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MONTGÓ. MONTAÑA VIVIENTE

Montgo

Montgó. Obra de Nieves Prat

Todos los días siento ante mí la presencia eterna de tu inmensa mole elevándose. Siempre que levanto la vista, surge ante mis ojos impresionados la tremenda verticalidad de tu existencia, tu estampa vigorosa, fuente de energía inagotable: lo mismo da que sea verano o invierno, de día o de noche, por la mañana o por la tarde. Ahí está la imponente estatua del magnífico escultor, la torre impertérrita que asciende hasta tocar las alturas, hasta fusionarse con el cielo azul o, a veces, vistiendo un elegante sombrero grisáceo, que te hace más extraordinario y  te da prestancia y señorío ante la atenta mirada del que no se cansa de admirarte.

Macizo señero de rocas calizas, de tonalidades ocres, que sobresales en la llanura y te estiras formando un esbelto picacho redondeado por las continuas peregrinaciones que has soportado a través de los tiempos de cuantos a ti acuden: ya los primitivos habitaron tus laderas y cuevas, ya la bóveda gigantesca de tu rostro, cual ojo único del fornido Polifemo, se muestra, destaca y sobresale provocando al espectador y animando a penetrar en tus entrañas, siempre dispuesto a descubrir tu historia de tótem sagrado, venerado aún hoy por todos cuantos a tus píes se postran.

Tus verticales paredes rocosas que reciben los vientos cálidos, vientos resecos, contrastan con la proporcional altura producida por la umbría y húmeda vertiente de los aires marinos, llegando a una simbiosis, un contrapunto entre los cortados de fuertes pendientes y las suaves y melodiosas ventanas abiertas al mar, de agradable brisa y frescor.

Mar, tierra y vientos. Mar, nubes y  seres humanos han modelado tu estructura, han logrado una comunión de intereses, una comunidad de vida.

El lentisco, el palmito, la madreselva, el espino blanco o el romeral y la jara se mezclan con el pino o el hinojo marino. Aquí el águila perdiguera, el cernícalo o el graznar gracioso y chirriante de unas enrabietadas y variopintas colonias de gaviotas que hasta tus plantas se aproximan, como agradeciendo tu protección de dios sagrado, disputándose un espacio donde anidar y rendir su tributo de seres agradecidos.

Te admiro por la mañana, cuando apenas los primeros rayos del sol despuntan por entre las aguas, vestido con ese hermoso traje, donde brillan las piedras de tus paredes y sus grises ferrosos con sus tramos deslizantes y pulidos.

Te contemplo en la plenitud del día, en el que la luz y la claridad del mediterráneo y los ardientes destellos del astro te cubren, te dominan como un fiel enamorado de tu prestancia y belleza.

Me atraes al atardecer con la llegada del sol poniente, con esas llamaradas de rojo intenso, de luminarias chispeantes, de anaranjados colores, que se asemejan  a los frutos de tus llanuras, con esos tonos de arco iris que llegan hasta el mar, convirtiéndole en una hoguera reluciente, espejo de todo lo que allá se mira.

Aún por la noche te venero, al fijarse en tu altivez el foco lunar en su máximo esplendor, haciéndote visible en medio de la negritud, reflejando tu figura; igual que, cuando te adornas con esos mantos blanquecinos de volátiles nubarrones, privándome de tu presencia, como si, en ese momento, buscaras esconderte en tu intimidad, en tu recogimiento, en tu soledad contigo y con tu hacedor.

¡Montgó! ¡Montgó siempre presente! Multitud de veces pisado por mis píes, protegido de los vientos ponientes, acariciado por las brisas marinas, disfruto desde tu cumbre la inmensidad del horizonte infinito que me brindas, la eternidad y el reposo armonioso que mi espíritu siente al contacto con tu poderosa energía ¡Montgó perenne y vivificante!.

¡Montgó, soldado atento y vigía constante con tu único ojo que todo lo ve! ¡Montgó, guardián de nuestra seguridad, de nuestro sueño y nuestro descanso, placer de nuestros sentidos! ¡Montgó! ¡Siempre Montgó!

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