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LA MAGIA DE LA ESCRITURA

Siguiendo con la temática del artículo anterior, me pareció muy oportuno insistir en la investigación sobre el origen primero de la escritura en los documentos históricos que aportaron los arqueólogos, que aunque no son muchos, si los suficientes para intentar llegar a las causas primeras, a los primeros indicios de por donde discurrió el acto de comunicación a través de la escritura.

Obra de Nieves Prat

En un primer momento, me llamó profundamente la atención los hechos acaecidos sobre el pueblo hitita, su poderosa aparición y su pronta desaparición sin dejar muchos vestigios; más tarde, atrajo intensamente mi curiosidad la posible aportación de este pueblo a la magia de la escritura, dado su entronque dentro de la cultura indoeuropea para enlazar con los fenicios y los griegos.

Quiero apuntar que la escritura nació ante la necesidad de los pueblos económicamente poderosos (agrícolas, ganaderos o con transacciones mercantiles), a fin de controlar de manera exacta sus productos, sus beneficios o el resultado de sus operaciones, al menos, así lo demuestran las tablillas y los restos encontrados  y estudiados por los investigadores.

La piedra Rosetta encontrada por las tropas napoleónicas en la conquista de Egipto, hizo pensar al mundo científico, que el jeroglífico egipcio era un auténtico alfabeto, según desveló el padre de la egiptología Francis Champollión.

El gran imperio hitita, que existió a finales del tercer milenio o comienzos del segundo milenio antes de Cristo, llegó a ser la mayor potencia militar de Asia Menor, incluso, más poderoso que el egipcio del gran faraón Akhenatón. Un estado bien organizado, que dominó a todos los pueblos de Anatolia, especialmente en tiempos de su rey Subbiluliuma.

Los hititas fueron un pueblo poderoso, protagonistas de grandes acontecimientos históricos y grandes inventos: la metalurgia, la forja del hierro, gracias a las minas de este mineral encontradas en la actual Alepo, metal hasta entonces desconocido y que les hizo más fuertes, el carro de guerra…; se sintieron lideres con un rey invencible, por lo que no tiene una fácil explicación, que un imperio tan poderoso y con tantos medios quedara pronto catastróficamente y totalmente desmembrado en poco tiempo, hecho que me llamó la atención y atrajo más aún mi curiosidad.

Esta situación, me lleva a pensar, que la suerte de las lenguas y, sobre todo, la escritura han dependido en gran manera de la marcha de los acontecimientos históricos.

Los primeros contactos entre los indoeuropeos y los pueblos de Anatolia se remontan a comienzos del segundo milenio, cuando nuevos conquistadores se apoderaron del imperio hitita, dicen los arqueólogos que, gracias a presión de estos pueblos, la escritura hitita evolucionó a formas más modernas.

De esta manera, la escritura cuneiforme se fue expandiendo como un lenguaje internacional propio de las relaciones diplomáticas y embajadas por los diversos pueblos. Así llegaron a los hititas y éstos la utilizaron.

Los problemas de los primeros métodos de escritura cuneiforme hitita quedan fuera de nuestro campo de investigación; pero si sabemos que los jeroglíficos hititas estuvieron en uso en la mitad del segundo milenio, aunque como un método en cierto modo artificial de escritura: el poderoso imperio hitita estaba ya empleando en inscripciones bilingües la escritura de los pueblos vasallos suyos, aunque las lenguas empleadas no eran las de los hititas de Bogazköy como manifiestan los arqueólogos.

La escritura jeroglífica hitita tenía unos doscientos veinte signos aproximadamente: algunos ideogramas, otros fonéticos y otros silábicos. Escribían de derecha a izquierda o, a veces, de manera alternativa: mezclando reglones de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, lo que ya desde Heródoto se denominaba “bustrófedon”. Esta escritura no tiene influencia de otros pueblos, al parecer fue ideada como una escritura imperial de acuerdo con el sistema egipcio.

El investigador Diakonoff considera probable la adopción por los hititas de la escritura cuneiforme de los semitas, que éstos se la traspasaron a los hititas y, es casi seguro, que por mediación de ellos aprendieran los hititas el arte de escribir, adoptando por consiguiente la escritura cuneiforme inventada por los sumerios. Como consecuencia de esto, Anatolia se convierte en un importante centro cultural con el importante reino hitita.

Los hititas históricos no fueron propiamente una raza, sino una confederación de pueblos o tribus indígenas con una estructura social y política muy peculiar, donde el más importante era de estirpe indoeuropeo, originario del Caucaso, que se establecieron en Bogazköy.

Si partimos de la base de que los signos, las imágenes y los símbolos forman la base de cualquier sistema de escritura y de la magia de la comunicación, es obligado afirmar que los sumerios fueron los primeros en crear este sistema. El espacio que separa el pictograma del jeroglífico y finalmente del signo fonético es inmenso y ese salto ciertamente lo dieron los sumerios. La teoría de hacer que los signos-imágenes representan sonidos en lugar de objetos fue inspirado en el lenguaje sumerio.

Se está igualmente en lo cierto, si decimos que el sistema cuneiforme acadio fue el más exacto vehículo para transmitir el pensamiento por escrito, pero su gran desventaja y complicación está en que el número de signos utilizados era enorme: se trataba de un complicadísimo sistema de ideograma y signos silábicos.

He aquí la aportación de los hititas a la magia de la escritura: ellos habían adoptado el sistema cuneiforme, pero no se contentaron con escribir en el dialecto acadio. Los hititas conservaron todos los elementos característicos de éstos: los ideogramas, los signos silábicos, los determinativos y los complementos fonéticos, pero redujeron el número de los signos silábicos a unos ciento treinta para luego incorporar algunos ideogramas acadios.

El rey hitita no puso problemas al uso del acadio en las oficinas de su gobierno, pero, sin embargo, era denigrante para monumentos reales, en consecuencia, los hititas inventaron un sistema jeroglífico propio. Este sistema se basaba en la ya conocida estructura del cuneiforme de más de doscientos signos: cincuenta y seis fonéticos, silábicos y los demás son ideogramas. Las sílabas comenzaban siempre por una consonante y terminaban en vocal, pero mientras el valor de la consonante es fijo, el de la vocal es variable. Así empleaban dos tipos de escritura: la jeroglífica esculpida en piedra y una más creativa que se grababa en monumentos de menor importancia o tablillas.

Según esto, el principal valor de la escritura hitita estriba en que ilustra el ímpetu que se dio con la difusión de la práctica de escribir y el reconocimiento de su utilidad a la imaginación de los pueblos, para cuyos idiomas la escritura existente no servía. Más tarde con la fulminante caída del imperio hitita, el sistema jeroglífico hitita cayó en desuso y fue reemplazado por el arameo o fenicio hasta llegar a los griegos.

A modo de conclusión y resumen afirmamos que la escritura es un dibujo. La escritura ideográfica nació cuando se estableció la relación ante la representación pictográfica de un objeto y el objeto mismo. La escritura pictográfica sólo pudo realizarse en los lugares en que lo gramatical se reduce a lo mínimo.

Los hititas, según descubrimientos, desarrollaron una cultura especial, superior incluso a la del pueblo egipcio. Existen investigadores que afirman que Nefertiti podría ser de origen hitita, que el famoso busto de la misma podría ser una copia exacta de otro descubierto en excavaciones hititas, es más, aseguran que la gran revolución de Akhenatón fue fruto de influencia hitita, que en su tumba se encontraron vestigios desconocidos por los egipcios, con materiales desconocidos por ellos y propio de los hititas.

Por ello, igualmente, nos atrevemos a afirmar que la magia de la escritura moderna tuvo sus orígenes en la aportación del pueblo hitita.

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EL ORIGEN DEL LENGUAJE HABLADO

Si nos preguntamos, cuál fue la génesis del lenguaje hablado; cuál el momento en el que el ser humano se atrevió a pronunciar por primera vez un sonido gutural con cierto sentido, creo que podríamos partir de la base, de la afirmación, de que el lenguaje hablado es correlativo a los útiles, que el ser humano comenzó a emplear alguna forma de lenguaje al mismo tiempo que aprendió a fabricar utensilios.

Obra de Nieves Prat

Seguro que algunos pueden tomar esta afirmación como algo banal y con poca consistencia. Sin embargo, se puede demostrar, siguiendo las investigaciones de los paleólogos, que el uso inteligente de la mano y la vista en la manufactura forma parte de la agudización general de las facultades que hicieron posible el leguaje hablado.

A pesar de todo, la génesis del lenguaje hablado sigue siendo una incógnita y algo, en principio, oscuro; pero, lo que si parece claro, es que sólo el ser humano entre los restantes vivientes y en diversos lugares lo consiguió, dando lugar a las variadas lenguas y formas de expresión oral gracias a su creciente poder cerebral y a la capacidad asociativa de su enorme y desarrollado cerebro.

Así, los paleólogos hablan y llegan a la convicción a través de sus investigaciones, de que el verdadero origen del lenguaje hablado, los primeros sonidos silábicos fueron emitidos como acompañamiento de gestos de las manos: muchas son las pruebas que dejan evidencia y constancia de ello, demostrándolo después la ciencia, dada la relación existente entre las manos y los labios.

Por consiguiente, siguiendo estas investigaciones, creo que podemos reseñar el proceso seguido: primeramente, sin duda, se debió iniciar con un gesto, dando luego lugar a una “holofrase” o conglomerado de sonidos silábicos sin sentido, probablemente, pero expresivas; después, seguiría una frase de símbolos sonoros; para finalmente, poco más tarde, iniciarse la sustitución de voces, más o menos acordes y desentonadas, por signos y palabras sistematizadas, dando lugar al pensamiento analítico, desarrollándose, a continuación, el lenguaje hablado con la sintaxis y el vocabulario. Ésta es la razón, de aquí surge la idea, de que el habla se inició, tiene su origen, a partir de un ademán.

El gran número de grupos idiomáticos encontrados después, vienen a confirmar lo ya expuesto: que las últimas fases de la evolución del lenguaje hablado ocurrieron en muchas sociedades a la vez, dando lugar a los grupos aislados o idiomáticos.

Nos surge ahora un nuevo interrogante. ¿En qué momento de la historia los seres humanos dieron estos primeros pasos? Como ya dijimos al principio, afirmación de la que partimos, lo más probable es que fuera desde los comienzos de la manufactura de utensilios. Es casi seguro, nos atrevemos a afirmar sin miedo a error, siguiendo las investigaciones de los más famosos paleólogos, que los seres humanos del Paleolítico se comunicaban a través de sonidos, por estructuras silábicas que expresaban acontecimientos o ideas totales.

Sabemos que en el Paleolítico Inferior se dio una gran lentitud en esta evolución, lo que se achaca a que el lenguaje hablado no estaba plenamente articulado, dado que el único útil era el hacha; en el Paleolítico Medio se produjeron algunos cambios, pero no lo suficientemente importantes; fue en el Paleolítico Superior donde hubo una rápida aceleración de útiles y de armas.

Según esto, parece ser que en esta época, el ser humano, por primera vez, se comprende y comprende su ambiente, establece lazos sucesivos para el inicio de una civilización, en la que el lenguaje hablado llegó al punto de identificar las cosas con un nombre, asignar nombres concretos a los útiles y a las cosas de su entorno y, con ello, la discusión elemental de ideas.

Es algo reconocido por todos los paleólogos, que en la última glaciación, los seres humanos aprendieron a hablar, ya con coherencia, entre ellos y a trasmitir a sus descendientes el saber acumulado.

Sin embargo, con todo, debemos de reconocer que los grandes avances se produjeron en el Neolítico, donde el lenguaje hablado y el vocabulario aumentaron con palabras nuevas e inventadas por los primeros oficios: alfareros, tejedores y demás especies.

Debetc considera que la relación entre el ser humano, su ambiente y las formas de trabajo social que se desarrollaron en el curso de esta relación, son fundamentales en la determinación del progreso del hombre o mujer primitiva en aspectos como la manufactura de utensilios y armas, la vivienda, la evolución del lenguaje hablado, la creación artística y hasta el nacimiento de la religión.

Fue, por consiguiente, por medio del trabajo como se modeló la conciencia del ser humano y como surgieron el lenguaje hablado y el arte.

Si tuviéramos que hacer una síntesis de lo hasta aquí expuesto, diríamos que cuerpo, mente y sociedad forman la trilogía de donde ha brotado la cultura y, por consiguiente, el lenguaje hablado.

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GESTOS, GUIÑOS, MUECAS Y OTROS SIGNOS

Hoy que tanto se habla de gestos. Hoy que todos queremos ver gestos y presumimos de saberlos interpretar. Hoy que todos creemos entender perfectamente los gestos que los demás hacen y lo defendemos con autoridad. Hoy que todos estamos pendientes de cualquier movimiento del rostro, de la más mínima gesticulación de los labios, hasta el punto que los personajes más afamados de cualquier índole o profesión ocultan con sus manos la boca para que nadie sea capaz de sacar conclusiones o averigüe lo que éstos quieren comunicar. Hoy que estamos convencidos de llegar a conocer con seguridad

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

cualquier rasgo de carácter o conducta, cualquier insinuación o indicio del tipo que sea, donde pensamos que se manifiestan diversos estados anímicos que reflejan una situación distinta del afecto, que revelan una intención o una actitud que los demás perciben o creen percibir o no, que llegan a comprender, creen conocer y deducir como algo expresivo, hasta tanto que muestran un caudal de ideas nuevas, de mensajes a descifrar, de lenguajes que son indicios de un fenómeno que permite inferir a todas luces, vislumbrar a distancia la existencia de algo no percibido, dar que hablar, deducir para bien o para mal sin caer en la mueca de algo grotesco o cómico, de algo exagerado, de un movimiento brusco, que en la mayoría de los casos, nunca llega a ser un reflejo sincero y serio de la realidad ni de lo que otro imagina, aunque si un gesto externo de lo que alguien quiere ver e interpretar, está deseando entender, busca y anhela que así sea o desea que los demás lo compartan y lo asimilen igual que él.

No digamos nada si los gestos son de la cara, que apenas se hacen perceptibles, de la cabeza que aparentan un fenómeno más llamativo e interesado, del cuerpo o de las manos, que logra que el lenguaje sea más intenso y expresivo, como brotando de las partes más profundas del ser, que quiere dejar claro su entidad, su personalidad y su autenticidad; a veces, se sustituye esta expresividad por algo distinto, como puede ser: una actitud, una postura del cuerpo, una llamada de atención como algo fijo y constante, una disposición del espíritu manifestada al exterior de manera contundente frente a una acción o una idea del pensamiento, que puede ser fruto de una experiencia personal, influencia de otro ser o cosa, o lo más frecuentemente, en un momento con unas expectativas precisas y puntuales producto de la presión de un grupo o que el instante y las circunstancias así lo requieren y exigen.

Así, podemos caer en el ademán, en ese movimiento preciso y exacto con el que igualmente manifestamos los diversos estados de ánimo, en esa permanente actitud de ir ejecutando, realizando, comprendiendo y procurando que los demás lo entiendan como tal, sirviendo de guía, de horizonte deseado, de una manera suave y delicada sin accionar, sin manotear de forma exagerada y continua, cuando vas dando a luz tus mensajes, tus ideas, tus pensamientos sublimes bien hilvanados y constantes, sin que la mueca grotesca o el mohín gracioso signifiquen por lo general un enfado fingido ni ingenioso, aunque en muchas ocasiones se llega a ello, confundiendo no sólo a quienes lo siguen, sino a aquellos que  desean y  buscan que sea algo convincente para seguirlo, sin obviar que al final resulte algo ruin, triste, torpe o, en el mejor de los casos, cómico. Claro que muchos llegan a visualizarlo como un visaje reflejo de ese mismo estado de ánimo.

De pronto, sin madurarlo mucho, sin balbucirlo con suficiente frecuencia, sin rumiarlo ni rumorearlo excesivamente, nos damos cuenta, nos hacemos de golpe conscientes, llegamos a comprenderlo de forma natural como un auténtico indicio, como un signo o algo similar que nos arrastra y nos hace presumir de algo con fundamento, con rotundidad, cayendo sucesivamente en el asomo, en la presunción, en la sospecha, en el comienzo de algo sin propósito de intentar profundizar en ello ni en su esencia primigenia, lo que de alguna manera presupone una certeza clara que nos lleva con seguridad a no dudar racionalmente de ello, como si el objeto en cuestión se ofreciera sin más al entendimiento, como si alcanzara una visión cognoscente en la que llegamos a intuir lo que se muestra de una forma clara y distinta.

Los filósofos, los seres ilustrados siempre han ligado el problema de la evidencia al de la certeza de una cosa; de aquí, el significado y la importancia que tienen los gestos y que nosotros les damos.

Sin duda, un paso más allá al que nos lleva este razonamiento es la huella, señal o vestigio de donde se infiere y nos conduce a la verdad de algo, a la averiguación o su investigación, aunque, en la mayoría de los casos, nunca nos aproximamos a ello, ya que no estamos muy acostumbrados a profundizar en el ser de las cosas, preferimos siempre quedarnos en la superficialidad, en la carencia de sentido del lenguaje, que se convierte a menudo en sarcasmo, en palabrería sin fundamento y sin esencia sustancial; por ello, pienso que nos quedamos con frecuencia en los síntomas, únicamente en los datos subjetivos, como si  fuéramos unos enfermos, que nos fiamos de nuestra percepción frente a los signos, que observa y maneja el especialista ante los datos objetivos de la enfermedad que nos agobia: de aquí, la sintomatología; de aquí, que un síntoma pueda ser objetivo, en numerosos casos, así se considera.

A fin de poner fin a este proceso de pensamiento, se hace obligatorio y preciso, yo diría que hasta necesario, recurrir a los signos y al lenguaje de los mismos como algo fundamental, como fenómeno sensible destinado a manifestar, a dejar patente algo que no es actualmente sensible ni pertenece al mundo de lo sensible o que nunca, nunca pueda serlo.

El signo a diferencia de la señal que se dirige al reflejo, supone una inteligencia que lo interpreta, que es capaz de captar la idea de una relación, de algo que se da y se ofrece entre un hecho percibido y otro que no lo es.

Por todo ello, por este proceder, creo que se hace patente, resulta necesario este pequeño estudio sobre el tratado de los gestos, los guiños y  todo el innumerable repertorio de sinónimos que conlleva. Sin lugar a dudas, un estudio en profundidad de los mismos nos aportaría una gran riqueza interpretativa y una certeza de nuestra convicción; pero, en esta ocasión, dado el agobio que todos estamos padeciendo, me conformo con abrir una puerta o una ventana  pequeña si preferís, dejar una huella sobre lo mucho que habría que trabajar para llegar a entender con seriedad el lenguaje de los gestos, eso que simplemente llamamos “gestos” o “el mundo de los gestos”, palabra sin duda muy de moda en los tiempos en que vivimos.

 

 

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EL LENGUAJE Y LOS ANIMALES

Desde el momento mismo en el que el ser humano comenzó a relacionarse con el mundo animal, desde el preciso instante en el que se arriesgó a cazarlos, a domesticarlos e incorporarlos a su vida familiar como unos seres más de su entorno, desde ese hecho, se ha ido estableciendo entre ellos un lazo de convivencia, un hábitat de encuentro, una situación entrañable y de comunicación, de modo que éstos han configurado más y más cada vez la vida del ser  humano, sus posturas, sus aptitudes, sus acciones y ademanes, sus sonidos y hasta nos han ido dejando sus nombres, de la misma manera que nosotros les hemos asignado los nuestros, por lo que es fácil encontrar en nuestro lenguaje, en nuestras formas de expresión, en nuestra manera de relacionarnos, multitud de voces, infinidad de sonidos, fraseología variada  propia de su mundo y de su manera de proceder o actuar.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Siempre nos han enseñado, desde nuestros primeros pasos en la escuela, que nuestra lengua tiene su origen y procedencia de forma primordial en la cultura clásica greco-latina y, más en concreto, en la lengua latina; más tarde, nos dijeron que otros pueblos, conquistadores de nuestras tierras, fueron dejando su impronta, sus vestigios y, así, nos hicieron aprender voces de los pueblos aborígenes, de los pueblos germánicos, del mundo árabe, incluso, términos traídos de otros mundos lejanos; por último, nos hablaron igualmente de la influencia anglo-sajona y de otros pueblos de nuestro inmediato entorno.

Nadie nos ha hablado de la influencia del mundo animal, salvaje o domesticado, de su influencia y manifestación permanente en nuestra lengua, en nuestro vocabulario, en nuestra forma de designar los objetos, en nuestras acciones o aptitudes, en nuestro lenguaje coloquial, familiar o literario.

Con frecuencia, cuando hablamos o escribimos, no somos conscientes del uso en nuestra lengua castellana de multitud de voces de toda índole y aspecto, de términos que utilizamos, que aparecen de forma imprevista en nuestro vocabulario y que tienen una íntima relación con el mundo animal. No me estoy refiriendo sólo al lenguaje vulgar, sino en el mismo lenguaje literario. Es, por ello, mi intención, mostrar aquí algunos ejemplos claros de expresiones léxicas, de fraseología, que de alguna manera reflejan la presencia o la influencia del mundo animal en nuestra lengua.

Si utilizamos el diccionario, ahora que nos lo han presentado tan renovado y con tantos vocablos extraños pero muy frecuentes en nuestras comunicaciones habituales, si hacemos un trabajo exhaustivo de investigación, si nos proponemos un estudio de las obras literarias, incluso, en las de nuestros afamados escritores, a poco que nos adentremos en ellas, pronto nos encontraremos con términos y expresiones correspondientes a cada una de las partes de la gramática, que tienen que ver, que están íntimamente relacionados con el mundo animal.

Así, si nos detenemos en el núcleo nominal, por empezar por algún sitio, observaremos como existen nombres propios de seres humanos, que, a su vez, son formas con las que designamos las especies de animales: “León”, “Leonardo”, “Aquilino”, son algunas muestras referidas al varón, o “Paloma”, “Urraca”, “Filomena” para asignar a la mujer.

Si damos un paso más, nos vienen fácilmente a la mente apelativos como: “asno”, “borrico”, “borrego”, “cigüeño”, “mochuelo” o “zángano” y sus derivados: “zancadilla” o “al trote”, o los onomatopéyicos: “runruneo”, “no decir ni pío”, “no decir ni mu”, “ni fu ni fa”, “quiquiriquí” o “cric-cric”, que siempre hacen referencia a comportamientos humanos. Igualmente utilizamos formas adjetivadas como: “mulato”, “canino”, “avispado”, u otras modificaciones de formas verbales como: “a gatas”, “a paso de tortuga”, “a lo bruto”, “a salto de mata”, “con la lengua fuera”, en clara sintonía con acciones propias de animales aplicadas a acciones humanas.

Con respecto al núcleo verbal, muchas y diversas son las voces que utilizamos con frecuencia; términos que aluden al mundo animal para mencionar situaciones o comportamientos propios del ser humano, sirvan como ejemplos: “gallear”, “cabrearse”, “azorarse”, “mariposear”, o “amilanarse”. A veces, estas expresiones sufren alguna derivación, transformándose, como: “encapricharse”, “agregar” o “aturdirse”.

Si nos adentramos en la anatomía de los animales, surgen términos como: “cerrar el pico”, “alzar el vuelo”, “desembuchar” o “abuchear”, sin olvidar expresiones de estimulación propias de interjecciones o exclamaciones, tales como: “¡zape!”, “¡arre!”, “¡hala, hala¡”, “¡caracoles!”, “¡y un jamón!”, “¡un cuerno!”.

El lenguaje literario forma un capítulo aparte: en los cuentistas, en los fabulistas, en el refranero, en los dichos populares, incluso, en nuestros más ingeniosos escritores, en los textos sagrados y hasta en la música popular, como el villancico, es frecuente encontrar léxico, términos, frases hechas en las que el elemento animal se ve profundamente reflejado. Con el fin de no extendernos demasiado en su enumeración con detalle, me voy a limitar a citar algunos ejemplos, con la esperanza de animar a los estudiosos a profundizar en ello:

¿Quién no ha pronunciado alguna vez expresiones como: “echar sapos y culebras por la boca”? ¿Quién no ha oído en alguna ocasión el dicho: “tienes más conchas que un galápago”? ¿Quién no ha leído aquello de: “perder los estribos”, “cazados al vuelo”, “la cabra tira al monte”, “ave de mal agüero” o “está tan negro como la boca del lobo”? ¿Quién no conoce en los mismos textos sagrados términos como: “el becerro de oro”, “el gusano de la conciencia”, “lobo con piel de cordero”, “el macho cabrío” o “dar coces contra el aguijón”?

Para terminar una pequeña referencia a la obra literaria, a nuestros celebres fabulistas, sólo por citar algún ejemplo: ¿Recordáis títulos como: “La gallina de los huevos de oro”, “La zorra y las uvas”, “La rana que quiso ser buey”, “El asno y el lobo”, “El burro flautista”, “Habló el buey y dijo mu” o aquellas frases de: ¿quién le pone el cascabel al gato? o “vender la piel del oso antes de cazarlo”?

No quisiera acabar este artículo sin una leve referencia a la música, en especial al Villancico: “Hacía Belén va una burra”, “Entre un buey y una mula Jesús ha nacido” o aquellos populares “Arre, arre borriquito”, “Jaleo, jaleo, jaleo”.

No sé si he conseguido mi objetivo. Espero y deseo que aquello que me propuse al comenzar este artículo se haya visto reflejado. Quizá, no haya sido lo suficientemente exhaustivo o, acaso, teórico. Simplemente intentaba dar una pincelada más sobre la cantidad de términos, sacados del mundo animal, que hoy forman parte de nuestro elenco cultural, de nuestro vocabulario de la lengua castellana. Quizá, debiera haber realizado una enumeración más llamativa y provocativa de otros términos hoy más en uso, de ésos términos que el actual Diccionario hoy ha reconocido y ha incluido; mas ésa no era mi intención ni mi propósito, me basta con despertar en el lector la simple curiosidad por adentrarse con mayor profundidad en estas cuestiones. Si lo consigo, me doy por satisfecho.

 

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EL SILENCIO EN EL DIÁLOGO CONTEMPLATIVO DE LA OBRA DE ARTE

Toda obra de arte necesita obligatoriamente un momento de  diálogo, un diálogo que vamos a llamar contemplativo: el diálogo de la contemplación.

Una obra de arte, sea de la condición que sea, no es un mero objeto que está ahí,  un objeto que se me muestra sin más; es, ante todo, un diálogo viviente, ya que, si tiene el rasgo, el carácter de la autenticidad, de una verdadera obra de arte, lo que en sí encierra, es una comunicación interior a todo aquel que ante ella se presenta, se para a contemplarla.

Sensaciones Obra de Nieves Prat

Sensaciones
Obra de Nieves Prat

Así, cuando se poseen elementos artísticos, una riqueza de vida, el hecho lingüístico, la idea imaginada se transforma en una fuerza creadora. Un mundo fluido brota en el interior del artista, mientras el pensamiento se desvive por hallar la imagen precisa, la frase certera, aquello que haga posible la aparición del universo de ideas que bulle dentro del ser. De aquí, la inquietud, el nerviosismo, la zozobra al comprobar la diferencia entre ese mundo interior tan rico de matices y posibilidades y la realidad plasmada. El creador se ve obligado siempre a renunciar a infinitas manifestaciones, a múltiples ideas posibles, ya que al elegir una realidad creada, rechaza muchas otras formas.

Una cosa es encontrar y otra crear formas de lenguaje, o de otra índole, plenas de expresión; por ello, decimos que el arte en general es un  lenguaje cargado de silencio. El arte se convierte en palabra,  palabra que expresa la tremenda riqueza de los seres profundos en una situación de contemplación silenciosa, El silencio requiere profundidad, interioridad, autenticidad, espíritu contemplativo y admiración ante  la obra que se presenta en sentido pleno.

Es verdad, que la obra es comunicación, es apertura, es expresividad; todo esto, conduce al ser humano al más estricto y auténtico silencio contemplativo, a la más honda intimidad. Por el contrario, toda comunicación que sea un dejarse llevar por una infinidad de palabras sin más, si le falta lo importante: una mirada penetrante de silencio; en estas circunstancias, el ser humano queda disperso, desorientado y alienado.

Por consiguiente, toda obra de arte que se precie, sirve para poner a la persona que ante ella se detiene, al simple espectador, en presencia de realidades, realidades que se hacen patentes sólo a quien es capaz de admirarlas en un profundo diálogo contemplativo cargado de silencio.

El lenguaje nos puede perder y también nos puede ganar; nos puede sublimar hasta la total plenitud o hundirnos en la más honda fosa de la banalidad; por eso, si observamos con detenimiento, entenderemos como el diálogo entre dos seres que se aman profundamente, es un diálogo que se hace silencio. No existe ninguna comunicación sino hay un profundo silencio; por tanto, la plenitud total del silencio la encontramos los seres humanos en una comunicación significativa. El silencio, al contrario de lo que piensa mucha gente, gente  por lo general poco seria, no es privación, no es nulidad de la palabra, no es falta de expresividad y lenguaje, no es que no se tenga nada que decir; el silencio, la plenitud del silencio la hallaremos siempre en la comunicación significativa.

El silencio es testimonio de lo pleno y trascendente. El ser humano en actitud de silencio está siempre abierto a todo, a la expectativa, a la captación del mundo creado; pues el silencio es un espacio espiritual en el que la existencia se nos aparece, se nos manifiesta en su plenitud, en su máximo esplendor por encima de toda parcialidad, de todo cuanto nos rodea.. El silencio nos hace estar a la escucha, nos permite poner en tensión el espíritu y llegar al plano profundo de las significaciones.

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EL ALEJAMIENTO DEL LENGUAJE DE SUS FUENTES

          Desde hace ya muchos años existe una fuerte tendencia a simplificar la escritura de ciertas palabras. Tendencia tolerada y, a veces, consentida por las propias autoridades responsables de su custodia y brillantez.

         Desde hace años, nuestros planes de estudios alejaron a los estudiantes del auténtico origen de nuestro lenguaje, suprimiendo de un plumazo los estudios de lengua y literatura griega y latina, lugar de donde proceden la inmensa mayoría de nuestros vocablos.

         Cuando una lengua se distancia de sus fuentes, como está sucediendo con la nuestra, no por una ley de crecimiento, que sería lo normal, sino por una fácil simplificación, que es en consecuencia algo artificioso, la lengua se empobrece, se envejece, dado que no se incorporan voces nuevas, se anquilosa y pierde flexibilidad, que a la postre es el mejor fruto.

         Con las nuevas tecnologías se ha llegado a la conclusión, que toda letra que no tenga una repercusión fonética en el contexto global  debe ser suprimida. Por esto, debe de estar de enhorabuena, todo aquél que haya tenido la suerte intelectual de haber estudiado la lengua y literatura griega y latina,  la relación existente entre ambas y, aunque sea poca la sensibilidad filológica que posea, debe de sentir en lo profundo de su ser el cambio injustificable, el daño irreparable, que supone la supresión de fonemas sin más o la mutilación de algunos vocablos.

         Cada palabra tiene su historia, ya que a lo largo de ésta se ha ido purificando y enriqueciéndose su significado, aquí radica la riqueza espiritual del lenguaje. Pero las palabras tienen cuerpo, tienen estructura dinámica; por eso, si pierden algún fonema, no significan lo mismo, ni su ritmo ni melodía es la misma. Pues las letras están integradas en la constitución de cada palabra. Esto es lo que llamamos pronunciación correcta o pronunciación afectada. Despreciar estos signos lingüísticos es ir contra la dinámica interna del propio lenguaje.   

         Nuestra situación intelectual ganaría en altura si, en lugar de simplificar por exigencias de las nuevas tecnologías, mantuviéramos en toda su complejidad, en toda su riqueza las palabras.

         El ser humano logra su madurez en el diálogo que ese lenguaje consolida y enriquece. Es necesario, pues, mantener integra la complejidad del lenguaje, por ser fuente de vida intelectual, moral y sentimental. Pues todo pueblo, que descubre donde residen las fuentes de su verdadera cultura, no se arriesga a tratar de forma tan superficial una realidad tan profunda y misteriosa como es el lenguaje.

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