EL ARTE DE DIALOGAR

Pensaba Sócrates: si cada uno entiende por “bueno” y “malo”, “justo”  e “injusto” una cosa distinta; si para cada uno las palabras “bueno” y “malo”,”justo” e “injusto” poseen significaciones diversas, entonces, la comunicación y la posibilidad de entendimiento entre los seres humanos resulta imposible. La tarea más urgente, por consiguiente, es restaurar el valor del lenguaje como vehículo válido. Es necesario definir con precisión los conceptos para restablecer la comunicación y hacer posible el diálogo.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

El diálogo, filosóficamente hablando, lo convirtió Sócrates en una forma especial de ironía y mayeútica, consistente en ayudar a dar a luz mediante la pregunta inteligente, a las opiniones de los demás sobre múltiples ideas generales.

La importancia filosófica del diálogo aparece, por tanto, cuando se tiene en cuenta que la dialéctica, método del conocimiento que permite elevarse a la contemplación de lo absoluto, no es otra cosa que el arte de dialogar.

Si queremos decirlo de otra manera más sencilla y que nos llegue. El diálogo consiste en comunicarse, en compartir emociones y sentimientos. En consecuencia, todo diálogo debe orientarse al encuentro entre los seres; así pues, su objetivo no se basa en resolver problemas ni en tomar decisiones o hacer plazos de futuro. El diálogo es un requisito esencial, fundamental y necesario para una discusión fructífera y productiva, se convierte en un elemento importantísimo para la convivencia humana y la buena relación entre los seres humanos.

Antes de esto, debemos dejar muy claro los conceptos de discusión y diálogo. En el diálogo no cabe ni ha lugar para la polémica, pues eso forma parte de la discusión. En la discusión se da el espacio necesario para la argumentación; en cambio, en el diálogo se hace esencial un intercambio de sentimientos y de ideas. Un verdadero diálogo, pues, se caracteriza por un sentido de colaboración, no por un enfrentamiento. En el diálogo hay siempre intercambio de ideas, de sentimientos, de emociones alejado totalmente de la asignación de responsabilidades. El diálogo sólo sirve para descubrir la bondad en el otro, para conocerlo mejor; de aquí, la idea de Sócrates de tomar como base la ironía y la mayeútica; por ello, una persona egoísta, personalista tiene muy poca capacidad para el diálogo.

Esto nos lleva a plantearnos que la manipulación no es nunca diálogo, pues en la manipulación se exponen los sentimientos a otra persona, los planes para que se haga algo por ella, para conseguir y llegar a alcanzar unos intereses en beneficio propio. Así, la manipulación se convierte en un juego que obliga al otro a satisfacer las necesidades privadas; en consecuencia, cuando unos interlocutores, como sucede en la inmensa mayoría de los casos, que estamos acostumbrados a contemplar, en este juego destruyen su relación, se degradan sobre manera y caen en un monólogo, que es el auténtico camino para el aislamiento y la soledad, como estamos viviendo continuamente.

Por tanto, necesitamos echar mano de una verdadera comunicación que dé origen y nos lleve al verdadero diálogo. Comunicar es compartir, y esto es lo importante, lo esencial y fundamental, y esto es el diálogo del que estamos hablando, para ese deseo de dar al otro mi propio ser en una autorevelación en total y plena transparencia, que debe imperar en todo verdadero diálogo.

Además de esta comunicación y como base para ella, el diálogo requiere un acto de voluntad: confianza en el otro. La disposición más adecuada para que se dé el diálogo es querer dialogar con el otro buscando la comprensión mutua. Aquí me estoy refiriendo como elementos importantes y necesarios: a la comprensión y a la aceptación, sin ellas no se dará un auténtico diálogo, pues esto supone una invitación ineludible a la reciprocidad mutua.

Por ello, deducimos que es esencial en el diálogo la forma de escuchar. Aquí introduzco un nuevo elemento fundamental en el arte de dialogar: estoy hablando del arte de escuchar; pues un auténtico diálogo y una verdadera escucha pertenecen al mundo de la comprensión tan necesaria para un buen diálogo.

Para ser auténticos oyentes se debe estar disponibles, estar abiertos, no temer lo que va a escuchar, no tener ideas preconcebidas, ya que se busca siempre la comprensión no la victoria de uno sobre otro. Es necesario no llevar sugerencias, ideas o conceptos elaborados de antemano, no interrumpir, no estar pensando en nuestra propuesta mientras el otro habla, que es lo que suele suceder con frecuencia; así, cuando las emociones, los sentimientos, las ideas adquieren una forma clara, se deben aceptar, no simplemente tolerar o, mucho menos rechazar. El auténtico oyente, el que asiste y está de verdad, respeta la personalidad y la presencia del hablante.

En un diálogo, ya para ir concluyendo, escuchar consiste en sentir más el significado de las palabras que la mera materialidad de éstas: escuchar con el corazón más que con la cabeza; reflexionar en profundidad sobre lo expuesto más que en “sacar punta” a lo escuchado.

Sería necesario llegado a este punto, diferenciar entre diálogo, que ya hemos dicho que es un coloquio, una conversación entre personas y un debate donde intervienen personas, grupos o gentes de ideologías, de opiniones diversas en busca de comprensión y acuerdo.

Ahora sí concluyo con estos pensamientos: “el diálogo es la comunicación existente entre tú y yo” (Martín Buber). “Nuestra vida es un diálogo, donde es el individuo sólo un interlocutor” (Ortega y Gasset).

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EL ARTISTA Y LA NATURALEZA

En una interesante excursión, que realizamos un día sin mucha actividad desde Jávea hasta la Torre del Gerro, pudimos disfrutar de una sorprendente sorpresa, que nos cautivo y que, de alguna manera, casi nos hace alejarnos de nuestro objetivo primero.

Fuimos en coche hasta el Restaurante el Amanecer, junto a la ruta de los Molinos y desde allí, cruzando “les Planes” a través del camino de la “Cova Tallada”, nos encaminamos a la Torre del Gerro ya en la zona de Dénia.Torre-del-gerro-02

Esta bella torre forma parte de un sofisticado sistema de defensa establecido por toda la costa alicantina, mandado construir por el Emperador Carlos, a fin de proteger de los frecuentes ataques de los piratas y los berberiscos desde las próximas costas africanas todo este litoral, saqueos y acosos que tantos problemas le causaron en todo su mandato.

Desde lo alto de estas torres, los vigilantes dominaban todo el “mare nostrum”. Desde ellas, establecidas a lo largo de la costa en lugares estratégicos, se podían comunicar unas con otras, vigilar todo el litoral hasta el horizonte y estar preparados y prevenidos ante las acometidas feroces de tan bárbaros piratas berberiscos, quienes atemorizaban asolando las poblaciones cercanas.

Hoy, la mayoría de estas torres han desaparecido casi en su totalidad, aún se pueden contemplar alguna de ellas u observar restos de su estratégico emplazamiento, lo difícil de su acceso, lo privilegiado de su situación e incluso, lo dificultoso de su ascenso, dada la construcción interior de las mismas.

La Torre del Gerro o de la “jarra”, así llamada por su extraña forma, es una magnífica construcción, de bella estampa exterior, de silueta armoniosa y de grandiosas paredes redondeadas y firmes, de extraordinaria fortaleza, resultando tremendamente dificultoso escalar por su interior hasta alcanzar las esbeltas almenas protectoras desde donde, con toda seguridad, los dominadores de las mismas podían controlar el infinito mar, la abrupta y escarpada extensión de la costa y los acantilados embravecidos y cortantes, sin olvidar las envestidas de los asaltantes que pretendían conquistarla o adueñarse de ella.

Con todo, lo más espectacular, lo grandioso, la hermosura total y la belleza plena, lo que yo aquí quiero reflejar, se ofrece al esforzado caminante, que transita con la cabeza baja, los ojos fijos en la aridez del sendero pedregoso y el miedo en el corazón ante posibles caídas por causa de las constantes piedras puntiagudas, que se anteponen unas detrás de otras, sin apenas espacio para unos pies firmes y poco acostumbrados a tanta dureza como ofrece la senda de “les Planes”.

A poco que te detengas, a poco que levantes los ojos del suelo para contemplar un duro paisaje arrasado por el fuego de hace unos pocos años, observarás, no sin expectación y maravillado, admirando la belleza de la naturaleza adornada por el ingenio, la habilidad y el trabajo de la grandiosa imaginación creadora y la genialidad de un artista anónimo y desconocido, de unas manos duras, llenas sin duda de rugosidad, que fueron capaces de amontonar piedra sobre piedra hasta formar unas extraordinarias esculturas, que cambian de forma, que adoptan figuras diversas y variadas según la perspectiva desde la que el observador expectante se sitúe, según la distancia desde la que las contemples y el lugar elegido para deleitarte con tan fenomenal visión, como si se tratara de esculturas multiformes, que se ofrecen a la mirada dibujando en medio del agreste paisaje siluetas de las más variopintas formas y condición ante un espíritu contemplativo.

Y así, una, otra y otras… toda “les Planes” llena de pequeñas estatuas, de piedras perfectamente colocadas: grandes y chicas y más diminutas. Un auténtico museo de esculturas surgen por doquier: aquí y allá, a un lado y a otro por donde extiendes la vista, como alegrando y deleitando la visión ante ese castigado y desolado paisaje que un día la mano del hombre arrasó con un incendio; hoy, un artista anónimo, un escultor desconocido ha ido sembrando y regalando a cuantos caminantes se adentran por estos parajes y se atreven a levantar la vista, a hacer un alto en el camino para deleitarse en la imaginación creadora y en la sencillez de la naturaleza maltratada.

A partir de este instante el camino se hace agradable a pesar de lo áspero del sendero y la desolación de la tragedia, dejas de mirar los árboles truncados y la naturaleza muerta por el fuego.

El caminante se ve obligado a detenerse paso a paso para observar y contemplar con admiración la maravilla, que el ingenio humano ha sido capaz de recrear con elementos tan insignificantes de la naturaleza como es la piedra: piedra sobre piedra, piedra al lado y junto a otra piedra, un montón de piedras minúsculas sobre otras más grandes hasta dejar patente una escultura, una obra inmortalizada, una obra para la que desde estas líneas pido respeto y un ruego a fin de que la barbarie, a veces, del ser humano conserve, evite su destrucción, admire su belleza, lo valore, visualice y llegue a disfrutarlo desde lo más hondo de su ser, comprobando como en un paraje brusco, duro, pedregoso y arruinado puede aparecer la maravilla de un artista anónimo, que es capaz de transformar la naturaleza seca y árida en un paisaje digno de admiración, que te obliga a alejarte de tu ruta primera para seguir contemplando pequeñas estatuas, que destacan en la lejanía, te incitan a una reflexión y a perderte ante aquel museo tan maravilloso y atractivo.

No sé si desde estas líneas tengo fuerzas para ello, pero sí pediría un voto de respeto a la obra creada con esos materiales tan toscos del propio paraje, todo real, nada artificial, sin instrumentos de cincelar desmedidos, sólo con la mano del hombre y su imaginación de artista, pido un voto por esta obra que da encanto a un paisaje tan desolado; aunque, probablemente, el anonimato de esa mano creadora sea el más alto valor a admirar y contemplar. Dejemos que otros muchos, cuantos por allá pasen, sean capaces de valorarlo y contemplarlo.

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DESDE LA PERSPECTIVA: LO DISTANTE Y LO PRÓXIMO

Desde un alto picacho de forma esbelta y estilizada, puntiagudo, resbaladizo y cortante, se podía vislumbrar con cierta nitidez el horizonte perdido, alejado y difuso, donde la naturaleza, los seres y las formaciones de las cosas desaparecidas en la distancia apenas dejaban gozar de la belleza, la armonía, la hermosura y la delicadeza de todo lo allí establecido.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Es necesario descender al detalle, tocar la cercanía de lo permanente, sentir el temblor de lo estático y la timidez del movimiento, saborear la percepción de lo percibido y la sensibilidad de lo que se hace notar, requiere tu presencia para ser observado, se muestra como querido, manifiesta que está vivo, que tiene la alegría y la cualidad de lo llamativo, de lo que produce una respuesta, de lo que debe ser admirado y exige una pregunta profunda, un averiguar su significado, algo que atrae y provoca, cautiva e incita más allá de lo simplemente analizado o experimentado.

¿Quién puede ser capaz de pasarlo por alto? ¿Quién puede alejarse cada vez más sin absorber toda su sabia? ¿Cómo se puede menospreciar todo lo que aparece sin dejar huella de la existencia, de nuestro estar ahí? ¿Cuál puede ser nuestra certeza ante todo cuanto se muestra? ¿De qué modo se puede uno enfrentar a la realidad que nos aspira y nos incorpora incesantemente, nos colma con toda su capacidad, nos inunda con su sentido y razón, nos invade hasta saturarnos con la misma existencia del ser y la honda esencia de lo implantado?

Algo se produce sin duda que nos sobrepasa, simula como un extenso manto que nos cobija y protege, nos acuna con dulzura, nos hace comprender nuestro destino sublime y nuestra comunión con ello, nuestra misión trascendente de ser en realidad, de ser existente en el ser, de un ser afincado y no errático, inteligente y no ausente, personal y no vacío, individual y no fragmentado ni aislado, singular, indivisible, organizado, libre.

Esta visión arrastra al devenir, al constante devenir del que no se debe uno alejar nunca ni parece razonable huir, pues en él se encuentra la esencia, en el se halla la felicidad y la unión, salvo que prefieras caer en la nausea, en la frustración, en la absoluta nada.

Este devenir, en verdad, se convierte, se transforma en un principio, en el principio de la realidad, de esa realidad que es cambio constante y continuo, que es un fluir permanente. Así es como Hegel llega a representar el devenir como una superación, como la superación del puro ser y la pura nada, hasta el punto que sin él no se podría llegar nunca a la verdad, ya que sin devenir no se puede alcanzar el cambio, no se logra la transformación anhelada tan importante para conseguir el ser pleno, el ser en movimiento, el ser reparador, lo absoluto no se podría manifestar evolutivamente bajo las formas de espíritu y naturaleza.

Por todo esto, es preciso bajar del alto picacho, de ese abrupto picacho, escarpado y filamentazo que en un principio pareció hermoso y desde el que nos sentimos como seres superiores, seres únicos, desde el que contemplamos con gesto hierático y dominante la realidad que se aparece y se muestra, la realidad que se desdibuja por causa de lo distante y nos la imaginamos convencidos de que es la auténtica realidad, sin pensar que se trata de un simple fenómeno de los sentidos, que la transforma y nos hace concebir una apariencia como real, como no existente, como ajena sin quererlo a la propia realidad.

Aquí, en el mundo de los iguales, en la realidad de todas las cosas sin exclusión, se puede y se debe profundizar, se debe ahondar en la auténtica esencia de ese existir transformador, de ese ser al que se unen los seres en busca de la unificación, la unión permanente en ese constante y continuo discurrir.

¿Cuál es el papel de los sentidos ante esta situación? ¿Cómo convivir y relacionarse  en el mundo de los iguales? ¿Surgirá en alguien o en algo la fiebre imperiosa del poder? ¿Quién mandará? ¿Se sentirá superior? ¿Querrá en algún instante imponerse?

Si se trata de iguales, de los que sienten su entidad de ser en justicia y en libertad, nadie podrá nunca sobreponerse, considerarse superior a otros, a no ser que se violente de forma fragante el devenir de las cosas, el orden existente, la realidad permanente en continua ebullición y fluir constante.

Sólo el ser existente, el ser consciente de su entidad con conciencia plena de su existir, implantado en su pleno devenir, considerando al otro como igual, sintiéndose otro con sentido de su plenitud, es capaz de ocupar su espacio y su tiempo como un alguien peculiar con una misión que desarrollar, cumplir y llevar a la totalidad, al ser trascendente, al que aspira, misión de la que participa el otro y que junto con él ha de culminar.

 

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CERVANTES EN EL IV CENTENARIO DE SU MUERTE

Yace aquí el hidalgo fuerte

Que a tanto extremo llegó

De valiente, que se advierte

Que la muerte no triunfó

De su vida con su muerte…

 

Con estos versos que el propio Cervantes pone en boca de Sansón Carrasco, en el epitafio de la sepultura de don Quijote, una vez muerto éste y que aparecen al final del último capítulo de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, se podría pensar, ¿por qué no?, que el propio Cervantes, viendo ya cercana su muerte, se ponía él mismo su propio epitafio para su tumba recientemente descubierta.

Significativas son igualmente aquellas palabras que el mismo Cide Hamete deja impresas en las últimas líneas del mismo respecto a su  ingeniosa pluma: “aquí quedarás colgada de esta espetera y de este hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía… para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir, solo los dos somos para en uno…”

Extraordinarias palabras dedicadas a su pluma maravillosa, como despidiéndose con este gesto, que fue capaz de plasmar las genialidades de un ingenio tan magnífico en el arte de escribir. Así exclamó Guillermo Rojo hablando de Cervantes como modelo lingüístico: “el español es conocido hoy como la lengua de Cervantes”.

Martín de Riquer, a propósito de la Segunda parte de El Quijote y de la situación que en ella se vive en los últimos capítulos, donde se habla de la novela,  se comenta, se critica e incluso se da la bibliografía cuando se entera de el falso Quijote, dice: “con un dominio nunca superado en el arte de escribir novelas, Cervantes es capaz de reunir, relacionar y trabar en una sola acción seres de tan distinta procedencia y de tan diversa inspiración…” para concluir: “así Cervantes se presenta como un auténtico malabarista, que juega con su obra, se impone a ella y la lleva por donde quiere”, hasta hacer exclamar a José Manuel Blecua “que El Quijote es el gran libro de la vida, o que en su obra triunfa el concepto de discreto, que unido al concepto de naturalidad aparece el de dignificación popular”.

Al hilo de estas opiniones de tan importantes estudiosos, ¿qué cosas puedo decir de la habilidad de Cervantes para los diversos y variados registros lingüísticos?, ¿qué respuesta existe para las diversas novelas que van apareciendo sin cesar en El Quijote, en especial, en la Primera parte del mismo? Cervantes tan pronto utiliza un registro pastoril con Crisóstomo y Marcela, uno morisco cuando se relatan las aventuras del Cautivo, o picaresco en el episodio de los Galeotes, ejemplar en el Curioso  Impertinente, orador en el Discurso sobre la Edad de Oro y sobre las Armas y las Letras, como lo vemos manejando el género epistolar como un experto en sus variadas cartas: sentimental en la de Luscinda a Cardenio, parodia de tipo amorosa la de don Quijote a Dulcinea, familiar como la de Sancho a Teresa Panza o de ésta a Sancho, por no hablar de los cuentos tradicionales y populares puestos en boca de Sancho y un largo etc…, que no voy a enumerar y de sobra conocéis, pero que nos viene a demostrar de cómo Cervantes, escritor culto y elegante, es capaz de reproducir el estilo coloquial del pueblo con el buen humor que le caracteriza, con el chiste y juegos de palabras, con expresiones graciosas que van llenando su obra, dominada toda ella con una constante y fina ironía, que le lleva a exclamar a Capmany: “el principal mérito de Cervantes es la pureza y propiedad de la dicción y la claridad y hermosura de la frase”.

Centrémonos a continuación en el aspecto realista de su obra: ¿cómo pudo Cervantes presentarnos un personaje tan real como Sancho? Nos preguntamos. Si un escritor realista parte de la realidad, ¿de dónde partió él para ofrecernos ese personaje, que nos mete por el alma y aún por los ojos? Nos comenta Dámaso Alonso. Sin duda, Cervantes vivió toda su vida en contacto con la realidad exterior y de ella fue cogiendo cada uno de sus rasgos como buen observador; pero el personaje de Sancho es mucho más, es un conjunto de refranes, de sentencias, de agudezas y de chistes, es una biblioteca de cuentos, es un pozo de sabiduría popular.

El gran mérito de Cervantes fue que unió todo este material y lo fundió en un personaje. Su gran mérito es que creó a Sancho no como un ser humano único, sino más bien que en él reflejó un compendio de ciencia popular; por eso, dice Dámaso Alonso: “Cervantes no se limita a juntar el alma humana de una manera estática, sino que lo convierte en una pintura dinámica, es el movimiento y son los cambios del alma ante las cosas y ante los seres”. Por eso, si queremos entender los rasgos de la técnica cervantina en el retrato del alma, lo más certero es seguir la evolución de Sancho: allí vemos como unas veces es crédulo en su afán por alcanzar cosas materiales, pero otras, su sana razón le hace comprender la más dura realidad.

Así, la verdadera interpretación del alma realista de Sancho oscila entre el devenir del Sancho-Quijote y el de Sancho-Sancho, entre ser él mismo o dejarse llevar por la fantasía de su señor, según opinan todos los estudiosos y críticos de su obra. De esta manera, Cervantes se nos muestra como maestro y dueño absoluto de sus materiales al hacer reaccionar a Sancho sin violencia, con gran naturalidad.

Cervantes ha visto con meridiana claridad que todo ser humano es una mezcla, y así nos muestra en los caracteres de don Quijote y Sancho una representación perfecta del alma humana elevada a la máxima plenitud; de este modo investiga Cervantes el tema esencial y permanente del ser humano: lo que le tiene pegado a la tierra y lo que le eleva a Dios. Cervantes logró alumbrar una obra realista y a la vez universal.

En el prólogo de la Primera parte de El Quijote Cervantes nos dice: “que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas salga vuestra oración y período festivo… dando a entender vuestros conceptos sin intrincarlos ni oscurecerlos. Procurando también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. Siguiendo esta fórmula, su prosa reviste multitud de modalidades estilísticas encaminadas a la eficacia y al arte.

Además con este mismo criterio, Cervantes pretende hacernos reír, de aquí que ridiculiza y satiriza, parodia las cosas absurdas y las fantásticas; en suma quiere crear un nuevo género literario que desacredite la caricatura del heroísmo y evite la confusión entre el héroe de verdad y el héroe de fábula. Cervantes satiriza, se burla y desprecia la caballería, lo que realmente hace es centrarla en su realidad y apartarla con la parodia, la ironía y el sarcasmo; de esta manera la parodia se convierte en otro de sus grandes méritos: lo importante para Cervantes es que, siendo El Quijote una novela que se propone satirizar, una novela literaria de la época, que para nosotros ahora puede no significar nada, sin embargo tenga una validez perenne y constante en todo el mundo civilizado, gracias al genio y al ingenio de nuestro autor, alcanzando una trascendencia universal.

El diálogo es sin duda uno de sus mayores aciertos estilísticos: Cervantes hace hablar a los personajes con tal verismo: “la conversación pausada y corriente entre don Quijote y Sancho alivian de alguna manera la monotonía de su vagar, dice Martín de Riquer, supliendo cualquier procedimiento descriptivo. Este diálogo adquiere a veces una especie de técnica dramática y se hace rápido y vivaz, se enlaza en preguntas y respuestas con lo que los personajes quedan perfectamente individualizados por su forma de hablar”.

Cuando Cervantes narra las aventuras de don Quijote emplea un estilo irónico, pleno de chistes, juegos de palabras, expresiones llenas de comicidad logrando que la ironía adquiera una gran fuerza; es curioso que al acabar la Segunda parte de El Quijote ya ha cumplido los sesenta y ocho años, estando al final de sus días, está en la miseria, ha padecido desdichas y calamidades de toda suerte en la guerra, en el cautiverio, en su hogar, ha recibido la humillación y burlas en el ambiente literario; pero, a pesar de todo, su buen humor y gracia inunda toda su obra, aunque en la mayoría de los casos tales bromas encubran amargas verdades y reales desengaños. 23 de Abril 1616.  Vale.

 

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LA IMPORTANCIA DE COMPARTIR CONOCIMIENTOS

Muchos son los elementos que propician la transferencia de conocimientos según nos informan la mayoría de los estudiosos del tema, yo quisiera destacar y fijarme, en esta ocasión, en uno solamente, dado su carácter sustancial, aunque fundamentalmente los ordenaría en el siguiente orden de importancia: la cultura, los medios tecnológicos, la infraestructura y los sistemas de evaluación; ciertamente no basta con uno sólo de ellos por muy significativo y ventajoso que éste sea, todos deben funcionar en una perfecta armonía y sintonización si queremos obtener buenos y perennes resultados, resultados positivos, satisfactorios y exitosos para nuestro bien personal y colectivo.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Es por tanto, desde mi punto de vista, que existe uno de ellos que destaca por su significado e importancia, por su fuerza; uno, que es muy difícil de alterar o menospreciar y mucho menos dejar de lado o abandonar; uno, sobre el que quiero reflexionar en este instante, me estoy refiriendo como seguro que todos pensáis y estaréis de acuerdo conmigo a la cultura, ya que ésta contiene una combinación sobresaliente de historia, de expectativas propuestas, de reglas la mayoría de las veces no escritas y, muy importante, de ética social compartida por todos y que afecta a la conducta de todos; aunque aparentemente la cultura sea más efímera que los otros elementos mencionados, sin embargo, tiene más fuerza, más poder de influencia, más sentido de globalización y colectividad, es mucho más activa y dinámica, con una tendencia natural a poder ser compartida y a colaborar eficazmente con los otros elementos.

Por todo esto, aprender a intercambiar conocimientos es una actividad social que se lleva a cabo entre individuos; de aquí, que las prácticas relacionadas con las personas, la cultura y el contexto en el que éstas se encuentran o en las que ejercitan su actividad son muy complejas, ricas y globalizadoras; por consiguiente, para estar convencidos de que las prácticas y los conocimientos no sólo se transfieren de unos a otros, sino que se realizan y se desarrollan de forma firme y eficaz de manera que resulten provechosos, es vital, yo diría que hasta necesario, poner a todos los individuos, que estén preparados y dispuestos a este intercambio de conocimientos profundos, en contacto entre sí, para así poder transferir los conocimientos que cada uno posee y almacena, intercambiando y compartiendo.

Por tanto, en una colectividad de la índole que sea, cuando sus componentes empiezan a ayudarse mutuamente en lugar de ponerse zancadillas, a hablar, a dialogar y a escucharse, comienzan a transmitirse cosas que cada uno sabe, ha experimentado y ejercitado, ha aprendido en definitiva; esta simple iniciativa se convierte al instante en un proceso que se va perpetuando por sí mismo, va creciendo sin cesar hasta alcanzar un efecto beneficioso y benefactor para el grupo o para el conjunto de la colectividad.

Es muy importante y eficaz, es necesario para ello, crear una cultura de equipo que lo apoye, que colabore sin desmayo, que elimine toda posible rivalidad del tipo que sea, que muy frecuentemente se suele dar entre los seres humanos, que haya un nivel básico entre ellos de habilidades significativas para poder solucionar los problemas que puedan surgir, teniendo siempre dispuesta la capacidad de escuchar e interiorizar.

He aquí, la importancia del factor humano por encima de todos los demás. Sólo un enfoque que esté centrado en las personas será competitivo, pues es muy sustancial y necesario desde el primer instante prestar especial atención a los valores que cada uno posee, que puede desarrollar más y más, de ahí se deduce lo significativo y sustancial de la capacidad de compartir; pues, así, los cambios culturales llegarán a ser posibles, aunque resulten difíciles y costosos, aunque surjan un cúmulo de acontecimientos, que nos estorben  y nos impidan ver el camino, que con seguridad sabremos vencer.

Claro que para ello no debemos olvidar el pensamiento de que las acciones son mucho más poderosas que las palabras. Estamos cansados de tantos dirigentes, de tantos seres que se creen importantes que hablan y hablan como charlatanes de feria, que prometen y prometen una y otra vez para luego no cumplir nada de lo afirmado, intentando engañarnos, transmitiéndonos mensajes falso, tomándonos por tontos e imbéciles, como ignorantes de los medios tecnológicos y de las habilidades sociales.

Ésta es la razón por la que defiendo la importancia de participar de la cultura y del intercambio de la información; esto es lo que significa que la persona participa y demuestra que se siente comprometida con la formación, con el proceso de cambio; ya que lo más destacado del conocimiento es compartir la cultura y practicar la democracia, no quedárselo como si aquello perteneciera a un feudo privado y único; no se puede, no es justo acumular conocimientos e impedir que otros accedan a ello, pues eso no otorga poder, no nos hace más poderosos ni importantes, antes bien, nos empobrece, nos achica y anula, nos puede llevar a la aniquilación.

El aprendizaje compartido, por consiguiente, se convierte en un concepto extraordinario: nos permite beneficiarnos del conocimiento y de la experiencia de los otros, así como los otros del nuestro; nos ofrece una serie de soluciones innovadoras y creativas; nos proporciona unas soluciones a veces imaginativas, pero que nos resultan tremendamente provechosas para alcanzar nuestro objetivo, nuestra realización dentro de la colectividad; se convierte en algo esencial para poder actuar y organizarnos mejor individualmente o en equipo.

“Si las personas son el motor del saber, deben tener la responsabilidad de identificar, mantener, aumentar y compartir su base de conocimiento, dado que el conocimiento es información en acción” dice Carla O’Dell.

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EN EL IV CENTENARIO DE LA MUERTE DE CERVANTES

Si el año pasado se cumplía el cuarto centenario de la segunda parte de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, el llamado “Quijote de 1615”; este año, debemos celebrar, como sin duda se merece, el cuarto centenario de la muerte de su autor, Miguel de Cervantes.

Así lo espero y así lo deseo, ya que el año pasado nada de mis expectativas se cumplieron sobre su conmemoración; sin embargo, anhelo no sólo por parte de las autoridades de nuestra ciudad, quienes deberán hacer un esfuerzo especial para homenajear a uno de los ciudadanos más ilustres y más celebre, no me atrevo a decir más digno, pues dignos somos todos cuantos deseamos y nos esforzamos en la medida de nuestras fuerzas y posibilidades con honradez por ver cada día más grande, más brillante y mejor reconocida a nuestra ciudad; sino también, a cuantas instituciones y colectivos culturales e intelectuales se asientan en la misma: a todos invito, todos tenemos la obligación de poner nuestro granito de arena, todos debemos hacer que este año sea glorioso para nuestro homenajeado e importante para nuestra ciudad.

Cervantes, según todos sus biógrafos, murió en su casa de la calle León en Madrid, esquina con la calle Francos, el día 22 de Abril de 1616, siendo enterrado el día 23 de Abril, de ahí la idea popular y tradicional de que Cervantes murió el día 23 de Abril de 1616, día en el que hoy se conmemora su muerte, se entrega el premio Cervantes en el Paraninfo de la Universidad, se leen algunos capítulos de “El Quijote” en su honor y se celebra el día del libro. Este año debe ser algo extraordinario y magnífico.

Ya, Miguel de Cervantes, en su dedicatoria al Conde de Lemos de su novela “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, escribe cuatro días antes, como presintiendo su eminente muerte, el 19 de Abril de 1616, “ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo esto:        el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan…”; más adelante, en el mismo Prólogo, hace suyas aquellas versos del Comendador Escrivá con estas palabras: “aquellas coplas antiguas que fueron en su época celebradas: “puesto el pie en el estribo”, quisiera yo que no vinieran tan apelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas puedo comenzar:

Puesto el pie en el estribo,

Con las ansias de la muerte,

Gran señor, ésta te escribo.”

A propósito  de “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, sin duda una de las novelas de Cervantes menos leída y conocida, publicada una vez muerto nuestro autor en 1617; sin embargo, sin temor a equivocarme, me atrevo a afirmar que es una gran novela, una novela que sin la existencia de “El Quijote” hubiera hecho grande a Miguel de Cervantes y que supone una recopilación de toda su obra, eclipsada, sin duda, por la categoría, prestigio, excelencia y universalidad de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”; pues si “El Quijote” es la manifestación del realismo cotidiano, “Los trabajos de Persiles y Segismunda” supone el triunfo definitivo de los ideales más cervantinos; además de mostrarnos la despedida del autor de este mundo y de su gente con aquellas palabras: “adiós gracias, adiós donaires, adiós amigos, que yo me voy muriendo y desearos veros presto contentos en la otra vida”.

Ya que estoy hablando de “Los trabajos de Persiles y Segismunda”, quiero manifestar mi simpatía por esta novela y animar a otros a interesarse por su lectura, a saborear su contenido, a disfrutar de sus paisajes y su fantasía creadora propia de un gran genio.

Cervantes en esta obra deja volar su imaginación creativa para ofrecernos una bella y hermosa ficción novelesca, en la que los héroes vencen y la vida se describe con todos los colores: el amor, la poesía y el misterio forman un trío esencial en este maravilloso ambiente.

“Los trabajos de Persiles y Segismunda” significan una afirmación optimista del mundo fantástico e imaginativo. “El interés de esta novela reside, según palabras del estudioso José García López, en los vigorosos personajes secundarios, en las descripciones de imaginarios paisajes, en el estilo cuidado y elegante, pero sobre todo en el clima poético y fantástico en el que se desarrolla la acción”.

“La prosa de “Los trabajos de Persiles y Segismunda” es de una perfección singular, llena de gracia y belleza: visiones encantadores de paisajes y mares desconocidos hablan de la calidad de su estilo”, expresa en otro momento José Manuel Blecua.

Concluyo con un pequeño ejemplo de lo aquí manifestado: “…mostrábase el mar colchado, porque el viento tratándole con respeto, no se atrevía a tocarle más de la superficie, y la nave suavemente le besaba los labios, y se dejaba resbalar por él con tanta ligereza, que apenas parecía que le tocaba…”

He querido, amable lector, con estas líneas recordar los últimos instantes de nuestro admirado Miguel de Cervantes, mencionar la pequeña anécdota del día de su fallecimiento, expresar mi respeto por la última de sus obras, puesto que la concluía mientras se iba muriendo, y animar a su lectura; pero sobre todo lo más interesante, deciros a todos que bien merece un gran homenaje por nuestra parte en el IV centenario de su muerte por cuanto nos ha enseñado, por la gloria que gracias a él alcanzó nuestra ciudad y, de una manera especial, por ser tan gran persona y tan ingenioso e ilustre escritor.

 

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LA CAPACIDAD DE ASOMBRARSE

Comencemos este nuevo artículo, como nuevo es el año que acabamos de inaugurar, con una simple e insignificante pregunta pero cargada de un profundo sentido. Hagámonos, antes de empezar, este sencillo interrogante, conocido por todos y con toda seguridad formulado en muchas ocasiones y en momentos difíciles de nuestra existencia: ¿Qué cosa necesitamos para ser unos buenos filósofos, unos profundos pensadores?

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Hace muchísimos años, lo recordaréis con toda seguridad, muchos más de dos mil años, a uno de aquellos viejos y afamados personajes, conocidos hoy como filósofos, se le ocurrió decir que la filosofía surge del asombro del ser humano ante la realidad que se le muestra delante; es decir, que lo único que el ser humano necesita, respondiendo así a nuestra pregunta primera: ¿qué cosa necesitamos para ser unos buenos filósofos?, siguiendo el dicho de nuestro admirado y viejo filósofo, es nuestra capacidad de asombro.

Ciertamente, la mejor manera de acercarnos a la filosofía, a la realidad que nos circunda, será preguntándonos, haciéndonos interrogantes, asombrándonos ante cualquier fenómeno, ante cuanto sucede a nuestro alrededor y tenemos conciencia de ello, ante todo cuanto admiramos y nos sobrecoge.

Cuando hablamos de preguntas, cuando empleamos la palabra interrogante, no nos estamos refiriendo a esas grandísimas y elocuentes preguntas transcendentales, a esos interrogantes profundos de los que siempre hemos oído hablar y comentar, que son ya algo utópico entre nosotros y están muy manidos, yo diría hasta en desuso, como: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo fue creada esta realidad en la que existimos? ¿De dónde surgió todo? Y un sin fin de cuestiones que pueden venir a nuestra mente, estando seguro que ya nos las hemos formulado en numerosas ocasiones sin encontrar a veces una respuesta que nos satisfaga.

Al final de este proceso, descubrimos que nos es mucho más fácil preguntarnos, que resolver esas mismas preguntas, por lo que desistimos de ello. Claro que a poco que nos paremos un momento, que hagamos un pequeño alto en nuestro caminar, observamos y descubrimos que el mundo, esa realidad en la que estamos inmersos, en la que nos relacionamos, en la que compartimos espacios, no está asentada como en realidad la contemplamos, la vivimos y sentimos, que no es algo habitual, que no puedes enfrentarte a ello como algo cotidiano; pues, en ese momento, dejas de ser filósofo, ya que has perdido, entonces, esa capacidad de asombrarte y de admirar, te has alejado del planteamiento de aquel viejo filósofo.

En verdad, aunque las cuestiones filosóficas nos compiten a todos y nos importan a todos, no todos nos convertimos en filósofos. Un filósofo nunca puede habituarse a lo que sucede sin asombrarse, sin que brote de su interior un interrogante; en caso contrario, habrá perdido esa capacidad, pasará por la vida renunciando a lo más importante del ser humano, del ser existente.

Suele suceder, dado que nos planteamos que somos seres extraños y misteriosos, que tú, amigo o amiga mía, amante del mundo de las princesas o de los héroes con los que sueñas o añoras, en los que dices transformarte, te vas dando cuenta que no eres “la Bella Durmiente” ni ninguno de los mitos idolatrados de tu actividad preferida; es, entonces, superada esta cuestión, cuando te interrogas quizá de otra forma y con otras palabras o sentimientos: ¿Quién soy? ¿Dónde me encuentro? ¿Cuál es y de qué está hecha esta realidad en la que vivo? Así, poco a poco, nos vamos habituando a este mundo tal y como es o, mejor, como nos parece que es, huyendo de la auténtica realidad.

Por todo esto, aunque la filosofía nos concierne a todos, aunque el pensar es propio de todos y cada uno de los seres personales por el simple hecho de ser y existir; ciertamente, no todos nos dedicamos, nos afanamos con determinación al bello arte del filosofar, a admirar y asombrarnos ante lo que nos rodea y surge en nuestro entorno, pues la gran mayoría nos aferramos a lo habitual, a lo cotidiano, como si no existiera nada que nos sobrepasara; de modo que deja de producirnos asombro aquello que vivimos día a día, aquello que está sucediendo a cada instante y de lo que pasamos “olímpicamente”, perdonad la expresión, quedando relegadas a un segundo o tercer plano aquellas cuestiones importantes  y que nos compiten como ser.

Por ello, me atrevo a sugerir, con vuestro permiso, que es necesario, que nos enfrentemos a la realidad con los ojos y el espíritu de un niño o una niña, con la capacidad y la admiración de éstas y éstos, contemplándolo todo y viéndolo como algo nuevo, como si sucediera o lo experimentásemos por primera vez; sólo entonces, brotarán espontáneamente sin tener que estructurarlos, sin la presión de nada ni de nadie infinitos interrogantes y cuestiones; sólo entonces ejercitaremos esa capacidad de asombro y dejaremos de examinarlo como algo normal, habitual o cotidiano.

Siguiendo este pensamiento, ahora más que nunca, ahora que iniciamos un nuevo año, reclamo para todos, el papel de filósofo, como el del ser que no se ha habituado a las cosas sin más, que no vive la realidad como algo normal y sin mayor importancia, como simplemente lo cotidiano, sino que la contempla como algo extraordinario, novedoso y misterioso, con los ojos de un niño o de una niña; pues, igual que éstos y éstas tienen la capacidad de asombrarse, igual el filósofo y todos los seres humanos, por el simple hecho de serlo, debieran de ser susceptibles durante toda su existencia de esa misma capacidad.

Aquél o aquélla que no se reconoce en el niño o en la niña, es, porque se ha habituado tanto a la realidad que no encuentra nada capaz de asombrarle ni llamarle la atención; entonces, corremos un grave peligro, entonces nos convertimos en alguien indolente e indiferente, en alguien que camina por la vida como dormido. Necesitamos, pues, con urgencia, despertarnos, vivir la vida con intensidad y recuperar la capacidad de asombrarse del filósofo, si es que después de todo lo vivido y lo acaecido, de todo lo que falta por resolverse, de toda la realidad apasionante que aún nos falta por vivir, cabe en nosotros dicha capacidad. Capacidad que yo reclamo para todos. ¡Eh aquí mi deseo!

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FELIZ NAVIDAD 2015 – 2016

Un año más tenemos la gran dicha de podernos felicitar, de poder decir, aunque suene a tópico, aquello de “FELIZ NAVIDAD 2015 Y VENTUROSO AÑO 2016”.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Sin duda es una suerte saludarnos con alegría y celebrar estas fiestas tan entrañables, tan deseadas por la mayoría y tan anheladas por los pequeños, probablemente, los más felices de todos y los más entusiastas y sinceros.

No es hora de recordar todos los contratiempos que nos rodean, aunque nos sea imposible apartarlo de nuestra mente y de nuestro corazón; sin embargo, debemos ser valientes, esforzarnos por mirar hacia adelante y con paso firme y decidido gritar con más fuerza, si cabe, estas dos palabras llenas de buenos deseos, que todos debemos decirnos como saludo en estos días y siempre: “FELIZ NAVIDAD”. “Felices Fiestas”, que tengamos al menos unos días en paz y armonía entre todos y para todos.

Nieves y yo junto con nuestros hijos y nietos os deseamos en estos días de una manera especial lo mejor.

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GESTOS, GUIÑOS, MUECAS Y OTROS SIGNOS

Hoy que tanto se habla de gestos. Hoy que todos queremos ver gestos y presumimos de saberlos interpretar. Hoy que todos creemos entender perfectamente los gestos que los demás hacen y lo defendemos con autoridad. Hoy que todos estamos pendientes de cualquier movimiento del rostro, de la más mínima gesticulación de los labios, hasta el punto que los personajes más afamados de cualquier índole o profesión ocultan con sus manos la boca para que nadie sea capaz de sacar conclusiones o averigüe lo que éstos quieren comunicar. Hoy que estamos convencidos de llegar a conocer con seguridad

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

cualquier rasgo de carácter o conducta, cualquier insinuación o indicio del tipo que sea, donde pensamos que se manifiestan diversos estados anímicos que reflejan una situación distinta del afecto, que revelan una intención o una actitud que los demás perciben o creen percibir o no, que llegan a comprender, creen conocer y deducir como algo expresivo, hasta tanto que muestran un caudal de ideas nuevas, de mensajes a descifrar, de lenguajes que son indicios de un fenómeno que permite inferir a todas luces, vislumbrar a distancia la existencia de algo no percibido, dar que hablar, deducir para bien o para mal sin caer en la mueca de algo grotesco o cómico, de algo exagerado, de un movimiento brusco, que en la mayoría de los casos, nunca llega a ser un reflejo sincero y serio de la realidad ni de lo que otro imagina, aunque si un gesto externo de lo que alguien quiere ver e interpretar, está deseando entender, busca y anhela que así sea o desea que los demás lo compartan y lo asimilen igual que él.

No digamos nada si los gestos son de la cara, que apenas se hacen perceptibles, de la cabeza que aparentan un fenómeno más llamativo e interesado, del cuerpo o de las manos, que logra que el lenguaje sea más intenso y expresivo, como brotando de las partes más profundas del ser, que quiere dejar claro su entidad, su personalidad y su autenticidad; a veces, se sustituye esta expresividad por algo distinto, como puede ser: una actitud, una postura del cuerpo, una llamada de atención como algo fijo y constante, una disposición del espíritu manifestada al exterior de manera contundente frente a una acción o una idea del pensamiento, que puede ser fruto de una experiencia personal, influencia de otro ser o cosa, o lo más frecuentemente, en un momento con unas expectativas precisas y puntuales producto de la presión de un grupo o que el instante y las circunstancias así lo requieren y exigen.

Así, podemos caer en el ademán, en ese movimiento preciso y exacto con el que igualmente manifestamos los diversos estados de ánimo, en esa permanente actitud de ir ejecutando, realizando, comprendiendo y procurando que los demás lo entiendan como tal, sirviendo de guía, de horizonte deseado, de una manera suave y delicada sin accionar, sin manotear de forma exagerada y continua, cuando vas dando a luz tus mensajes, tus ideas, tus pensamientos sublimes bien hilvanados y constantes, sin que la mueca grotesca o el mohín gracioso signifiquen por lo general un enfado fingido ni ingenioso, aunque en muchas ocasiones se llega a ello, confundiendo no sólo a quienes lo siguen, sino a aquellos que  desean y  buscan que sea algo convincente para seguirlo, sin obviar que al final resulte algo ruin, triste, torpe o, en el mejor de los casos, cómico. Claro que muchos llegan a visualizarlo como un visaje reflejo de ese mismo estado de ánimo.

De pronto, sin madurarlo mucho, sin balbucirlo con suficiente frecuencia, sin rumiarlo ni rumorearlo excesivamente, nos damos cuenta, nos hacemos de golpe conscientes, llegamos a comprenderlo de forma natural como un auténtico indicio, como un signo o algo similar que nos arrastra y nos hace presumir de algo con fundamento, con rotundidad, cayendo sucesivamente en el asomo, en la presunción, en la sospecha, en el comienzo de algo sin propósito de intentar profundizar en ello ni en su esencia primigenia, lo que de alguna manera presupone una certeza clara que nos lleva con seguridad a no dudar racionalmente de ello, como si el objeto en cuestión se ofreciera sin más al entendimiento, como si alcanzara una visión cognoscente en la que llegamos a intuir lo que se muestra de una forma clara y distinta.

Los filósofos, los seres ilustrados siempre han ligado el problema de la evidencia al de la certeza de una cosa; de aquí, el significado y la importancia que tienen los gestos y que nosotros les damos.

Sin duda, un paso más allá al que nos lleva este razonamiento es la huella, señal o vestigio de donde se infiere y nos conduce a la verdad de algo, a la averiguación o su investigación, aunque, en la mayoría de los casos, nunca nos aproximamos a ello, ya que no estamos muy acostumbrados a profundizar en el ser de las cosas, preferimos siempre quedarnos en la superficialidad, en la carencia de sentido del lenguaje, que se convierte a menudo en sarcasmo, en palabrería sin fundamento y sin esencia sustancial; por ello, pienso que nos quedamos con frecuencia en los síntomas, únicamente en los datos subjetivos, como si  fuéramos unos enfermos, que nos fiamos de nuestra percepción frente a los signos, que observa y maneja el especialista ante los datos objetivos de la enfermedad que nos agobia: de aquí, la sintomatología; de aquí, que un síntoma pueda ser objetivo, en numerosos casos, así se considera.

A fin de poner fin a este proceso de pensamiento, se hace obligatorio y preciso, yo diría que hasta necesario, recurrir a los signos y al lenguaje de los mismos como algo fundamental, como fenómeno sensible destinado a manifestar, a dejar patente algo que no es actualmente sensible ni pertenece al mundo de lo sensible o que nunca, nunca pueda serlo.

El signo a diferencia de la señal que se dirige al reflejo, supone una inteligencia que lo interpreta, que es capaz de captar la idea de una relación, de algo que se da y se ofrece entre un hecho percibido y otro que no lo es.

Por todo ello, por este proceder, creo que se hace patente, resulta necesario este pequeño estudio sobre el tratado de los gestos, los guiños y  todo el innumerable repertorio de sinónimos que conlleva. Sin lugar a dudas, un estudio en profundidad de los mismos nos aportaría una gran riqueza interpretativa y una certeza de nuestra convicción; pero, en esta ocasión, dado el agobio que todos estamos padeciendo, me conformo con abrir una puerta o una ventana  pequeña si preferís, dejar una huella sobre lo mucho que habría que trabajar para llegar a entender con seriedad el lenguaje de los gestos, eso que simplemente llamamos “gestos” o “el mundo de los gestos”, palabra sin duda muy de moda en los tiempos en que vivimos.

 

 

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UNA REFLEXIÓN AL FINALIZAR OCTUBRE

Nos encontramos en un momento confuso, convulsionado por los acontecimientos que nos cuentan, vemos y afloran a nuestro alrededor minuto a minuto: no puedes abrir un periódico, es muy difícil conectar una emisora de radio, resulta prácticamente imposible que enciendas el televisor y no choques de bruces con éstos o parecidos problemas o con otros nuevos que surgen por doquier, lo que hace que muchos queden relegados, carezcan de importancia, se pierdan en el olvido aún siendo más transcendentales, más relevantes.

Obra de Nieves Prat

Obra de Nieves Prat

Si vas por la vía pública, si asistes a tertulias o reuniones, si te encuentras con los amigos tomando un buen vino, si caminas por cualquier otro lugar, raro es el instante que no llegan a tus oídos los mismos comentarios sobre los mismos acontecimientos, los mismos avatares, las mismas vicisitudes y preocupaciones, los mismos sin sabores que tanto, tanto agobian al ciudadano de a pie, que acaban creando en el espíritu una tremenda zozobra, una honda desazón que acapara toda tu mente, roba todo tu tiempo y termina angustiándote al igual que al resto del mundo.

Hoy es un día especialmente extraño y negro; un día cargado de malos presagios e intenso dolor, no por los abundantes nubarrones que cubren el cielo apenas permitiendo vislumbrar la claridad solar, no por las torrenciales lluvias que aunque asumidas no acaban de llegar, no porque la noche se deje ver antes de lo habitual  para que los muertos vivientes se apoderen de las calles y plazas sobrecogiendo a los más desprevenidos o poco habituados en razón de su edad o tradición, me refiero a los “zombis”.

Hoy es un día muy raro, de esos que te obligan a decir a gritos aquello de “¡aunque no hubiera amanecido!”; un día, en el que la oscuridad se apodera de la mente, las tinieblas dominan sobre todas tus ideas y reflexiones, el espíritu se siente hundido en lo más profundo del pozo y sin fuerzas  para poder levantar el vuelo; un día aturdido y violento en el que te revelas contra todo y contra todos, en el que no bendices la suerte ni te encuentras glorificado; un día, en el que D. Juan deja de ser Tenorio y las dudas más espantosas se ciñen sobre la blanca candidez de Doña Inés, no percibiendo la necesidad de subir a ese escenario para representar el triunfo del amor; un día, en el que se olvida el perdón y la misericordia y sólo quedan ganas de que explote el firmamento, la tierra y el cielo se unan dando a luz a un aliento nuevo, una alianza de paz y amor, de compasión y entendimiento, de descanso y encuentro, otro mundo distinto.

Entretanto, contemplamos las largas  y extensas hileras de todos los marginados, de los que huyen del horror y la miseria, del afán de poder de unos pocos y las guerras cruentas, de la destrucción, mientras aparecen ante nuestra vista escenas de pobreza suprema, de ruinas de pueblos y ciudades, de cuerpos inertes que ya nada nos dicen acostumbrados como estamos a verlos desfilar día a día ante nuestra mirada, haciéndonos cada vez más insensibles, más conformistas y resignados ante tantas y tantas desgracias; mientras, otros se divierten, asisten de fiesta en fiesta, de representación en representación, expresan palabras grandilocuentes, nos llevan de engaño en engaño, de robo en robo, de lujo y derroche sin límites y nosotros seguimos con tanta dureza en el corazón, con esa ausencia de sentimientos, sin querer ver, ni oír ni poner remedio, sin percibir la causa del dolor y la ansiedad, sin atrevernos a levantar la voz y a protestar, callados y en silencio asistimos al espectáculo “como si aquello no fuera con nosotros”, no formara parte de nuestra vida, no estuviéramos implicados en esa cruda realidad, fuera de otro mundo al que no pertenecemos.

Una terrible impotencia se apodera de tu mente; un principio de rebeldía brota desde lo más profundo de tus entrañas; una violencia desconocida en ti se va adueñando de todo tu ser y te ves incapaz, empequeñecido, como algo diminuto y minúsculo ante la magnitud de lo que sucede, esperando que en algún momento, en algún lugar de tu interior se haga la luz, aunque sea una pequeña lamparilla, un extraño candil que vaya iluminando poco a poco hasta que lo luminoso se haga pleno y todo brille con la armonía anhelada, con el don de la paz.

Acabamos con la contemplación y recreación del Don Juan Tenorio, ese hombre que vive ajeno y al margen de lo social, de lo religioso, de lo político: un hombre que vive siempre al límite, sin miramientos ante nadie, sin escrúpulos, pendiente sólo de su “ego”, de sus deseos, de aquello que le es más beneficioso, sin importarle nada “el precio que tenga que pagar por ello”, sólo una dulce Doñas Inés.

No sé si el amor, en esta ocasión, será capaz de cambiarnos; ignoro si lograremos la salvación, pero nuestra obligación, nuestro deber inmediato será luchar para que esto se resuelva y la armonía se haga presente entre nosotros.

 

 

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