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“ SENTIDOS CONSENTIDOS” “De hadas y brujas buenas”

En los albores de un tiempo nuevo a punto de comenzar, de un tiempo distinto, pleno de colorido y de notas musicales, de sensaciones diversas y extraordinarias, un tiempo risueño, alegre, juguetón y alborotador. Iniciado el ocaso de la época pasada, tiempo ya caduco y consumado, agotado y agotador en toda su esencia e instantes, un encantador grupo alegre y jovial de hadas y brujas, ¡no diré hermosas, pues las hadas y las brujas por buenas y adorables que sean siempre son hadas y brujas!, viéndonos desde algún lugar prominente que sólo ellas pueden dominar, atentas sin duda a nuestros coloquios y conversaciones, se acercaron a donde nos encontrábamos sin ser percibidas, reflexivos y sin decidirnos por dónde seguir, sentados al borde de un camino, en medio de una encrucijada, con rostro serio, desaparecida de nuestro semblante  la sonrisa habitual y la gracia propia de nuestra condición, agotados ya de tanto y tanto caminar sin un rumbo fijo y certero, como si estuviéramos algo desorientados.

Fortaleza Monterreal

Comprendiendo nuestro estado, como si hubieran penetrado en nuestro interior y adivinaran nuestras preocupaciones e indecisiones, ¡para eso son hadas y brujas buenas!, sin necesidad de interrogarnos por nuestros problemas y sin llegar a entablar un pequeño diálogo, percibiéndonos en este estado de ánimo, llevadas por el enorme cariño que sentían por nosotros, sin mediar expresión alguna o simbología, con un pequeño gesto, un gesto inapreciable de su graciosa nariz y con su brillante varita mágica que acababa de aparecer en su mano, una de estas hadas, sin duda la principal, nos trasladó como por encanto, ¡por algo son hadas!, a un lugar maravilloso, lleno de frescura natural, con paisajes nunca vistos por nuestros ojos, con sensaciones nuevas y extrañas jamás sentidas, a un lugar donde el aroma y la brisa nos cambió de inmediato el semblante, rejuveneció nuestro espíritu y nos produjo una apacible paz interior que hacía ya tiempo no sentíamos, similar a otros momentos maravillosos, tiempos pasados y compartidos con nuestros seres queridos, ¡cosas sin duda de brujas y de seres mágicos!

Aquel lugar y aquel mundo eran reales, aunque nos pareciera imaginario, no era algo fantasmagórico ni ensoñaciones propias de nuestra mente, se trataba de un espacio mágico, ¡propio del mundo de las hadas y las brujas!, pensábamos nosotros. Un paraje idílico e ideal para levantar los espíritus mas hundidos, retornar la sonrisa a los rostros más desangelados, alegrar los ánimos y las almas más desesperanzadas, ¡tan mágico era todo!, como habíamos visto de niños en aquellos cuentos de hadas.

Me gustaría, llegado a este punto, si me es posible, si tengo esa capacidad necesaria para poder describirlo, si poseo esa riqueza de expresión, ese ambicioso y rico vocabulario que la ocasión requiere, explicar con bellas y hermosas palabras el encanto, la belleza, y la naturalidad de aquel maravilloso lugar, donde aquella hada, ¡para eso era la jefa de las hadas!, nos llevó, nos animó a realizar y a compartir con todos vosotros.

Estoy hablando de una pequeña península elevada sobre el entorno, según nos comentaron los guardianes de aquella formidable y bien defendida fortaleza, rodeada por una extraordinaria y vistosa muralla de piedra coronada toda ella de almenas, de torres de defensa, lugares impresionantes plenos de poder y robustez en otro tiempo.

Lo más maravilloso, lo más tranquilizador, lo más apacible era que te situaras donde te situaras, te aproximaras o te acercaras a una u otra parte de la misma, la vista se perdía ante lo espectacular, el infinito aparecía ante ti, la naturaleza viva digna de admiración y contemplación se te ofrecía a la vista, a la percepción de los sentidos sin tú buscarlo, sin que te hicieras el encontradizo con ella, ¡simplemente se mostraba porque estaba ahí!

El mar azulado con su característico rugido, el golpear constante de las olas batiendo su espuma sobre el acantilado al pie de la muralla, como si de un entorchado blanco se tratara, como si estallara bajo nuestros pies.

Las pequeñas Islas dibujadas ante nuestros ojos por la mano de un afamado pintor con la facultad o habilidad de cambiar de tonalidad incluso de forma, según que fuera alumbrada por el sol naciente o el poniente o fueran contempladas en una posición u otra. ¡Islas embrujadas, Islas Atlánticas!

La naturaleza eternamente verde, con mil tonalidades de verdes perceptibles por los sentidos, ávidos de contemplar y admirar, sentidos que nunca se saciaban.

Manjares apetitosos, lleno de tonalidades y aromas, plenos de sabores y sensaciones capaces de experimentar y gustar. Ahora comprendo aquel lema que se podía leer en una de las cartas del menú: “La distinción es un plato difícil de maridar. A veces se guarda en el tacto de un ambiente elegante y cuidado. A veces se mezcla con el ajetreo de las ciudades. Hay quien lo encuentra en el reposo y el cuidado mientras otros lo devoran con el afán de un estudioso. Receta complicada la de lo exquisito”.

Si recorres el paseo del Monte Boi, puedes encontrarte con una cascada de colores, con una explosión de tonalidades que se suceden una detrás de otra, con multitud de bien orquestados rayos de luz que afectan a los sentidos y que concluyen en una magnífica traca de fuegos naturales, que te obligan a cerrar los ojos y a percibir en tu interior el fuego intenso en que se convierte el aire, el cielo y el Océano fruto de la despedida del rey y señor de la luz.

Casi enfrente, en una ladera posterior, se encuentra un promontorio, mitad acantilado mitad muralla, un montículo de rocas que forman grutas y cavidades, espacios huecos dentro de la fortaleza del cuerpo de la roca, donde se sitúan diversas imágenes de vírgenes marineras, floreciendo a sus pies las hermosas y vistosas hortensias en corimbos terminales, con corolas rosas o azuladas en su esplendor, fruto sin duda de la devoción  y protección frente a las brutales embestidas de un Océano alocado e impetuoso, que arrasa con cuanto encuentra y lanza frenéticamente sobre las rocas las pequeñas embarcaciones de los mariscadores. La religiosidad de las fuerzas internas en sus manifestaciones diversas, en su intimidad sentida y mostrada en sus formas interiores y exteriores, simples y sencillas.

La fortaleza se llama de Monterreal. Su muralla data del siglo X. La altivez de sus torres: del Reloj, de la Tenaza y del Príncipe indican el poderío y la fuerza de los orgullosos señores que la poseyeron y la hicieron grande.  Allí, en lo alto, con unas vistas impresionantes de la bahía de Baiona, se encuentra una fantástica casa gallega tradicional con amplios jardines para deleite de los presentes, ¡de nosotros por gracia y voluntad de las hadas!

Éste es el parador: mitad fortaleza y mitad pazo.  Mirador extraordinario sobre el Océano desde todos sus rincones, desde lo alto de las almenas que lo rodean con las Islas Cíes delante de tus ojos. Éste fue el lugar elegido por las hadas. Éste donde nos trasladó con aquel imperceptible gesto de su nariz y su pequeña y brillante varita mágica. Éste el tremendo regalo, los deliciosos momentos allí vividos con la visión de aquel paradisíaco lugar.

Gracias hada de nombre desconocido. Gracias por tu gesto. Gracias por todo lo percibido por los sentidos, que yo ahora me siento incapaz de expresar con palabras. Gracias por los “sentidos consentidos”. Gracias.

¡Qué suerte tuvimos aquel día de encontrarnos con aquel grupo de hadas y brujas buenas!

 

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LAS MANIFESTACIONES LITERARIAS Y EL CAMINO DE SANTIAGO

Desde que el ser humano, como hemos venido señalando en artículos anteriores, empezó a plasmar por escrito sus sentimientos, sus emociones y vivencias, sus experiencias viajeras; desde ese momento, todo, absolutamente todo, constituye una fuente importantísima de inspiración, como nos vienen demostrando, día a día, las investigaciones y estudios.

Así, aprovechando que estamos en la celebración de la fiesta del Apóstol Santiago, queremos hacer un breve recorrido por la literatura en relación con el Camino de Santiago.

Tras el hallazgo de los restos del Apóstol en el S. IX, y la difusión de dicha noticia por el mundo cristiano, se produce un movimiento socio-cultural que no deja indiferente a nadie, comenzando una gran afluencia de peregrinos que alcanza su momento más álgido en los S. XIII y XIV.

Este acontecimiento, ha dado lugar a la aparición de todo tipo de obras literarias: ya de boca en boca, como en forma escrita, siguiendo los diversos caminos que llevan a Santiago de Compostela, que no nos puede dejar indiferentes: trovadores y juglares, autores cuyos nombres nos son conocidos dejan constancia de ello, ya en poemas épicos, líricos o narrativos como el más reciente de Concha López Narváez “Endrina y el secreto del peregrino”. Novela llena de emoción e intriga, ambientada en el S. XII.

De esta manera, el Camino de Santiago resultó ser un excelente propagador de ideas, sentimientos y vivencias en la E. Media principalmente. Canalizó una forma peculiar de entender el cristianismo. Contribuyó a extender el arte románico por todos los rincones de Europa. Fijó un sistema político-social en la sociedad de la época: el régimen feudal. Pero, sobre todo, difundió un gran interés por la poesía y la lírica provenzal, que pronto fue asimilado por la lírica gallega y castellana. Sin duda, las primeras manifestaciones se las debemos a trovadores y juglares que acompañaban a los reyes o señores que hacían el Camino.

En poco tiempo, el Camino de Santiago se llena de monasterios, hospederías y hospitales con lo que la cultura pasará a estar en manos de la Iglesia. Así, los monjes cantaban, recitaban o narraban las leyendas y milagros del Camino.

El llamado “Mester de Clerecía”, Gonzalo de Berceo en particular, desde el Monasterio de San Millán de la Cogolla, se convierte en el máximo exponente de este buen hacer con su famosa estrofa la “Cuaderna Vía”.

Un autor de este mismo Mester y, también, en Cuaderna Vía, El Arcipreste de Hita, en su “Libro de buen amor”, “os habla uno que es de Alcalá…”, nos describe en unas hermosas estrofas en Cuaderna Vía entre la 1205 y la 1209 como se vistió Don Carnal para el peregrinaje:

 

“El viernes de indulgencias, vistió nueva esclavina,

Grande sombrero redondo, con mucha concha marina,

Bordón lleno de imágenes, en él la palma fina,

Esportilla e cuentas para rezar aína.

Los zapatos redondos e bien sobresolados,

Echó un grand dobler sobre los sus costados,

Gallofas e bodigas lieva y condesados:

D’ estas cosas romeros andan aparejados.

Desuyo del sobaco va la mejor alfaja:

Calabaza bermeja más que pico de graja,

Bien cabe su azumbre e más una meaja:

Non andan los romeros sin aquesta sofraja.

Estaba demudada d’esta guisa que vedes;

El sábado por noche, saltó por las paredes,

Diz: “vos que me guardades, creo que no m’ tomades,

Ca a todo pardal viejo no l’ toman en todas redes”.

Salió mucho aína de todas aquestas calles,

Diz: “Tú, Carnal soberbio, meto que non me falles”.

Luego aquesa noche, llegó a Roncesvalles.

¡Vaya, e Dios le guíe por montes e por valles!”

 

Gonzalo de Berceo en sus diversas obras: El libro de Alexandre, Vida de San Millán de la Cogolla y, de manera especial, Los milagros de Nuestra Señora recoge diversos milagros y leyendas de peregrinos en su Camino a Santiago de Compostela. Milagros que, a su vez, cantaba el rey Alfonso X el Sabio.

Alfonso X el Sabio se convierte así en el principal poeta lírico del Camino de Santiago en sus “Cantigas” escritas en galaico- portugués, considerándose su obra más personal y un repertorio de extraordinaria riqueza con melodías originales. Sin duda las dos Cantigas más importantes en cuanto al tema se refiere son: la Cantiga 127 “El peregrino ahorcado” y la Cantiga 26 “el Milagro del romero de Santiago”, ambas fueron recogidas por otros autores como Gonzalo de Berceo y la leyenda de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada sobre gallos y gallinas dan cuenta de ello.

No quiero dejar de concluir este pequeño homenaje literario al Apóstol y su camino sin hacer una pequeña mención al Romancero, una de nuestras mayores aportaciones a la literatura universal, quien tampoco fue ajeno a este fenómeno. Me estoy refiriendo al romance de “Don Gaiferos de Mormaltán”. Los estudiosos llegan a afirmar que este romance es el único auténticamente inspirado en la peregrinación a Santiago de Compostela:

 

“¿Adónde va aquel romero, mi romero adónde irá?

Camino de Compostela, no sé si allí llegará.

Los pies cubiertos de sangre, ya no puede más andar.

Pobrecito, pobre viejo no sé si allí llegará.

De largas y blancas barbas, ojos de dulce mirar,

Ojos tristes, leonado, verdes como agua del mar.

¿Adónde vas peregrino, adonde quieres llegar?

Camino de Compostela, donde yo tengo mi hogar.

Compostela, esa es mi tierra, la dejé siete años ha,

Reluciente en siete soles, brillante como un altar.

Ven mi romero conmigo, juntos hemos de marchar,

Yo a la virgen canto trovas, la virgen de Bonaval.

Yo me llamo Don Gaiferos de Mormaltán.

Gracias mi señor Santiago, a tus pies me tienes ya,

Si quieres tomar mi vida, ya me la puedes quitar,

Que yo moriré contento en tu santa Catedral.

El viejo de barbas blancas cayó mirando al altar,

Cerró los sus ojos verdes, verdes como agua de mar.

El obispo que esto oyó, allí lo mandó enterrar.

Y así murió, mis señores, Gaiferos de Mormaltán.

Este es uno de los Milagros que Santiago sabe obrar”.

 

Hasta aquí este pequeño homenaje a Santiago de Compostela y su Camino. Un homenaje literario corto pero significativo del impacto que la noticia y el Camino tuvieron entre el mundo de las letras. El tiempo y el espacio no dan para más. ¡Feliz Camino a cuantos os encontráis transitando por los diversos y polvorientos andares!

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TRAS LAS HUELLAS DE MELPÓMENE

Soy consciente de que nos encontramos en la mitad del mes de mayo. Mes hermoso para la creatividad, la música y la danza, la belleza, el florecimiento de la naturaleza, la vivacidad, el colorido y el ritmo de todos los seres, de todas las plantas, de todo cuanto tiene vida o la recibe en ese instante.  Mayo es el mes de las musas.

Seguro estoy de que en esta época el gran Cervantes, el “Divino” Figueroa y otros muchos más recrearon sus creaciones, se entregaron con frenesí a la pluma, esculpieron las más bellas palabras y frases, ideas e imágenes, sus mentes hacían brotar, cual tierra la más fértil, bien regada y bañada por el sol de la creación, montones de figuras, de pensamientos, de ilusiones que luego fueron plasmadas para las futuras generaciones en recuerdo de sus hacedores.

Obra de Nieves Prat

El lenguaje surgía en cada sílaba. La palabra se hacía fluida encadenándose una a otra, unas a otras, hasta formar la magia del lenguaje escrito, la rigurosidad de la oración en la frase bien construida, espléndidamente elaborada y formada, el pensamiento maravillosamente manifestado hasta alcanzar la hermosura del lenguaje hablado.

Yo, por el contrario, me encuentro en un profundo desierto, en un seco y terregoso campo, árido y lleno de terrones, sin un brote que admirar, sin una idea, sin un algo que pergeñar, sin habilidad o pericia para sacar adelante una expresión productiva y con sentido, con significado.

Mi pluma se queda inmóvil entre mis dedos. Mi mente se siente incapaz de enviar una orden por vaga y desordenada que sea. Mis dedos permanecen inertes sobre el teclado, estériles, inexpresivos, como agarrotados, sin energía.

Es en este preciso momento, en el que viene a mi pensamiento aquella frase del famoso Feliciano Silva, que Cervantes hace suya en el primer capítulo de la Primera parte de Don Quijote: ”La razón de la sin razón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura…”, aunque la cita no es literal, pero sí representativa, viniéndome a la mente como la mejor manera de describir mi situación y la tierra yerma de donde nada brota y nada produce, haciendo mía aquella forma estrófica llamada “Ovillejo” que, sin duda, inventó Cervantes y puso en el capítulo XXVII de la Primera parte de Don Quijote:

 

¿Quién menoscaba mis bienes?

Desdenes

¿Y quién aumenta mis duelos?

Los celos

¿Y quién prueba mi paciencia?

Ausencia

De es modo, en mi dolencia

Ningún remedio se alcanza,

Pues me matan la esperanza

Desdenes, celos y ausencia…

 

Por más que estrujo mi mente, ideó pensamientos y mensajes, mi cabeza está a punto de estallar en mil pedazos, pero la pluma no se mueve, el teclado no es capaz de marcar una sola letra, una frase. ¿En qué lugar se pierde el hilo conductor de la mente a la pantalla? ¿Dónde queda esa creatividad de la que en otros momentos hice gala? ¿Qué neurona, qué conexión entre las mismas se ha despistado, se ha quedado dormida o ha desaparecido? ¿Quién es el encantador que me ha robado y me ha hechizado con su embrujo? ¿Cómo puedo salir de este atolladero, recuperar el olfato perdido, hallar la razón de mi existencia, encontrar el eslabón en una noche de invierno?

Ante tanto interrogante, ante tanta respuesta en blanco, vuelvo a los clásicos. Me inspiro en ellos. Me planto en la mitad del mes de mayo. Busco su frescura, su savia, su revivir. Abrazo la verde naturaleza. Respiro su aroma, su perfume, su viveza y su color. Me detengo con calma en lo que me brindan los sentidos. Inspiro con profundidad observando las entrañas de las cosas. Revivo y rememoro los colores, la musicalidad, la vida misma sin hallar un mensaje alentador, un atisbo de luminosidad, una lámpara, por minúscula que sea, que alumbre un punto en medio de la niebla, de la noche, de la esterilidad en la que me veo envuelto.

De nuevo, me vienen a la mente, justo ante esta situación y en este preciso instante, aquellas expresiones de Cervantes: “…La pluma es la lengua del alma…” o aquélla: “…la abundancia empobrece el espíritu…” o ésta, a fin de intentar animarme: “…porque la experiencia me mostraba que la música compone los ánimos descompuestos, y alivia los trabajos que nacen del espíritu…”

A modo de conclusión, quiero dar fin a este escrito con aquélla frase llena de sabiduría y, probablemente, la más adecuada: “…si te caes no esperes otra ayuda para levantarte que la que puedas recibir de la mano que está al final de tu brazo…”

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LA PERFECCIÓN EN EL ARTE. EL LENGUAJE BIEN UTILIZADO

A propósito de los dos trabajos anteriores sobre: “El origen del lenguaje” y “La magia de la escritura” me apetecía mucho volver a escribir algo, dada la deuda que tenemos con él y porque no nos hemos molestado mucho en rendirle un merecido homenaje; me refiero a uno de los hijos ilustres de nuestra ciudad, uno más de esos personajes que mejor utilizó nuestra lengua para mayor gloria de nuestras letras alcalaínas, orgullo de cuantos en esta ciudad vivimos y nos consideramos herederos de las mismas; me estoy refiriendo: a aquel personaje que fue capaz de arrojar sus escritos al fuego por no considerarlos dignos, por no creerlos merecedores de la belleza y perfección que se merecían según su entender. Estoy hablando del alcalaíno Francisco de Figueroa, no lo confundamos con Lope de Figueroa maestre de los tercios españoles; estoy hablando de el llamado por sus contemporáneos y conocido después en la historia gracias a lo maravilloso de sus sonetos “El Divino”.

Obra de Nieves Prat

¿Quién era “El divino” por nombre Francisco de Figueroa? Un hijo de la ciudad de Alcalá de Henares, un hombre amante de su ciudad, en la que pasó mucho tiempo y a la que regresó después para morir, para hacerse tierra con la tierra que lo vio nacer y agua con las aguas del río Henares que la riega y al que cantó bellamente. Del ilustre linaje de los Figueroa, nacido sobre el 1536, aunque no todos los biógrafos se ponen de acuerdo en la fecha de su nacimiento, ni en la de su muerte.

El mismo don Esteban Azaña, en su Historia de Alcalá, es el primero en homenajearle y en reclamar un lugar más digno para este ilustre alcalaíno cuando dice: faltaríamos a un sagrado deber sino consignamos en estas páginas, en el capítulo en el que se da cuenta de la existencia del inmortal Cervantes, a otro hombre, hijo de la afortunada Compluto, que brilló cual esplendente aurora en el florido campo de la poesía. Compañero y amigo de Cervantes, hijo del mismo pueblo…” ¡Y hoy tan olvidado! Podríamos añadir nosotros.

Figueroa desde muy joven partió a Italia, donde recorrió varias ciudades, estudió la lengua del país y compuso varios poemas en dicha lengua, dejando buenas muestras de su buen hacer y ejemplos de bellos y perfectos escritos, demostrando la asimilación de su poesía como se ve en la Elegía I. Allí, fue soldado y cortesano, desempeñando, luego más tarde tareas diplomáticas por los Países Bajos con el conde de Terranova.

De vuelta a España se instala definitivamente en su amada ciudad de Alcalá de Henares, donde se dedica al estudio y perfeccionamiento de la lengua castellana entre los grandes maestros de la Universidad como Ambrosio de Morales, buena muestra de ello es la Epístola dedicada a éste “Sobre como hablar y pronunciar el castellano”-

Esta preocupación por el perfeccionamiento de la lengua, el grado que él mismo se exigía tan grande, que no quedando satisfecho con sus escritos, poco antes de morir, condenó al fuego toda su obra juvenil; ciertamente, parte de ella logró salvarse de las llamas gracias a su amigo Antonio de Toledo, señor de Pozuelo, que luego serían recogidas y editadas en Lisboa por Luis de Tribaldos; otros, al parecer, no vieron la luz hasta mucho más tarde, cuando el erudito Menéndez Pidal los arrancó del olvido en el que se encontraban.

¿Qué podemos decir de su estilo y perfección? Esteban Azaña dice “ que su poesía fue inimitable, mereciendo el calificativo de “El Divino”, que llegó a ser el modelo de la poesía en toda Europa y después de Petrarca, sólo él mereció el laurel de poeta sobre todos los que han cultivado el divino arte”.

Ciertamente, dicen los estudiosos, los que han profundizado en su obra, que la poesía de “El Divino” Figueroa es personal e independiente, de una cuidada elaboración, que sus raíces sólo se encuentran en Petrarca y Garcilaso, que el propio Cervantes lo admiró y nos mostró los dos seudónimos poéticos del poeta y su amada: “Tirsis y Filis”. Escribió Elegías y Glosas, Églogas y Canciones, pero donde más muestra la perfección de su poesía es en sus Sonetos.

Arsenio Lope, en su libro “Otras historias de Alcalá” habla de “El Divino”, de la belleza e importancia de sus composiciones poéticas diciendo: “que Cervantes, que al parecer tuvo una buena amistad con su paisano, le compara con el mismísimo Garcilaso de la Vega, que Lope de Vega le canta con los siguientes versos:

“….que en tanto que tu Henares

Llevare al Tajo sus cristales puros,

Consagrarán altares

A tu memoria de Alcalá los muros

Y como otro Perseo,

Serás de Atlante escudo Meduseo”

Que Francisco de Quevedo lo iguala a Herrera y lo califica con el nombre de “El Divino”.

Y concluya Arsenio Lope: “…a pesar de todo, El Divino Figueroa se encuentra en el olvido, esperando una mano que le ayude a salir del ostracismo cruel al que parece destinado”. Y añado yo: ahora que hemos celebrado el Centenario de Cervantes y el de Cisneros, no estaría nada mal un homenaje a este ilustre poeta alcalaíno, que fuéramos la mano de la que habla Arsenio, a fin de que no permanezca más tiempo en el olvido y se hagan realidad aquellos versos de Lope de Vega:

Consagraran altares

A tu memoria de Alcalá los muros…

No creo que Lope de Vega se refiera a estar colgado su nombre en una esquina de una calle que lleve su nombre. Algo más se merece El Divino Figueroa por parte de su ciudad a la que cantó y amó en sus poemas.

Si hemos hablado de magia de la escritura y lenguaje anteriormente, El Divino Figueroa es un claro ejemplo de ello, un poeta a estudiar para admirar el perfeccionamiento del mismo y el valor de lo por él escrito.

A quien corresponda: hagamos algo para dar a conocer y poner como ejemplo a nuestros jóvenes a este excelente poeta y a este notable hijo de nuestra ciudad.

Para concluir, trascribo una composición de Figueroa tomada de D. Esteban Azaña.

Cuitada navecilla,

Por mil partes hendida,

Y por otras mil veces rota y cascada,

Tirada ya a la orilla,

Como cosa perdida

Y aún de tus mismos dueños olvidada.

Por inútil dejada

En la seca ribera

Fuera del agua, y de las olas fuera;

¡Has de volver ahora!

Desamparada y sola

A recibir el mar de nuevo afrenta,

Y a guardar cada hora

Tras una y otra ola,

Una y otra cruel fiera tormenta!

Tendrás de nuevo cuenta

Si se enmarañará el cielo,

Si nace o muere el sol claro o con velo!

 

Hoy, me uno a la voz de Esteban Azaña, a la llamada de atención de Arsenio Lope Huerta y con ellos, todos unidos, exigimos un lugar más importante para otro de los hijos ilustres de nuestra ciudad, otro personaje cuyo nombre debería estar siempre presente en nuestras mentes y en la historia de Alcalá de Henares con letras grandes.

 

 

 

 

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VIAJE A LA CULTURA GRIEGA

Hace unos días cayó en mis manos un libro de Antonio Penadés, autor entusiasta de la historia griega, de sus personajes, de los acontecimientos y lugares en los que se fueron desarrollando aquellos primeros pasos del origen de nuestra cultura occidental, entusiasta admirador y fiel lector del historiador Heródoto, descubriéndonos en su discurrir los paisaje, los pueblos y las ciudades en las que aquellos lugares se han transformado en la actualidad. El libro al que me refiero lleva por título “Las huellas de Heródoto”.

Obra de Nieves Prat

Todos hemos oído hablar alguna vez de Heródoto en nuestros años de aprendizaje. Todos sabemos que es conocido como el primer historiador, el padre de la historia, el hombre que nos muestra en sus nueve libros de Historia su peregrinaje por aquellos lugares de Asia Menor, de Europa y de las múltiples islas de nuestro entorno, los datos concretos de aquellos hechos históricos, las célebres batallas que allí se realizaron, las gestas heroicas, sus protagonistas, la repercusión de aquellos acontecimientos, las hazañas  grandiosas y emotivas que hoy son mito y leyenda no exentas de una gran realidad.

El libro de Penadés es una crónica de un viaje por tierras de Asia Menor, un viaje ilusionante, vivido con pasión por un gran enamorado de Heródoto y de la historia, un viaje que me hizo reencontrarme con entusiasmo con el pasado, retrotraerme a otro tiempo, que me llevó a rememorar aquellos momentos de estudiante y aquella afición, aún hoy no olvidada, por la lengua griega, por los hechos históricos de aquellos hombres que allá se produjeron y que viví con enorme entusiasmo y pasión, por los ideales sociales, que entonces aprendí, las formas de convivencia que pusieron en práctica y que hoy imitamos, sin obviar los ideales culturales y artísticas, el origen del pensamiento occidental, las ideas filosóficas, su amor por la sabiduría que tan bien inculcaron y expusieron, a pesar de que hoy en nuestros días estén tan denostadas y tan abandonadas por nuestras autoridades, por nuestras gentes, casi, podríamos decir, olvidadas.

El autor comienza su crónica en Halicarnaso, no podía ser de otra manera dado que ésta era la patria del historiador Heródoto, aunque ciertamente ya no existe en la actualidad, a pesar de que éste nos la sitúa allí y la describe en sus libros de Historia; a partir de aquí, nos va presentando cada uno de los diversos lugares por los que Heródoto pasó en su largo peregrinaje, los acontecimientos sociales, artísticos, culturales y hazañas bélicas acaecidas en los mismos, sin olvidar a los personajes que allí nacieron, vivieron y actuaron junto con sus aportaciones a la historia universal, a los pueblos que luego les sucedieron, de aquí el encuentro con políticos como Perícles, grandes guerreros como el persa Jerjes o el gran Alejandro Magno, la aparición de las Polis, el encuentro con los dioses, la Mitología, y, de manera especial, los extraordinarios pensadores desde Tales de Mileto, pasando por el gran Pitágoras hasta llegar a los Sócrates, Platón o Aristóteles, y por supuesto los magníficos escultores como Fídias, Mirón o el revolucionario Praxíteles.

Creo que aquí merece una mención especial la escritura, base de la expresión cultural, de la comunicación, del pensamiento, de la transmisión del saber, de la que hicieron gran gala los griegos, y, más en concreto, Heródoto.

Los fenicios, allá por el siglo VIII antes de Cristo, sus mercaderes y comerciantes fueron los encargados de enriquecer la cultura griega al dotarla de un instrumento tan esencial e importante como fue la escritura alfabética. Fenicia fue, según todos los historiadores y el propio Heródoto así lo confirma, el lugar desde el que la escritura alfabética se expandió por todo el Mediterráneo.

Al parecer, el alfabeto fenicio procedía del Arameo, se trataba de un alfabeto formado por veintidós signos consonánticos, luego los propios griegos añadieron los signos vocálicos.

La escritura fue un hallazgo y un avance importantísimo para la humanidad, supone fijar las ideas, ejercer un gran dominio sobre ellas; así, se van perfeccionando, conjugando y dando lugar a planteamientos más y más elaborados, al proceso del conocimiento hasta llegar a la creación artística, a la literatura: la poesía, el teatro, la novela, el saber filosófico; hasta el punto que las normas de convivencia, las ideas y pensamientos que ellos plasmaron siguen hoy en nuestros días teniendo vigencia.

La armonía que ellos alcanzaron en todas sus manifestaciones, no es sólo un principio de estética en su imaginación creativa, escultórica o arquitectónica, sino que se convierte en un requisito básico para la estabilidad, la felicidad del individuo. Es la situación ideal en la que existe una correcta relación entre las partes y el todo, implica una adecuada proporción en la medida que afectan a todas las actividades humanas: las políticas, las sociales, las artísticas, las literarias, las filosóficas, las mitológicas, hasta las relaciones entre los dioses y los hombres.

Ya en la Mitología griega, “Harmonía”, era la hija de la diosa Afrodita y el dios Ares, representaba el ajuste perfecto, la estabilidad ideal entre la diosa del amor y el violento dios de la guerra. De aquí, el esfuerzo de estos seres por conseguir la armonía como la manifestación más sublime de comunicación y convivencia, a pesar de las múltiples guerras y los conflictos bélicos en los que se vieron envueltos.

Con este último pensamiento damos por concluido este encuentro con el pasado, ya continuaremos en sucesivos  escritos y reflexiones.

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NO ES POETA QUIEN NO SABE FINGIR

En la parte de su libro de Historia dedicado a Egipto, el Segundo de los nueve que configuran su historia, nos cuenta Heródoto la causa que llevó a los griegos a destruir Troya, narrada por los propios sacerdotes del templo de Venus la Huéspeda, templo ubicado en la ciudad de Menfis, siendo rey Proteo.

Así dice se la contaron a él respecto a Helena, hija de Tíndaro, asegurándole que ésta estuvo todo este tiempo en el palacio del rey Proteo y no en Ilión como nos cuenta Homero.

Obra de Nieves Prat

Veamos como nos lo narra Heródoto: “…al volver Alejandro a su patria en compañía de Helena, a la que había raptado en Esparta, unos vientos contrarios lo arrojaron desde el mar Egeo al Egipto, en cuyas costas, no mitigándose la tempestad, se vio obligado a tomar tierra y a partir hacia los Tariqueos, situados en la boca del Nilo. Había en aquella playa un templo dedicado a Hércules, lugar de asilo para cualquier esclavo que se refugiara en él. Informados los esclavos de este privilegio, se acogieron a aquel sagrado templo con el ánimo de dañar a su señor, acusándole del rapto de Helena y el atentado contra Menelao.

Enterado el rey Proteo de que había llegado a sus tierras un extranjero, príncipe de la familia real de Teucro, que había cometido en Grecia una impía y temeraria violencia, habiendo seducido furtivamente  a la esposa de su mismo huésped, trayendo con él numerosos tesoros, respondió de esta manera:

“…sea quien sea, que tal maldad contra su mismo huésped ha cometido, prendedlo y traedlo a mi presencia”.

Proteo preguntó a Alejandro quién era, de dónde venía; el interrogado declaró su nombre, el de su familia y su patria. Proteo le interrogó quién era Helena, y aquí es donde intervinieron los esclavos, quienes cuentan la fechoría llevada a cabo por Alejandro.

Proteo, haciendo caso de las declaraciones de los esclavos, lo declara como el hombre más vil y malvado, pues regalado como huésped, se convirtió en adúltero de la esposa de su amigo, violando su tálamo y huyendo con ella y con sus tesoros.

Entonces Proteo se queda como depositario de Helena y los tesoros hasta que él, informado, quiera recobrarlos, expulsando de sus tierras a Alejandro”.

Así dice Heródoto que se lo contaron los sacerdotes del templo de Venus la Huéspeda: “la llegada de Helena a la corte de Proteo”.

Heródoto confiesa que Homero estaba enterado de esta historia, pero que esta narración no era tan grandiosa, tan dramática y tan emotiva para la belleza y majestad de su epopeya como la fábula que le sirvió, aunque reconoce que bien que la conocía.

Sin embargo, el poeta Homero, nos presenta a Alejandro en la Iliada perdido el rumbo y llevando a Helena de un país a otro.

De esto da cuenta Homero en la Aristía de Diomedes con los siguientes versos: “…había allí mantos bordados, dignos de maravilla, obra mujeril de sidonia mano, los que con su noble Helena trajo de Sidón por el ancho Ponto Páris el de rostro divino”.

Y el propio Menelao hablando con Telémaco profiere estos versos que hacen referencia a lo expresado por Heródoto: “…allá en Egipto, con ansia grande de mi vuelta, me detenían Dios y mi mezquina Hecatombe”.

Estos y otros versos indican claramente que Homero da a entender que conocía bien las navegaciones de Alejandro y su arribada a Egipto con todo lo narrado.

Sin embargo, Homero hace llegar a Alejandro con Helena desde Esparta a Ilión. Pero dejemos que sea el mismo Homero quien nos lo cuente, “pues no es poeta quien no sabe fingir”.

Preguntado, entonces, los sacerdotes por Heródoto, sobre si era fábula lo que cuentan los griegos sobre la guerra de Troya, contestaron con la siguiente narración salida de la boca de Menelao:

“…una poderosa armada griega había pasado a la Teucrida para auxiliar a Menelao. Los griegos enviaron a Ilión sus embajadores, comandados por Menelao, quienes pidieron que les fuera devuelto Helena y los tesoros raptados por Alejandro. Los troyanos respondieron siempre que no tenían en su ciudad a Helena ni los tesoros mencionados, que aquélla y éstos se hallaban detenidos en Egipto. Los griegos tomando esta respuesta como un engaño, asaltaron la ciudad a la fuerza, no apareciendo ni los tesoros ni Helena; entonces comprendieron que los troyanos decían la verdad y enviaron a Menelao ante el rey Proteo.

Menelao, llegado a la corte del rey Proteo, hace una narración sincera de lo sucedido y le restituyen a Helena y sus tesoros”.

Así, Heródoto, confiesa que da crédito a lo dicho por los sacerdotes, que Helena no estuvo nunca en Troya, que Príamo no era un necio ni sus hijos tan insensatos que pusieran en riesgo la vida de los troyanos sólo para que Páris gozara de Helena, ni Héctor, el gran héroe, permitiría a su hermano menor tal felonía, que acarreara la ruina de Troya.

Así juzgo, dice Heródoto, este suceso.

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LA GREGUERÍA

Ya desde mi etapa estudiantil fui un enamorado de las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, las leía, las releía y las volvía a leer con pasión e intriga intentando averiguar aquellos juegos de palabras, aquellas ingeniosidades, imitándolas, e incluso, atreviéndome a escribir mis propias greguerías, que luego desparecían entre los papeles de una vieja papelera.

Obra de Nieves Prat

Hoy, por casualidad o porque una voz interior me llamaba, siempre en nuestras vidas hay una voz misteriosa que nos indica el camino, revisé mis estanterías, recorrí el título de cada una de las obras almacenadas una a una por muy bien que estuvieran clasificadas y allí estaba, la cogí de nuevo con manos firmes, como si fuera la primera vez que me encontrara con ella, a pesar de las anotaciones y los subrayados existentes, con ojos avizores, anhelantes de encontrar el pasado y revivir el presente, con la ilusión de descubrir si hoy con la experiencia de la vida a la espalda era capaz de recrearme de forma definitiva con ella o de encontrar entre sus páginas algún recuerdo de otros tiempos.

“La greguería es el atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a capturar lo pasajero, a acertar o no acertar lo que puede no estar en nadie o puede estar en todos”, con estas palabras la define el propio autor en el Prólogo a su obra de 1917.

Para que nos entendamos todos: se trata de textos breves en prosa en los que se establecen unos insólitos vínculos de semejanza entre los seres y las cosas más dispares con un particular sentido del humor. Los poetas, especialmente los de la Generación del 27, igualmente la utilizaron y las encontramos con frecuencia entre sus versos.

La literatura las ha definido tradicionalmente como el género original de Ramón Gómez de la Serna que se sitúa en una posición intermedia entre el aforismo y la metáfora. Sus principales ingredientes –continúa la definición– son la comparación, la metáfora, la paradoja, la antítesis y la hipérbole. Tiene un precedente en “las humoradas” y en las breves composiciones periodísticas encabezadas bajo el epígrafe de “ráfagas”, “al vuelo”, “alfilerazos” o “volanderas”.

El propio Gómez de la Serna a propósito de esto, en su Prólogo, la definió: “humorismo más metáfora igual a greguería”, pero recalcando el lado imprevisible e inconsciente de su hallazgo: “son sólo fatales exclamaciones de las cosas y del alma al tropezar entre sí por pura casualidad”.

El diccionario de la Real Academia añade a esto: “agudeza, imagen en prosa que presenta una visión personal, sorprendente y a veces humorística de algún aspecto de la realidad”.

Numerosos críticos han estudiado la greguería tratando de definir sus rasgos esenciales, su sentido profundo y misterioso, el secreto de su peculiaridad como forma de comunicación artística que no coinciden con otras formas breves como el aforismo o la máxima, aunque algunos si han ido por este camino un tanto equivocadamente.

El poeta Salinas en su estudio “Esbozo de Ramón”, afirma que “la greguería debe ser como una breve relación súbita que en virtud de un desusado modo de relacionar ideas o cosas nos alumbra una visión nueva de algo”, añadiendo un poco más adelante, “… es, por tanto, una fuente de conocimiento de la realidad que coincide con la poesía en la actitud y punto de vista desde el que la greguería contempla esa realidad, también en el empleo de recursos como la metáfora, la metonimia, la prosopopeya o los juegos de palabras”.

Por otro lado, César Nicolás en sus estudios “Ramón y la greguería: morfología de un género nuevo”, parte del hecho de que la greguería se basa en los principios de la semejanza, tanto semántica, a través del símil, la metáfora y la metonimia, como fonológica, por medio del juego de palabras, coincidiendo en gran medida con la idea de Salinas.

Son muchos los autores que se fijan y estudian la figura de Ramón Gómez de la Serna, especialmente en su importancia fundamental en la introducción de las vanguardias artísticas y literarias en España y como la greguería constituye una referencia indispensable para comprender la poética de la Generación del 27, así lo señala entre otros Luís Cernuda en su “Estudio sobre poesía española contemporánea”, llegando a concluir como la greguería es a veces un minúsculo poema en prosa citando varios ejemplos:

“Cuando una mujer chupa un pétalo de rosa parece que se da un beso a sí misma”

“La hortensia tiene mojados de cielo sus ojos azules”

Y como otras veces, las más, la greguería llega a la poesía por un camino indirecto: por el juego del ingenio:

“Las golondrinas abren las hojas del libro de la tarde como incesantes cortapapeles que nos han traído de Alejandría”

“El desierto se peina con peine de viento; la playa con peine de agua”

Destacando su defensa de la libertad de las palabras y del azar como una forma de descubrimiento… Los juegos de palabras, la creación de nuevos términos, la personificación o el enorme caudal de vocabulario, que aparece en su obra, son rasgos que definen su estilo. Un estilo que tiene que ver mucho con la poesía.

Para finalizar, he aquí algunas greguerías a modo de ejemplos extraídas del libro de 1917:

“El arco iris es la cinta que se pone la naturaleza después de haberse lavado la cara”

“Las primeras gotas de la tormenta bajan a ver si hay tierra en que aterrizar”

“Las gotas de rocío son unas lágrimas anticipadas por lo efímero que es el día”

“¿No será el secreto de la alta marea que en alguna parte y en cierta hora se baña Dios en el mar?

 

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EL TERCER QUIJOTE

Por un momento llegué a pensar que el mismísimo Cervantes había vuelto a la vida, que se encontraba entre nosotros de nuevo dando vida a sus geniales personajes; más tarde, comprendí que no era un solo Cervantes sino cientos de pequeños Cervantes, quienes se atrevían a dar vida a los más importantes personajes a través de nuevas rutas, era como si numerosos Cervantes pequeños hubieran resucitado y con él sus míticos personajes. Mi felicitación más sincera a cada uno de ellos y ellas, mi enhorabuena a sus profesores y profesoras. ¡Ánimo! Vosotros sois capaces de ir mucho más lejos aún.

Quiero desde estas líneas felicitar a quien tuvo tan brillante idea, como brillante es la participación de todos los escolares de los veintisiete centros de nuestra ciudad que han intervenido en su recreación, así como al grupo de escritores Literaria XXI, sin olvidarme de la Concejalía de Educación, sin duda responsable de coordinar este magnífico proyecto para culminar la celebración del IV Centenario de la muerte de Cervantes, sin obviar a nuestra máxima autoridad local, el señor alcalde de nuestra ciudad. ¡Un buen final para el IV Centenario de la muerte de nuestro ilustre y genial conciudadano!

Ciertamente esta idea no es nueva en su totalidad, aunque si va mucho más allá: ya en el año 2005, año de la celebración de la primera parte de El Quijote, el llamado Quijote de 1605, los niños y niñas  de los colegios de Primaria de nuestra ciudad hicieron una copia manuscrita de la primera parte de El Quijote con la decoración de la primera letra de cada capítulo.

En el año 2015, a propósito de la conmemoración de la segunda parte de El Quijote, los alumnos y alumnas de los centros de Alcalá de Henares volvieron a deleitarnos con la copia manuscrita de la segunda parte, añadiendo a la decoración de la letra primera de cada capítulo dibujos de escenas de El Quijote y de sus principales personajes.

Este año, con la celebración del IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, el esfuerzo ha sido mucho mayor, más interesante y más imaginativo, pues se ha utilizado la creatividad, la capacidad literaria de unos niños y niñas, su ilusión desmedida por emular a nuestro genial autor con la ayuda y apoyo de sus profesores y el grupo de grandes escritores de Literaria XXI, para recrear un  viaje por las ciudades Patrimonio de la Humanidad pleno de aventuras, de emocionantes episodios e intriga humorística, siguiendo el estilo cervantino, al menos, para los que hemos tenido la suerte de leerlos y saborearlos disfrutando de su lectura.

Personalmente me encuentro entusiasmado por la capacidad literaria de estos pequeños Cervantes, convertidos en grandes creadores siguiendo los pasos de Miguel de Cervantes, inspirados en su obra, emulando y contando las gestas de los dos geniales protagonistas: Don Quijote y Sancho, sin olvidar a la singular y bellísima  Dulcinea del Toboso, al caballo Rocinante y al burro Rucio.

Parafraseando a nuestro Alcalde: “un singular proyecto, en una singular aventura, concebida por autores singulares”, y según nuestra concejala de educación: “amistad, solidaridad, perseverancia o tesón son cualidades reflejadas en cada uno de los episodios que se narran, siendo la prevalencia de estas virtudes uno de los objetivos principales perseguidos en este proyecto”.

Concluyo con las palabras de nuestro señor Alcalde deseando que se hagan realidad: “¡ojalá! que nuevos proyectos, tan estimulantes como éste, nos ayuden a la vuelta de la esquina” y añado yo: ahora tenemos un buen motivo para hacer posible estas palabras con el Centenario de Cisneros que estamos celebrando: él fue el gran constructor y engalanador de nuestra ciudad, hagamos que cuantos hoy la habitamos nos sintamos orgullosos de su esfuerzo, su tesón y su amor por nuestra ciudad.

El Director de la Academia de la Lengua finaliza su prólogo con estas palabras del propio Cervantes: “Una de las cosas que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa; porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualara”.

Bien contento estará nuestro autor y conciudadano con su publicación de “El tercer Quijote”, al comprobar como las futuras generaciones seguirán hablando bien de su obra y recordando su nombre para siempre. Seguro que  observará orgulloso, desde el atalaya de su casa, las constantes muestras de simpatía y cariño que grandes y pequeños, propios y extraños muestran, fotografiándose sonrientes entre las estatuas de sus dos grandes protagonistas, como recuerdo para su historia.

Gracias a mi nieto “Fer”, uno de los participantes en dicha recreación, uno de esos excelentes jóvenes émulos de Cervantes, cayó en mis manos y tuve la oportunidad de leer este “Tercer Quijote” que me ha hecho  una gran ilusión  mostraros y alabar el proyecto, animándoos a que mostréis interés por su lectura y por las aventuras de nuestros héroes reencarnados.

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CONVIVENCIA

A propósito de pasar unos días con mi familia en una casa rural de Hiendelaencina, unos días de actividades conjuntas, de vivir con intensidad todos unidos cada uno de los instantes del día, se me ocurrió hacer una pequeña reflexión sobre el significado de la palabra convivencia, palabra de profunda significación y, a veces, muy manoseada e incluso poco reconocida y valorada.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española nos la define como “la acción de convivir”, y esta última palabra como “vivir en compañía de otro u otros, cohabitar”.

Obra de Nieves Prat

Así podríamos ir reseñando una definición detrás de otra como: “compartir con otra persona diferente a ti algo”; “coexistir con carácter pacífico, sereno y en armonía alejándose de las disputas, de las discusiones o riñas”; “practicar el valor de la tolerancia sobresaliendo la sociabilidad propia del ser humano con respeto y solidaridad” y una larga enumeración de elementos o caracteres importantes que la palabra en sí conlleva.

Ciertamente, un individuo, una persona no puede vivir absolutamente aislado del resto, pues la interacción con otros es imprescindible para el bienestar y la salud física y mental. La convivencia, por tanto, es necesaria, ya que el ser humano es total y plenamente un ser sociable; por eso, la coexistencia pacífica y armónica de grupos humanos, que comparten un mismo espacio vital, debe contar con valores importantes para esta convivencia armoniosa como: el respeto y la solidaridad, añadiendo a éstos la fidelidad necesaria.

Siempre que hablamos de coexistencia nos estamos refiriendo a una existencia simultánea que requiere la aceptación de la existencia del otro u otros. El ser humano no puede existir en solitario, sino que coexiste en sociedad junto con otras personas en una posición donde se muestra el valor de la interacción y de la experiencia.

La coexistencia refleja el valor de la relación entre los seres, muestra el equilibrio del bien común a través de la existencia armónica.

La coexistencia implica el valor de la alteridad; pues, una persona existe en sí misma, pero coexiste junto con otros, es decir, integra el plano de la relación con los demás y con el medio en el que se desarrolla y convive. Por ello, coexistir es convivir, ya que la convivencia social refleja el dinamismo de las relaciones personales; sin embargo, eso no lleva consigo, no significa que no puedan existir conflictos y diferencias de criterios. La coexistencia, por tanto, debemos entenderla como un aprendizaje de convivencia.

No podemos olvidarnos ni dejar de hablar de otro criterio interesante a contemplar en la convivencia, se trata de la tolerancia ya mencionada.

La tolerancia es la actitud de las personas que respetan las opiniones, ideas o actitudes de los demás, aunque no coincidan con las suyas. Así, podríamos definir la tolerancia como: “la aceptación de la diversidad, la capacidad de escuchar y aceptar al otro con respeto y consideración hacia la diferencia”, “una disposición de admitir una manera de ser y de actuar distinta a la de uno mismo”, “una aceptación del legítimo pluralismo”. Alguien se ha atrevido a ir mucho más allá y definirla, también, como “el arte de ser feliz en compañía de otra persona”, pudiendo añadir, igualmente, que es el valor moral que mejor implica el respeto al otro y, a la vez, el reconocimiento de las diferencias.

Las habilidades sociales no son ajenas a este acto de convivencia sino que se entrenan, se perfeccionan, se practican junto con la amabilidad, la empatía, la generosidad y la solidaridad que conlleva la colaboración; ese sentimiento que surge de nuestro ser para ayudar a los demás sin la intención de recibir nada a cambio y, junto a esto, otros valores humanos que se ven reflejados allí como la amistad, el compañerismo, la lealtad, el sentimiento profundo de unidad.

Así, podríamos seguir reseñando término tras término, cualidades tras cualidades, valores tras valores que nos conducen a entender mejor, a comprender y poder ejercitar el acto que llamamos y conocemos como CONVIVENCIA, el objeto de esta mi reflexión.

Creo decir, en verdad, sin miedo a equivocarme, que en Hiendelaencina hemos gozado de la oportunidad de convivir, de la tolerancia debida, del respeto legítimo, de la armonía adecuada, del buen sabor de boca que queda al final aunque las condiciones climáticas no fueran las deseadas.

Por hoy creo que es suficiente.

 

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LOS CELTAS Y EL DRUISMO

En estos días, mientras leía una novela sobre los pueblos celtas, me ha venido al pensamiento un recuerdo y una reflexión, que me gustaría dejar plasmada aquí y que me ha hecho retroceder a mi época de estudiante primero y, más tarde, me ha trasladado a los gratos recuerdos de cuando traducía con mis alumnos “los Comentarios sobre las guerras de las Galias”  de Julio César, de manera muy especial, siempre que aparecía y explicaba el nombre de los “Druidas”, nombre que la primera vez me llamó la atención y me obligó a buscar información, que el propio Julio César manifestaba en sus escritos sobre su filosofía, sus principios morales y religiosos, su amor a la naturaleza, su influencia en las decisiones políticas y de gobierno que llevaron a este mismo conquistador a iniciar de alguna manera su extinción, dado su poder en todos los ámbitos: educativos, sociales, políticos y religiosos.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Luego, dominado y acaparado por otras ideas y acontecimientos, fui perdiendo el interés por esta cultura y aquellos famosos sacerdotes, magos y adivinos dedicados al estudio de la naturaleza, sin templos, sin estatuas religiosas, sólo el cuidado de bosques frondosos, sólo la naturaleza, sólo recibiendo la energía y el potencial que la madre tierra revitalizaba e inspiraba tumbándose sobre ella.

La palabra “Druida” significa en el lenguaje Celta: roble. El roble se convierte en el árbol sagrado de los Druidas; mejor, es su árbol sagrado, constituye uno de los ejes centrales de sus creencias, ya que les permite establecer una comunicación con los tres niveles de la divinidad: la parte enterrada, subterránea, por sus raíces; la de la superficie, por su tronco; la de las alturas, por su copa.

Podríamos concluir que el bosque era el autentico hogar para éstos, que el contacto perenne con la naturaleza, el hecho de tumbarse sobre la tierra era fundamental para ellos, suponía recibir toda la energía que ésta tenía, reanimaba la sangre por sus venas, hacía que se sintieran inundados de la misma fuerza y vitalidad que las propias plantas y árboles, esas plantas sanadoras y medicinales como “el saúco o el muérdago”. Así los árboles contenían un gran simbolismo: los de hojas caducas por su estacionalidad y carácter cíclico configuraban una alegoría de la vida; los de hojas perennes representaban la inmortalidad del alma; por esto, el bosque era algo sagrado para ellos. Yo me atrevería a afirmar de alguna manera, que los Druidas fueron los primeros amantes de la naturaleza,  los primeros en preocuparse de su conservación y mantenimiento.

Como elemento anecdótico a todo esto, sería la expresión tan vulgar de “tocar madera”, expresión que solemos decir, a la que acompañamos con un gesto de tocar algo ante una posible desgracia, y que podría tener su origen en el druismo, ya que estos sacerdotes, magos o adivinos se apoyaban siempre en el roble, lo tocaban constantemente para que el árbol los librara de sus males; de aquí, su carácter sagrado y benefactor, además de balsámico para sus remedios y males.

Otra reminiscencia que nos ha llegado es la recogida del muérdago: es muy corriente que hoy, llegadas las fiestas de Navidad, lo compremos para proteger nuestras viviendas y los habitantes de las mismas; pues bien, la recogida de éste tenía su propio entre los celtas siendo una planta muy benefactora entre sus miembros.

Los Druidas son los sacerdotes celtas, los conservadores de las tradiciones de su pueblo. Sus miembros eran elegidos tras una dura selección por el jefe druida, luego de un largo proceso de educación y enseñanza de sus doctrinas y costumbres. Los jóvenes mayores de catorce años se presentaban voluntariamente y después de un  proceso de adoctrinamiento eran consagrados.

Los Druidas a diferencia de otros pueblos o sacerdotes no formaban una casta; antes al contrario, se mezclaban con el pueblo, participaban de sus ocupaciones y tareas. Julio César en “los Comentarios sobre las guerras de las Galias” les atribuía tres funciones fundamentales: educadores, pues se dedicaban a la enseñanza oral, a veces, en forma de canto o poesía; la base de su adoctrinamiento era la inmortalidad del alma, la metempsicosis, pues la vida eterna era una prolongación de la vida terrena:

“La metempsicosis es una doctrina según la cual una misma alma puede animar diferentes cuerpos, como la trasmigración del alma de un ser a otro. Los egipcios ya hablaban de la metempsicosis; pero fue Pitágoras fundamentalmente quien lo introdujo en Grecia; más tarde, Platón habló de la trasmigración de las almas, que luego culminó con la teoría de la reminiscencia de las ideas”.

La segunda función fue la de jueces. Los Druidas entendían en crímenes, homicidios o herencias; a veces, actuaban como árbitros ante las diferencias entre tribus, en los tratados de paz y en las formas de intervenir en la guerra. Las penas para los castigados eran el destierro total de la tribu siendo declarados “apestados” o “proscritos” e, incluso, la muerte.

La tercera función era la de sacerdote: vestían túnica blanca; eran los intermediarios entre el mundo sobrenatural y los hombres; fijaban el calendario de la tribu y las fiestas entre las que sobresalían: la Beltaine, fiesta del matrimonio y la felicidad, en ella se celebraban todos los enlaces matrimoniales del año; la Samain, fiesta en la que se comunica el mundo de los vivos con el de los muertos, los espíritus pueden establecer contacto con el mundo terrenal; parecida a la fiesta cristiana de “Todos los santos”; la Lugnasad, fiesta en honor del padre Lugd, uno de los grandes dioses junto con la madre Danua o Dana; junto a esto, eran los encargados de recoger el muérdago en el solsticio de verano con un importante ritual, además de practicar la magia y prevenir el porvenir; sanaban a los enfermos o a los heridos en las batallas con hierbas naturales que buscaban en el bosque; hacían sacrificios en medio del mismo; por lo que los mantenían en buen estado bendiciendo las cosechas y el ganado.

Por último, como conclusión, entre los grandes valores de los celtas deberíamos destacar y sintetizar: su bravura en las batallas, su gran espiritualidad, su respeto a la naturaleza y a los bosques, una hospitalidad notable y su gran mérito y aportación, el trabajo de la metalurgia tanto en armas como en aperos de labranza.

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