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EL MAR. MI MAR ANSIADO

Agua. Agua sobre agua. Inmensidad de agua empujándose apelotonadamente, embistiendo cual toro de lidia sobre el resistente muro del peto del equino. Agua. Agua alocada y danzarina a ritmo de instrumentos de metal. Gigantescas montañas de agua precipitándose unas sobre otras con fuerza descontrolada, manifestando una enfadada y desatada furia anhelante y apresurada por llegar hasta el acantilado, por chocar embravecidamente contra el pétreo roquedal que lo limita, lo priva de libertad, lo encarcela cual cautivo resignado, que soporta estoicamente la virulencia de esa ingente masa envalentonada y provocada por el aliento del dios que habita en sus entrañas.

El Mar "Obra de Nieves Prat"

El Mar “Obra de Nieves Prat”

Ronquidos. Ronquidos densos de ese potente respirar de un  extraordinario ser en  estado de reposo, de una fantasía poderosa de la leyenda clásica, obligado a permanecer sumergido contra su voluntad, violento, pero, ahora, sosegado en su lecho de amor.

Bramante espuma que salta y se eleva, que acaricia y se desespera en su constante lamer los roqueros fieros con los que la tierra lo frena, lo contiene, lo para y, poco a poco, con infinita paciencia, lo doma hasta someterlo a unos límites, hasta doblegarlo e incitarlo a su total docilidad, a su quietud, cual fiera domesticada después de un duro combate con su obstinado domador.

Viento potente y silbante. Viento que flota y se desliza por la superficie marina, produciendo un estruendoso rugido, cual león  persiguiendo a la hembra en celo. Viento que arrastra unas tras otras algodonadas mantas de brillante blancura y continua movilidad. Viento que siempre rompe y desgarra, levanta y arremolina esas variopintas, finísimas y diminutas gotitas, que vuelan desde la cresta espumosa hasta perderse en el azulado horizonte, en un último y desesperado intento por evitar el cruento golpe al fundirse el mar y la tierra, la tierra y el mar, el agua convertida en ariete y la resistente muralla con que la misma naturaleza se enfrenta a modo de fortaleza escarpada, ya endurecida tras la permanente erosión y la caída desprevenida de algunos de sus defensores desde sus torres.

Apaciguada la violenta acometida, agotado el empuje arrollador, calmada la ira desatada de una buscada libertad. Libertad que cantó encendidamente el poeta. Libertad que aclamaron los numerosos piratas, que al frente de sus pequeñas cáscaras de nuez, surcaron y surcaron sus aguas siempre al albedrío de un indómito señor, pero obedientes a las órdenes y deseos de su valeroso capitán.

El ritmo vertiginoso, la vorágine turbulenta, paulatinamente, da paso a la suave melodía de un vals tiernamente acompasado por el goce y el equilibrio de la dorada arena, y, el agua cálida, dulcemente remansada, como dejándose mimar por las pequeñas manos de un niño que juega en la orilla de la playa, donde ésta se mece en un armonioso columpio, o por el impetuoso bañista anhelante por sumergirse y saborear el alivio de su frescor, el  tenue tacto regalo de los sentidos,  el relajamiento de las tensiones acumuladas y la sensibilidad a flor de piel por el agobio del trabajo, se entrega  con placer y hasta se ofrece de lecho nupcial y eterno descanso.

El mar. El mar admirado. El mar espejo contemplativo de horas y horas de ensueño, de sueños y aventuras imaginarias. El mar disfrute delicado de los sentidos, fuerza liberadora, grito enfervorizado de libertad, musa de cuantos hasta ti se aproximan. El mar. El mar de Jávea. El mar mediterráneo. Mi ansiado mar.

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UN VIAJE EN AVE

         Eran las ocho y treinta minutos. Con puntualidad espartana el tren partía de la estación. Las primeras luces del día apenas

"Un viaje en AVE". Obra de Nieves Prat

pintaban en el firmamento y los primeros rayos vivificadores del sol encontraban grandes dificultades para llegar a la tierra entre las veloces nubes que surcaban el cielo.

         Habían pasado ya varios minutos. Los edificios, cual gigantes en el horizonte, se perdían  en la lejanía. La oscuridad de los primeros túneles junto con algunas ráfagas lumínicas que conseguían  penetrar el denso manto que cubría la tierra, como jugando a trazar vivas y veloces figuras desdibujadas a través de los cristales turbios y alterados, se alternaban ante los ojos del observador.

         La vista se desviaba y se centraba en la pantalla que lucía enfrente, como haciendo guiños para provocar más la atención de los aún adormilados viajeros: ciento ochenta, doscientos, doscientos cincuenta y seis, doscientos ochenta y dos, doscientos noventa y ocho, trescientos dos… La velocidad, el vértigo, la rapidez de las visiones, que unas pupilas un tan alocadamente percibían, pasaban raudas por la retina sin concreción y sin lograr configurarse ni transformarse en imágenes redondas y perfectas.

         Ya habíamos alcanzado la altiplanicie. Los campos, manchados de verde con el alumbrar de las primeras siembras, se entremezclaban con una vegetación paupérrima y unos arbustos y arboledas esqueléticas fruto de la estación otoñal, azotados por el viento que se presentía por el vaivén de sus ramajes y el constante mecerse a derecha e izquierda;  como si, de un momento a otro, fueran a perder su verticalidad y rodaran por los suelos hechos añicos, cual héroes solitarios, derrumbados en medio de la pradera. 

         De nuevo, la llamativa pantalla llama nuestra atención: doscientos noventa y ocho, trescientos, trescientos uno… ¿Quién habrá tenido la feliz idea de colocarla frente a unos ojos asombrados y atónitos de un viajero curioso? – me pregunto en mi subconsciente-. ¿Por qué aparece y desaparece jugando con la conciencia y el pensamiento de un expectante observador, absorbido por su tintineo y sus llamada de atención? Imposible concentrarse en el asunto que me preocupa y objeto de este viaje.

         Intento retirar la mirada y fijarla a través de los confusos acristalamientos del tren en el cielo cada vez más luminoso. La mañana va avanzando casi a la misma vorágine que el tren. Las nubes vuelan por las alturas cual rápidas aves de rapiña a punto de lanzarse sobre las desprevenidas presas. Pretendo descubrir si es el vértigo de la velocidad del tren, trescientos dos kilómetros marca la pantalla en este momento, o es el viento potente y arrollador, quien desliza aquellas nubes, que trazan figuras volátiles sobre el firmamento, cual expertos pinceles dirigidos por una ingeniosa mano de artista, jugando con los rayos del sol y produciendo contrastes de luz y sombras, que se proyectan sobre los campos como verdaderos fantasmas.

         Allá, lejos todavía, aparecen unas siluetas, unas figuras que se hacen cada vez más visibles y definidas como desafiantes monstruos. Aparto la mirada y me detengo en la pequeña pantalla: cien, sesenta y cinco, cuarenta y dos… Se acabó. Vuelvo a la realidad. Me centro en el problema.

 

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LA PROFUNDA GARGANTA DE VILLALAILÁN

"La Profunda Garganta" Obra de Nieves Prat

          Ciertamente, si miramos un mapa de la orografía española, nos encontramos con numerosas gargantas, hoces, desfiladeros y valles: garganta del Cares, hoces del Duratón, garganta del río Lobo, hoces del Gabriel…, pero ninguna tan bella ni tan hermosa como la profunda garganta de Villalailán.

         Garganta. Herida profunda de la tierra. Abertura descarnada con miras de intensidad. Hábil bisturí en manos de un experto cirujano, que cincela y rasga, cual perfeccionista escultor, la silueta penetrante en el interior de las entrañas de la misma tierra.

         Zanja. Hendidura trazada en la planicie, que se retuerce, zigzaguea, aparece y desaparece, se redondea en permanentes meandros, se hunde en su privacidad, avergonzada por dejar al descubierto sus misterios,  sus miserias y sus bondades, sus perennes secretos nunca aireados.

         Agua. Agua lenta. Agua precipitada, saltarina y alocada. Agua torrencial, según la época estacional o las abundantes y fuertes descargas de unas abigarradas nubes envidiosas y airadas con tu belleza y entidad. Agua que se convierte en río. Río que se transforma en corriente caudalosa. Caudal que forma cascadas y lagos, que se amansa y arremolina, que hiere y penetra como un ariete bravío, que se va abriendo paso entre la férrea roca resistente y la blanda tierra anhelante por recibir en su seno la sabia de tan constante discurrir, de tan fructífera semilla.

         Muralla fortificada. Fortaleza inexpugnable ante los más fieros combates y los asaltantes más aguerridos. Fuerte repleto de almenas y atalayas, que soportan el ímpetu enemigo,  brinda protección y seguridad a quienes a sus píes se refugian; a quienes, confiados en su potencialidad, acuden angustiados en busca de ayuda, sabedores de tu seguridad, de tu apoyo y tu respuesta siempre acogedora.

         Vegetación. Robustos árboles de fornidos y esbeltos troncos que asomar pretenden, que desde tu hondonada se elevan, llenando de un manto verde oscuro aquel mar dorado por la llanura y achicharrado por las ardientes llamaradas de un sol abrasador. Oasis de la oquedad. Arbustos que surgen, se entrelazan, se enredan ocultando aquel lecho matrimonial de algodonada espuma blanca, donde el río y la tierra se abrazan y se entregan en una apasionada aventura de erosión continua.

         Vida que allí brota. Vida bien regada y abonada. Vida de alegres, cantarines y vistosos pajarillos que buscan el cobijo de las ramas, que anidan entre sus troncos y dan juego y disfrute gozoso a aquel discurrir.

         Sonoro murmullo que de lo hondo llega. Suave  y armonioso sonido de un reposo tranquilo mezclado con el aleteo de pequeños e inquietos volátiles, que se mueven entre las hojas, cual fina y delicada brisa, que regocijan la vista del atento observador.

         Los jóvenes enamorados saborearon este placer. Abrieron sus sentidos. Acogieron en su fantasía todas y cada una de estas sensaciones. Se sintieron en comunión con aquella naturaleza risueña que les brindaba armonía, sosiego, reposo y paz, oyendo nítidamente su llamada, acudiendo a su cita puntual, penetrando en su imponente oscuridad, descubriendo la juventud y la delicada melodía de su bien orquestada conjunción.

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NO SOY… AUNQUE ALGO QUEDA

El pensador. Obra de Nieves Prat

No soy…, aquel joven impetuoso, ansioso y anhelante del conocer, admirador profundo de cuanto venía a mi mente, estudioso de la antigüedad clásica, preocupado siempre por la eterna pregunta que dio lugar al pensar racional, a la aparición del filosofar, al por qué último de todo lo existente.

No soy…,el lector romántico atraído por lo exótico del mundo oriental, expectante ante el descubrimiento de los Vedas y sus verdades o llevado por la fuerza del Yin y el Yang a la armonía equilibrada del orden del Taoismo reflejado por Lao-Tsé, vocación frustrada de juventud.

No soy…, el seguidor fiel de la moralidad de Kant, pensador descubierto e influyente en aquellos instantes, ni su concepto del deber por el deber, que tanto me ató a una idea de cumplimiento exclusivista a la ley.

No soy…, el impresionado, el perfecto interprete del arrebatado verbo de Nietzsche, de su atrayente desarrollo de lo apolíneo y lo dionisiaco, con sus encendidas expresiones llenas de fuerza y belleza. Ni con su idea, en otro tiempo,  acaparadora de toda mi atención e intensidad de trabajo, hasta el punto, que llegó a ser el origen de mi tesis filosofal: “La muerte de Dios”. Me deje arrastrar por la voluntad de poder, por el espíritu constante de superación, por todos los valores allí latentes hasta descubrir el superhombre, el ser nuevo nacido con la muerte de Dios, que se hacía espíritu de niño para conseguir la meta.

No soy…, con Kierkegaard ni Schopenhauer nihilista ni negatividad. Existencia que resulta una paradoja debido a la finitud del hombre, desde donde surge la angustia como modo más específico del ser humano. Voluntad y fuerza, representación del sujeto y el objeto. Nirvana oriental.

No soy…, el ser existente, la realidad única de Martín Heidedegger. Ser que es en sí, el ser –ahí, el ser que domina toda la existencia. Ser que es no ser, en tanto en cuanto en algún momento fue o tiene capacidad para ser. Ser que es realidad presente. No ser que aún puede alcanzar el ser. Nada.

No soy…, un hombre recostado a una farola  con un cigarrillo en la comisura de los labios a punto de apagarse, -sobre todo, porque nunca he fumado-, a la luz del tenue brillo de la misma, reflejando la fina lluvia que me cala hasta los huesos, entumece mis músculos y me deja en una esquina solitaria de cualquier calle, de ninguna ciudad de Sartre y su nausea. El ser y la nada. El para sí y el en sí. El para sí libertad absoluta y negación del en sí. Sentimiento de angustia y fracaso.

No soy…, pero algo debo de ser. Algo debieron dejar en mí.

No soy…, la esencia de Zubiri. Esencia enfrentada a existencia. Esencia que complementa el concepto de existir. Esencia como estructura de la sustantividad, dimensión de un ser humano capaz de sentir la realidad misma como su fundamento. Ser humano abierto a las cosas y capaz de realizar todas sus posibilidades, de crear unas nuevas, de proyectarse. Hombre religado.

Soy…, un proyecto en el presente, un proyectarse al futuro. Un futuro existente porque es proyección. Proyección infinita. Proyección eterna. Proyección ilusionante e ilusionada. Proyección de apertura a lo existente. Proyección inmortal en cada uno de los vigorosos y potentes brotes en los que mi ser se prolonga en un renacer continuo.

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