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UN VIAJE EN AVE

         Eran las ocho y treinta minutos. Con puntualidad espartana el tren partía de la estación. Las primeras luces del día apenas

"Un viaje en AVE". Obra de Nieves Prat

pintaban en el firmamento y los primeros rayos vivificadores del sol encontraban grandes dificultades para llegar a la tierra entre las veloces nubes que surcaban el cielo.

         Habían pasado ya varios minutos. Los edificios, cual gigantes en el horizonte, se perdían  en la lejanía. La oscuridad de los primeros túneles junto con algunas ráfagas lumínicas que conseguían  penetrar el denso manto que cubría la tierra, como jugando a trazar vivas y veloces figuras desdibujadas a través de los cristales turbios y alterados, se alternaban ante los ojos del observador.

         La vista se desviaba y se centraba en la pantalla que lucía enfrente, como haciendo guiños para provocar más la atención de los aún adormilados viajeros: ciento ochenta, doscientos, doscientos cincuenta y seis, doscientos ochenta y dos, doscientos noventa y ocho, trescientos dos… La velocidad, el vértigo, la rapidez de las visiones, que unas pupilas un tan alocadamente percibían, pasaban raudas por la retina sin concreción y sin lograr configurarse ni transformarse en imágenes redondas y perfectas.

         Ya habíamos alcanzado la altiplanicie. Los campos, manchados de verde con el alumbrar de las primeras siembras, se entremezclaban con una vegetación paupérrima y unos arbustos y arboledas esqueléticas fruto de la estación otoñal, azotados por el viento que se presentía por el vaivén de sus ramajes y el constante mecerse a derecha e izquierda;  como si, de un momento a otro, fueran a perder su verticalidad y rodaran por los suelos hechos añicos, cual héroes solitarios, derrumbados en medio de la pradera. 

         De nuevo, la llamativa pantalla llama nuestra atención: doscientos noventa y ocho, trescientos, trescientos uno… ¿Quién habrá tenido la feliz idea de colocarla frente a unos ojos asombrados y atónitos de un viajero curioso? – me pregunto en mi subconsciente-. ¿Por qué aparece y desaparece jugando con la conciencia y el pensamiento de un expectante observador, absorbido por su tintineo y sus llamada de atención? Imposible concentrarse en el asunto que me preocupa y objeto de este viaje.

         Intento retirar la mirada y fijarla a través de los confusos acristalamientos del tren en el cielo cada vez más luminoso. La mañana va avanzando casi a la misma vorágine que el tren. Las nubes vuelan por las alturas cual rápidas aves de rapiña a punto de lanzarse sobre las desprevenidas presas. Pretendo descubrir si es el vértigo de la velocidad del tren, trescientos dos kilómetros marca la pantalla en este momento, o es el viento potente y arrollador, quien desliza aquellas nubes, que trazan figuras volátiles sobre el firmamento, cual expertos pinceles dirigidos por una ingeniosa mano de artista, jugando con los rayos del sol y produciendo contrastes de luz y sombras, que se proyectan sobre los campos como verdaderos fantasmas.

         Allá, lejos todavía, aparecen unas siluetas, unas figuras que se hacen cada vez más visibles y definidas como desafiantes monstruos. Aparto la mirada y me detengo en la pequeña pantalla: cien, sesenta y cinco, cuarenta y dos… Se acabó. Vuelvo a la realidad. Me centro en el problema.

 

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