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¿NO ES EL NOVELISTA EL QUE CUENTA SU HISTORIA?

            Cuando un autor se enfrenta a la obra, a la novela que va a escribir, muchos son los problemas que se le plantean y le vienen a la cabeza. En una novela entran en juego muchos aspectos. Escribir una buena novela implica su dominio: contar las cosas desde una determinada perspectiva, llevarla a cabo con una estructura lo más adecuada posible, escribirla en un lenguaje acertado y preciso a las impresiones que se desean producir, lograr los efectos artísticos apropiados al tratamiento, y un sin fin de elementos.

            Pero, sin duda, lo más importante es cómo empezar. Cómo contar la historia, dónde va a ser situada, qué personajes participaran de la misma y la harán viviente y, sobre todo, quién la va a contar.

            Alguien pensará ¿no es el novelista el que cuenta la historia? Ciertamente así es, pero éste debe elegir un ángulo desde el que va a narrar los acontecimientos, desde el que se va a contar la historia: En otras palabras, se trata de enfocar el punto de vista desde el que el autor va a contar los hechos y quién va a ser el responsable de irlos narrando al lector.

            Todo escritor, cuando se plantea el punto de vista, tiene que sopesar todas las posibilidades, las ventajas y los inconvenientes, las perspectivas de cómo enfrentase a la acción. Dos son los procedimientos más habituales con los que se encuentra el autor ante el inicio de la novela: o bien la cuenta un narrador que conoce todos los hechos y los personajes sin él participar en los mismos; o bien la cuenta algún actor de la propia historia: el protagonista, un personaje secundario o un personaje observador que está presente en la acción. Esto es muy importante, porque hará variar el estilo, el tratamiento, la persona en la que se narra y la introducción de elementos estéticos nuevos, como por ejemplo el monólogo interior, que significa introducir al lector en el mundo íntimo del personaje, en sus sentimientos, en su forma de pensar, en un discurso no pronunciado.

            Si el autor se enfrenta ante su novela como un narrador que cuenta la historia, situándose fuera de ella y sin mezclarse ni opinar sobre los acontecimientos. Esta forma de enfrentarse del escritor ante el hecho narrado da mayor distanciamiento y una mayor objetividad; ya que el autor cuenta los hechos que inventa, los trasmite y se sitúa como un simple observador ajeno a lo que sucede, con lo que se produce un cierto alejamiento entre los acontecimientos y quien los narra. Con esta fórmula narrativa se logra que, al hablar de los personajes, pienses en ellos como conocidos, pero sin atreverte a juzgarlos. Te limitas a decir lo que hacen, contando lo que de ellos percibes por los sentidos.   Así la objetividad es mayor y la narración se hará en tercera persona.

            En cambio, si quien narra la acción es un personaje que toma parte en la historia, ya como protagonista, o  como personaje secundario, dominará la narración en primera persona, con la que se dará una mayor aproximación a la historia: aproximación de la historia al narrador como si se tratara de algo personal, y aproximación de la historia al lector que se transforma en alguien a quien la historia es contada, lo que producirá  un mayor intimismo y una gran subjetividad; de modo que interesa más la perspectiva de algunos personajes que los hechos en sí, pero  consiguiendo un mayor acercamiento de la obra al lector.

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