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UNA MIRADA A LA HISTORIA

 

"Bajo la lluvia". Obra de Nieves Prat

“Bajo la lluvia”. Obra de Nieves Prat

Piedra. Piedra sobre piedra. Piedra junto a piedra. Piedra  llagada por el paso de los siglos. Piedra golpeada, dañada, lacerada por el tiempo. Piedra acogedora y acariciadora. Piedra convertida en arcos. Piedra trabajada por la mano del hombre y por la historia pasada y presente. Piedra viva que se eleva hasta el cielo y se pierde en el horizonte. Piedra. Eternamente piedra.

Un atardecer otoñal. Una fina lluvia que golpea, que acaricia la piedra, cual cálida ducha vivificadora y rejuvenecedora. Agua que se desliza, que forma una suave y delicada cortina protectora y transparente. Agua que resbala dulcemente desde lo alto, de piedra en piedra, de grieta en grieta, de arco en arco, como una saludable cascada, hasta llegar a la tierra. Tierra que la sostiene y la ensalza. Tierra donde se aposentan sus cimientos. Cimientos llenos de eternidad y leyenda.

Un hombre pasa bajo tus arcos cobijado en un paraguas. Unos jóvenes alegres, empapados por la lluvia, caminan a su lado, indiferentes ante la piedra tantas veces contemplada insensibles a tu presencia. Una pareja se detiene emocionados ante el pequeño refugio que la piedra ofrece y se besan impedidos y obstaculizados por unos paraguas que cubren sus cabezas, se trata de un beso robado a la luz del atardecer,  se abrazan bajo la lluvia y la piedra, bajo la piedra acariciada dulcemente por el agua, como si quisieran igualar tu simbiosis, tu unión a través de los tiempos.

Gente y gente sin prestar atención, con prisas, vertiginosa, se cuelan por tus arcos sin valorar la importancia de la piedra, sin sentir la energía que transmite, sin saborear el placer y la belleza de tu silueta allí trazada y perenne, sin observar la estilizada figura que la fina lluvia alarga y resalta, la hermosura hecha historia y comunicación, diálogo y compromiso con cada uno de los seres que allá se acercan.

El visitante entusiasmado retira la vista un instante.  Admira ensimismado el espectáculo que se le ofrece a la vista y siente envidia de la piedra. Quisiera por un momento ser piedra y contemplar, todos los atardeceres lluviosos de un frío otoño, el fantástico panorama que se representa y que le maravilla.

Paraguas. Cientos de paraguas: paraguas negros, paraguas rojos, verdes, anaranjados,  grises, azulados, paraguas de múltiples colores y formas en continuo movimiento por la calle, formando una danza improvisada y variopinta al ritmo que la lluvia producía, al chocar gota a gota, chorro a chorro contra ellos. Ascendían y descendían, se movían en círculo, se paraban y se aceleraban. Todo era vértigo, desconexión y  desequilibrio.

Paraguas que suben y bajan. Paraguas que se elevan y se empequeñecen como acomodándose a sus portadores. Paraguas que se giran y se arremolinan. Paraguas que protegen vidas: vidas pensantes,  vidas felices, agobiadas, tristes, vidas aceleradas.

Se trata de una fiesta esperpéntica orquestada  por unos extraños personajes manipulados a través de los finísimos hilos del destino, de un baile casual  para agradar y saludar a la piedra, para hacer feliz su permanencia, para corresponder a esa sonrisa integral y armoniosa, que día a día, noche tras noche y durante miles de años mostró la piedra hecha arte, hecha firmeza y robustez, hecha Acueducto, a la ciudad que tanto le mima y le venera.

 

 

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