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EL ARTISTA Y LA NATURALEZA

En una interesante excursión, que realizamos un día sin mucha actividad desde Jávea hasta la Torre del Gerro, pudimos disfrutar de una sorprendente sorpresa, que nos cautivo y que, de alguna manera, casi nos hace alejarnos de nuestro objetivo primero.

Fuimos en coche hasta el Restaurante el Amanecer, junto a la ruta de los Molinos y desde allí, cruzando “les Planes” a través del camino de la “Cova Tallada”, nos encaminamos a la Torre del Gerro ya en la zona de Dénia.Torre-del-gerro-02

Esta bella torre forma parte de un sofisticado sistema de defensa establecido por toda la costa alicantina, mandado construir por el Emperador Carlos, a fin de proteger de los frecuentes ataques de los piratas y los berberiscos desde las próximas costas africanas todo este litoral, saqueos y acosos que tantos problemas le causaron en todo su mandato.

Desde lo alto de estas torres, los vigilantes dominaban todo el “mare nostrum”. Desde ellas, establecidas a lo largo de la costa en lugares estratégicos, se podían comunicar unas con otras, vigilar todo el litoral hasta el horizonte y estar preparados y prevenidos ante las acometidas feroces de tan bárbaros piratas berberiscos, quienes atemorizaban asolando las poblaciones cercanas.

Hoy, la mayoría de estas torres han desaparecido casi en su totalidad, aún se pueden contemplar alguna de ellas u observar restos de su estratégico emplazamiento, lo difícil de su acceso, lo privilegiado de su situación e incluso, lo dificultoso de su ascenso, dada la construcción interior de las mismas.

La Torre del Gerro o de la “jarra”, así llamada por su extraña forma, es una magnífica construcción, de bella estampa exterior, de silueta armoniosa y de grandiosas paredes redondeadas y firmes, de extraordinaria fortaleza, resultando tremendamente dificultoso escalar por su interior hasta alcanzar las esbeltas almenas protectoras desde donde, con toda seguridad, los dominadores de las mismas podían controlar el infinito mar, la abrupta y escarpada extensión de la costa y los acantilados embravecidos y cortantes, sin olvidar las envestidas de los asaltantes que pretendían conquistarla o adueñarse de ella.

Con todo, lo más espectacular, lo grandioso, la hermosura total y la belleza plena, lo que yo aquí quiero reflejar, se ofrece al esforzado caminante, que transita con la cabeza baja, los ojos fijos en la aridez del sendero pedregoso y el miedo en el corazón ante posibles caídas por causa de las constantes piedras puntiagudas, que se anteponen unas detrás de otras, sin apenas espacio para unos pies firmes y poco acostumbrados a tanta dureza como ofrece la senda de “les Planes”.

A poco que te detengas, a poco que levantes los ojos del suelo para contemplar un duro paisaje arrasado por el fuego de hace unos pocos años, observarás, no sin expectación y maravillado, admirando la belleza de la naturaleza adornada por el ingenio, la habilidad y el trabajo de la grandiosa imaginación creadora y la genialidad de un artista anónimo y desconocido, de unas manos duras, llenas sin duda de rugosidad, que fueron capaces de amontonar piedra sobre piedra hasta formar unas extraordinarias esculturas, que cambian de forma, que adoptan figuras diversas y variadas según la perspectiva desde la que el observador expectante se sitúe, según la distancia desde la que las contemples y el lugar elegido para deleitarte con tan fenomenal visión, como si se tratara de esculturas multiformes, que se ofrecen a la mirada dibujando en medio del agreste paisaje siluetas de las más variopintas formas y condición ante un espíritu contemplativo.

Y así, una, otra y otras… toda “les Planes” llena de pequeñas estatuas, de piedras perfectamente colocadas: grandes y chicas y más diminutas. Un auténtico museo de esculturas surgen por doquier: aquí y allá, a un lado y a otro por donde extiendes la vista, como alegrando y deleitando la visión ante ese castigado y desolado paisaje que un día la mano del hombre arrasó con un incendio; hoy, un artista anónimo, un escultor desconocido ha ido sembrando y regalando a cuantos caminantes se adentran por estos parajes y se atreven a levantar la vista, a hacer un alto en el camino para deleitarse en la imaginación creadora y en la sencillez de la naturaleza maltratada.

A partir de este instante el camino se hace agradable a pesar de lo áspero del sendero y la desolación de la tragedia, dejas de mirar los árboles truncados y la naturaleza muerta por el fuego.

El caminante se ve obligado a detenerse paso a paso para observar y contemplar con admiración la maravilla, que el ingenio humano ha sido capaz de recrear con elementos tan insignificantes de la naturaleza como es la piedra: piedra sobre piedra, piedra al lado y junto a otra piedra, un montón de piedras minúsculas sobre otras más grandes hasta dejar patente una escultura, una obra inmortalizada, una obra para la que desde estas líneas pido respeto y un ruego a fin de que la barbarie, a veces, del ser humano conserve, evite su destrucción, admire su belleza, lo valore, visualice y llegue a disfrutarlo desde lo más hondo de su ser, comprobando como en un paraje brusco, duro, pedregoso y arruinado puede aparecer la maravilla de un artista anónimo, que es capaz de transformar la naturaleza seca y árida en un paisaje digno de admiración, que te obliga a alejarte de tu ruta primera para seguir contemplando pequeñas estatuas, que destacan en la lejanía, te incitan a una reflexión y a perderte ante aquel museo tan maravilloso y atractivo.

No sé si desde estas líneas tengo fuerzas para ello, pero sí pediría un voto de respeto a la obra creada con esos materiales tan toscos del propio paraje, todo real, nada artificial, sin instrumentos de cincelar desmedidos, sólo con la mano del hombre y su imaginación de artista, pido un voto por esta obra que da encanto a un paisaje tan desolado; aunque, probablemente, el anonimato de esa mano creadora sea el más alto valor a admirar y contemplar. Dejemos que otros muchos, cuantos por allá pasen, sean capaces de valorarlo y contemplarlo.

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CERVANTES EN EL IV CENTENARIO DE SU MUERTE

Yace aquí el hidalgo fuerte

Que a tanto extremo llegó

De valiente, que se advierte

Que la muerte no triunfó

De su vida con su muerte…

 

Con estos versos que el propio Cervantes pone en boca de Sansón Carrasco, en el epitafio de la sepultura de don Quijote, una vez muerto éste y que aparecen al final del último capítulo de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, se podría pensar, ¿por qué no?, que el propio Cervantes, viendo ya cercana su muerte, se ponía él mismo su propio epitafio para su tumba recientemente descubierta.

Significativas son igualmente aquellas palabras que el mismo Cide Hamete deja impresas en las últimas líneas del mismo respecto a su  ingeniosa pluma: “aquí quedarás colgada de esta espetera y de este hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía… para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir, solo los dos somos para en uno…”

Extraordinarias palabras dedicadas a su pluma maravillosa, como despidiéndose con este gesto, que fue capaz de plasmar las genialidades de un ingenio tan magnífico en el arte de escribir. Así exclamó Guillermo Rojo hablando de Cervantes como modelo lingüístico: “el español es conocido hoy como la lengua de Cervantes”.

Martín de Riquer, a propósito de la Segunda parte de El Quijote y de la situación que en ella se vive en los últimos capítulos, donde se habla de la novela,  se comenta, se critica e incluso se da la bibliografía cuando se entera de el falso Quijote, dice: “con un dominio nunca superado en el arte de escribir novelas, Cervantes es capaz de reunir, relacionar y trabar en una sola acción seres de tan distinta procedencia y de tan diversa inspiración…” para concluir: “así Cervantes se presenta como un auténtico malabarista, que juega con su obra, se impone a ella y la lleva por donde quiere”, hasta hacer exclamar a José Manuel Blecua “que El Quijote es el gran libro de la vida, o que en su obra triunfa el concepto de discreto, que unido al concepto de naturalidad aparece el de dignificación popular”.

Al hilo de estas opiniones de tan importantes estudiosos, ¿qué cosas puedo decir de la habilidad de Cervantes para los diversos y variados registros lingüísticos?, ¿qué respuesta existe para las diversas novelas que van apareciendo sin cesar en El Quijote, en especial, en la Primera parte del mismo? Cervantes tan pronto utiliza un registro pastoril con Crisóstomo y Marcela, uno morisco cuando se relatan las aventuras del Cautivo, o picaresco en el episodio de los Galeotes, ejemplar en el Curioso  Impertinente, orador en el Discurso sobre la Edad de Oro y sobre las Armas y las Letras, como lo vemos manejando el género epistolar como un experto en sus variadas cartas: sentimental en la de Luscinda a Cardenio, parodia de tipo amorosa la de don Quijote a Dulcinea, familiar como la de Sancho a Teresa Panza o de ésta a Sancho, por no hablar de los cuentos tradicionales y populares puestos en boca de Sancho y un largo etc…, que no voy a enumerar y de sobra conocéis, pero que nos viene a demostrar de cómo Cervantes, escritor culto y elegante, es capaz de reproducir el estilo coloquial del pueblo con el buen humor que le caracteriza, con el chiste y juegos de palabras, con expresiones graciosas que van llenando su obra, dominada toda ella con una constante y fina ironía, que le lleva a exclamar a Capmany: “el principal mérito de Cervantes es la pureza y propiedad de la dicción y la claridad y hermosura de la frase”.

Centrémonos a continuación en el aspecto realista de su obra: ¿cómo pudo Cervantes presentarnos un personaje tan real como Sancho? Nos preguntamos. Si un escritor realista parte de la realidad, ¿de dónde partió él para ofrecernos ese personaje, que nos mete por el alma y aún por los ojos? Nos comenta Dámaso Alonso. Sin duda, Cervantes vivió toda su vida en contacto con la realidad exterior y de ella fue cogiendo cada uno de sus rasgos como buen observador; pero el personaje de Sancho es mucho más, es un conjunto de refranes, de sentencias, de agudezas y de chistes, es una biblioteca de cuentos, es un pozo de sabiduría popular.

El gran mérito de Cervantes fue que unió todo este material y lo fundió en un personaje. Su gran mérito es que creó a Sancho no como un ser humano único, sino más bien que en él reflejó un compendio de ciencia popular; por eso, dice Dámaso Alonso: “Cervantes no se limita a juntar el alma humana de una manera estática, sino que lo convierte en una pintura dinámica, es el movimiento y son los cambios del alma ante las cosas y ante los seres”. Por eso, si queremos entender los rasgos de la técnica cervantina en el retrato del alma, lo más certero es seguir la evolución de Sancho: allí vemos como unas veces es crédulo en su afán por alcanzar cosas materiales, pero otras, su sana razón le hace comprender la más dura realidad.

Así, la verdadera interpretación del alma realista de Sancho oscila entre el devenir del Sancho-Quijote y el de Sancho-Sancho, entre ser él mismo o dejarse llevar por la fantasía de su señor, según opinan todos los estudiosos y críticos de su obra. De esta manera, Cervantes se nos muestra como maestro y dueño absoluto de sus materiales al hacer reaccionar a Sancho sin violencia, con gran naturalidad.

Cervantes ha visto con meridiana claridad que todo ser humano es una mezcla, y así nos muestra en los caracteres de don Quijote y Sancho una representación perfecta del alma humana elevada a la máxima plenitud; de este modo investiga Cervantes el tema esencial y permanente del ser humano: lo que le tiene pegado a la tierra y lo que le eleva a Dios. Cervantes logró alumbrar una obra realista y a la vez universal.

En el prólogo de la Primera parte de El Quijote Cervantes nos dice: “que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas salga vuestra oración y período festivo… dando a entender vuestros conceptos sin intrincarlos ni oscurecerlos. Procurando también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. Siguiendo esta fórmula, su prosa reviste multitud de modalidades estilísticas encaminadas a la eficacia y al arte.

Además con este mismo criterio, Cervantes pretende hacernos reír, de aquí que ridiculiza y satiriza, parodia las cosas absurdas y las fantásticas; en suma quiere crear un nuevo género literario que desacredite la caricatura del heroísmo y evite la confusión entre el héroe de verdad y el héroe de fábula. Cervantes satiriza, se burla y desprecia la caballería, lo que realmente hace es centrarla en su realidad y apartarla con la parodia, la ironía y el sarcasmo; de esta manera la parodia se convierte en otro de sus grandes méritos: lo importante para Cervantes es que, siendo El Quijote una novela que se propone satirizar, una novela literaria de la época, que para nosotros ahora puede no significar nada, sin embargo tenga una validez perenne y constante en todo el mundo civilizado, gracias al genio y al ingenio de nuestro autor, alcanzando una trascendencia universal.

El diálogo es sin duda uno de sus mayores aciertos estilísticos: Cervantes hace hablar a los personajes con tal verismo: “la conversación pausada y corriente entre don Quijote y Sancho alivian de alguna manera la monotonía de su vagar, dice Martín de Riquer, supliendo cualquier procedimiento descriptivo. Este diálogo adquiere a veces una especie de técnica dramática y se hace rápido y vivaz, se enlaza en preguntas y respuestas con lo que los personajes quedan perfectamente individualizados por su forma de hablar”.

Cuando Cervantes narra las aventuras de don Quijote emplea un estilo irónico, pleno de chistes, juegos de palabras, expresiones llenas de comicidad logrando que la ironía adquiera una gran fuerza; es curioso que al acabar la Segunda parte de El Quijote ya ha cumplido los sesenta y ocho años, estando al final de sus días, está en la miseria, ha padecido desdichas y calamidades de toda suerte en la guerra, en el cautiverio, en su hogar, ha recibido la humillación y burlas en el ambiente literario; pero, a pesar de todo, su buen humor y gracia inunda toda su obra, aunque en la mayoría de los casos tales bromas encubran amargas verdades y reales desengaños. 23 de Abril 1616.  Vale.

 

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EN EL IV CENTENARIO DE LA MUERTE DE CERVANTES

Si el año pasado se cumplía el cuarto centenario de la segunda parte de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, el llamado “Quijote de 1615”; este año, debemos celebrar, como sin duda se merece, el cuarto centenario de la muerte de su autor, Miguel de Cervantes.

Así lo espero y así lo deseo, ya que el año pasado nada de mis expectativas se cumplieron sobre su conmemoración; sin embargo, anhelo no sólo por parte de las autoridades de nuestra ciudad, quienes deberán hacer un esfuerzo especial para homenajear a uno de los ciudadanos más ilustres y más celebre, no me atrevo a decir más digno, pues dignos somos todos cuantos deseamos y nos esforzamos en la medida de nuestras fuerzas y posibilidades con honradez por ver cada día más grande, más brillante y mejor reconocida a nuestra ciudad; sino también, a cuantas instituciones y colectivos culturales e intelectuales se asientan en la misma: a todos invito, todos tenemos la obligación de poner nuestro granito de arena, todos debemos hacer que este año sea glorioso para nuestro homenajeado e importante para nuestra ciudad.

Cervantes, según todos sus biógrafos, murió en su casa de la calle León en Madrid, esquina con la calle Francos, el día 22 de Abril de 1616, siendo enterrado el día 23 de Abril, de ahí la idea popular y tradicional de que Cervantes murió el día 23 de Abril de 1616, día en el que hoy se conmemora su muerte, se entrega el premio Cervantes en el Paraninfo de la Universidad, se leen algunos capítulos de “El Quijote” en su honor y se celebra el día del libro. Este año debe ser algo extraordinario y magnífico.

Ya, Miguel de Cervantes, en su dedicatoria al Conde de Lemos de su novela “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, escribe cuatro días antes, como presintiendo su eminente muerte, el 19 de Abril de 1616, “ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo esto:        el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan…”; más adelante, en el mismo Prólogo, hace suyas aquellas versos del Comendador Escrivá con estas palabras: “aquellas coplas antiguas que fueron en su época celebradas: “puesto el pie en el estribo”, quisiera yo que no vinieran tan apelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas puedo comenzar:

Puesto el pie en el estribo,

Con las ansias de la muerte,

Gran señor, ésta te escribo.”

A propósito  de “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, sin duda una de las novelas de Cervantes menos leída y conocida, publicada una vez muerto nuestro autor en 1617; sin embargo, sin temor a equivocarme, me atrevo a afirmar que es una gran novela, una novela que sin la existencia de “El Quijote” hubiera hecho grande a Miguel de Cervantes y que supone una recopilación de toda su obra, eclipsada, sin duda, por la categoría, prestigio, excelencia y universalidad de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”; pues si “El Quijote” es la manifestación del realismo cotidiano, “Los trabajos de Persiles y Segismunda” supone el triunfo definitivo de los ideales más cervantinos; además de mostrarnos la despedida del autor de este mundo y de su gente con aquellas palabras: “adiós gracias, adiós donaires, adiós amigos, que yo me voy muriendo y desearos veros presto contentos en la otra vida”.

Ya que estoy hablando de “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, quiero manifestar mi simpatía por esta novela y animar a otros a interesarse por su lectura, a saborear su contenido, a disfrutar de sus paisajes y su fantasía creadora propia de un gran genio.

Cervantes en esta obra deja volar su imaginación creativa para ofrecernos una bella y hermosa ficción novelesca, en la que los héroes vencen y la vida se describe con todos los colores: el amor, la poesía y el misterio forman un trío esencial en este maravilloso ambiente.

“Los trabajos de Persiles y Segismunda” significan una afirmación optimista del mundo fantástico e imaginativo. “El interés de esta novela reside, según palabras del estudioso José García López, en los vigorosos personajes secundarios, en las descripciones de imaginarios paisajes, en el estilo cuidado y elegante, pero sobre todo en el clima poético y fantástico en el que se desarrolla la acción”.

“La prosa de “Los trabajos de Persiles y Segismunda” es de una perfección singular, llena de gracia y belleza: visiones encantadores de paisajes y mares desconocidos hablan de la calidad de su estilo”, expresa en otro momento José Manuel Blecua.

Concluyo con un pequeño ejemplo de lo aquí manifestado: “…mostrábase el mar colchado, porque el viento tratándole con respeto, no se atrevía a tocarle más de la superficie, y la nave suavemente le besaba los labios, y se dejaba resbalar por él con tanta ligereza, que apenas parecía que le tocaba…”

He querido, amable lector, con estas líneas recordar los últimos instantes de nuestro admirado Miguel de Cervantes, mencionar la pequeña anécdota del día de su fallecimiento, expresar mi respeto por la última de sus obras, puesto que la concluía mientras se iba muriendo, y animar a su lectura; pero sobre todo lo más interesante, deciros a todos que bien merece un gran homenaje por nuestra parte en el IV centenario de su muerte por cuanto nos ha enseñado, por la gloria que gracias a él alcanzó nuestra ciudad y, de una manera especial, por ser tan gran persona y tan ingenioso e ilustre escritor.

 

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“EL CAMINITO DEL REY”

Déjate llevar. Deja que te arrastre, te atraiga, te domine. No pongas ninguna traba a tus sensaciones. Entra con mente abierta y espíritu limpio, sin perjuicios, sin obstáculos. Aleja de ti cualquier barrera que te impida gozar plenamente y vivirlo de forma feliz. Sueña con lo más grandioso que tu imaginación haya ideado, con aquellas metas y objetivos que deseas alcanzar. Camina ligero de equipaje, con carnes prietas y las entrañas olvidadas. Déjate  dominar siendo en todo momento tú mismo.20151014_143604

Imagina la más extraordinaria de las orquestas, la más brillante y afamada, dirigida por el más sobresaliente y magnífico maestro, interpretando la más grandiosa de las sinfonías. Sorpréndete ante una de las maravillas de la propia naturaleza.

Un desfiladero vertical, un sendero colgado sobre una de las paredes de dicho desfiladero, un río que corre, salta, tropieza y se levanta con rapidez, juega con las rocas de la profundidad a mil juegos diferentes, un torrente tremendamente saltarín, sonoro, musical y cautivador que se pierde a la vista allá en lo hondo del cañón, mientras tú permaneces atónito, expectante, entusiasmado, siguiéndole con la mirada, sobrecogido ante aquellos maravillosos acordes que son captados por tus sentidos, que impactan en tu sensibilidad, que percibes sin alcanzar a averiguar con cual de tus capacidades cognoscitivas o con todas a la vez, aquella armonía sonora y musical, aquel ritmo melodioso, aquella entrada de vihuelas, de oboes, de violines, de bajos y contrabajos, de saxos y tambores que exultan tu interior, te incitan y provocan para no desviar tu vista de aquel discurrir armonioso y electrizante, aquel sin fin de acordes interminables y bien acompasados.20151014_145109

Las paredes, esas paredes de piedra tan bien labrada y esculpida, esos colores y tonalidades, esas luces y sombras continuadas, sus concavidades en las que te pierdes en el interior de la materia, saboreando aquella inmensidad, como si fueras capaz de degustar, de sentir su dureza, sus líneas y su moldeado, siguiendo el cincel de una artística mano que traza, perfila, delimita y define aquella dureza inacabada, constantemente esculpida, aquellos recodos, aquellos entrantes y salientes, aquella infinita profundidad en la que la vista se pierde al contemplar su hondura o al elevarla hasta poder vislumbrar y visualizar el cielo azulado allá en la lejanía, cada vez más y más alejado; mientras tú, colgado sobre aquel desfiladero, caminas lentamente, suspendido en el espacio y hasta en el tiempo, como sintiéndote volar, perdiendo toda tu materia, liviano, como si fueras una de aquellas palomas, que en multitud anidan y descansan en pequeñas oquedades, en minúsculos recodos, en apenas unos deslizantes salientes entre las brumas de las aguas y la nube húmeda, que se alza en espuma ante las pequeñas cascadas y melodiosos saltos de las aguas en su deslizar sonoro y horadador, como abriéndose paso hasta alcanzar las entrañas de la madre naturaleza; allá, en lo hondo, aplanadas y sumisas, sometidas al dominio sobrecogedor de la naturaleza, se relajan y se sienten reconfortadas con aquel murmullo adormecedor.

Al final, agotado por el dulce placer de los sentidos, ensimismado ante la asombrosa naturaleza, su fuerza y su hermosura, extasiado por lo que no cesas de contemplar y de admirar, sobrecogido por la dimensión de todo cuanto se te muestra, sublimado por el espectáculo que no acabas de digerir, del que sientes que has formado parte durante unas horas que se hacen instantes, como sabiéndote parte de aquel acontecimiento vivido, alcanzas el remanso de la paz, la felicidad del peregrino, la satisfacción del héroe ante la proeza que acabas de realizar, compartir y degustar en plenitud, sin dar crédito a lo que tus ojos te muestran, tus oídos han sentido, tu tacto ha percibido, tu gusto ha podido saborear y  tu olfato ha respirado de pureza y de belleza; entonces, gozas de la paz de esas aguas verdes turquesas ahora en remanso, como descansando en el abrazo de un pequeño lago, quietas, como recuperándose del esfuerzo realizado, contentas por el trabajo bien hecho; es, sin duda, el reposo del guerrero que viene de librar una gigantesca batalla con la dureza de la roca y el chocar constante, sabiendo salir ileso de tan fiero combate y brindando una hermosa y bella sinfonía a cuantos tuvimos la dicha de penetrar en su intimidad más profunda.

Quieta el agua, calmada y tranquilizada la virulencia, damos fin a este paseo colgado sobre la pared rocosa en un liviano pasillo entre el cielo infinito y la inmensidad profunda, como poniendo freno a tanto desenfreno y frenesí, a tanta turbulencia, a tan dulce y a la vez hermosa armonía.

Aquí, como puerta de entrada o final, se halla una gigantesca y enorme pared de roca ajada por la erosión que deja al espectador, al entusiasmado viajero con la boca abierta, con un signo glorioso de plenitud, de éxito, de placer logrado, feliz y satisfecho por la maravilla de la que tarda un tiempo en reponerse, degustando y saboreando lentamente la belleza de la obra, admirando la mano del artista, siguiendo la batuta del grandioso director de aquella armoniosa sinfonía, de aquella orquesta bien llevada, de aquella dulce melodía tan genial y tan maravillosamente interpretada.

 

14 de Octubre 2015. Desfiladero de los Gaitanes.

“CAMINITO DEL REY”

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“El DIVINO” FIGUEROA

En medio de tantos días de turbulencias, de mítines pasionales y partidistas, después de tantas disputas, palabras vacías para engañar una vez más a los paganos ciudadanos, acusaciones, denuncias y aireamiento de trapos sucios de unos y otros, en medio de tanto caos y desbarajuste que se ha apoderado de nuestras mentes por toda la geografía, en el año justo en el que celebramos y nos congratulamos del cuatrocientos aniversario del Quijote del 1615, mientras alabamos a nuestro más ilustre escritor, cuyos restos, según la opinión de los expertos acaban de encontrar reposo en su propio mausoleo, creo que procede la búsqueda de un remanso de paz para nuestros espíritus, de unos momentos de tranquilidad y sosiego para nuestra mente, de un cristalino manantial de agua fresca y transparente donde nuestra imaginación pueda soñar y nuestros sentimientos y pensamientos reposar y deleitarse; para ello, nada mejor que la belleza y hermosura de unos versos, el perfeccionismo del lenguaje bien hecho y escrito, la claridad de unos magníficos sonetos de otro gran personaje alcalaíno, contemporáneo y buen amigo de nuestro gran Cervantes, nacido en la misma ciudad de Alcalá de Henares en 1536, viajero incansable, soldado y cortesano por tierras de Italia y Flandes, que amó a su ciudad como ninguno, que cantó e hizo famosa la ribera del Henares por Europa, que quiso descansar en el más absoluto de los olvidos en la misma ciudad que le vio nacer, me estoy refiriendo al insigne poeta Francisco de Figueroa, conocido por la grandeza de sus versos como “El Divino”, no sólo por los grandes autores que todos admiramos de su época: Lope, Quevedo y el mismo Cervantes; sino también por los grandes autores italianos.

¿No os parece lamentable, os pregunto y me pregunto a mí mismo, qué la ciudad de Alcalá de Henares no haya hecho nada hasta ahora por recordar y homenajear a otro de sus ilustres hijos que tanto y tanto amó a su tierra? ¿Acaso no es llegado el momento qué alguien intente recordar su memoria, dar un toque de atención, poner un granito de arena por la memoria de tan gran poeta? ¿Incluso, no sería conveniente qué los mismos textos de literatura se explayaran algo más en su comentario que una simple reseña, como han  hecho hasta ahora?

Ahora y en este momento quiero levantar mi voz. Triste es que en esta nuestra ciudad, Patrimonio de la Humanidad, ciudad de cultura y de convivencia de culturas, haya caído en el olvido tan importante hijo, que no se lean ni se comenten sus poemas en las aulas, en los foros de tertulia y formación, que no se establezca  algún ciclo de estudio o de conferencias  para un mejor conocimiento de su obra y del personaje, que las instituciones lo ignoren  y no se molesten; ciertamente, es mi deber reconocer que él en cierto modo y manera es el principal culpable de todo, pues quiso, llevado de un afán perfeccionista, hacer desparecer todas sus obras, quemando sus propios poemas; quizás una idea de humildad, un sentimiento de sencillez, un alo de pasar desapercibido para la historia, una consideración de que sus escritos no eran tan brillantes como su exigencia; gracias a un amigo suyo, Luis de Tribaldos de Toledo, señor del Pozuelo, quien pudo rescatar y editar en Lisboa parte de su obra en 1625; luego, en la primera mitad del siglo XX otro ilustre estudioso, Menéndez Pidal, guiado por la enorme belleza de sus versos, sacó del olvido otras composiciones.

Leer los maravillosos Sonetos, recrearse en sus extraordinarias Églogas, detenerse en sus magníficas Elegías nos transportan a las mismas raíces de la poesía, al mismísimo Petrarca, al sin par Garcilaso de la Vega, aunque, ciertamente, las composiciones poéticas de “El Divino” Figueroa mantengan una trayectoria personal, una impronta independiente y una grandiosa perfección insuperable.

¿Qué le llevó a Francisco de Figueroa a destruir y arrojar al olvido aquellos maravillosos versos? ¿Qué idea pasó por su pensamiento hasta arrastrarle a tomar tan drástica decisión? ¿Quién pudo influir en él de forma tan tajante y desconsiderada para la posteridad? ¿Qué fue lo que obnubiló su mente para no querer dejar a las generaciones venideras lo “divino” de su creación? ¿Qué aires, sin duda no los del Henares, encendieron aquella llama abrasadora y destructora?

Dicen la mayoría de los que le conocieron y sus propios críticos, que al igual que buscó una tumba sencilla y desconocida hasta el momento por la historia en la ciudad donde nació, a fin de tener un descanso eterno y en paz en el más absoluto olvido; igualmente, guiado por un espíritu de perfección, impulsado por un afán de plenitud lingüística y poética, consideró que su producción literaria no había alcanzado las exigencias, los límites que él se había impuesto y lo quiso hacer desaparecer de la memoria a través del fuego purificador.

Algunos de nuestros conciudadanos empezando por su amigo Cervantes, nos reveló algunos de sus pseudónimos más utilizados; otros autores que pasaron por nuestra ciudad elogiaron la enorme intensidad y el alto contenido lírico de sus poemas, hablando del hombre culto que era, del hombre que siempre se movía por una honda preocupación por encontrar el mayor esplendor posible, la más sublime belleza de la lengua castellana.

Esteban Azaña, en su Historia de Alcalá de Henares, en la página 416 del 1º tomo, llegó a afirmar, refiriéndose  al “Divino” Figueroa, que faltaríamos a un sagrado deber sino consignáramos en esta historia a otro hombre, hijo afortunado de Compluto, que brilló cual esplendente aurora en el florido campo de la poesía, para concluir más abajo, que sus contemporáneos lo llamaron “El Divino”, que después de Petrarca merece el laurel de poeta sobre todos cuantos han cultivado este género y que llegó a ser el modelo de la poesía en Europa.

Hoy en nuestro días, otro ilustre hijo de nuestra ciudad, Arsenio Lope Huerta, en su obra Otras Historias de Alcalá, nos habla de la belleza de sus composiciones poéticas, de que llegó a ser uno de los españoles más notables de su época, de cómo lo ensalzaron los grandes escritores que lo conocieron, alabando y cantando la belleza de su obra, la perfección de su lenguaje y sus composiciones.

Ciertamente tenemos que reconocer que él es sin duda el principal culpable de su olvido, pues se negó a que su obra fuera publicada en vida e intentó sin conseguirlo del todo que desapareciera bajo el fuego purificador; pero debemos igualmente reconocer como el propio Lope Huerta señala, que fue un hombre que sentía un gran cariño por su ciudad de Alcalá de Henares, su cuna, que cantó sin cesar haciendo universal y dando a conocer la florida ribera del Henares, que siempre que sus ocupaciones se lo permitían volvía a su querida Alcalá y que aquí quiso permanecer en el sencillo olvido de la eternidad.

Nadie se ha preocupado de editar su obra, de hablar de él en los muchos foros de nuestra ciudad, de descubrir una simple lápida en su memoria.

Aún estamos a tiempo de hacer nosotros algo por este gran poeta,  por este gran alcalaíno, “El Divino” Figueroa.

 

 

 

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EL VACÍO Y LA INSPIRACIÓN

Hundido en un profundo pozo lleno de oscuridad. Una inmensa sima abierta en el interior de no sé qué, que no deja penetrar ni la más mínima ráfaga de luz, ni una simple luminaria, ni una diminuta antorcha, ni un atisbo de esperanza ni cambio; como si el tedio y la desidia se hubieran apoderado del espíritu, de la actividad.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

La mano se niega a dibujar un pequeño trazo mal dibujado. El bolígrafo ordinario se ha cansado de manar tinta a pesar del esfuerzo de la mente y sus órdenes constantes. La elegante y delicada pluma se opone a ser manipulada, utilizada para producir una pequeña e insignificante frase con algo de sentido. El rústico lapicero de afilada y poderosa punta se siente incapaz de dejar plasmado un garabato, algo que se pueda asemejar a un pensamiento, a una idea por vaga que ésta sea, a algo que signifique un rasgo de creatividad. Cada elemento por separado y en conjunto se opone a trazar letras, sílabas, palabras, pensamientos o juicios que en otro tiempo fluían con vehemencia y claridad.

Uno se siente perdido, sin rumbo, desorientado, sin saber adonde recurrir. La inspiración, bendita y añorada palabra, ha desaparecido como por encanto de la fantasía, de la actividad creadora, dejándolo todo seco y yermo; como si se tratara de un frondoso manantial, que antes no paraba de manar agua cristalina, y, que ahora se ha evaporado a la vista, no mostrando ya su antiguo origen, su lugar de nacimiento, ni su humedad primera.

¿Qué hacer ante tan caótica y desesperante situación? ¿En que lugar comenzar a buscar las causas de tal estado? ¿Cómo preguntar, bucear, interrogar, penetrar en el interior profundo y hallar, aunque sea una pequeña lamparilla, un viejo candil? ¿Qué posibilidades existen de que todo vuelva a ser igual, de encontrar de nuevo la normalidad? ¿Dónde topar con el brebaje adecuado, la medicina precisa, el sabio consejo reparador, la orientación oportuna, clara, entonada y precisa? ¿Cómo poder vislumbrar una tenue y diminuta lucecita capaz de alumbrar, que signifique un rayo de esperanza consolador para poder descubrir, en qué lugar y situación se encuentra la actividad creativa, la imaginación soñadora?

Todo hasta ahora se muestra lleno de negritud, como imantado y encaminado hacia lo hondo, apegado hacia un lugar desconocido, arrastrado irremediablemente a un fin no deseado y descorazonador, al no sé dónde, al sin retorno, a la destrucción total, a la nada, al no ser más nefasto y aniquilador, a la negatividad de la nausea.

Es preciso y obligatorio hacer un alto en el camino, recuperar las energías pérdidas, averiguar el origen de esta nulidad, dar un impulso con las pocas fuerzas que aún quedan, intentar hacer un desesperado y definitivo conato para abrir la inteligencia a otras realidades, a la luz; superar los instintos más bajos, formular una pequeña hipótesis, romper la teoría jerarquizada de los mismos, hasta toparse con un territorio de nivel personal y llegar a afirmar como Cervantes: “me parece que fue la inspiración divina la que movió a su Majestad a poner en efecto tan gallarda resolución”.

Eso. Ciertamente eso, es una solución propicia y acertada, un estado de la mente capaz de producir cualquier creación o actividad artística, una inspiración surgida, no improvisada; una inspiración elaborada y eficaz.

Se impone una invocación. Ésa, en verdad, era la palabra. Recurrir al numen, al numen personal, a las musas de la antigüedad. Ponerse en manos de cada una de las nueve deidades, de aquellos volátiles y vaporosos seres que habitan en el Parnaso (palabra rememorada a través de la historia por los poetas), de aquéllas que defendían, cuidaban, vigilaban y protegían las ciencias y las artes, convencido de que ellas serían capaces de guiarme hasta conseguir mi objetivo último: sacarme de esta agujero sin fondo y sin luz.

A mi pensamiento vino de inmediato la imagen de Caliope, musa de la poesía épica, su sola silueta portando una tablilla y una pluma me reconfortó al instante; junto a ella se mostró Clío, seguida de Erato con su delicada lira y Euterpe a continuación, haciendo sonar su dulce y melodiosa flauta en un magnífico dueto; Melpómene, Polimnia y, sobre todo, Talía alegraban con su comicidad y gracia el ambiente; por último, Terpsícore con su coro de músicos y bailarinas acabó por crear el ambiente divertido y risueño que alegraba el espíritu; para concluir con la aparición de Urania, quien con su puntero mostraba el camino a seguir.

No satisfecho del todo con este grandioso espectáculo, las ninfas, hijas de Zeus, personificadoras de todas las formas de la naturaleza: deidades de los ríos, de los bosques, de las fuentes, de las montañas y de los mares, de todos aquellos lugares que frecuentaba buscando el último por qué, la razón definitiva de la inspiración, hicieron acto de presencia, como por encanto: las hermosas Meliades, las frescas y cristalinas Náyades, dulces y acariciadoras ninfas de las aguas marinas; entre ellas logré distinguir, sobresaliendo por su deslumbrante figura, la siempre  admirada y bella Galatea, la no menos querida Tetis y la sin par Anfiatre; incluso, el propio Nereo, padre de éstas, dios benévolo y bienhechor, se dejo ver junto con las Oréades de las altas cumbres. Todas, absolutamente todas acudieron a mi convocatoria y en mi ayuda con un atractivo aspecto y una deslumbrante belleza.

El consciente se rejuveneció, de la mente comenzaron a brotar a borbotones las ideas sin ningún esfuerzo, la actividad creativa inició una convulsiva y exuberante dinámica de imaginación incansable, de ensueño continuado, de neuronas que se ponen en movimiento sin explicación posible.

Sí, aquí estoy, aquí me encuentro de nuevo, muy bien servido y animado por esta pléyade de encantadores seres benefactores. Bendecido y ayudado por ellos, pongo en movimiento mi imaginación y mi inteligencia es capaz de soñar realidades profundas.

 

 

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EN EL CUARTO CENTENARIO DEL QUIJOTE DE 1615: 2º DON QUIJOTE FRENTE AL “QUIJOTE DE AVELLANEDA”

Llegando ya en su lectura al capítulo LIX del Quijote de 1615, éste da muestras de conocer el “Quijote de Avellaneda”; allí, en una venta, mientras Don Quijote se disponía a cenar en su aposento, oyó en otro que sólo separaba un tabique:

―Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que trae la cena, leamos otro capítulo  de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

Apenas oyó su nombre don Quijote se puso en pie para mejor escuchar lo que de él decían.

Se trataba de dos caballeros: don Jerónimo y don Juan, quienes dialogaban de los grandes méritos de la primera parte y los disparates que se contaban en la segunda, negándose a leerla por no tener cosa alguna buena.

―…Lo que a mí más desplace ―dijo éste último― es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.

―¿Cómo se atreve, ese bellaco de don Quijote falso, a decir estas cosas de mí? ―respondió el verdadero don Quijote de la Mancha, lleno de ira y desprecio.

―Yo pretendía herirle un poco, aprovecharme de su fama para desprestigios de sus valores, ridiculizarle y mofarme de sus disparates ―manifestó el apócrifo don Quijote.

―Pues sepa vuestra merced, falso don Quijote, que el verdadero amante, don Quijote de la Mancha no puede olvidar ni alejar nunca de su pensamiento a Dulcinea del Toboso ―luego de una pequeña pausa con la que no logró calmar su enfado.

―Yo le haré rectificar con estas armas que porto; pues la sin par Dulcinea del Toboso es la diosa de mis pensamientos, siempre está presente en mis aventuras y ni puede ser olvidada, ni en don Quijote de la Mancha cabe el olvido ―levantando la voz para ser bien escuchado por todo el mundo― en esto demuestra el falso Quijote de Avellaneda que es falso cuanto dice y hace, siendo un gran impostor.

Al instante, los dos caballeros, tan pronto como vieron la imponente figura de don Quijote de la Mancha, se abrazaron a su cuello con gran alegría confesando.

―En verdad, vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la caballería andante, a despecho de este señor oportunista que ha querido desacreditar vuestro nombre con este “falso don Quijote”.

Rápidamente le hacen entrega del “falso don Quijote”, donde se dicen estas aberraciones y descréditos. El verdadero don Quijote de la Mancha hojeándole un poco por encima, con gran mesura no exenta de gran energía les responde:

―No necesito leer más, acabo de encontrar varias cosas dignas de reprehensión a este libro y a este “falso don Quijote”: la primera es alguna palabra que he leído en el prólogo; la segunda, que el lenguaje es aragonés porque escribe sin artículos; la tercera y última, es que se desvía de la verdad en lo más principal de la historia.

―¿Cuál es esa desviación que vos habéis observado, mi señor don Quijote de la Mancha?

―Porque afirma que la mujer de mi escudero aquí presente, Sancho Panza, se llama Mari Gutiérrez, y no es tal, sino Teresa Panza, y si yerra en esto, seguro que yerrará en todo lo demás.

―¡Donosa cosa de historiador! ―dijo Sancho―, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez. Lea, lea más, mi señor, para ver que dice de mí.

―Pues a fe, Sancho Panza ―dijo uno de los caballeros―,  que no os trata nada bien: os pinta de comedor, de simple y poco gracioso, además de borracho, muy distinto del Sancho de la primera parte de don Quijote de la Mancha.

―Dios se lo perdone ―respondió Sancho―, mejor que no se acuerde de mí, pues quien los sabe, los tañe, y bien se está San Pedro en Roma.

En el transcurso de esta conversación preguntaron los caballeros por la situación de la sin par Dulcinea del Toboso: si se había casado, si estaba preñada, si guardaba su honestidad y buen decoro. A lo que el verdadero don Quijote de la Mancha respondió:

―Dulcinea está entera; mis pensamientos más firmes que nunca.

―Créanme vuesas mercedes ―dijo Sancho―, que el Sancho y el don Quijote de ese libro deben de ser otros de los que andan en aquella historia que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple, gracioso, y no comedor ni borracho.

―Retráteme el que quiera ―añadió don Quijote de la Mancha― pero no me maltrate, que muchas veces desaparece la paciencia cuando la cargan de injurias.

―¿No irán vuesas mercedes a Zaragoza ―preguntaron los caballeros― como el apócrifo don Quijote de ese tal Avellaneda.

―No pondré los pies en Zaragoza ―manifestó don Quijote de la Mancha―, y así, sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese falso historiador, las gentes verán que yo no soy el Quijote que él dice. Marcharé por el camino más derecho a Barcelona, que allí se celebran otras justas.

Como prueba de genialidad de Cervantes, reseñar el hecho de que en la segunda parte del Quijote, el Quijote de 1615, en el capítulo LXXII, hace aparecer personajes del falso Quijote de Avellaneda; el autor lo incorpora de una forma genial en un complejo juego literario.

Aparte de unas intenciones concretas, como ya veremos, Cervantes demuestra ser un escritor puro, que juega con la literatura, considerándola además como realidad similar a la misma vida. El truco produce la sensación de que los personajes de la novela viven y se pueden pasar de una novela a otra; en el caso de Cervantes, este procedimiento adquiere relevancia, ya que los personajes trasplantados son los de una novela que trata de copiar la suya y aprovecharse de ella, de su fama y su éxito.

―Mira, Sancho, cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mi historia en aquella venta, me parece que topé allí con el nombre de Álvaro Tarfe.

―Sí, mi nombre es Álvaro Tarfe.

―Pienso ―dijo el verdadero don Quijote de la Mancha― que vuestra merced debe ser aquel don Álvaro que aparece impreso en la segunda parte de don Quijote, que poco ha dado a luz un autor moderno llamado Avellaneda.

―El mismo soy y el único responsable de que se encaminara a las justas de Zaragoza, donde yo iba ―manifestó éste.

―Y dígame vuestra merced, señor don Álvaro. ¿Me parezco yo en algo a ese tal don Quijote?

―No por cierto, en ninguna manera.

―Y ese don Quijote ¿llevaba consigo a un escudero llamado Sancho Panza?

―Sí traía y yo nunca le oí decir ninguna gracia.

―Quiero que sepa, señor don Álvaro Tarfe, yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama y no ese desventurado que ha querido usurparme mi nombre y mi honra. A vuestra merced suplico que haga una declaración ante el alcalde de este lugar de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte ni este Sancho Panza, mi escudero, es aquél que conoció vuestra merced.

―Eso haré yo de muy buen grado ―respondió don Álvaro de Tarfe.

Sentáronse juntos a la mesa don Quijote y don Álvaro, estando en esto entró en el mesón el alcalde con un escribano, entonces pidió don Quijote a don Álvaro que convenía que declarase que no conocía de antes a don Quijote de la Mancha, allí presente, y que no era aquél que andaba impreso en una segunda parte de don Quijote de la Mancha de un tal Avellaneda y natural de Tordesillas; el alcalde finalmente proveyó; la declaración se hizo con todo alcance, con lo que quedaron alegres don Quijote y Sancho. Don Álvaro de Tarfe quedó muy satisfecho de poder tocar y charlar con el verdadero don Quijote de la Mancha y con el auténtico Sancho Panza.

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EN EL CUARTO CENTENARIO DE El QUIJOTE DE 1615: 1º ALONSO FERNÁNDEZ DE AVELLANA

“¡Hola amigos y amigas!

Si este año se celebra el cuarto centenario de la Segunda parte de don Quijote de la Mancha; igualmente, el año pasado, se debiera de haber conmemorado el cuarto centenario de mi mal llamado “falso Quijote” o también conocido como “El Quijote de Avellaneda”; pero para que  veáis que no soy rencoroso, quiero sumarme a todo el mundo cultural en este homenaje merecido a mi amigo Don Quijote de la Mancha.

Simplemente, en aquellos tiempos, mi única intención fue aprovecharme del éxito de la primera parte de don Quijote, obra insigne de mi buen amigo Miguel de Cervantes, ganar unos dineritos que me vinieron muy bien, conseguir fama y renombre y otras pocas cosas más; por eso, mis prisas en publicar un año antes, en el 1614, una segunda parte del conocido como “falso Quijote”, que ahora me arrepiento y me avergüenzo.

Sí amigos, como habréis podido reconocer ya, yo soy el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, el autor del Quijote que lleva mi nombre, natural de Tordesillas (Valladolid). No logré alcanzar tanto prestigio ni fama como vuestro conciudadano Don Miguel de Cervantes, el auténtico autor del verdadero don Quijote de la Mancha, al que reconozco y admiro como tal; pero, gracias al llamado “falso Quijote”, sí que estuve en boca de todos, que pasé a la historia y aún hoy se sigue hablando de mí, se interesan por mi verdadero nombre, mi personalidad y mi lugar de procedencia, aunque hayan olvidado mi obra y no sea leída.

Todos los críticos dudan de mi palabra, de mis hechos, y, aún hoy en día, siguen buscando algún resquicio, alguna pista, que les muestre alguna luz sobre mi origen, mi existencia, considerando como falso, cuanto yo un día indiqué; pero, yo doy fe de todo cuanto a mí concierne.

Ponen en duda mi verdadero nombre, no se creen mi lugar de nacimiento, hacen caso omiso de mis escritos y de mi personalidad, se niegan a reconocer el valor de mi obra; incluso, se lo apropian a otro personaje más famoso e ilustre que yo, negándose a reconocer que publiqué un año antes, en Tarragona, la segunda parte de un Quijote, al que ellos llaman “falso Quijote” y, despectivamente, “Quijote de Avellaneda”.

Sólo, mi amigo, el gran D. Miguel de Cervantes, el autor del genial Quijote del 1615, ése que en este año celebramos su cuarto centenario, supo decir palabras certeras sobre mi persona y sobre mi obra. Él, sí es un genio. Él sí es un personaje a creer y a tener en consideración; además, de ser digno de alabanza y admiración.

Yo viví y estudié en Alcalá de Henares, la patria de don Miguel de Cervantes. Yo me licencié en la insigne universidad de dicha ciudad. Yo conviví con todos los hombres de letras más importantes de la época: poetas, narradores, autores de grandes dramas y comedias, hombres de ingenio, de armas y de otras argucias, también, con don Miguel de Cervantes y su familia antes de que acudiera a aquella gloriosa y terrible batalla, la más ilustre que vieron los tiempos, luchando fieramente contra los infieles de la cristiandad, los enemigos de nuestra religión y de nuestra cultura, aquella nunca celebrada lo suficiente batalla de Lepanto.

Una vez licenciado, profesé en la orden de los Dominicos; estando en ello, allá por tierras de Tarragona, publiqué la segunda parte del llamado “falso Quijote”, justamente un año antes que la publicación de la Segunda parte de Don Quijote de la Mancha, el Quijote de 1615, para aprovechar los réditos de la primera parte, el Quijote de 1605, su fama y su prestigio; acogido al principio con gran anhelo, resultando muy criticado una vez leído y rechazado, siendo considerado como falso, al ser publicado al año siguiente el verdadero Quijote, el Quijote de don Miguel de Cervantes, una vez comparados los personajes, visto su lenguaje y el trato dado a los protagonistas, amén de otras anomalías.

Ignoro si me aproveché del éxito del primer Quijote; quizá, por ello, el mío alcanzó pronto fama y fue tan criticado y perseguido, tan estudiada e investigada mi persona, llegando, incluso, a apropiárselo a otros autores más conocidos o a otros que se inventaron; de aquí, lo del “falso Quijote de Avellaneda”.

Dicen los que han leído el Quijote del 1615, que ya el propio protagonista del verdadero Quijote protestó de forma airada en uno de sus capítulos haciendo una acertada crítica del mío.

Ciertamente, la Segunda parte de don Quijote de la Mancha, el auténtico don Quijote, se publicó en  mil y seiscientos y quince años, como se atestigua en numerosos documentos:

-Aprobación de el Licenciado Márquez Torres, quien certifica que “visto el libro por comisión del doctor Gutierre Cetina, vicario general, de la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha por Miguel de Cervantes Saavedra no hallando en él cosa indigna de un cristiano celo…” y lo firma en Madrid a veintisiete días del mes de Febrero de mil y seiscientos y quince años.

-Aprobación por el maestro Josef de Valdivielso, indicando “que la Segunda parte de don Quijote de la Mancha por Miguel de Cervantes Saavedra, no contiene cosa contra nuestra santa fe católica…” y certifica en Madrid a diecisiete días del mes de marzo de mil y seiscientos y quince años.

-Privilegio “por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue hecha relación que habíades compuesto la Segunda parte de don Quijote de la Mancha, nos suplicaste os mandásemos dar licencia para poder imprimir…” Dada en Madrid a treinta días del mes de marzo de mil y seiscientos y quince años.

YO EL REY

Por mandato del rey nuestro señor. Pedro de Contreras

 

-Tasa. Yo Hernando Vallejo, escribano de cámara del rey, doy fe…de un libro que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don Quijote de la Mancha, Segunda parte, que con licencia de su majestad fue impreso… en Madrid a veinte y uno días del mes de octubre de mil y seiscientos y quince años, por Hernando Vallejo.

-Fe de erratas. Este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesto por don Miguel de Cervantes Saavedra, no  hay en el nada digno de notar que no corresponda a su original. Dada en Madrid a veinte y uno días del mes de octubre de mil seiscientos y quince años, por el Licenciado Francisco Murcia de la Llana.

– para finalizar, el propio autor y amigo mío, en la Dedicatoria que hace al Conde de Lemos de su obra, fechada en Madrid, el último día del mes de octubre de mil seiscientos y quince años, firmada por Miguel de Cervantes Saavedra.

Todos éstos son datos que atestiguan que la Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha fue impreso en el mil y seiscientos y quince años, siendo su verdadero autor don Miguel de Cervantes Saavedra.

Yo Alonso Fernández de Avellaneda, autor del otro Quijote, del falso Quijote de Avellaneda, doy fe y reconozco que el verdadero autor de la Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha no es otro que mi buen amigo, aunque por algún tiempo estuvimos enfrentados, don Miguel de Cervantes Saavedra, afín de que su nombre quede honrado y cantado como el verdadero autor y como el solo se merece para siempre”.

 

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VERANO GALDOSIANO III: DE TODO UN POCO

A mediados del mes de agosto, cuando los rayos solares se hacen más dañinos y el calor más intenso, tuve la ocasión, no por cierto dichosa ni satisfactoria para mí, de poderme dedicar y adentrarme con mayor afán a cumplimentar mi objetivo y propósito veraniego.

Las novelas iban cayendo, como si se desgranasen en mi interior, dentro de mi, causándome una pesada y lenta digestión, que en algunos momentos atolondraban mi mente y confundían mis reflexiones, cual si unos sabrosos y bien condimentados judiones de la Granja estuviera engullendo con aceleración; por cierto, que la Granja adquiría en mis pensamientos un gran protagonismo, pues, no debemos olvidar, que allá se produjo una de las muchas sublevaciones llamada de “los sargentos”, quienes pretendían obligar a la Regenta, a la bella y graciosa María Cristina, a reconocer y a jurar públicamente la Constitución de 1812, a pesar de que ya se estaba pensando en nuevas constituciones, que modificaran o suplantaran a aquella tan querida por el pueblo.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Recordaba y leía con máximo interés los nobles aunque sangrientos hechos de aquellos grandes generales, que no cesaban de enfrentarse en montañas, valles, pueblos o ciudades, que si se descuidan un poco más con los constantes y permanentes fusilamientos de todos los prisioneros que caían en su poder, casi nos dejan una España desolada, una España sin jóvenes ni hombres maduros capaces de poderse reproducir y crecer, creyendo que quitando de en medio a aquéllos, los llamados enemigos, llegaría la regeneración, el dominio de su facción, aquélla, que tenía una sola intención, la de imponerse por encima de todo.

Es de destacar de forma notable los hechos gloriosos ya reconocidos por la historia, aunque ahora narrados de forma minuciosa y detallista del general Espartero; las nobles batallas del general Zumalacárregui, quien tan pronto aparecía en un lugar como en otro, ajeno a lo que su pusilánime rey D. Carlos Isidro y toda su camarilla tramasen; las heroicidades y conquistas por tierras del Maestrazgo del más inquieto de los generales, Cabrera; sin dejar de mencionar por su importancia las indecisiones y titubeantes reacciones de Maroto y toda aquella corte de capellanes, abades, obispos y clero, que siempre rodeaban y acompañaban como en procesión a aquella pandilla, que presidía un rey rebelde, pero sin voluntad, sin ideas, sólo dedicado al rezo y a su tradicionalismo religioso e influencia de la Virgen, su capitán general, que llevaban como  estandarte y bandera.

Personajes, que proporcionaban y aplaudían los más sangrientos fusilamientos, repartiendo a su vez los más benditos perdones y las bendiciones más falsas, prometiendo el cielo a cuantos iban a ser ejecutados, esperando siempre conseguir del señor, al que seguían y servían, las canonjías, medrar en sus ascensos; algunos, hasta acabar su vida desorientados, sin saber que camino seguir, con que carta quedarse, como le sucedió al bueno y noble José Fago.

Estamos hablando de aquella parte del Siglo XIX donde imperaban los espadones, llegando a alcanzar la categoría de Regentes, dependiendo todo de quien levantara más alto la espada y de quien la blandiera de forma más violenta y oportuna.

¿Qué decir de la noble gente del pueblo leal de Navarra? ¿Qué podemos comentar de la honradez de la gente de Aragón? ¿Cuántos pensamientos nos vienen de los bravos hombres y mujeres de Vizcaya? ¿Y qué de las pequeñas aldeas escondidas del Maestrazgo? Todos eran subyugados, todos obligados a someterse y a socorrer a aquellas mesnadas de guerreros sin freno ni orden, que todo lo destruían y aniquilaban, arrasando como Atila allá por donde pasaban.

¿Qué comentar de aquellos mayorazgos de Aragón o de Álava, vapuleados al vaivén de los intereses, de las presiones del clero dominante o de los que se creían dueños de todo? ¿Qué hablar de aquella sociedad: unos, adinerados o con posesiones de tierras, sin duda la más grande de las riquezas; otros, fieles siervos medio esclavizados; algunos, llevados por el mercantilismo, sin olvidar los que medran y se apoyan en las circunstancias del momento para vivir sin esfuerzo de los demás? ¿Qué opinar y qué lección aprender de las facciones, de las intrigas políticas continuas, de los que aspiran a algo sin conseguir nunca su objetivo, convirtiéndose en auténticos personajes nulos de una sociedad que no levanta cabeza? ¿Cómo entender aquel mundo complejo, de sangrías permanentes, de ilusiones mal medidas, de fracasos desesperantes de los mal llamados cesantes, de las conspiraciones e intrigas para conseguir el puesto añorado en la administración, pasando por encima de todo y pisando a quien se interpusiera por muy vecino, familiar o amigo que se fuera? ¿Qué se podía esperar de la inconsistencia, de la sin sustancia de una Regente, madre de una niña que es proclamada reina, una Regente que abandona su deber, una madre que consiente en casarla, siendo aún niña, por no se sabe que intereses ocultos? ¿Qué de unos políticos, que no se cansan de enfrentarse unos contra otros o contra ellos mismos, de inventarse constituciones, que no llevan a ningún sitio?

Sobre todo esto, por encima de todo, impera la perfecta y bien tramada armonía, fruto de la extraordinaria pluma de Galdós, los maravillosos lujos de detalles con que nos describe: las personas, sus caracteres, los lugares donde habitan, sus vicisitudes, el enorme conocimiento de todas y cada una de las tierras, de las ciudades, de sus calles y hasta de los pueblos más insignificantes de nuestra geografía. Digno de admiración sus grandes conocimientos, la delicadeza de su imaginación, su capacidad perceptiva, su creatividad realista, su admirable captación de los acontecimientos y su inventiva para crear situaciones.

Así, disfruto con la interesantísima historia de Fernando Calpena; con su relación de amistad con D. Pedro Hillo; con la impresión causada por la hermosísima Aura y su fuerte pasión romántica, aunque acabe en gran desengaño; con la correspondencia mantenida con aquel personaje misterioso, que resultó ser su madre; los acontecimientos y más tarde matrimonio con la mayorazga de La Guardia, Demetria; la entrañable historia de Don Beltrán de Urdaneta, viejo simpático y agradable y su relación paternal con el personaje; por no narrar su amistad con Santiago Ibero y las aventuras llevadas a cabo por ambos; sobre todo, sus negociaciones como intermediario entre Espartero y Maroto, convirtiéndose en el gran protagonista para alcanzar el llamado “abrazo de Vergara”, el cual puso fin, de momento, a aquellos sangrientos y nefastos enfrentamientos fratricidas; no quiero dejar de mencionar la historia de la familia Arratia y su relación con uno de sus hijos, Zoilo, el usurpador de su  bella prometida y más tarde  su amigo, por quien se desvivió.

Por último, con la intención de poner fin a este tercer artículo de la serie Vacaciones Galdosianas y no ser demasiado extenso ni denso en su contenido, creo que se hace necesario echar un vistazo a la sociedad madrileña; al buen conocimiento y estupendo estudio que nos ofrece Galdós de la situación del Madrid de la época, de sus espectáculos, de la reseña detallada de los poetas y demás escritores del romanticismo ya nacionales o extranjeros, de los estrenos teatrales que por aquellos tiempos se realizan, de los círculos, tertulias y reuniones secretas, masónicas y conspiradoras que se celebran, por la cantidad de gente ociosa y anhelante por obtener algún beneficio; todo esto, nos lo muestra a través de la familia de Bruno Carrasco, quien se hace obligatorio traerlo a estas líneas, su mujer Leandra, sus hijos: Eufrasia, Lea, Bruno y Manuel; familia pueblerina de origen y ascendencia manchega, que por aquello de las cesantías y obtener un puesto en la administración emigra a Madrid, donde se encuentra perdida, en especial ella, hasta que, poco a poco, se van introduciendo y se convierten en un espejo desde donde Galdós refleja todos los aspectos de la sociedad: desde la Monarquía, la pelea entre militares, las disputas de los políticos totalmente desorientados y el pueblo llano, no exento de ternura, sobresaltos y situaciones tensas y dramáticas.

Aquí doy por finalizada la visión que Don Benito nos va pintando de forma magistral y espléndida. Ya veremos, si continuo por esta línea, dado que el periodo vacacional está dando a su fin o lo cambio por otro formato, por otros temas más variados o por otros ideales más del momento o más próximos.

 

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VERANO GALDOSIANO II: LA SOCIEDAD

De la pluma de Galdós se puede ir conociendo todos y cada uno de los tipos, de los personajes sencillos o encumbrados, además de los caracteres de aquella abigarrada sociedad decimonónica.

Es realmente asombroso como van pasando, conviviendo unos con otros, entremezclándose aquellos variopintos actores; pues, ciertamente, se asemejan más a actores de un drama de la época que a una realidad viviente.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Un monarca absoluto, que de lo que menos tiene es de absolutismo. Muñeco por guardar un respeto y no nominarle “pelele”, en manos siempre de unos o de otros, que lo traen y lo llevan sin mucho sentido, al vaivén del que está más cerca; lo zarandean, lo empujan a una orilla u a otra, según convenga a unos trepas, a unos lacayos de cámara que lo manipulan, le manejan a su antojo para sus beneficios y caprichos propios o de los suyos, lo arrastran de un precipicio a otro; pero, junto a un ser carente de voluntad, al final, siempre hay unas mujeres: unas, que ya forman parte de la historia; otras, que sólo los más exhaustivos y perspicaces nombran, quienes se apoderan de su nula voluntad, cosa, que por otro lado era muy sencillo y simple e imponen, quitan, nombran y destruyen; en una palabra, organizan la propia institución según sus intereses.

Eso, por no mencionar a su hermano del alma, aquel pusilánime D. Carlos, aquel triste e histórico Carlos, aquel considerado por algunos legitimo heredero por la mano de Dios y de la tradición monárquica, aquel hombre, si de hombre se puede hablar, que huye de su responsabilidad encerrándose a rezar y rezar mientras su hermano agoniza, mientras otros luchan por él, mueren, se matan y destruyen, llevados por un ansia de poder, por una ambición de medrar, por un conseguir un ascenso, unos privilegios, por un controlar las áreas de decisión y poder. ¡Pobre Fernando VII! ¡Pobre Carlos y cuantos con ellos conspiraron!

La nobleza está como desaparecida, después de una época de mucho intrigar y medrar, ni se muestra, ni aparece, ni existe. Carentes de dinero, de responsabilidad, de gobierno por arte de los “ayudantes”, se encuentran escondidos, vendiendo sus títulos a los muchos aprovechados y nuevos ricos, a los nuevos poderosos, con tal de poder seguir malviviendo; apenas dan señales de vida, a no ser para añorar otra época perdida. ¿Qué se ha hecho de las señoras duquesas de antaño y sus intrigantes compañeros?

¿Y qué decir del respetable clero? Éste, sí que sabe aprovechar siempre las circunstancias. Éste, sí que sabe arrimarse siempre al poder sea del signo que sea; no tanto el clero pueblerino, quien, como un guerrillero más, abandona sus deberes religiosos y se echa al monte bien armado, o se arrima al inocente pueblo llano del que se alimenta y engorda. Galdós nos habla de éste y del otro, del que medra en los lodazales del poder, imponiendo sus criterios, sus dogmas, sus creencias y su orgulloso saber junto con su ciencia: estoy hablando de obispos de grandes diócesis, de priores, de abades de monasterios y conventos, de señores de las grandes órdenes religiosas. ¡Qué bien quedan caracterizados y retratados!

Por último el pueblo ¡Pueblo denostado y vituperado! Aquí la pluma de Galdos se recrea con el pueblo llano, pueblo sencillo, pueblo sufridor de tantos y tantos avatares, pueblo guerrillero, dispuesto a derramar la última gota de sangre para expulsar al invasor, aquel pueblo engañado, aquel pueblo heroico que guerrea casa por casa en Zaragoza o en Gerona, calle por calle en Madrid, pueblo a pueblo, valle a valle, montaña a montaña y campo a campo en cada uno de los territorios de la ofendida España del siglo XIX. Pueblo honrado, generoso, amante de su tierra y de sus tradiciones, sacrificado y humilde, pueblo al que manipulan, manejan, convencen y arrojan a las fieras.

Luego está el pueblo arbitrista, manipulador, el pueblo que se encuentra en los límites del poder, el pueblo corrompido por el poder y por la ambición. Ese nuevo pueblo surgido que trepa, trama, conspira, que grita hoy “viva el absolutismo” y mañana vocea “muera el absolutismo”. Aquel pueblo insuflado de intelectualismo y nuevas corrientes de pensamiento liberal o masónica, que conspira sin cesar, que hoy crea una secta, mañana otra, que ahora pertenece a un partido o grupúsculo y al instante se apunta a otro o se reúne en concilios; este pueblo que aspira y anhela el poder, enriquecerse más y más, ostentar títulos que puede fácilmente obtener, para ocupar el puesto de la nobleza, este pueblo cargado de falsas teorías que hoy defiende una y mañana su contraria.

Existen, también, aquellos que no pertenecen a un grupo ni a otro, como desengañados, que siguen siendo fieles a sus ideales primeros, a sus principios, que luchan y se afanan por algo justo, razonable y moral, que permanecen en una misma línea, a pesar de las zancadillas, las traiciones, los riesgos de muerte, que acaban hastiados, porque entienden que la sociedad lleva mal camino, no va a cambiar, nada bueno se va a obtener con este rumbo, salvo la mediocridad, lo banal, lo inconsistente, el sin sentido, la ausencia de ideas, la carencia de voluntad, convencidos de que el mundo es de los mediocres, de los aduladores, de los chismosos, de los vacíos de espíritu, de los poco firmes.

Muy pocos son los que salva Galdós de esta sociedad decimonónica. Pocos son los leales, los bondadosos, los generosos, los entregados, en una palabra, la gente buena, gente a la que seguir y admirar, a la que imitar siguiendo sus comportamientos y sus ideales.

¿Qué decir del estamento militar? ¿Dónde incluirle a éste? ¿En qué lugar situarlo? ¿Con el pueblo en los trágicos sucesos del 1808 o contra el pueblo en los años sucesivos? ¿Dónde estaba este estamento en las conspiraciones constantes, en las tertulias intrigantes, en los vaivenes y en las tempestades borrascosas, a la hora de poner orden y cordura? ¿Acaso, no se encontraba perdido, dividido, fraccionado, sin ideas ni recursos a dónde acudir? ¿Acaso, no se partió, como suele suceder casi siempre, en las llamadas guerras Carlistas? ¿Acaso no estuvieron perdidos sin saber donde acudir o a quién ayudar? ¿No fueron, en verdad, usurpados sus puestos por hombres del pueblo, por guerrilleros sin cultura y sin formación? Ciertamente, en un bando o en otro, hubo, quien supo estar con dignidad en su lugar, no desentonando en demasía.

Acabemos aquí esta tétrica impresión que nos ha dejado la lectura, de la mano del maestro, en las primeras series de los Episodios Nacionales.

No me digáis aquello de que Don Benito Pérez Galdós era realista, era anticlerical, antimilitarista, era un gran liberal, era un minucioso detallista de lo más bajo de la sociedad, que se recreaba en contarnos aquellos bajezas y sucesos; ésos son tópicos nada más.

Yo me he limitado a plasmar la sensación, la impresión, la enseñanza de lo leído, que, por cierto, no difiere grandemente, si examinamos con detenimiento los textos históricos, de aquella turbulenta y cambiante sociedad, de la realidad que allí nos aparece reflejada, a pesar de que la historia siempre cuenta, siempre ha servido para magnificar el poder, exaltar a lo poderosos, engrandecer los hechos históricos y los personajes que los llevaron a cabo.

 

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