Tag Archives: mar

LA SENSACIÓN DE ULISES Y EL CANTO DE LAS SIRENAS

¿Os habéis detenido alguna vez a escuchar la maravillosa y perenne sinfonía del mar? ¿Habéis prestado la máxima atención para poder percibir cada uno de los instrumentos musicales y su armonía bien conjuntada? ¿Os habéis sentido cautivados primero, arrastrados después y extasiados ante la sublime melodía que más y más te atrae, te arrulla y adormece hasta observarte suavemente mecido con sus armónicos sonidos? ¿Acaso, nunca habéis querido experimentar las sublimes sensaciones que Ulises debió de tener amarrado al palo de su embarcación y que nos narra en la Odisea?

Andaba yo un día, expectante y vigilante siguiendo los movimientos continuos, los permanentes vaivenes de las olas sobre las que mis

nietos Javier y Fernando, quienes, sobre sus tablas de surf, se deslizaban con las ondulaciones que una breve brisa mañanera producía: primero tumbados, luego de rodillas y, por último, colocándose de pie sobre las mismas, dejándose llevar hasta la orilla, donde perdían fuerza y acababan mansamente sobre la arena, celebrando como auténticos atletas cada vez que conseguían su objetivo y alcanzaban ese final tan deseado como unos gladiadores vencedores del mar, como expertos circenses que hacían malabarismos, como equilibristas sobre las aguas, como domadores de las fieras embestidas de esas poderosas y potentes masas de agua, acordes y rítmicas en su nacimiento y en su velocidad siempre violenta, pero moderada a la vez tras pequeños intervalos de silencio y quietud.

Ensueño. Obra de Nieves Prat

Ensueño.
Obra de Nieves Prat

En ese preciso instante, un susurro, un rugido bien armonizado, una cascada desenfrenada y acompasada de sonidos comenzó a sonar en mis oídos, me fue invadiendo, se apoderó de mi espíritu hasta lo más profundo y acabó por conquistar mi atención, por hacerme bajar la guardia como hipnotizado,  por embrujarme, por tornar los ojos e ir poco a poco percibiendo en cada uno de mis sentidos, en especial en el de la audición, todos los instrumentos, todas las cuerdas de la orquesta, todos y cada uno de los interpretes con una clara definición de ellos, quienes unas veces con delicadeza, otras con fuerza y hasta con cierta violencia ejecutaban fielmente aquella partitura, aquellos diversos acordes, siguiendo el ritmo que marcaba la batuta del director: aquí percibías los violines, allí los clarinetes, en otros compases las flautas, más allá los tambores, y, como dando la nota profunda, aparecían los bajos y contrabajos sin olvidar los saxos o las trompetas, que llenaban de luz y colorido siempre que entraban y se dejaban sentir. Todos, al unísono, orquestaban la más hermosa y bella sinfonía que jamás oído humano se haya detenido a escuchar, que no tenía fin, que interpretaba todos los matices, que te elevaba del suelo, que penetraba en las entrañas más sensibles del ser, que te acunaba suavemente hasta dejarte absorto en la contemplación y audición de aquella maravilla, interminable e infinita melodía.

¿No habéis cerrado nunca los ojos sentados a la orilla del mar y no habéis abierto vuestra sensibilidad más íntima para que éste os penetre, os llene plenamente por dentro de esa magnífica y entrañable sensación al percibir su sonido siempre bien atemperado, su entonación perfecta y permanente, sin desafinar lo más mínimo, su dulce adormecer con esa nana que hace sonar esa maravillosa voz atiplada con la brisa del mediodía, que te permite olvidarte de todo, extasiarte y sublimarte?

Os invito a saborear la melodía, la sinfonía más rítmica, la música más hermosa que oído humano haya podido nunca percibir: ese ir y venir, ese cabalgar sobre la superficie marina, esas pequeñas crestas que crecen y se desplazan, que ascienden y descienden, que rompen una y otra vez, siempre al mismo compás del tres por cuatro, que aparecen bravas cuando suenan las trompetas, los clarinetes y los tambores, pero que se amansan suavemente, delicadamente con la entrada armoniosa de los violines y descansan mansamente, una a una, sin atropellarse, con un orden ya marcado, hundiéndose en la doradas y blandas arenas que brilla con los rayos del sol, cual si del precioso metal se tratara, hasta acurrucarse en las mismas, en la orilla, como si de una manta tenue y delicada se tratara que las cobija, las acoge y las adormece en la blanca dulzura de una algodonada sábana acariciadora, de una sábana espumante de delicado tacto y de limpieza sin igual.

Los sonidos se combinan en secuencias temporales produciendo un efecto cargado de estética, de enorme y extraordinaria expresividad, de magnitudes nunca antes percibidas, en las que el oído capta la armonía, el ritmo y la melodía de forma conjunta, cual la mejor expresión del lenguaje musical creado por autor alguno, proporcionada, agradable, causando un estado de bien estar, de paz, una sublimación del espíritu ante tan perfecta combinación en su sucesión cíclica y regular.

El mar es música continua, es ritmo regularizado y acorde, es armonía de sosiego y tranquilidad, es melodía bien orquestada y magníficamente dirigida, perfectamente guiada por una mano experta e invisible de un gran maestro y unos grandes profesionales, que siguen con diligencia y fidelidad las pautas de una batuta apenas perceptible que manda y se impone, que se convierte en la prolongación ordenada del gran director. El mar es agua, agua mecida por la brisa, pero, también, es ritmo, es melodía, es armonía, es paz.

Ahora se entiende la decisión atrevida y valiente de Ulises. Ahora se comprende su afán incuestionable por escuchar aquella fantástica melodía, aquella música inspirada en la mejor de las partituras y que él pensó que se trataba de un simple canto de sirenas con voces y coros sublimes y delicados. Ahora se justifica de forma razonable que corriera aquel riesgo, sólo él, para poder saborear con detenimiento y disfrutar de cada uno de los acordes, de percibir con plenitud aquella exquisita y sublime melodía, que jamás ser humano había sido capaz de percibir sin ser atraído y subyugado, hasta esclavizado.

En estos momentos me considero Ulises amarrado fuertemente al mástil de mi navío, mientras me embriaga esa dulce sensación melódica y mi mente se siente renacer, se reconforta y se pierde en la inmensidad del todo.

1 Comment

Filed under Autor, Prosa Poética