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EL RITMO EN LA NOVELA

        Se trata de una palabra que utilizamos con frecuencia para referirnos a diversos conceptos: ritmo de la historia, ritmo de la vida, ritmo musical, ritmo cardíaco, ritmo de juego, ritmo de marcha o expresiones como a buen ritmo etc.

         El diccionario  de la Lengua Española de la Real Academia lo define: como grata y armoniosa combinación de voces, cláusulas, pausas y cortes en el lenguaje poético y prosaico. En un sentido figurado: como orden acompasado en la sucesión de las cosas. Y refiriéndose a la música: proporción guardada entre el tiempo y otro diferente.

         Todas y cada una de las definiciones nos vienen bien para expresar lo que queremos exponer aquí: grata y armoniosa combinación, orden acompasado, proporción. De una u otra manera cada una de ellas irán apareciendo en esta exposición.

También podríamos hablar  del ritmo como algo sentido, como algo que expresamos cantando o escuchando música.  Siempre la palabra ritmo ha estado acotado al concepto de la melodía.

         Aquí, queremos centrarnos en el ritmo del lenguaje; más en concreto, en el ritmo de la novela. Ciertamente, la palabra ritmo en la creación literaria está más relacionada con el mundo de la poesía, ya que ésta aprovecha mejor las posibilidades rítmicas del lenguaje, deteniéndose en la sonoridad de los propios signos lingüísticos y en la colocación de los acentos, además de la rima tradicional.

         La novela, como creación literaria, debe tener su propio ritmo, no ya por la escritura y utilización de los signos lingüísticos, que ya incluyen elementos rítmicos en sí, sino por su propia composición y estructura,  por el uso de la expresividad y los adornos, requisitos indispensables del arte y de la creación artística. Porque plasmar una experiencia viva por muy ágil que ésta sea sin más, eso no es arte, y la novela es uno de los géneros  lingüísticos del arte.

         La novela nos debe impresionar en nuestra sensibilidad,  debe provocar un placer estético en el lector. La novela relata hechos, pero deberá el escritor narrar esos hechos con arte. Toda novela está obligada a tener un tratamiento artístico que produzca  sensación de realidad y que lo configura; por eso, se hace necesaria la fluidez, el ritmo, los centros de interés y la intriga. La realidad en la novela sirve para crear otra realidad: la artística.

         Una novela está escrita con lenguaje. El lenguaje tiene un ritmo y ese ritmo en la novela se concentra además en unas categorías importantes: la narración y el diálogo.

         Ciertamente existen novelas sin diálogo o novelas totalmente dialogadas; pero lo más común es que una novela combine de forma equilibrada, de manera acompasada y proporcional la narración y el diálogo.

         Diálogo y narración tienen que ajustarse armoniosamente al ritmo de la acción: un abuso de la narración puede quitar espontaneidad y variedad a la novela; a su vez, un exceso de diálogo puede convertirse en una carga para el desarrollo de la acción; de aquí, la necesidad de la armonía, del orden y de la proporción del ritmo.

         Esto sin acotar que el lenguaje y los elementos expresivos de la descripción juegan un papel muy importante, tanto en la narración como en el diálogo, pues la conversación debe ser coherente con el contexto en el que se inserta; aquí el ritmo juega un papel decisivo.  

         Por último, en el mismo montaje de la novela, en la misma configuración de capítulos y secuencias se tiene que observar un ritmo; es más, es necesario un ritmo, ya que éstos forman en sí una unidad de lectura; pero, a su vez, una unidad de intenciones, sobre todo, una unidad rítmica en la forma de sucederse, los cuales influyen de una manera determinante en el ritmo de la novela, es decir, en el ritmo emotivo de la narración.

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