os penetre, os llene plenamente por dentro de esa magnífica y entrañable sensación al percibir su sonido siempre bien atemperado, su entonación perfecta y permanente, sin desafinar lo más mínimo, su dulce adormecer con esa nana que hace sonar esa maravillosa voz atiplada con la brisa del mediodía, que te permite olvidarte de todo, extasiarte y sublimarte?

Os invito a saborear la melodía, la sinfonía más rítmica, la música más hermosa que oído humano haya podido nunca percibir: ese ir y venir, ese cabalgar sobre la superficie marina, esas pequeñas crestas que crecen y se desplazan, que ascienden y descienden, que rompen una y otra vez, siempre al mismo compás del tres por cuatro, que aparecen bravas cuando suenan las trompetas, los clarinetes y los tambores, pero que se amansan suavemente, delicadamente con la entrada armoniosa de los violines y descansan mansamente, una a una, sin atropellarse, con un orden ya marcado, hundiéndose en la doradas y blandas arenas que brilla con los rayos del sol, cual si del precioso metal se tratara, hasta acurrucarse en las mismas, en la orilla, como si de una manta tenue y delicada se tratara que las cobija, las acoge y las adormece en la blanca dulzura de una algodonada sábana acariciadora, de una sábana espumante de delicado tacto y de limpieza sin igual.

Los sonidos se combinan en secuencias temporales produciendo un efecto cargado de estética, de enorme y extraordinaria expresividad, de magnitudes nunca antes percibidas, en las que el oído capta la armonía, el ritmo y la melodía de forma conjunta, cual la mejor expresión del lenguaje musical creado por autor alguno, proporcionada, agradable, causando un estado de bien estar, de paz, una sublimación del espíritu ante tan perfecta combinación en su sucesión cíclica y regular.

El mar es música continua, es ritmo regularizado y acorde, es armonía de sosiego y tranquilidad, es melodía bien orquestada y magníficamente dirigida, perfectamente guiada por una mano experta e invisible de un gran maestro y unos grandes profesionales, que siguen con diligencia y fidelidad las pautas de una batuta apenas perceptible que manda y se impone, que se convierte en la prolongación ordenada del gran director. El mar es agua, agua mecida por la brisa, pero, también, es ritmo, es melodía, es armonía, es paz.

Ahora se entiende la decisión atrevida y valiente de Ulises. Ahora se comprende su afán incuestionable por escuchar aquella fantástica melodía, aquella música inspirada en la mejor de las partituras y que él pensó que se trataba de un simple canto de sirenas con voces y coros sublimes y delicados. Ahora se justifica de forma razonable que corriera aquel riesgo, sólo él, para poder saborear con detenimiento y disfrutar de cada uno de los acordes, de percibir con plenitud aquella exquisita y sublime melodía, que jamás ser humano había sido capaz de percibir sin ser atraído y subyugado, hasta esclavizado.

En estos momentos me considero Ulises amarrado fuertemente al mástil de mi navío, mientras me embriaga esa dulce sensación melódica y mi mente se siente renacer, se reconforta y se pierde en la inmensidad del todo.

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PRIMERAS SENSACIONES DE UNA PRIMAVERA INCIPIENTE

"Primavera". Obra de Nieves Prat

“Primavera”. Obra de Nieves Prat

La naturaleza reverberaba por todos los poros. Los campos  empezaban a mostrar su intenso verdor junto a la rojiza y rejuvenecida tierra recién labrada, luego de las abundantes lluvias derramadas por densas y rápidas nubes algodonadas, que se dejaban desplazar a capricho del viento como mecidas por unos delicados brazos.

Los árboles ya vestían sus mejores galas, ya lucían sus perlas más preciosas, cambiando el triste y esquelético traje del tiempo pasado por un florido y hermoso vestido: blanco, rosáceo, sonrosado como las mejillas de una pudorosa doncella, morado, violeta o dorado como el de las Mimosas. Así: los almendros, los cerezos, los ciruelos y hasta los naranjos, extraído ya el dulzón y jugoso fruto, incluso con él sin recolectar, dejan ver unas brillantes perlas blancas, que destacan y sobresalen sobre el fondo verde que las cobija y protege, como hermosos y resplandecientes pendientes que les engalanan y provocan a su contemplación, envolviendo todo el ambiente con un intenso y agradable perfume, por no mencionar al resto de los árboles o arbustos.

La atmosfera se impregna de olores, deleite de los sentidos, embriagadores, penetrantes, que embelesan y expanden nuestro espíritu, como pequeñas burbujas alucinógenas que se elevan por el aire bamboleadas y como flotando en la etérea atmósfera, nos penetran, se adueñan de nosotros dominándonos, atrayéndonos, llenando de azahar suave y delicado nuestros sentidos anhelantes de algo claro, limpio, trasparente, alejado de este mundo que todo lo enturbia, nos intoxica y hastía con tantas mentiras y podredumbre, con engaños y ocultamientos.

Las laderas de las montañas, las duras pendientes y los altiplanos del Montgó se cubren con la blanca Jara, como si una extensa nevada hubiera aparecido por encanto sobre aquel manto verde, reluciendo su delicada blancura con la luz trasparente del Mediterráneo, expandiendo su perfume por todo el ambiente, hasta penetrar su aroma combinado con otros olores de otras plantas diversas en lo más profundo del ser receptivo y dispuesto a saborearlo.

Hasta las hierbas, esas hierbas que frecuentemente despreciamos, esas hierbas nocivas que arrancamos de los campos o de los lindos jardines, hacen florear los sembrados con sus tonos rojizos, blanquecinos, amarillentos; flores de diversos tamaños y coloridos, a veces, no muy agradables en su aroma, pero que embellecen, adornan por aquí y por allá,  sin tino y sin destino fijo, formando extensos ramos, círculos inmensos acompañando al verdor del trigo y de la buena simiente, pero que producen placer a la vista contemplativa, a la sensibilidad despierta que se dispone a disfrutar de las cosas más pequeñas y menos significativas.

Los pajarillos con sus tonos multicolores, sus vistosos plumajes bulliciosos y alegres, juguetones y coquetos, se dejan ver revoloteando de aquí para allá entre el ramaje de los árboles aún no cubiertos de sus verdes hojas, emulando y compitiendo en belleza con las lindas  flores de diversos y floridos colores. Sus risueños y amigables trinos nos atraen y apaciguan, nos calman y nos tranquilizan las entrañas, deseosos de escuchar esa hermosa armonía que es la naturaleza bien dirigida y orquestada.

Prestamos especial atención y nos detenemos para admirar al negro Mirlo de pico dorado, que saluda al sol del amanecer con sus tiernos silbos o lo despide al atardecer con una penetrante melodía, antes de que las sombras de la noche lo oscurezcan todo, incitando y animando a ese glorioso arco iris de mil colores que los rayos solares filtrándose por el horizonte dibujan en lo alto del firmamento, para regocijo de un alma asombrada ante la maravilla que se le ofrece.

Oímos correr el agua cristalina y torrencial fruto de los primeros deshielos, el bullicio de su sonido, la musicalidad de su canto al saltar de piedra en piedra, al superar los obstáculos que se oponen en el lecho de su cauce, al que desborda y supera para inundar las tierras deseosas de su vitalidad y frescura, la vida que en los remansos se percibe gozosa y el frondoso verdor de sus riberas.

Contemplamos el mar, ese mar de brillantes tonalidades; ese mar que a fuerza de luz hace daño a la vista por su tremenda claridad, luminosidad e inmensa calma en estos precisos momentos; ese mar que enamoró a Sorolla, que le llenó de luz y grandeza, que nos abraza con su ternura infinita y nos atrae; ese mar que es vida, que es trasparencia, que nos resulta tan atractivo; ese mar de frescor que nos da aliento; ese mar de color, de  infinitos colores: azules, añiles, verdes, amarillos, grises, oscuros, anaranjados y un sin fin de matices incapaces de describir y enumerar; ese mar que nos ilusiona, nos encandila, nos alegra el corazón, nos invita a lo magnánimo, a la generosidad, al amor y nos dignifica.

Hoy, veinte de Marzo de dos mil trece tenemos la suerte, la enorme dicha de percibir, de sentir, de ver, de disfrutar y regurgitar a modo de transmisión perenne estas sensaciones, estos halagadores perfumes, estas brillantes panorámicas de tan amplios colores, esta claridad lumínica cegadora y a la vez enriquecedora que la primavera nos muestra, que el universo nos manifiesta, que el hacedor de la belleza y la hermosura nos presenta a nuestros sentidos para que seamos capaces de gozarla, de saborearla, de admirar extasiados la grandeza de toda la bondad que nos rodea y nos vivifica.

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LA PEDRIZA

Paraje inhóspito en medio de la sierra madrileña. Paraje rocoso de granítico color, bordeado de intensa vegetación de pinos y jaras que

"La pedriza". Obra de Nieves Prat

“La pedriza”. Obra de Nieves Prat

le dan aroma y un manto de  blancura en primavera, cual campo nevado sobre un lecho de meloso verdear junto con las arizónicas de  anaranjado tronco que atraen por su forma y esplendor.

Entre roca y roca, entre masa rocosa y mole roquera viven y saltan las cabras y anidan los buitres leonados, expuestos sus nidos a los cálidos rayos del sol, lugar de amor y modelo de fidelidad conyugal.

El escultor de la naturaleza se recreó en cada una de las enormes piedras existentes para dar forma y modelar las imágenes más perfectas, los parecidos más homogéneos, las siluetas más fantásticas, las figuras más monolíticas que la creadora imaginación del hombre pudo idear,  en las que hoy la fantasía se puede detener y recrear.

Lugar propicio para el joven deportista, quien pisa su dureza, asciende a sus pendientes vertiginosas para dominarlas y escalar, no sin esfuerzo, aquellas virulentas y peligrosas paredes de gigantescos volúmenes, para sentirse dueño de las cumbres, dominador de sus valles y descubridor de su estructura.

Falo enorme de la naturaleza. Yelmo vertical de redondez ascendente. Piedra llena de tonalidades según el rigor de la luz solar o la carencia propiciada por las nieblas. Tótem admirado y conquistado por numerosos seres. Estatua contemplada desde la lejanía. Símbolo de tu propia personalidad. La chimenea oculta bajo tu ropaje de difícil acceso, aparece sólo al experto y atrevido investigador, creando angustia, ansiedad, temor y placer para todo el que logra penetrar en tus entrañas de dureza extrema, acariciar tus carnes rugosas, sentir tus trémulas vibraciones y saborear el calor y  el abrigo de tu calorífica interioridad.

Agujas. Agujas góticas y escarpadas. Agujas que se levantan al cielo con espíritu ascético, cual monjes pétreos cubiertos con su vestimenta parda. Agujas contorneadas y embellecidas por las gélidas nieves y los rompedores y cortantes hielos del invierno. Agujas que como miradores solemnes os asomáis a la profundidad de la planicie, al igual que vigilantes y atentos observadores, como guardianes del anhelo de eternidad que el ser humano busca y desea ante tu presencia.

¡Pedriza! Roca viviente de la sierra de Madrid. Granito rosáceo de la alta montaña.

 

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UNA MIRADA A LA HISTORIA

 

"Bajo la lluvia". Obra de Nieves Prat

“Bajo la lluvia”. Obra de Nieves Prat

Piedra. Piedra sobre piedra. Piedra junto a piedra. Piedra  llagada por el paso de los siglos. Piedra golpeada, dañada, lacerada por el tiempo. Piedra acogedora y acariciadora. Piedra convertida en arcos. Piedra trabajada por la mano del hombre y por la historia pasada y presente. Piedra viva que se eleva hasta el cielo y se pierde en el horizonte. Piedra. Eternamente piedra.

Un atardecer otoñal. Una fina lluvia que golpea, que acaricia la piedra, cual cálida ducha vivificadora y rejuvenecedora. Agua que se desliza, que forma una suave y delicada cortina protectora y transparente. Agua que resbala dulcemente desde lo alto, de piedra en piedra, de grieta en grieta, de arco en arco, como una saludable cascada, hasta llegar a la tierra. Tierra que la sostiene y la ensalza. Tierra donde se aposentan sus cimientos. Cimientos llenos de eternidad y leyenda.

Un hombre pasa bajo tus arcos cobijado en un paraguas. Unos jóvenes alegres, empapados por la lluvia, caminan a su lado, indiferentes ante la piedra tantas veces contemplada insensibles a tu presencia. Una pareja se detiene emocionados ante el pequeño refugio que la piedra ofrece y se besan impedidos y obstaculizados por unos paraguas que cubren sus cabezas, se trata de un beso robado a la luz del atardecer,  se abrazan bajo la lluvia y la piedra, bajo la piedra acariciada dulcemente por el agua, como si quisieran igualar tu simbiosis, tu unión a través de los tiempos.

Gente y gente sin prestar atención, con prisas, vertiginosa, se cuelan por tus arcos sin valorar la importancia de la piedra, sin sentir la energía que transmite, sin saborear el placer y la belleza de tu silueta allí trazada y perenne, sin observar la estilizada figura que la fina lluvia alarga y resalta, la hermosura hecha historia y comunicación, diálogo y compromiso con cada uno de los seres que allá se acercan.

El visitante entusiasmado retira la vista un instante.  Admira ensimismado el espectáculo que se le ofrece a la vista y siente envidia de la piedra. Quisiera por un momento ser piedra y contemplar, todos los atardeceres lluviosos de un frío otoño, el fantástico panorama que se representa y que le maravilla.

Paraguas. Cientos de paraguas: paraguas negros, paraguas rojos, verdes, anaranjados,  grises, azulados, paraguas de múltiples colores y formas en continuo movimiento por la calle, formando una danza improvisada y variopinta al ritmo que la lluvia producía, al chocar gota a gota, chorro a chorro contra ellos. Ascendían y descendían, se movían en círculo, se paraban y se aceleraban. Todo era vértigo, desconexión y  desequilibrio.

Paraguas que suben y bajan. Paraguas que se elevan y se empequeñecen como acomodándose a sus portadores. Paraguas que se giran y se arremolinan. Paraguas que protegen vidas: vidas pensantes,  vidas felices, agobiadas, tristes, vidas aceleradas.

Se trata de una fiesta esperpéntica orquestada  por unos extraños personajes manipulados a través de los finísimos hilos del destino, de un baile casual  para agradar y saludar a la piedra, para hacer feliz su permanencia, para corresponder a esa sonrisa integral y armoniosa, que día a día, noche tras noche y durante miles de años mostró la piedra hecha arte, hecha firmeza y robustez, hecha Acueducto, a la ciudad que tanto le mima y le venera.

 

 

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EL MAR. MI MAR ANSIADO

Agua. Agua sobre agua. Inmensidad de agua empujándose apelotonadamente, embistiendo cual toro de lidia sobre el resistente muro del peto del equino. Agua. Agua alocada y danzarina a ritmo de instrumentos de metal. Gigantescas montañas de agua precipitándose unas sobre otras con fuerza descontrolada, manifestando una enfadada y desatada furia anhelante y apresurada por llegar hasta el acantilado, por chocar embravecidamente contra el pétreo roquedal que lo limita, lo priva de libertad, lo encarcela cual cautivo resignado, que soporta estoicamente la virulencia de esa ingente masa envalentonada y provocada por el aliento del dios que habita en sus entrañas.

El Mar "Obra de Nieves Prat"

El Mar “Obra de Nieves Prat”

Ronquidos. Ronquidos densos de ese potente respirar de un  extraordinario ser en  estado de reposo, de una fantasía poderosa de la leyenda clásica, obligado a permanecer sumergido contra su voluntad, violento, pero, ahora, sosegado en su lecho de amor.

Bramante espuma que salta y se eleva, que acaricia y se desespera en su constante lamer los roqueros fieros con los que la tierra lo frena, lo contiene, lo para y, poco a poco, con infinita paciencia, lo doma hasta someterlo a unos límites, hasta doblegarlo e incitarlo a su total docilidad, a su quietud, cual fiera domesticada después de un duro combate con su obstinado domador.

Viento potente y silbante. Viento que flota y se desliza por la superficie marina, produciendo un estruendoso rugido, cual león  persiguiendo a la hembra en celo. Viento que arrastra unas tras otras algodonadas mantas de brillante blancura y continua movilidad. Viento que siempre rompe y desgarra, levanta y arremolina esas variopintas, finísimas y diminutas gotitas, que vuelan desde la cresta espumosa hasta perderse en el azulado horizonte, en un último y desesperado intento por evitar el cruento golpe al fundirse el mar y la tierra, la tierra y el mar, el agua convertida en ariete y la resistente muralla con que la misma naturaleza se enfrenta a modo de fortaleza escarpada, ya endurecida tras la permanente erosión y la caída desprevenida de algunos de sus defensores desde sus torres.

Apaciguada la violenta acometida, agotado el empuje arrollador, calmada la ira desatada de una buscada libertad. Libertad que cantó encendidamente el poeta. Libertad que aclamaron los numerosos piratas, que al frente de sus pequeñas cáscaras de nuez, surcaron y surcaron sus aguas siempre al albedrío de un indómito señor, pero obedientes a las órdenes y deseos de su valeroso capitán.

El ritmo vertiginoso, la vorágine turbulenta, paulatinamente, da paso a la suave melodía de un vals tiernamente acompasado por el goce y el equilibrio de la dorada arena, y, el agua cálida, dulcemente remansada, como dejándose mimar por las pequeñas manos de un niño que juega en la orilla de la playa, donde ésta se mece en un armonioso columpio, o por el impetuoso bañista anhelante por sumergirse y saborear el alivio de su frescor, el  tenue tacto regalo de los sentidos,  el relajamiento de las tensiones acumuladas y la sensibilidad a flor de piel por el agobio del trabajo, se entrega  con placer y hasta se ofrece de lecho nupcial y eterno descanso.

El mar. El mar admirado. El mar espejo contemplativo de horas y horas de ensueño, de sueños y aventuras imaginarias. El mar disfrute delicado de los sentidos, fuerza liberadora, grito enfervorizado de libertad, musa de cuantos hasta ti se aproximan. El mar. El mar de Jávea. El mar mediterráneo. Mi ansiado mar.

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EL BERROCAL

El Berrocal. Obra de Nieves Prat

El Berrocal. Obra de Nieves Prat

Rocas graníticas exfoliadas, cuya curvatura redondeada ofrece una visión de infinito, de inmensidad, de ligereza  en  su apoyatura, pero sólido y fuerte en su estructura formal.

Robles y fresnos configuran tu paisaje. Fresnos cuya atroz poda, producida por la mano del hombre, contribuye, aún más, a su redondez, a su configuración paisajística, a su perenne vida que la roca proporciona y alimenta. Fresnos que se levantan como fantasmas mudos, estáticos encapuchados en una perpetua procesión invernal, desprovistos de su ropaje, enseñando sus vergüenzas y sometidos a las constantes inclemencias de la tierra.

Musgo verde, musgo oscuro, musgo en definitiva, que se adhiere a tus paredes, que absorbe tu energía, que forma una comunión íntima entre la pétrea roca granítica y la delicada malla que lo adorna, proporcionando vida a multitud de seres diminutos dentro de su entramada red siempre viva y verde; hilos que se anudan y entrelazan, se cruzan entre sí, formando una férrea protección entre la roca y sus pobladores.

Lugar idóneo para admirar y escalar su esferoidal forma, y recostado en lo alto de su cumbre, contemplar el paisaje abrupto pleno de fuerza y vida, mientras se plantea las eternas verdades de la existencia.

Allá, a tus píes, adviertes la presencia de pequeños personajes, el embellecedor colorido de las flores y las tonalidades de las plantas en primavera, la sequedad rocosa pero viviente de los fuertes robles,  el pastar continuo de las vacas con la cabeza humillada a la tierra y el rumiar constante de sus bocas, siempre pegadas al verde manto que cubre el suelo, regado por un constante surcar de pequeños canales de agua fresca y cristalina, de agua vivificadora que alimenta a las plantas, sirve de alivio y refresco a todos los animales que a su vera se acercan y llenan de murmullos placenteros  los sentidos del paseante.

Robles, fagáceos árboles de robusto tronco, cuyos tortuosos brazos nos descubren lo duro de su existencia, lo roqueño de su entorno  y sus hojas, hojas lampiñas y trasovadas sinónimo de rugosidad y aspereza, ahora decapitados por las insensibles manos que buscan el calor de su fuerza en el fuego chispeante de una negra chimenea invernal.

Los pajarillos y aves que habitan sus entrañas, antes ruidosos y  cantarines, abandonan sus defensas y buscan en la oquedad de la roca, en las grietas de sus láminas, protección y cobijo, cual pequeños reptiles y alimañas que estos parajes disfrutan.

Todo es hermoso y frondoso en primavera, árido y seco en  estío, vistoso por sus contrastes y coloridos otoños, procesional y serio, como si pidieran al cielo clemencia por sus muchos defectos, en invierno.

Pétreo Berrocal firme y dulce, lugar de encuentro y placer de los sentidos, contraste perpetuo para quien a ti llega. Hoy, quiero cantar tu encanto, tu atractivo y tu fuerza, tu energía eterna para el que pisa tu tierra,  gusta de tu adusta soledad y espíritu apaciguador.

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MONTGÓ. MONTAÑA VIVIENTE

Montgo

Montgó. Obra de Nieves Prat

Todos los días siento ante mí la presencia eterna de tu inmensa mole elevándose. Siempre que levanto la vista, surge ante mis ojos impresionados la tremenda verticalidad de tu existencia, tu estampa vigorosa, fuente de energía inagotable: lo mismo da que sea verano o invierno, de día o de noche, por la mañana o por la tarde. Ahí está la imponente estatua del magnífico escultor, la torre impertérrita que asciende hasta tocar las alturas, hasta fusionarse con el cielo azul o, a veces, vistiendo un elegante sombrero grisáceo, que te hace más extraordinario y  te da prestancia y señorío ante la atenta mirada del que no se cansa de admirarte.

Macizo señero de rocas calizas, de tonalidades ocres, que sobresales en la llanura y te estiras formando un esbelto picacho redondeado por las continuas peregrinaciones que has soportado a través de los tiempos de cuantos a ti acuden: ya los primitivos habitaron tus laderas y cuevas, ya la bóveda gigantesca de tu rostro, cual ojo único del fornido Polifemo, se muestra, destaca y sobresale provocando al espectador y animando a penetrar en tus entrañas, siempre dispuesto a descubrir tu historia de tótem sagrado, venerado aún hoy por todos cuantos a tus píes se postran.

Tus verticales paredes rocosas que reciben los vientos cálidos, vientos resecos, contrastan con la proporcional altura producida por la umbría y húmeda vertiente de los aires marinos, llegando a una simbiosis, un contrapunto entre los cortados de fuertes pendientes y las suaves y melodiosas ventanas abiertas al mar, de agradable brisa y frescor.

Mar, tierra y vientos. Mar, nubes y  seres humanos han modelado tu estructura, han logrado una comunión de intereses, una comunidad de vida.

El lentisco, el palmito, la madreselva, el espino blanco o el romeral y la jara se mezclan con el pino o el hinojo marino. Aquí el águila perdiguera, el cernícalo o el graznar gracioso y chirriante de unas enrabietadas y variopintas colonias de gaviotas que hasta tus plantas se aproximan, como agradeciendo tu protección de dios sagrado, disputándose un espacio donde anidar y rendir su tributo de seres agradecidos.

Te admiro por la mañana, cuando apenas los primeros rayos del sol despuntan por entre las aguas, vestido con ese hermoso traje, donde brillan las piedras de tus paredes y sus grises ferrosos con sus tramos deslizantes y pulidos.

Te contemplo en la plenitud del día, en el que la luz y la claridad del mediterráneo y los ardientes destellos del astro te cubren, te dominan como un fiel enamorado de tu prestancia y belleza.

Me atraes al atardecer con la llegada del sol poniente, con esas llamaradas de rojo intenso, de luminarias chispeantes, de anaranjados colores, que se asemejan  a los frutos de tus llanuras, con esos tonos de arco iris que llegan hasta el mar, convirtiéndole en una hoguera reluciente, espejo de todo lo que allá se mira.

Aún por la noche te venero, al fijarse en tu altivez el foco lunar en su máximo esplendor, haciéndote visible en medio de la negritud, reflejando tu figura; igual que, cuando te adornas con esos mantos blanquecinos de volátiles nubarrones, privándome de tu presencia, como si, en ese momento, buscaras esconderte en tu intimidad, en tu recogimiento, en tu soledad contigo y con tu hacedor.

¡Montgó! ¡Montgó siempre presente! Multitud de veces pisado por mis píes, protegido de los vientos ponientes, acariciado por las brisas marinas, disfruto desde tu cumbre la inmensidad del horizonte infinito que me brindas, la eternidad y el reposo armonioso que mi espíritu siente al contacto con tu poderosa energía ¡Montgó perenne y vivificante!.

¡Montgó, soldado atento y vigía constante con tu único ojo que todo lo ve! ¡Montgó, guardián de nuestra seguridad, de nuestro sueño y nuestro descanso, placer de nuestros sentidos! ¡Montgó! ¡Siempre Montgó!

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UN VIAJE EN AVE

         Eran las ocho y treinta minutos. Con puntualidad espartana el tren partía de la estación. Las primeras luces del día apenas

"Un viaje en AVE". Obra de Nieves Prat

pintaban en el firmamento y los primeros rayos vivificadores del sol encontraban grandes dificultades para llegar a la tierra entre las veloces nubes que surcaban el cielo.

         Habían pasado ya varios minutos. Los edificios, cual gigantes en el horizonte, se perdían  en la lejanía. La oscuridad de los primeros túneles junto con algunas ráfagas lumínicas que conseguían  penetrar el denso manto que cubría la tierra, como jugando a trazar vivas y veloces figuras desdibujadas a través de los cristales turbios y alterados, se alternaban ante los ojos del observador.

         La vista se desviaba y se centraba en la pantalla que lucía enfrente, como haciendo guiños para provocar más la atención de los aún adormilados viajeros: ciento ochenta, doscientos, doscientos cincuenta y seis, doscientos ochenta y dos, doscientos noventa y ocho, trescientos dos… La velocidad, el vértigo, la rapidez de las visiones, que unas pupilas un tan alocadamente percibían, pasaban raudas por la retina sin concreción y sin lograr configurarse ni transformarse en imágenes redondas y perfectas.

         Ya habíamos alcanzado la altiplanicie. Los campos, manchados de verde con el alumbrar de las primeras siembras, se entremezclaban con una vegetación paupérrima y unos arbustos y arboledas esqueléticas fruto de la estación otoñal, azotados por el viento que se presentía por el vaivén de sus ramajes y el constante mecerse a derecha e izquierda;  como si, de un momento a otro, fueran a perder su verticalidad y rodaran por los suelos hechos añicos, cual héroes solitarios, derrumbados en medio de la pradera. 

         De nuevo, la llamativa pantalla llama nuestra atención: doscientos noventa y ocho, trescientos, trescientos uno… ¿Quién habrá tenido la feliz idea de colocarla frente a unos ojos asombrados y atónitos de un viajero curioso? – me pregunto en mi subconsciente-. ¿Por qué aparece y desaparece jugando con la conciencia y el pensamiento de un expectante observador, absorbido por su tintineo y sus llamada de atención? Imposible concentrarse en el asunto que me preocupa y objeto de este viaje.

         Intento retirar la mirada y fijarla a través de los confusos acristalamientos del tren en el cielo cada vez más luminoso. La mañana va avanzando casi a la misma vorágine que el tren. Las nubes vuelan por las alturas cual rápidas aves de rapiña a punto de lanzarse sobre las desprevenidas presas. Pretendo descubrir si es el vértigo de la velocidad del tren, trescientos dos kilómetros marca la pantalla en este momento, o es el viento potente y arrollador, quien desliza aquellas nubes, que trazan figuras volátiles sobre el firmamento, cual expertos pinceles dirigidos por una ingeniosa mano de artista, jugando con los rayos del sol y produciendo contrastes de luz y sombras, que se proyectan sobre los campos como verdaderos fantasmas.

         Allá, lejos todavía, aparecen unas siluetas, unas figuras que se hacen cada vez más visibles y definidas como desafiantes monstruos. Aparto la mirada y me detengo en la pequeña pantalla: cien, sesenta y cinco, cuarenta y dos… Se acabó. Vuelvo a la realidad. Me centro en el problema.

 

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