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EN EL CUARTO CENTENARIO DE El QUIJOTE DE 1615: 1º ALONSO FERNÁNDEZ DE AVELLANA

“¡Hola amigos y amigas!

Si este año se celebra el cuarto centenario de la Segunda parte de don Quijote de la Mancha; igualmente, el año pasado, se debiera de haber conmemorado el cuarto centenario de mi mal llamado “falso Quijote” o también conocido como “El Quijote de Avellaneda”; pero para que  veáis que no soy rencoroso, quiero sumarme a todo el mundo cultural en este homenaje merecido a mi amigo Don Quijote de la Mancha.

Simplemente, en aquellos tiempos, mi única intención fue aprovecharme del éxito de la primera parte de don Quijote, obra insigne de mi buen amigo Miguel de Cervantes, ganar unos dineritos que me vinieron muy bien, conseguir fama y renombre y otras pocas cosas más; por eso, mis prisas en publicar un año antes, en el 1614, una segunda parte del conocido como “falso Quijote”, que ahora me arrepiento y me avergüenzo.

Sí amigos, como habréis podido reconocer ya, yo soy el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, el autor del Quijote que lleva mi nombre, natural de Tordesillas (Valladolid). No logré alcanzar tanto prestigio ni fama como vuestro conciudadano Don Miguel de Cervantes, el auténtico autor del verdadero don Quijote de la Mancha, al que reconozco y admiro como tal; pero, gracias al llamado “falso Quijote”, sí que estuve en boca de todos, que pasé a la historia y aún hoy se sigue hablando de mí, se interesan por mi verdadero nombre, mi personalidad y mi lugar de procedencia, aunque hayan olvidado mi obra y no sea leída.

Todos los críticos dudan de mi palabra, de mis hechos, y, aún hoy en día, siguen buscando algún resquicio, alguna pista, que les muestre alguna luz sobre mi origen, mi existencia, considerando como falso, cuanto yo un día indiqué; pero, yo doy fe de todo cuanto a mí concierne.

Ponen en duda mi verdadero nombre, no se creen mi lugar de nacimiento, hacen caso omiso de mis escritos y de mi personalidad, se niegan a reconocer el valor de mi obra; incluso, se lo apropian a otro personaje más famoso e ilustre que yo, negándose a reconocer que publiqué un año antes, en Tarragona, la segunda parte de un Quijote, al que ellos llaman “falso Quijote” y, despectivamente, “Quijote de Avellaneda”.

Sólo, mi amigo, el gran D. Miguel de Cervantes, el autor del genial Quijote del 1615, ése que en este año celebramos su cuarto centenario, supo decir palabras certeras sobre mi persona y sobre mi obra. Él, sí es un genio. Él sí es un personaje a creer y a tener en consideración; además, de ser digno de alabanza y admiración.

Yo viví y estudié en Alcalá de Henares, la patria de don Miguel de Cervantes. Yo me licencié en la insigne universidad de dicha ciudad. Yo conviví con todos los hombres de letras más importantes de la época: poetas, narradores, autores de grandes dramas y comedias, hombres de ingenio, de armas y de otras argucias, también, con don Miguel de Cervantes y su familia antes de que acudiera a aquella gloriosa y terrible batalla, la más ilustre que vieron los tiempos, luchando fieramente contra los infieles de la cristiandad, los enemigos de nuestra religión y de nuestra cultura, aquella nunca celebrada lo suficiente batalla de Lepanto.

Una vez licenciado, profesé en la orden de los Dominicos; estando en ello, allá por tierras de Tarragona, publiqué la segunda parte del llamado “falso Quijote”, justamente un año antes que la publicación de la Segunda parte de Don Quijote de la Mancha, el Quijote de 1615, para aprovechar los réditos de la primera parte, el Quijote de 1605, su fama y su prestigio; acogido al principio con gran anhelo, resultando muy criticado una vez leído y rechazado, siendo considerado como falso, al ser publicado al año siguiente el verdadero Quijote, el Quijote de don Miguel de Cervantes, una vez comparados los personajes, visto su lenguaje y el trato dado a los protagonistas, amén de otras anomalías.

Ignoro si me aproveché del éxito del primer Quijote; quizá, por ello, el mío alcanzó pronto fama y fue tan criticado y perseguido, tan estudiada e investigada mi persona, llegando, incluso, a apropiárselo a otros autores más conocidos o a otros que se inventaron; de aquí, lo del “falso Quijote de Avellaneda”.

Dicen los que han leído el Quijote del 1615, que ya el propio protagonista del verdadero Quijote protestó de forma airada en uno de sus capítulos haciendo una acertada crítica del mío.

Ciertamente, la Segunda parte de don Quijote de la Mancha, el auténtico don Quijote, se publicó en  mil y seiscientos y quince años, como se atestigua en numerosos documentos:

-Aprobación de el Licenciado Márquez Torres, quien certifica que “visto el libro por comisión del doctor Gutierre Cetina, vicario general, de la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha por Miguel de Cervantes Saavedra no hallando en él cosa indigna de un cristiano celo…” y lo firma en Madrid a veintisiete días del mes de Febrero de mil y seiscientos y quince años.

-Aprobación por el maestro Josef de Valdivielso, indicando “que la Segunda parte de don Quijote de la Mancha por Miguel de Cervantes Saavedra, no contiene cosa contra nuestra santa fe católica…” y certifica en Madrid a diecisiete días del mes de marzo de mil y seiscientos y quince años.

-Privilegio “por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue hecha relación que habíades compuesto la Segunda parte de don Quijote de la Mancha, nos suplicaste os mandásemos dar licencia para poder imprimir…” Dada en Madrid a treinta días del mes de marzo de mil y seiscientos y quince años.

YO EL REY

Por mandato del rey nuestro señor. Pedro de Contreras

 

-Tasa. Yo Hernando Vallejo, escribano de cámara del rey, doy fe…de un libro que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don Quijote de la Mancha, Segunda parte, que con licencia de su majestad fue impreso… en Madrid a veinte y uno días del mes de octubre de mil y seiscientos y quince años, por Hernando Vallejo.

-Fe de erratas. Este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesto por don Miguel de Cervantes Saavedra, no  hay en el nada digno de notar que no corresponda a su original. Dada en Madrid a veinte y uno días del mes de octubre de mil seiscientos y quince años, por el Licenciado Francisco Murcia de la Llana.

– para finalizar, el propio autor y amigo mío, en la Dedicatoria que hace al Conde de Lemos de su obra, fechada en Madrid, el último día del mes de octubre de mil seiscientos y quince años, firmada por Miguel de Cervantes Saavedra.

Todos éstos son datos que atestiguan que la Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha fue impreso en el mil y seiscientos y quince años, siendo su verdadero autor don Miguel de Cervantes Saavedra.

Yo Alonso Fernández de Avellaneda, autor del otro Quijote, del falso Quijote de Avellaneda, doy fe y reconozco que el verdadero autor de la Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha no es otro que mi buen amigo, aunque por algún tiempo estuvimos enfrentados, don Miguel de Cervantes Saavedra, afín de que su nombre quede honrado y cantado como el verdadero autor y como el solo se merece para siempre”.

 

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VERANO GALDOSIANO III: DE TODO UN POCO

A mediados del mes de agosto, cuando los rayos solares se hacen más dañinos y el calor más intenso, tuve la ocasión, no por cierto dichosa ni satisfactoria para mí, de poderme dedicar y adentrarme con mayor afán a cumplimentar mi objetivo y propósito veraniego.

Las novelas iban cayendo, como si se desgranasen en mi interior, dentro de mi, causándome una pesada y lenta digestión, que en algunos momentos atolondraban mi mente y confundían mis reflexiones, cual si unos sabrosos y bien condimentados judiones de la Granja estuviera engullendo con aceleración; por cierto, que la Granja adquiría en mis pensamientos un gran protagonismo, pues, no debemos olvidar, que allá se produjo una de las muchas sublevaciones llamada de “los sargentos”, quienes pretendían obligar a la Regenta, a la bella y graciosa María Cristina, a reconocer y a jurar públicamente la Constitución de 1812, a pesar de que ya se estaba pensando en nuevas constituciones, que modificaran o suplantaran a aquella tan querida por el pueblo.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Recordaba y leía con máximo interés los nobles aunque sangrientos hechos de aquellos grandes generales, que no cesaban de enfrentarse en montañas, valles, pueblos o ciudades, que si se descuidan un poco más con los constantes y permanentes fusilamientos de todos los prisioneros que caían en su poder, casi nos dejan una España desolada, una España sin jóvenes ni hombres maduros capaces de poderse reproducir y crecer, creyendo que quitando de en medio a aquéllos, los llamados enemigos, llegaría la regeneración, el dominio de su facción, aquélla, que tenía una sola intención, la de imponerse por encima de todo.

Es de destacar de forma notable los hechos gloriosos ya reconocidos por la historia, aunque ahora narrados de forma minuciosa y detallista del general Espartero; las nobles batallas del general Zumalacárregui, quien tan pronto aparecía en un lugar como en otro, ajeno a lo que su pusilánime rey D. Carlos Isidro y toda su camarilla tramasen; las heroicidades y conquistas por tierras del Maestrazgo del más inquieto de los generales, Cabrera; sin dejar de mencionar por su importancia las indecisiones y titubeantes reacciones de Maroto y toda aquella corte de capellanes, abades, obispos y clero, que siempre rodeaban y acompañaban como en procesión a aquella pandilla, que presidía un rey rebelde, pero sin voluntad, sin ideas, sólo dedicado al rezo y a su tradicionalismo religioso e influencia de la Virgen, su capitán general, que llevaban como  estandarte y bandera.

Personajes, que proporcionaban y aplaudían los más sangrientos fusilamientos, repartiendo a su vez los más benditos perdones y las bendiciones más falsas, prometiendo el cielo a cuantos iban a ser ejecutados, esperando siempre conseguir del señor, al que seguían y servían, las canonjías, medrar en sus ascensos; algunos, hasta acabar su vida desorientados, sin saber que camino seguir, con que carta quedarse, como le sucedió al bueno y noble José Fago.

Estamos hablando de aquella parte del Siglo XIX donde imperaban los espadones, llegando a alcanzar la categoría de Regentes, dependiendo todo de quien levantara más alto la espada y de quien la blandiera de forma más violenta y oportuna.

¿Qué decir de la noble gente del pueblo leal de Navarra? ¿Qué podemos comentar de la honradez de la gente de Aragón? ¿Cuántos pensamientos nos vienen de los bravos hombres y mujeres de Vizcaya? ¿Y qué de las pequeñas aldeas escondidas del Maestrazgo? Todos eran subyugados, todos obligados a someterse y a socorrer a aquellas mesnadas de guerreros sin freno ni orden, que todo lo destruían y aniquilaban, arrasando como Atila allá por donde pasaban.

¿Qué comentar de aquellos mayorazgos de Aragón o de Álava, vapuleados al vaivén de los intereses, de las presiones del clero dominante o de los que se creían dueños de todo? ¿Qué hablar de aquella sociedad: unos, adinerados o con posesiones de tierras, sin duda la más grande de las riquezas; otros, fieles siervos medio esclavizados; algunos, llevados por el mercantilismo, sin olvidar los que medran y se apoyan en las circunstancias del momento para vivir sin esfuerzo de los demás? ¿Qué opinar y qué lección aprender de las facciones, de las intrigas políticas continuas, de los que aspiran a algo sin conseguir nunca su objetivo, convirtiéndose en auténticos personajes nulos de una sociedad que no levanta cabeza? ¿Cómo entender aquel mundo complejo, de sangrías permanentes, de ilusiones mal medidas, de fracasos desesperantes de los mal llamados cesantes, de las conspiraciones e intrigas para conseguir el puesto añorado en la administración, pasando por encima de todo y pisando a quien se interpusiera por muy vecino, familiar o amigo que se fuera? ¿Qué se podía esperar de la inconsistencia, de la sin sustancia de una Regente, madre de una niña que es proclamada reina, una Regente que abandona su deber, una madre que consiente en casarla, siendo aún niña, por no se sabe que intereses ocultos? ¿Qué de unos políticos, que no se cansan de enfrentarse unos contra otros o contra ellos mismos, de inventarse constituciones, que no llevan a ningún sitio?

Sobre todo esto, por encima de todo, impera la perfecta y bien tramada armonía, fruto de la extraordinaria pluma de Galdós, los maravillosos lujos de detalles con que nos describe: las personas, sus caracteres, los lugares donde habitan, sus vicisitudes, el enorme conocimiento de todas y cada una de las tierras, de las ciudades, de sus calles y hasta de los pueblos más insignificantes de nuestra geografía. Digno de admiración sus grandes conocimientos, la delicadeza de su imaginación, su capacidad perceptiva, su creatividad realista, su admirable captación de los acontecimientos y su inventiva para crear situaciones.

Así, disfruto con la interesantísima historia de Fernando Calpena; con su relación de amistad con D. Pedro Hillo; con la impresión causada por la hermosísima Aura y su fuerte pasión romántica, aunque acabe en gran desengaño; con la correspondencia mantenida con aquel personaje misterioso, que resultó ser su madre; los acontecimientos y más tarde matrimonio con la mayorazga de La Guardia, Demetria; la entrañable historia de Don Beltrán de Urdaneta, viejo simpático y agradable y su relación paternal con el personaje; por no narrar su amistad con Santiago Ibero y las aventuras llevadas a cabo por ambos; sobre todo, sus negociaciones como intermediario entre Espartero y Maroto, convirtiéndose en el gran protagonista para alcanzar el llamado “abrazo de Vergara”, el cual puso fin, de momento, a aquellos sangrientos y nefastos enfrentamientos fratricidas; no quiero dejar de mencionar la historia de la familia Arratia y su relación con uno de sus hijos, Zoilo, el usurpador de su  bella prometida y más tarde  su amigo, por quien se desvivió.

Por último, con la intención de poner fin a este tercer artículo de la serie Vacaciones Galdosianas y no ser demasiado extenso ni denso en su contenido, creo que se hace necesario echar un vistazo a la sociedad madrileña; al buen conocimiento y estupendo estudio que nos ofrece Galdós de la situación del Madrid de la época, de sus espectáculos, de la reseña detallada de los poetas y demás escritores del romanticismo ya nacionales o extranjeros, de los estrenos teatrales que por aquellos tiempos se realizan, de los círculos, tertulias y reuniones secretas, masónicas y conspiradoras que se celebran, por la cantidad de gente ociosa y anhelante por obtener algún beneficio; todo esto, nos lo muestra a través de la familia de Bruno Carrasco, quien se hace obligatorio traerlo a estas líneas, su mujer Leandra, sus hijos: Eufrasia, Lea, Bruno y Manuel; familia pueblerina de origen y ascendencia manchega, que por aquello de las cesantías y obtener un puesto en la administración emigra a Madrid, donde se encuentra perdida, en especial ella, hasta que, poco a poco, se van introduciendo y se convierten en un espejo desde donde Galdós refleja todos los aspectos de la sociedad: desde la Monarquía, la pelea entre militares, las disputas de los políticos totalmente desorientados y el pueblo llano, no exento de ternura, sobresaltos y situaciones tensas y dramáticas.

Aquí doy por finalizada la visión que Don Benito nos va pintando de forma magistral y espléndida. Ya veremos, si continuo por esta línea, dado que el periodo vacacional está dando a su fin o lo cambio por otro formato, por otros temas más variados o por otros ideales más del momento o más próximos.

 

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VERANO GALDOSIANO II: LA SOCIEDAD

De la pluma de Galdós se puede ir conociendo todos y cada uno de los tipos, de los personajes sencillos o encumbrados, además de los caracteres de aquella abigarrada sociedad decimonónica.

Es realmente asombroso como van pasando, conviviendo unos con otros, entremezclándose aquellos variopintos actores; pues, ciertamente, se asemejan más a actores de un drama de la época que a una realidad viviente.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Un monarca absoluto, que de lo que menos tiene es de absolutismo. Muñeco por guardar un respeto y no nominarle “pelele”, en manos siempre de unos o de otros, que lo traen y lo llevan sin mucho sentido, al vaivén del que está más cerca; lo zarandean, lo empujan a una orilla u a otra, según convenga a unos trepas, a unos lacayos de cámara que lo manipulan, le manejan a su antojo para sus beneficios y caprichos propios o de los suyos, lo arrastran de un precipicio a otro; pero, junto a un ser carente de voluntad, al final, siempre hay unas mujeres: unas, que ya forman parte de la historia; otras, que sólo los más exhaustivos y perspicaces nombran, quienes se apoderan de su nula voluntad, cosa, que por otro lado era muy sencillo y simple e imponen, quitan, nombran y destruyen; en una palabra, organizan la propia institución según sus intereses.

Eso, por no mencionar a su hermano del alma, aquel pusilánime D. Carlos, aquel triste e histórico Carlos, aquel considerado por algunos legitimo heredero por la mano de Dios y de la tradición monárquica, aquel hombre, si de hombre se puede hablar, que huye de su responsabilidad encerrándose a rezar y rezar mientras su hermano agoniza, mientras otros luchan por él, mueren, se matan y destruyen, llevados por un ansia de poder, por una ambición de medrar, por un conseguir un ascenso, unos privilegios, por un controlar las áreas de decisión y poder. ¡Pobre Fernando VII! ¡Pobre Carlos y cuantos con ellos conspiraron!

La nobleza está como desaparecida, después de una época de mucho intrigar y medrar, ni se muestra, ni aparece, ni existe. Carentes de dinero, de responsabilidad, de gobierno por arte de los “ayudantes”, se encuentran escondidos, vendiendo sus títulos a los muchos aprovechados y nuevos ricos, a los nuevos poderosos, con tal de poder seguir malviviendo; apenas dan señales de vida, a no ser para añorar otra época perdida. ¿Qué se ha hecho de las señoras duquesas de antaño y sus intrigantes compañeros?

¿Y qué decir del respetable clero? Éste, sí que sabe aprovechar siempre las circunstancias. Éste, sí que sabe arrimarse siempre al poder sea del signo que sea; no tanto el clero pueblerino, quien, como un guerrillero más, abandona sus deberes religiosos y se echa al monte bien armado, o se arrima al inocente pueblo llano del que se alimenta y engorda. Galdós nos habla de éste y del otro, del que medra en los lodazales del poder, imponiendo sus criterios, sus dogmas, sus creencias y su orgulloso saber junto con su ciencia: estoy hablando de obispos de grandes diócesis, de priores, de abades de monasterios y conventos, de señores de las grandes órdenes religiosas. ¡Qué bien quedan caracterizados y retratados!

Por último el pueblo ¡Pueblo denostado y vituperado! Aquí la pluma de Galdos se recrea con el pueblo llano, pueblo sencillo, pueblo sufridor de tantos y tantos avatares, pueblo guerrillero, dispuesto a derramar la última gota de sangre para expulsar al invasor, aquel pueblo engañado, aquel pueblo heroico que guerrea casa por casa en Zaragoza o en Gerona, calle por calle en Madrid, pueblo a pueblo, valle a valle, montaña a montaña y campo a campo en cada uno de los territorios de la ofendida España del siglo XIX. Pueblo honrado, generoso, amante de su tierra y de sus tradiciones, sacrificado y humilde, pueblo al que manipulan, manejan, convencen y arrojan a las fieras.

Luego está el pueblo arbitrista, manipulador, el pueblo que se encuentra en los límites del poder, el pueblo corrompido por el poder y por la ambición. Ese nuevo pueblo surgido que trepa, trama, conspira, que grita hoy “viva el absolutismo” y mañana vocea “muera el absolutismo”. Aquel pueblo insuflado de intelectualismo y nuevas corrientes de pensamiento liberal o masónica, que conspira sin cesar, que hoy crea una secta, mañana otra, que ahora pertenece a un partido o grupúsculo y al instante se apunta a otro o se reúne en concilios; este pueblo que aspira y anhela el poder, enriquecerse más y más, ostentar títulos que puede fácilmente obtener, para ocupar el puesto de la nobleza, este pueblo cargado de falsas teorías que hoy defiende una y mañana su contraria.

Existen, también, aquellos que no pertenecen a un grupo ni a otro, como desengañados, que siguen siendo fieles a sus ideales primeros, a sus principios, que luchan y se afanan por algo justo, razonable y moral, que permanecen en una misma línea, a pesar de las zancadillas, las traiciones, los riesgos de muerte, que acaban hastiados, porque entienden que la sociedad lleva mal camino, no va a cambiar, nada bueno se va a obtener con este rumbo, salvo la mediocridad, lo banal, lo inconsistente, el sin sentido, la ausencia de ideas, la carencia de voluntad, convencidos de que el mundo es de los mediocres, de los aduladores, de los chismosos, de los vacíos de espíritu, de los poco firmes.

Muy pocos son los que salva Galdós de esta sociedad decimonónica. Pocos son los leales, los bondadosos, los generosos, los entregados, en una palabra, la gente buena, gente a la que seguir y admirar, a la que imitar siguiendo sus comportamientos y sus ideales.

¿Qué decir del estamento militar? ¿Dónde incluirle a éste? ¿En qué lugar situarlo? ¿Con el pueblo en los trágicos sucesos del 1808 o contra el pueblo en los años sucesivos? ¿Dónde estaba este estamento en las conspiraciones constantes, en las tertulias intrigantes, en los vaivenes y en las tempestades borrascosas, a la hora de poner orden y cordura? ¿Acaso, no se encontraba perdido, dividido, fraccionado, sin ideas ni recursos a dónde acudir? ¿Acaso, no se partió, como suele suceder casi siempre, en las llamadas guerras Carlistas? ¿Acaso no estuvieron perdidos sin saber donde acudir o a quién ayudar? ¿No fueron, en verdad, usurpados sus puestos por hombres del pueblo, por guerrilleros sin cultura y sin formación? Ciertamente, en un bando o en otro, hubo, quien supo estar con dignidad en su lugar, no desentonando en demasía.

Acabemos aquí esta tétrica impresión que nos ha dejado la lectura, de la mano del maestro, en las primeras series de los Episodios Nacionales.

No me digáis aquello de que Don Benito Pérez Galdós era realista, era anticlerical, antimilitarista, era un gran liberal, era un minucioso detallista de lo más bajo de la sociedad, que se recreaba en contarnos aquellos bajezas y sucesos; ésos son tópicos nada más.

Yo me he limitado a plasmar la sensación, la impresión, la enseñanza de lo leído, que, por cierto, no difiere grandemente, si examinamos con detenimiento los textos históricos, de aquella turbulenta y cambiante sociedad, de la realidad que allí nos aparece reflejada, a pesar de que la historia siempre cuenta, siempre ha servido para magnificar el poder, exaltar a lo poderosos, engrandecer los hechos históricos y los personajes que los llevaron a cabo.

 

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VERANO GALDOSIANO

Hacía mucho, pero que mucho tiempo, que no me encontraba con Don Benito Pérez Galdós. Este verano, sin embargo, surgió en mí un ansia literaria, un afán lector, que nunca había abandonado, pero que me atraía, me llamaba poderosamente, me conducía  a dedicarme a los clásicos, me exigía un reencuentro con los grandes maestros de nuestras letras, y ¿quién mejor para reiniciar, para retomar este tipo de lectura, para profundizar en el aprendizaje realista y detallista, que la lectura de mi admirado Don Benito Pérez Galdós, autor tan denostado por sus contemporáneos y tan seguido hoy?

     Obra de Nieves Prat


Obra de Nieves Prat

Estoy hablando con todo respeto y consideración de uno de los grandes maestro de nuestras letras; sin duda, el más grande novelistas, después de nuestro querido y siempre admirado Don Miguel de Cervantes Saavedra, nuestro gran conciudadano, no siempre considerado como tal.

He comenzado la lectura de Don Benito por los Episodios Nacionales. Sé, querido lector, que dirás que esto es una salvajada, con perdón de la expresión, ya me voy pareciendo en algo a Don Benito, dado los calores que atormentan nuestra cabeza. Sí, amigo, los Episodios Nacionales, como ya sabrás, se componen de cinco series de diez novelas cada una, exceptuada la quinta que sólo tiene seis novelas.

―¿No es esto una bravuconada? ―me responderá alguno o pensarán muchos―. ¿No son muchas novelas de golpe? ―me dirán la mayoría.

Estoy seguro que todos conocéis de lo que hablo. Bajo este título se encuentra la historia novelada de nuestro siglo XIX. Aquí están narrados todos los grandes acontecimientos históricos de este turbulento y cambiante siglo, de esta inmadura y convulsiva época, donde nadie dio una muestra de sensatez, de cordura y de hacer algo con sentido, y los que lo tuvieron, se vieron obligados a huir o fueron acallados para siempre, ni la historia reconoce sus nombres ni sus hechos heroicos.

Entrar en el siglo XIX de la mano de Pérez Galdós es todo un lujo, es conocer al más mínimo detalle todas las circunstancias, todos los personajes, todos los acontecimientos importantes o insignificantes, todos los sucesos con cada uno de sus protagonistas, muchos de los cuales la historia ni menciona: su forma de actuar y su manera de pensar; sus atuendos y vestimentas; la geografía minuciosa de las ciudades, sus monumentos, calles, plazas, edificios públicos, conventos, iglesias y santuarios; los pueblos por insignificantes que nos parezcan; las montañas o collados, los valles profundos o minúsculos; nada quedaba sin reseñar a los perspicaces ojos de Don Benito.

¡Qué maravilla seguir paso a paso, detalle a detalle, cada uno de los acontecimientos que nuestro gran maestro nos va mostrando con respeto, con conocimiento de causa, con sobriedad y realismo sin dejar nada por mencionar!

¡Qué asombro produce contemplar, como si lo estuvieras viviendo, aquella orografía, hacerte amigo de aquellos personajes con los que llegas a intimar, a conocer sus grandezas y sus miserias, a compartir sus actos de heroísmo y sus bajezas!

Es de admirar y estudiar su lenguaje, su construcción oracional, su realismo conciso, su forma de narrar sin dejar nada en el tintero por muy insignificante que nos parezca, la descripción física y moral de cada  uno de los personajes que son nombrados, que alcanzaron un grado de notoriedad o pasaron desapercibidos a nuestros historiadores, aquellos de los que nadie se ocupó, pero que desempeñaron un gran papel ficticio o real, la forma descarnada de presentarnos aquellos personajillos que rigieron, influyeron y determinaron nuestra historia desde los más encumbrados a los más bajos. Todos son tratados por igual. Todos son retratados. Todos dejaron constancia de sus nulas o brillantes cualidades, de su sentido bobalicón, de su carencia de voluntad, de su afán de trepa que tanto brilló en aquel histórico siglo. Todo. Todo es contado. Todo queda allí reflejado como ejemplo de las malas formas de gobierno, que ya por entonces se producían.

¡Qué pena que no hayamos sacado ninguna lección de todo esto! Pues las mismas corruptelas de entonces siguen hoy proliferando, impunes, al igual que en aquella época donde tanta practica se hizo de ello. Quizá, sean los personajes de ahora, los mismos que los de entonces, si leemos sus nombres, si estudiamos sus formas, si examinamos sus maneras de proceder, ¿no nos recuerdan a los mismos? Nada ha cambiado: el pueblo sigue siendo pueblo, está igualmente explotado y humillado, sigue siendo, como decía muy bien Don Benito, el pagano de todo.

He leído con todo detenimiento la primera Serie con todos los sucesos más brillantes de la guerra de la Independencia, la historia de nuestra primera Constitución, llevando como guía a Gabriel de Araceli, quien, como protagonista principal, nos va narrando con todo lujo de detalles los momentos sangrientos y gloriosos, los instantes vividos de intriga, de heroísmo y de amor.

He seguido con Salvador Monsalud y Juan Bragas Pipaón la segunda Serie donde se puede observar: la adulación, la bajeza, la nulidad, la ignorancia y la intriga de los personajes, incluida la persona del rey Fernando VII; comprobar la ambición infame e influencia de los lacayos de palacio; el arbitrio de una mujerzuela o un palaciego adulador; estudiar al detalle el enjambre de holgazanes corrompidos y sin ley; la ignorancia y la barbarie de los pueblos sin estado; verificar el envilecimiento en que tantos seres viven como “carneros”, sin pedir cuentas a quienes les gobiernan, humillan, engañan y tienen en el más absoluto olvido.

Ciertamente, junto a estos personajes masculinos: unos nobles, leales, fieles a sus ideales, aparecen otros, los más: denigrantes, que se humillan ante el poder, que van dando bandazos de aquí para allá, con el objetivo de encontrarse cerca del que manda, sea cual sea su ideología cambiante y vacilante, a fin de obtener los beneficios propuestos.

Conviene advertir, como al lado de estos personajes varones, siempre se hallan mujeres fuertes, mujeres honradas, mujeres sencillas y fieles, mujeres heroínas, que conviven con otras que utilizan sus artes, sus astucias, sus argucias para estar siempre junto a los que medran.

Admiramos el carácter sencillo, abierto, fiel y servicial de Inés o Soledad junto a la habilidosa y triunfante Genara, o la mudable condesa de “X”, la marquesa de “Z” tratadas siempre con nombres ficticios para no descubrir su linaje, su casta ni su ascendencia nobiliaria: mujeres leales, mujeres que viven las mismas angustias y sufrimientos que sus antagonistas, mujeres buenas y compasivas, mujeres sublimes, capaces de enfrentarse a las desgracias o a las heroicidades más diversas en aras de su buena voluntad, de su cariño y compasión, mujeres salvadoras y sacrificadas por el bien del otro.

Creo que por hoy, voy a dejar aquí este verano galdosiano, dada su gran extensión. Prometo continuar con otro artículo antes de finalizar el verano.

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EL ARTE DE ESCRIBIR: CREANDO ESTILO

Los que somos aficionados al hermoso arte de la escritura, quienes con más o menos dedicación, en la edad tempranera o ya próximos al ocaso, ponemos empeño en comunicar nuestras vivencias de la manera más estética posible, a veces manifestamos que todo nuestro manantial ha surgido de un frenesí, de un momento sublime e intenso de inspiración, de una intuición espontánea que brota de nuestra imaginación creadora de forma voluntaria, pero nadie se atreve a rebelar lo que sucede en la mente del escritor: los sudores, los desvelos, las rebajadas y dubitativas ideas que afloran en el pensamiento, los innumerables proyectos que no llegan a cuajar ni nunca llegarán a ver la luz, las verdaderas maduraciones alcanzadas en el último instante, las fantasías en algunos casos muy elaboradas que con frecuencia hay que rechazar con gran enfado y cierta desesperación o los engranajes que hay que modular junto con las correcciones, los cambios de rumbo y de decorado que son necesarios para que resulte el hecho literario.

Caminando al todo Obra de Nieves Prat

Caminando al todo
Obra de Nieves Prat

Ciertamente a escribir se aprende escribiendo; mas, saber escribir, no significa que seas capaz de expresar una figura, una metáfora, una perfecta combinación de vocablos con sentido de belleza, crear una intriga o establecer un monólogo; lo importante es tener costumbre de escribir, adquirir un hábito, someterse a una crítica verdadera y con sentido, estar expuesto al juicio certero de los demás, aceptar y hasta reformar las normas establecidas innovando y creando, y, sobre todo, hacer ejercicios que regulen el hábito y la voluntad de seguir haciéndolo.

Si analizamos la historia de la literatura encontramos ejemplos de numerosos escritores preocupados por su forma de escribir y dispuesto a crear su propio estilo.

Recuerdo como ya en la antigüedad Marco Tulio Cicerón pronunciaba sus discursos de oratoria en la asamblea o en el Senado, defendía como buen retórico y orador o acusaba a ciertos personajes, reflexionaba sobre diversos temas con un lenguaje popular, donde pudiera ser entendido por el pueblo, cómo, luego, en el silencio de su casa trabajaba, maduraba y perfeccionaba escribiendo con elegancia, pues tenía ya conciencia de que su obra pasaría a la posteridad, que sería recordado por los siglos como un excelente escritor: ya que fue el perfeccionador de la lengua literaria de su pueblo, mérito que todos le reconocen; el fundador de la prosa artística del occidente europeo; por la influencia que ha ejercido en la posteridad; por haber servido de modelo en el campo de la oratoria; por el goce estético de sus obras; porque fue un hombre que trabajó sin descanso en su propia cultura, constituyéndose en un auténtico creador de estilo, dominador de todos los recursos retóricos y estilísticos del lenguaje, empleándolos con la máxima eficacia para la expresión y el arte de bien escribir.

Me viene a la memoria en este preciso instante la figura de Don Juan Manuel, sin duda, el primer prosista castellano con un estilo personal, que escribe de su puño y letra su obra a fin de proporcionar una unidad lingüística y estilística, de aquí su preocupación por crear un estilo propio: “todas las razones que en su obra se contienen son dichas por muy buenas palabras y por los más hermosos latines, con las más bellas locuciones y puestas en las menos palabras que pueden ser”, decía en uno de sus Prólogos del Conde Lucanor.

Su afán por crear estilo le lleva a tomar conciencia de escritor, a cuidar escrupulosamente sus efectos estéticos, “a escribir con las menos palabras que pudiese en verdad e derechamente”.

“Fiz este libro compuesto de las más apuestas palabras que yo pude y entrometí algunos exiemplos”, dice en el segundo de los Prólogos, dando a entender su carácter moralista y literario.

Advierte por último: “si observan alguna falta en éstos, no pónganla a él, fasta que vean el libro que don Johan hizo, que es enmendado en muchos logares con su letra”.

De esta manera, Don Juan Manuel fue consciente de la grandeza de su obra, de su originalidad, de su estilo personal; por ello, mandó guardar una copia de todas sus obras en el Monasterio de Peñafiel, para que quedara como único texto corregido por él y del que se hacía responsable, para que nadie le atribuyera errores que no son suyos, más bien, propios de los sucesivos amanuenses. Así, se siente responsable de su obra ante la posteridad al igual que un día hizo Cicerón, defendiendo celosamente su estilo.

En este escrito no podía dejar en un rincón a nuestro ilustre conciudadano Miguel de Cervantes, éste se convierte sin lugar a dudas en el máximo exponente de un escritor culto, un escritor preocupado por su estilo, dedicado por entero al arte de bien escribir, mostrándose como un perfecto conocedor de los artificios del estilo, a veces la ironía, a veces la burla, a veces la comicidad, a veces el humor, a veces la moralidad, pero siempre la verdad y la justicia. Su obra se convierte en un modelo de lenguaje y de dominio del arte de escribir, con un total empleo de la lengua natural y sencilla sin olvidar el portentoso conocimiento que demuestra del léxico castellano.

En la aprobación para su impresión de las Novelas Ejemplares, en el mil seiscientos y trece, Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo lo justifica con estas palabras: “…antes bien el dueño de esta obra confirma la justa estimación que en España y fuera Della se hace de su claro ingenio, singular en la invención y copioso en el lenguaje,…que con lo uno y lo otro enseña y admira, dejando desta vez concluidos con la abundancia de sus palabras a los que siendo émulos de la lengua española la culpan de corta y niegan su fertilidad”.

En el Prólogo de las mismas, Cervantes presume: “A esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más, que me doy a entender, y es así, que yo soy el primero que ha novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas… y éstas son mías propias…mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en brazos de la estampa”.

En su escrito al Conde de Lemos, Don Pedro Fernández de Castro, llega a afirmar: “…dejándolas a que los nuevos Fidas y Lisipos busquen mármoles y bronces adonde grabarlas y esculpirlas, para que sean émulos a la duración de los tiempos”; y más adelante añade: “…tampoco suplico a Vuestra Excelencia reciba en su tutela este libro, porque sé que si él no es bueno, aunque lo ponga debajo de las alas de Hipógrifo de Astolfo…no dejarán los Zóilos…de darse un filón en su vituperio, sin guardar respeto a nadie. Sólo suplico que advierta Vuestra Excelencia que le envío, como quien dice nada, doce cuentos, que a no haberse labrado en la oficina de mi entendimiento, presumieran ponerse al lado de los más pintados”.

Como observamos en estas y otras manifestaciones, Cervantes se jacta una y otra vez de su preocupación por crear estilo y por pasar a través de los tiempos como lo que hoy le reconoce todo el mundo, el genio de los genios, el príncipe del lenguaje y del bien hacer…

Para finalizar, no quería dejar pasar este momento sin hacer mención, aunque sea de manera sucinta, a la figura de Azorín, cuando afirma “que el estilo de un artista está íntimamente ligado a su espíritu”. Él busca la precisión, la claridad, la atención, el detalle. Lo primordial del escritor solía decir: “que un solo detalle de la sensación de la cosa, la íntima realidad de las cosas”.

Por eso, todo su esfuerzo en la creación de un estilo, de un arte de bien escribir, se basaba en la sencillez, en la claridad y en la precisión, un estilo de gran fluidez, de limpia transparencia. “La elegancia…es la sencillez”. “Escribamos sencillamente, de tal manera, que, quien te lea, diga, que fácil es, esto lo sé hacer yo, pero que, cuando se ponga, sea incapaz de conseguirlo”.

“La sencillez, la dificilísima sencillez, es una cuestión de método. Haced lo siguiente y habréis alcanzado de golpe el gran estilo: colocad una cosa después de otra. Nada más, esto es todo”.

Gabriel Miró decía de Azorín hablando de crear estilo: “que marca y enseña en el estilo castellano el paso del párrafo a la palabra”.

 

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REALIDAD Y BELLEZA EN «LA VIDA EN UN INSTANTE»

Estoy convencido, que una lectura poco profunda de esta novela, produce en el lector una idea de pasteleo total y de merengue con personajes planos. Eso que vulgarmente se llamó en otro tiempo una novela rosa o una novela romántica. A mí, personalmente, así me lo pareció en un principio, una vez que la dejé por concluida.

Es por ello, que invito a todo lector a que se acerque con seriedad, que la analice en profundidad y con rigor, que observe como la categoría de belleza y equilibrio impregna todas y cada una de las páginas con una enorme realidad, con una realidad mágica y atrayente; al menos, así me lo pareció en una lectura más reposada y serena.

"La Vida en un instante". Obra de Nieves Prat

«La Vida en un instante». Portada de Nieves Prat

Entiendo el término categoría en su concepto filosófico: como aquello que designa las propiedades y relaciones más generales de los fenómenos de la realidad y del conocimiento que tenemos de ella. Kant, sin duda, uno de los grandes estudiosos de este tema, la nominó como: conceptos a priori del entendimiento humano, según los cuales este último concibe necesariamente los objetos de la experiencia.

Los grandes pensadores han intentado de múltiples maneras definir el concepto de belleza: Platón decía que la belleza existía en el mundo de la inteligencia mucho más real y perfecto de éste en el que habitamos… como la belleza sensible es una imitación de la belleza inteligible; Plotino identificaba belleza con verdad; la Escolástica con Sto Tomás al frente afirmaba como la belleza es un valor objetivo, es el atributo real de los seres; por último, filósofos como Kant hablaban de la transformación de lo ideal en real. Así podríamos concluir como la belleza es una cualidad que tienen los seres, que produce un deleite espiritual, un sentimiento de admiración, una cierta atracción.

El concepto de belleza ha estado tradicionalmente vinculado a la categoría de orden. Así, se consideraba bello: todo lo que era integro, proporcionado y claro. Quizá, esta última cualidad, la claridad, la luminosidad, tan presente en toda la novela, sea la nota más brillante y destacada de la belleza; de aquí, que los clásicos la definieran como “el esplendor del orden”.

La novela junto a la categoría de belleza rezuma realidad y es fuente viva de realidad, tanto en el espacio externo como en el ámbito interno, una realidad profunda, situada por encima de todas nuestras comprensiones sensoriales.

Es expresividad y lo expresivo es bello y es real, porque nos revela un mundo profundo, una emoción. La belleza así considerada se nos convierte en la plenitud de la vida ahí plasmada, tal cual la ven y la viven en profundidad los protagonistas.

Cuando una verdadera realidad nos pone en relación viva de presencia con algo que es capaz de trascender el mundo empírico, el mundo de los sentidos, entonces, se produce un ámbito de diálogo, y es, en ese preciso instante, cuando surge el fenómeno de la belleza en todo su esplendor. Por ello, la belleza, la expresividad y la profundidad aparecen estrechamente ligados;  creo que estas notas las tenemos presentes en los acontecimiento que en la novela se desarrollan.

Así, los protagonistas Juan y Marta, Marta y Juan se nos muestran como personajes reales, que viven una vida real, en un espacio real con sus inquietudes, sus zozobras, sus traiciones, sus caídas, sus riesgos y peligros, sus dudas e incertidumbres del mundo que les ha tocado vivir y que a veces les es hostil; pero que son capaces de superarlas para entregarse a la hermosura del amor, la belleza del mundo que les rodea y la luminosidad de sus vidas, gozando de todo aquello que les ofrece con alegría. Ellos irradian sus propias vivencias al mundo en el que viven y en el que se encuentran inmersos, haciéndoles partícipes de sus sentimientos, proyectándose a todo su entorno: hijos, amigos, proyectos, a pesar de que en ese mundo, en ese entorno exista maldad, engaño y seres miserables de los que intentan apartarse.

 

 

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EL RITMO EN LA NOVELA

        Se trata de una palabra que utilizamos con frecuencia para referirnos a diversos conceptos: ritmo de la historia, ritmo de la vida, ritmo musical, ritmo cardíaco, ritmo de juego, ritmo de marcha o expresiones como a buen ritmo etc.

         El diccionario  de la Lengua Española de la Real Academia lo define: como grata y armoniosa combinación de voces, cláusulas, pausas y cortes en el lenguaje poético y prosaico. En un sentido figurado: como orden acompasado en la sucesión de las cosas. Y refiriéndose a la música: proporción guardada entre el tiempo y otro diferente.

         Todas y cada una de las definiciones nos vienen bien para expresar lo que queremos exponer aquí: grata y armoniosa combinación, orden acompasado, proporción. De una u otra manera cada una de ellas irán apareciendo en esta exposición.

También podríamos hablar  del ritmo como algo sentido, como algo que expresamos cantando o escuchando música.  Siempre la palabra ritmo ha estado acotado al concepto de la melodía.

         Aquí, queremos centrarnos en el ritmo del lenguaje; más en concreto, en el ritmo de la novela. Ciertamente, la palabra ritmo en la creación literaria está más relacionada con el mundo de la poesía, ya que ésta aprovecha mejor las posibilidades rítmicas del lenguaje, deteniéndose en la sonoridad de los propios signos lingüísticos y en la colocación de los acentos, además de la rima tradicional.

         La novela, como creación literaria, debe tener su propio ritmo, no ya por la escritura y utilización de los signos lingüísticos, que ya incluyen elementos rítmicos en sí, sino por su propia composición y estructura,  por el uso de la expresividad y los adornos, requisitos indispensables del arte y de la creación artística. Porque plasmar una experiencia viva por muy ágil que ésta sea sin más, eso no es arte, y la novela es uno de los géneros  lingüísticos del arte.

         La novela nos debe impresionar en nuestra sensibilidad,  debe provocar un placer estético en el lector. La novela relata hechos, pero deberá el escritor narrar esos hechos con arte. Toda novela está obligada a tener un tratamiento artístico que produzca  sensación de realidad y que lo configura; por eso, se hace necesaria la fluidez, el ritmo, los centros de interés y la intriga. La realidad en la novela sirve para crear otra realidad: la artística.

         Una novela está escrita con lenguaje. El lenguaje tiene un ritmo y ese ritmo en la novela se concentra además en unas categorías importantes: la narración y el diálogo.

         Ciertamente existen novelas sin diálogo o novelas totalmente dialogadas; pero lo más común es que una novela combine de forma equilibrada, de manera acompasada y proporcional la narración y el diálogo.

         Diálogo y narración tienen que ajustarse armoniosamente al ritmo de la acción: un abuso de la narración puede quitar espontaneidad y variedad a la novela; a su vez, un exceso de diálogo puede convertirse en una carga para el desarrollo de la acción; de aquí, la necesidad de la armonía, del orden y de la proporción del ritmo.

         Esto sin acotar que el lenguaje y los elementos expresivos de la descripción juegan un papel muy importante, tanto en la narración como en el diálogo, pues la conversación debe ser coherente con el contexto en el que se inserta; aquí el ritmo juega un papel decisivo.  

         Por último, en el mismo montaje de la novela, en la misma configuración de capítulos y secuencias se tiene que observar un ritmo; es más, es necesario un ritmo, ya que éstos forman en sí una unidad de lectura; pero, a su vez, una unidad de intenciones, sobre todo, una unidad rítmica en la forma de sucederse, los cuales influyen de una manera determinante en el ritmo de la novela, es decir, en el ritmo emotivo de la narración.

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RELACIÓN ESCRITOR Y LECTOR

 Desde que fue inventada la imprenta ha cambiado considerablemente la relación entre escritor y lector, mostrando características muy distintas a las épocas anteriores: no es lo mismo un manuscrito del que se hacían escasas copias de la E. Media, a una novela premiada en un concurso literario, de la que se hacen miles de ejemplares y tiene un campaña publicitaria muy bien organizada.

 Ciertamente, todo escritor vive en un tiempo y en un lugar determinado, dentro de una sociedad y con unas estructuras políticas, económicas, religiosas y culturales muy definidas, que produce una creación literaria de acuerdo con ese momento. Es normal, por tanto, que los lazos entre una sociedad y la obra literaria nacida en ella sean muy estrechos; debido a esto, se hizo necesaria la aparición de una Sociología literaria que estudiara este fenómeno.

Son muy escasas las obras que se presentan con la finalidad de causar sólo un goce estético. El escritor es, además de un artista, un ser que vive en sociedad, y no puede permanecer al margen de los problemas que preocupan a la misma, sean de la índole que sean. Así, si la obra literaria fuera exclusivamente estética, ninguna influencia tendría en el lector y, como consecuencia de esto, no habrían aparecido en la historia los censores. Ya que en una obra literaria aparecen siempre las ideas, las creencias y las formas de pensar del escritor, convirtiéndose sus obras en documentos vivos para los lectores y para la historia.

Es verdad, que todo escritor conoce la historia literaria al menos de su entorno más cercano, lo que le permitirá plantearse nuevas técnicas. En todos los momentos de la historia se observa el cambio que se va produciendo de generación en generación. Los problemas de la estética, los gustos de la época deben ser tenidos en cuenta siempre por el escritor, si quiere llegar a un mayor número de lectores: es bien conocido el caso de Cervantes al presumir de “ser el primero que ha novelado en lengua castellana”, refiriéndose a las Novelas Ejemplares.

Por eso, un gran escritor, un genio creador, con un estilo muy personal, con una técnica innovadora influye en la tradición literaria. Es más, su obra tiene un sentido latente, que hace que los lectores de muy diversos momentos, al leerla siempre la encuentren viva y actual.

El escritor vive en una sociedad que influye en él; pero, a su vez, él influye igualmente en la misma. Así, cada época tuvo a su héroe, héroe que influye, y de que manera en el lector, el cual acaba actuando como aquél; debido a esto, aparecieron en la sociedad los censores, quienes prohibieron o censuraron la obra: el mismo Alonso Quijano nos sirve de ejemplo, él consideraba real las aventuras de las novelas de caballería y hasta que extremo. He aquí, por tanto, la relación íntima que se produce entre el autor y el lector, relación a veces identificadora.

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LA CREACIÓN LITERARIA

            La pregunta que aquí nos formulamos y a la que esperamos dar una respuesta sencilla es ¿a qué debemos llamar creación literaria? o dicho de formas más breve: ¿cuándo un escrito podemos decir qué es realmente literario?.

            Si partimos de la etimología de la palabra literatura, comprobamos que ésta tiene su origen en el término latino “littera”, cuyo significado es: letra, signo, escrito literario, obra literaria, literatura. De donde debemos deducir sin más, que toda obra escrita es una obra literaria. Así lo entendieron los antiguos historiadores al incluir como obras literarias a tratados de juego, de agricultura, de leyes etc. Pero, ciertamente, junto a estas, también encontramos una serie de creaciones literarias no escritas, como es el caso de todo aquello que se transmitió de viva voz de generación en generación, como los romances y los cancioneros populares.

            Visto esto, de nuevo nos preguntamos ¿a qué llamamos creación literaria? Y rápidamente nos llega una respuesta: a todo aquello que intenta comunicar algo utilizando la palabra, los signos lingüísticos con conciencia artística.

            Aquí, nos surge una nueva expresión “conciencia artística”.

            La característica esencial de la literatura es el lenguaje, la palabra, los signos. El escritor puede usar este lenguaje y crear, crear una forma expresiva que le dé un alcance mayor. ¿es esto la conciencia artística?. Si lo analizamos en profundidad, vemos que en el fondo sigue vinculado a un sistema de signos, a la palabra. Ciertamente, a veces, leemos fragmentos de una obra literaria que en nada se diferencia del uso común.

            Quizá, aquí, radique el sentido de la creación literaria: el desviarse del uso normal, el hacer transgresiones al uso establecido, a la gramática, a la norma vigente de la lengua, el utilizar un lenguaje figurado.

            Toda obra literaria se caracteriza por el encuentro emisor (autor) – receptor (lector), quien puede ser contemporáneo o de épocas diversas; de la misma lengua o país o de países y lenguas diferentes; a veces, esto lleva a preguntarse al autor ¿para quién escribo?.  Aquí aparecería un elemento más: el mensaje (la obra). Éste, una vez publicada la obra, ya no puede ser rectificado, ni tener presente los distintos receptores, ya que el mundo, que la obra quiere transmitir, puede  no ser el mundo del lector.

            Por tanto, lo que caracteriza la creación literaria de la no literaria, no es su carácter de escrito, ni el hecho de ser algo inventado, ni su condición de palabra independiente; lo que caracteriza la creación literaria es el criterio de valoración.

            Toda obra escrita, que se sirve sólo de la palabra o que recurre a otros elementos de tipo complementario, sea cual sea el género, ficticia o no, puede empezar a ser considerada como literaria desde el mismo momento en el que se la reconocen unos valores positivos: valores estéticos, valores ideológicos, valores morales etc.

            Entramos en el terreno de la apreciación subjetiva, donde cada lector tendrá su propia escala de valores. Así, la pregunta con la que partimos: ¿a qué debemos llamar creación literaria?, se encontrará con las respuestas más diversas y contradictorias. Por eso, se habla de una literatura buena, frente a una mala, según los criterios utilizados o teniendo presente al receptor. Esto, sin contar con que toda obra por muy buena que sea, sufrirá un desgaste en el correr de los tiempos.

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¿NO ES EL NOVELISTA EL QUE CUENTA SU HISTORIA?

            Cuando un autor se enfrenta a la obra, a la novela que va a escribir, muchos son los problemas que se le plantean y le vienen a la cabeza. En una novela entran en juego muchos aspectos. Escribir una buena novela implica su dominio: contar las cosas desde una determinada perspectiva, llevarla a cabo con una estructura lo más adecuada posible, escribirla en un lenguaje acertado y preciso a las impresiones que se desean producir, lograr los efectos artísticos apropiados al tratamiento, y un sin fin de elementos.

            Pero, sin duda, lo más importante es cómo empezar. Cómo contar la historia, dónde va a ser situada, qué personajes participaran de la misma y la harán viviente y, sobre todo, quién la va a contar.

            Alguien pensará ¿no es el novelista el que cuenta la historia? Ciertamente así es, pero éste debe elegir un ángulo desde el que va a narrar los acontecimientos, desde el que se va a contar la historia: En otras palabras, se trata de enfocar el punto de vista desde el que el autor va a contar los hechos y quién va a ser el responsable de irlos narrando al lector.

            Todo escritor, cuando se plantea el punto de vista, tiene que sopesar todas las posibilidades, las ventajas y los inconvenientes, las perspectivas de cómo enfrentase a la acción. Dos son los procedimientos más habituales con los que se encuentra el autor ante el inicio de la novela: o bien la cuenta un narrador que conoce todos los hechos y los personajes sin él participar en los mismos; o bien la cuenta algún actor de la propia historia: el protagonista, un personaje secundario o un personaje observador que está presente en la acción. Esto es muy importante, porque hará variar el estilo, el tratamiento, la persona en la que se narra y la introducción de elementos estéticos nuevos, como por ejemplo el monólogo interior, que significa introducir al lector en el mundo íntimo del personaje, en sus sentimientos, en su forma de pensar, en un discurso no pronunciado.

            Si el autor se enfrenta ante su novela como un narrador que cuenta la historia, situándose fuera de ella y sin mezclarse ni opinar sobre los acontecimientos. Esta forma de enfrentarse del escritor ante el hecho narrado da mayor distanciamiento y una mayor objetividad; ya que el autor cuenta los hechos que inventa, los trasmite y se sitúa como un simple observador ajeno a lo que sucede, con lo que se produce un cierto alejamiento entre los acontecimientos y quien los narra. Con esta fórmula narrativa se logra que, al hablar de los personajes, pienses en ellos como conocidos, pero sin atreverte a juzgarlos. Te limitas a decir lo que hacen, contando lo que de ellos percibes por los sentidos.   Así la objetividad es mayor y la narración se hará en tercera persona.

            En cambio, si quien narra la acción es un personaje que toma parte en la historia, ya como protagonista, o  como personaje secundario, dominará la narración en primera persona, con la que se dará una mayor aproximación a la historia: aproximación de la historia al narrador como si se tratara de algo personal, y aproximación de la historia al lector que se transforma en alguien a quien la historia es contada, lo que producirá  un mayor intimismo y una gran subjetividad; de modo que interesa más la perspectiva de algunos personajes que los hechos en sí, pero  consiguiendo un mayor acercamiento de la obra al lector.

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