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NO SOY… AUNQUE ALGO QUEDA

El pensador. Obra de Nieves Prat

No soy…, aquel joven impetuoso, ansioso y anhelante del conocer, admirador profundo de cuanto venía a mi mente, estudioso de la antigüedad clásica, preocupado siempre por la eterna pregunta que dio lugar al pensar racional, a la aparición del filosofar, al por qué último de todo lo existente.

No soy…,el lector romántico atraído por lo exótico del mundo oriental, expectante ante el descubrimiento de los Vedas y sus verdades o llevado por la fuerza del Yin y el Yang a la armonía equilibrada del orden del Taoismo reflejado por Lao-Tsé, vocación frustrada de juventud.

No soy…, el seguidor fiel de la moralidad de Kant, pensador descubierto e influyente en aquellos instantes, ni su concepto del deber por el deber, que tanto me ató a una idea de cumplimiento exclusivista a la ley.

No soy…, el impresionado, el perfecto interprete del arrebatado verbo de Nietzsche, de su atrayente desarrollo de lo apolíneo y lo dionisiaco, con sus encendidas expresiones llenas de fuerza y belleza. Ni con su idea, en otro tiempo,  acaparadora de toda mi atención e intensidad de trabajo, hasta el punto, que llegó a ser el origen de mi tesis filosofal: “La muerte de Dios”. Me deje arrastrar por la voluntad de poder, por el espíritu constante de superación, por todos los valores allí latentes hasta descubrir el superhombre, el ser nuevo nacido con la muerte de Dios, que se hacía espíritu de niño para conseguir la meta.

No soy…, con Kierkegaard ni Schopenhauer nihilista ni negatividad. Existencia que resulta una paradoja debido a la finitud del hombre, desde donde surge la angustia como modo más específico del ser humano. Voluntad y fuerza, representación del sujeto y el objeto. Nirvana oriental.

No soy…, el ser existente, la realidad única de Martín Heidedegger. Ser que es en sí, el ser –ahí, el ser que domina toda la existencia. Ser que es no ser, en tanto en cuanto en algún momento fue o tiene capacidad para ser. Ser que es realidad presente. No ser que aún puede alcanzar el ser. Nada.

No soy…, un hombre recostado a una farola  con un cigarrillo en la comisura de los labios a punto de apagarse, -sobre todo, porque nunca he fumado-, a la luz del tenue brillo de la misma, reflejando la fina lluvia que me cala hasta los huesos, entumece mis músculos y me deja en una esquina solitaria de cualquier calle, de ninguna ciudad de Sartre y su nausea. El ser y la nada. El para sí y el en sí. El para sí libertad absoluta y negación del en sí. Sentimiento de angustia y fracaso.

No soy…, pero algo debo de ser. Algo debieron dejar en mí.

No soy…, la esencia de Zubiri. Esencia enfrentada a existencia. Esencia que complementa el concepto de existir. Esencia como estructura de la sustantividad, dimensión de un ser humano capaz de sentir la realidad misma como su fundamento. Ser humano abierto a las cosas y capaz de realizar todas sus posibilidades, de crear unas nuevas, de proyectarse. Hombre religado.

Soy…, un proyecto en el presente, un proyectarse al futuro. Un futuro existente porque es proyección. Proyección infinita. Proyección eterna. Proyección ilusionante e ilusionada. Proyección de apertura a lo existente. Proyección inmortal en cada uno de los vigorosos y potentes brotes en los que mi ser se prolonga en un renacer continuo.

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