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UN DEMONIO DEMASIADO MODERNO

Un día, estando jugando con una de mis nietas de siete años de edad, interrumpiendo su participación en el juego, mirándome seria y fijamente

"Un demonio demasiado moderno" Obra de Nieves Prat

“Un demonio demasiado moderno” Obra de Nieves Prat

a los ojos, me increpó de improviso y con total normalidad:

-¡Abuelo! Quiero que escribas un artículo sobre “un demonio demasiado moderno”, añadiendo a continuación y sin pestañear, como si de una persona mayor se tratara-. Tienes que poner en el mismo, que éste título te lo ha dicho tu nieta Sara.

Me dejó perplejo y paralizado. Me acababa de convertir en una estatua de frío mármol, en una estatua pétrea de mármol blanco e inexpresivo, sin palabras, sin pensamientos que exponer, sin argumentos que reseñar y sin capacidad para responder.

Más tarde, cuando la cálida sangre comenzó de nuevo a circular por mis arterias y mi mente recobró su actividad, la interrogué superado el estupor y el pasmo:

-¿Qué significa eso de “un demonio demasiado moderno”?

-Tú eres mayor- me replicó sin titubear-. Tú eres un abuelo y sabes mucho más que una niña de siete años.

Una vez más no supe como reaccionar. Una vez más me había desarmado y las palabras no brotaban de mi boca ni las ideas fluían a mi pensamiento.

Ella, muy decidida, cogió unos folios de reciclaje, su estuche de pinturas y un lapicero y se puso, sin más, a dibujar unas formas, formas que al poco eran figuras y a escribir una historia sobre ese demonio demasiado moderno que tenía en su imaginación. Mientras, trazaba unas siluetas de un mundo lleno de dulzura y felicidad, un mundo propio de la fantasía de una niña.

Alentado y animado por su iniciativa y decisión ¡no iba a ser yo menos!, me atreví, poco después. a tomar una pluma y, siguiendo su ejemplo, a expresar algunas palabras sueltas que como abuelo debería saber interpretar.

Primeramente, busqué en las carteleras de espectáculos por averiguar, si existía algún musical de origen religioso donde apareciera el personaje de “un demonio demasiado moderno”. Nada encontré al respecto, tampoco era probable que mi nieta tuviera noticias de ello si es que lo hubiera.

Más tarde, eché mano a la literatura. Esto era mi fuerte, no en vano había pasado mi vida enseñando esta especialidad a alumnos y alumnas de bachillerato. Estaba convencido que aquí hallaría multitud de expresiones, de frases del lenguaje popular, de obras de grandes autores, que ya acudían a mi mente en señal de socorro, sobre el demonio o el diablo, aunque faltaba el calificativo de “demasiado moderno”.

-¿Por qué me había formulado el nombre de demonio y no el de diablo?- me pregunté una y mil veces.

En verdad, ambas palabras eran sinónimas, a pesar de que su etimología fuera diferente; ya que, una y otra, hacían referencia a seres malignos, a ángeles caídos y arrojados al abismo, a genios de una gran agudeza para causar el mal. Los dos términos, comprobé muy minuciosamente, han sido muy usados y de manera indistinta en nuestros clásicos, desde el gran Cervantes, al genial Quevedo o al mismísimo creador argumental Lope de Vega por no citar a otros muchos. Siempre, siempre, han sido representados demonios o diablos como símbolos de las fuerzas del mal, independientemente de las épocas, pero… ¡un demonio demasiado moderno!

Recuerdo vagamente que Lérmontov escribió un poema de origen lírico, lleno de una gran sensualidad, con un cierto carácter épico, en el que un demonio se enamoraba de una bella joven, pero ¿éste era un demonio demasiado moderno?

Me vino de inmediato a la mente la imagen de Espronceda, su Diablo Mundo y la metamorfosis que sufre un anciano convirtiéndose en un joven aventurero.¿Acaso éste sería “un demonio demasiado moderno”?

Pienso luego en el contrapunto de Vélez de Guevara con el Diablo Cojuelo de tono satírico, alegoría moralista, donde domina el humor, el ingenio, ¿cómo no? la censura: pero, repleto de personajillos picaruelos, seres grotescos y hasta graciosos que nos deleitan con sus piruetas.

-¿Cuál de estos- vuelvo a plantearme de nuevo, totalmente confundido y un tanto avergonzado-, es “un demonio demasiado moderno?

Esta vía me pareció interesante e intenté seguirla con detenimiento e interés. Así, pude ver mil formas y expresiones que utiliza el refranero y el habla popular, en donde se emplean  indistintamente las palabras demonio o diablo con matices y significados diversos: “ponerse como un demonio”, “eres un pobre diablo”, “llevársele los demonios”, “no hay diablo que lo entienda”, “ser el mismísimo demonio”, “¿cómo diablos puede ser esto?”, “tener el demonio metido en el cuerpo”, “¡al diablo!” o “¡qué diablos!”.

Muchas son las frases coloquiales, donde aparecen, de una forma o de otra, ambos nombres; pero, siempre, como espíritus malignos que representan a las fuerzas del mal o seres intermedios de índole mitológica entre los dioses y los hombres; a pesar de todo, no logré averiguar, si alguno de ellos era ese “demonio demasiado moderno” del que me había hablado mi nieta Sara.

Estudié otros aspectos, utensilios o cosas: un juego, un árbol, un aparato que se utiliza en teatro, una mesa, un pez marino, un fiero animal, un instrumento textil, una máquina que sirve para cardar lana y hasta una muy grave enfermedad  y otras numerosas acepciones que reciben este nombre, imposible dar con el objeto de mis deseos, con la causa de mis preocupaciones,  zozobras y devaneos: “un demonio demasiado moderno”.

-¿Eureka!- dije de pronto.

Fue algo inesperado que se presentó ante mi mente como saliendo del subconsciente, brotando como un surtidor que acaba de ser agujereado, saliendo al exterior y formulándose en mi pensamiento.

-¿Cómo yo que tanta fantasía derrocho con mi pluma no lo había comprendido antes? ¿Para qué me sirve, entonces, la libertad y la imaginación creadora?- me inquirí a mi mismo.

-¿No son fuerzas que encarnan todos los disturbios y desmanes?- seguí en esta línea-. Pues, si son seres agresores, seres inferiores que habitan bajo la tierra con grandes poderes, si son seres del infierno y del fuego, brujos o brujas, espíritus malignos causantes de enfermedades y catástrofes, seres feos, engañosos, perversos, con mal genio, muy atrevidos, que simbolizan todo lo malo.

-¿Cuál de estos- insistí, convencido de que me estaba aproximando al final-, es “un demonio demasiado moderno”? ¿Cuáles son los últimos males que azotan a la sociedad?- enumeré y hasta grité con fuerza:

-¡La crisis que nos ahoga! ¡El paro y sus terribles consecuencias! ¡La opresión de los más necesitados! ¡La corrupción de los poderosos! ¡La plaga de enfermedades desconocidas que nos amenazan! ¡Las guerras entre pueblos y hermanos! ¡La violencia de género! En una palabra, ¡la desunión y las desavenencias! Esto, sí es “un demonio demasiado moderno”. Éste es en verdad el demonio de todos los demonios, el último diablo que nos acogota y nos hunde… Se trata, sin duda, de un demonio o diablo de mil caras.

-¿Cuál es tu “demonio demasiado moderno”?

– ¿O quizá, debería ser llamado “un diablo demasiado moderno”?

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