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A PROPÓSITO DE LA EFÍMERA

"Antagonismo". Obra de Nieves Prat

“Antagonismo”. Obra de Nieves Prat

La llaman la Efímera. Técnicamentesu nombre es la Cochipolla. Se trata de un insecto que habita en las inmediaciones de las aguas, regatos, caceras, riachuelos y lagos. Su dimensión es pequeña y su color ceniciento, impregnada de unas manchas oscuras en sus alas. Como su palabra indica, sólo vive un día, ¡sólo un día!,  tiempo suficiente para dejar constancia de su presencia, de su importancia, de su huella en su prole de descendientes que vuelven a repetir su ciclo y así, ¡sólo un día! ¿Existe algo más fugaz?

Existen flores probablemente más efímeras, aunque no lleven este nombre. Flores que sólo se abren y muestran su hermosura y perfume una sola vez. Flores que dejan su presencia y su recuerdo en un instante de su corto existir. Flores que son anheladas y esperadas con gran pasión dada su exquisitez y su temprana muerte, como es el caso de las diversas clases de Verónicas.

Aún más efímeras y fugaces son las flores de la especie de las Cereus Grandiforus. Se abren al anochecer, cuando los rayos solares no calientan ya la superficie de la tierra, cuando sus contorneados colores se extienden por todo el firmamento, adornando y embelleciendo su despedida con múltiplas combinaciones, cuando el universo entero se convierte en un hermoso y vistoso lienzo trazado por los suaves y delicados pinceles de una mente creadora, que  se proyecta y recrea en un acto sublime de armonía, muriendo por la noche, marchitándose, perdiendo su encanto y colorido, dejando caer sus pétalos, abandonando en un soplo su perfume natural. Efímera flor del anochecer. Efímero tiempo de trascurre desde las veintiuna horas hasta las veinticuatro. Sólo tres horas de efímera exposición. Sólo tres horas de vida dela Cereus Grandiforus.

Los poetas de la época clásica ya cantaron con la emoción de encendidos versos y palabras bien definidas la fugacidad de las cosas, la fugacidad de la vida, la rapidez del paso del tiempo, la obligación de aprovechar el momento presente, el gozar de la belleza, el vivir la juventud, porque todo pasa, todo huye, todo se evapora más rápido que el viento, más veloz que la luz o el relámpago, más fugaz que la hermosura o la edad temprana. Por eso, nos animaban a la vida intensa, al disfrute  del instante presente. Algún poeta llegó a hablar de la cercanía de la cuna y la sepultura, de cómo están encadenadas y cogidas de la mano.

Ya los filósofos en sus profundos tratados del pensamiento, en sus duros enfrentamientos y razonamientos, disputaron sobre el movimiento, de cómo todo ser nace, crece rápidamente y desaparece en un suspiro. Dialogaron sobre el tiempo  del instante, del ser y el no ser, de la nada y de lo fugaz, de lo pasajero y efímero; pero también, de lo que permanece y dura, de lo perenne y lo eterno.

Por muy efímera que sea la vida, por muy efímeros y pasajeros que sean los seres, por muy corto y de escasa duración que sea lo existente, siempre hay algo en cada uno de nosotros que nos hace permanecer en la memoria de los tiempos, de las gentes, de los pueblos, algo que nos hace perennes.

Yo me niego a hablar de lo efímero de la belleza, porque no lo es. No puedo decir nada de lo efímero de un pincel, de una espátula, de un cincel o de una pluma que rasga, mancha o  ahueca sobre una tela, un papel o una madera, impulsado por una mano firme, los primeros trazos, las incipientes tonalidades, el esbozo de un signo que luego se convierte en obra admirada, en obra eterna y permanente para el gozo y el disfrute de las mentes contemplativas, mentes ávidas de sabiduría.

No. La belleza no es efímera. La obra de arte no es pasajera. El pensamiento y los sentimientos, la imaginación creadora, el saber no son efímeros. Nosotros somos efímeros, pero nuestra obra queda en el bagaje de las gentes. Efímero es nuestro tiempo. Efímera son las veintiuna horas hasta las veinticuatro.

Quiero cantar como un poeta, aunque no con palabras tan encendidas, la permanencia, la eternidad, la inmortalidad de la hermosura y la belleza de cualquier obra de arte. Quiero celebrar con una firme sensibilidad lo perenne del perfume de una rosa, aunque ésta se marchite. Quiero brindar con las más ricas de las fragancias por la belleza de los pétalos de una flor, aunque sea pasajera. Quiero anunciar la vida presente de la más efímera Cochipolla, porque es capaz de prolongar su existencia y su presencia en sólo un día, es capaz de dejar un recuerdo perenne, un recuerdo reconocible, un recuerdo que da nombre, un recuerdo que es homenajeado y celebrado por una pléyade de los más importantes artistas de nuestra ciudad, en una noche deslumbrante de belleza y hermosura, de color y creatividad, de ingenio y libertad, de brillantez y entrega. Una noche de impulso y fuerza, de manifestación y muestra, de valoración y admiración, de valentía.

La belleza, la hermosura, la creatividad imaginativa, las emociones y los sentimientos, el mensaje y la sensibilidad de alguien que actúa y provoca admiración, contemplación, exclamación y aplauso, que  interroga y  pregunta, nunca puede ser efímera, nunca puede ser un instante pasajero. Son categorías de la mente que enlazan con lo sublime, que elevan el espíritu hasta la excitación y el éxtasis, hasta el interrogante más hondo.

La efímera es perenne y duradera. La gloria,  el aplauso y el reconocimiento pasajeros y limitados en el tiempo. El espacio acoge la categoría, la magnifica y engrandece, la hace inmortal como eterno es el mensaje, duradera la expresión, elevada la tonalidad y sublime la combinación magistral de tonos y colores, de signos y símbolos, de múltiples pinceladas esparcidas sobre una blanca tela, una dura madera o el cincel que rasga al ser golpeado por un martillo, que sujeta e impulsa una poderosa mano segura de su fuerza, firmeza y acción sobre un duro tronco que fue verde árbol, que fue en un tiempo vida, vida efímera y seguirá siendo eterna al convertirse en una magnífica creación de la mente, o una piedra, materia inerte, que adquiere forma y se trasforma en vida expresiva, en expresión de vida como el lienzo o la tabla o el papel.

La fuerza, el poder, la idea, la obra que surge, la fuente que mana del espíritu creador, la vida impregnada en la materia muerta, la existencia de algo regenerador y transmisor no puede ser efímero. Tiene categoría. Se sublimiza y se levanta desde la tierra, flota en lo etéreo, se deja mirar y observar, se manifiesta en su total dimensión, superando la efímera, sobresaliendo por encima de lo casuístico, llegando a lo profundo de la sensibilidad y provocando una respuesta, una admiración, un preguntar, un por qué infinito, una inquietud íntima, un placer reparador.

La efímera de una noche de verano. El espacio acogedor que la adormece. La luna flotante que la ilumina desde su universo único. La pléyade de excelentes esforzados o esforzadas, hombre y mujeres del ingenio creativo. La admiración contemplativa del curioso visitante como  tintineantes estrellas. El aplauso a veces no reconocido ni agradecido a un devenir constante de expresión, mensaje y obra hecha realidad. La efímera será inmortal y dejará rastros de eternidad a cuantos la contemplen.

 

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